AL LECTOR:

Narraciones de hechos y acontecimientos recordados por el autor; otras recogidas de la tradición oral y escrita.

viernes, 9 de febrero de 2007

UN SUEÑO VIVIDO

Era un hermoso día primaveral... La campiña se había cubierto paulatinamente del verde esmeralda habitual, que servía de descanso a las retinas de los campesinos. La tranquilidad de la aldea sólo se veía rota por el mugido del ganado que despertaba y por los madrugadores gallos.Algo distinto se percibía, difícil de precisar, en el ambiente de aquel amanecer. El hecho es que la tranquilidad se tornaría desasosiego y el verdor negrura en unos instantes, aunque para un cerebro sumido en el sueño, podría suponer, horas, días, meses...Cosme, aquella mañana, no tenía fuerzas para levantarse. Había estado despierto hasta la madrugada, tratando de vencer el insomnio producido por su joven imaginación aventurera. Vivía solo al cargo de su propia casería. La madre había muerto cuando Cosme tenía cinco años y su padre, con más voluntad que arte, lo educó e hizo de él un muchacho trabajador y responsable. Hacía dos años que su padre desaparecía en un trágico accidente minero. Desde entonces, al verse tan solo, comenzó a darle vueltas en la cabeza la idea de emigrar, pero nunca llegaba a madurarla por sentirse atraído por Beatriz, una hermosa muchacha de su mismo lugar. Pensando en la posibilidad de verse alejado de ella se quedó dormido. La vela se consumía lentamente, haciendo guiños en la penumbra de la habitación, sobre la mesita de noche.Se sintió inmerso entre el gentío de la pequeña villa. No tenía conciencia de conocerla y, sin embargo, encontraba algunas referencias y vagas señales en todo lo que ante sus ojos se presentaba.Las calles estaban abarrotadas de gentes que iban y venían en todas direcciones. Seguía a un grupo a corta distancia, intentando entender lo que hablaban.Analizó el paisaje que servía de escenario a su película onírica. Grandes chimeneas vomitaban un denso y negruzco humo. Altos edificios, cual colmenas tan negros como el humo. Las calles eran de pavimentación lisa. Los extraños artefactos que circulaban carecían de caballos de tiro y rugían con un ruido parecido al de las tormentas. Una cadena de explosiones salía de su lustrosa carrocería. Uno de ellos, de colores chillones, descapotable, a poco le pasa por encima.Es entonces cuando Cosme se dio cuenta de que pasaba totalmente inadvertido para el resto de los transeúntes. Cualquier otro con peor intención hubiese sacado provecho de esta insólita situación. Cosme se sintió aún más solo que cuando se encontraba trabajando el campo o cuidando el ganado. Todo le parecía extraño. La forma de vestir de la gente era lo que más le chocaba. Las caras, por el contrario, le resultaban de lo más normales. Todo esto se traducía en un desasosiego que llegaba a afectarle incluso en la respiración. ¡Aquellos malditos humos! Sintió auténtica necesidad de evadirse del escenario y caminó a grandes zancadas hasta las afueras, huyendo así del bullicio en que se encontraba sumido.Sorteó el tráfico por pasos difíciles hasta llegar a las inmediaciones de un parque, lejos del ruido farragoso. Un hermoso hórreo flanqueaba la entrada donde varios chiquillos jugaban bajo sus maderas de castaño con pequeñísimos vehículos, remedos de aquellos que acaba de ver circular, tan estupendos.De repente salió de su anonadamiento. En un banco, observándole se hallaba una joven. De primeras, su rostro le pareció conocidísimo. No obstante, hubiese pasado sin decirle nada ya que estaba seguro de que tampoco le oiría ni le hablaría. La miro de soslayo y se encontró con la más encantadora sonrisa que jamás nadie le había dedicado. Se deleitó con una oleada de aire puro y fresco que penetró en sus pulmones, lo que le produjo un hondo suspiro que revitalizó sus entrañas.- ¡Cosme!Aquellos labios acababan de pronunciar dulcemente su nombre. Se rehizo con seguridad.-¿Puedo sentarme a su lado?-Sí.A Cosme le pareció una nota musical.-¡Estás sudando!-¡Eres Beatriz! No comprendo nada de lo que nos está sucediendo. Toda esa gente parece ignorarme cuando paso a su lado.-La explicación, Cosme, es muy sencilla. Tú y yo estamos unidos en el mismo sueño. Esas gentes son producto de nuestro sueño. Fueron creadas por nosotros y cuando dejemos de soñarlas desaparecerán.-Entonces, ¿nosotros sólo existimos en un sueño? ¿Acaso no somos reales tú y yo y mi amor por ti?-Sí, Cosme. Ahora existimos porque nos soñamos mutuamente.Beatriz se reía dulcemente y Cosme acabó también por imitar a la joven, mientras observaban a los pequeños que jugaban bajo el hórreo.Se dieron cuenta del amor que se profesaban gracias al sueño en que estaban sumidos.Volvieron al centro de la Villa, esta vez cogidos de la mano, los dedos entrelazados. Desconocían la época que ilustraba su historia onírica, pero poco o nada les importaba. Los últimos rayos de la aurora vespertina habían quedado embotellados en la lámpara mágica de su amor y el genio negro de la noche les envolvía.Una música suave, dulce, flotaba por entre los árboles del parque. Cosme se sintió cansado. La negrura de la noche obraba negativamente en su ánimo y volvía a sentirse mal. Sus pulmones se angostaban y a cada instante que pasaba su respiración se le hacía más fatigosa.Se le nublaba la visión. Ya no podía distinguir nada y sus manos se habían quedado vacías, no encontrando, por más que lo intentaba, las de Beatriz.Quiso llamarla a gritos, pero su voz se ahogó en la garganta. Poco a poco, se fue desvaneciendo.... La vida parecía marchársele también. Sin Beatriz a su lado, todo carecía de valor. Aún pudo oír una vocecilla, lejana, que le llamaba:-¡Cosme!Había amanecido del todo. Los campesinos que tenían que madrugar a las faenas del campo, iban camino de sus cuadras para el ordeño del ganado. Las vacas de Cosme mugían desaforadamente, ladraban los perros y se revolvía el gallinero. Parecía como si toda la fauna de la aldea se hubiese puesto de acuerdo para llamar la atención sobre algo en particular.La casa de Cosme estaba en llamas. Los vecinos percatados de ello e impulsados por un atávico instinto de lucha contra el fuego y animados por otro no menos fuerte instinto de ayuda en esos casos, se dirigían al establo del ganado de Cosme, a la carrera, portando sendos calderos de cinc hacia la fuente.De la casa no venía ningún ruido. ¿Habría acabado todo para Cosme? Solía madrugar el primero del barrio para acabar sus labores pronto y reiniciar otras.Tras un día de fuerte trabajo, Cosme se había quedado dormido sobre la cama. La vela que alumbraba en la ventana se entornó con el viento y prendió fuego a los cortinajes.Varios hombres pudieron subir hasta el dormitorio y ya bajaban con Cosme inanimado en sus brazos. Otros luchando contra el fuego, lograban aminorarlo poco a poco.Descendieron a Cosme y colocándole en el suelo intentaban reanimarle. Los resultados no eran del todo satisfactorios. Se temía lo peor por Cosme. Nadie sabía qué hacer en esos casos.Una joven con los pelos sueltos, a medio vestir, intentaba abrirse paso entre el corrillo de vecinos entorno al cuerpo yacente del joven. Ahogando un sollozo se reclinó junto a quien en silencio tanto adoraba. Apenas habían pasado algunos minutos cuando el griterío de la gente y el repique a fuego de las campanas de la iglesia la habían levantado de su sueño. Esa misma noche, recordaba aún el sueño, había tenido con él sentados en un banco del parque una bonita conversación.Con la chaqueta hizo un rueño que dispuso bajo la espalda de Cosme y unió su boca a él en un beso, para insuflarle el aire del que sus pulmones tan necesitados estaban para volver a respirar. Segundos después expulsaba con tres apretones en el pecho el aire y volvía a repetir el beso una y otra vez hasta sentirse agotada.Aquella rápida actuación de Beatriz, hizo que Cosme guardara en la memoria aquel sueño tan bello. Abrió un instante sus ojos y vio, recordado en el cielo, la hermosa cara de Beatriz y ya, respirando por sí, los cerró de nuevo intentando seguir en el sueño, ambos sentados en el parque donde, tiernamente se besaban mientras las gentes pasaban sin fijarse en ellos. Mientras tanto, el cielo se fue despejando de aquellos nubarrones y un sol brilló iluminando los verdes esmeraldas de los campos de la aldea.

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