AL LECTOR:

Narraciones de hechos y acontecimientos recordados por el autor; otras recogidas de la tradición oral y escrita.

sábado, 31 de mayo de 2008

LA PASTORA DEL REQUEXU



Yendo de Santa Marina a La Pereda, una vez pasado el Bosque Egidio, debemos aminorar la marcha, los que conocemos aquella curva, en la que hace esquina una vieja casa. Su dueña es una mujer de noventa y cuatro años. Forma una típica estampa, su silueta delgada y esbelta, en negro, con pañuelo a la vieja usanza. El tiempo supo respetar su cara no ajándola en demasía. Apenas, las arrugas corrientes en el rostro de cualquier campesina. Apoyada en una guillada de avellano cuida del más sencillo de los rebaños: cuatro gallinas. Dice de ellas que son más listas que las personas pues saber cruzar la carretera deprisa. A ella no le importuna la carretera. Los conductores habituales son moderados. Mientras charlo con ella, pasan enormes camiones con gigantescas piedras y un ciclista.
Jamás tuve bicicleta ni aprendí a andar en ella. Pasé la juventud en el monte, de pastoreo. Cuidaba un rebaño de ovejas. En más de una ocasión estuve sola y, por la noche, escuchaba los aullidos de los lobos al pie de la cabaña.
Hay largos silencios en los que parece sumirse en gratos recuerdos. Sus ojuelos chispean pícaramente.
Una vez, buscando el rebaño por el monte arriba, fui a dar enfrente de Purón. Bajé hasta el pueblo y salí por la carretera hasta que me topé con la vía. Deje de preocuparme, pues sabía que "a la vía no hay quien la tuerza" y la seguí hasta Bolao. Era pequeña. Nunca salí muy lejos de La Pereda. En varias ocasiones tomé el tren en dirección a San Vicente, Cabezón y Santander.
─ ¿Es verdad que aun lee sin gafas ?─ le pregunto.
Sí. se hizo una pausa leo bastante. De joven bajaba a Llanes a buscar libros para leer. Otras veces mi madre mes los traía a pares y los subía al monte junto con el suministro de la semana.
Cuénteme algo de La Pereda. Le digo después de respetar un silencio largo en el que parece perder su mirada en las cumbres del Texéu.
─¡Qué te voy a contar!
¿Conoció funcionando Las Pisas?
Sí; metían mucho ruido. Allí nos hacían el tejido de los escarpinos.
Recuerda también haber ido muchas veces a llevar la borona a la Jorna de la tía María en Parres o que su padre la mandaba a por agua a Moscadoria. Hoy, después de tantos años, recorre el mismo sendero para buscar el agua para beber en el día.
Asegura que son "el agua fresca por la mañana, el quesu que tan ricu le salía, el sueru que destila el arniu y el cocidu casi a diariu, los secretos de su larga vida".
Y este aire fresquín de La Mañanga— añado. Ella asiente, mientras respira hondo. Le pregunto por el nombre del río que por allí pasa.
Le llaman el río Requexu y también El río Bolugu.

       Se le conoce también como río Melendru, más abajo. Esa variedad de nombres, los va tomando por el nombre de los lugares por los que pasa hasta su desembocadura: Moscadoria, Requexu, Bolugu, Covarón, Covarada, Vallanu, Las Mestas, Melendro, Carrocedo. Todos ellos son nombres sonoros, hermosos toponímicos, pero el que para mi tiene mayor acierto semántico es Melendro, porque se toma de uno de los atributos del melandro, animal que vive en estos lugares y que se guarece en las cuevas al que también se le conoce como "tasugu" . Esta palabra, a su vez, es un calificativo aplicable a las personas que evitan la relación con los demás. Y talmente este precioso río se comporta como un melandro. Se esconde una vez pasado el Bolugu para aparecer en el pequeño valle de Covarón. Después se sume de nuevo bajo el cueto Las Cerezales y sale a Covarada.
      Llega el atardecer. Un viento fresco sopla en estos momentos desde Moscadoria. En el cielo, unas nubes rojas de sur presagian lluvia. Pero no es así; Lucía Romano, la pastora de Requexu, jamás vio seca tal ni al ríu Requexu secu baxu'l puente.

miércoles, 28 de mayo de 2008

ELEGÍA A MI POETA, "CELSO AMIEVA"



Esta vez te marchaste para siempre. Thor y Odín te reclamaron a su lado para cantar por los caminos del trueno y de las estrellas. Pero no podrás abandonarnos por las buenas. Queda tu huella imborrable en la blancura de todas nuestras arenas desde Tinamayor a Ribadesella. Queda tu alma cantora reencarnada en el miruello del Cuera.
Profesor en Geografía, en tus versos se aprende de Asturias. Antropólogo, folclorista, romero incansable desde Santu Medé hasta la Guía. Peregrino de medio mundo cuando en tu patria se cierran los ojos a cal y canto y tú la ves por la mirilla del recuerdo. Tu corazón cansado de tantos sentimientos y nostalgias no en vano dejó de marcar el tiempo finito para dejarte varado en la arena, cual barco de Cadexana. Tocaron las campanas y se callaron las esquilas. Ahora sé que estas detenido pues nuestras manos amarraron las tuyas, pero tu alma volará a reunirse con Miguel, Camín, Amado Nervo, Pola y Pepín de Pría y quizás al caer la tarde juguéis a hacer versos. Chema, Lino Serdal, Elías Pombo, Máximo Bulnes, Fidel, Corsino Urriel, CELSO AMIEVA, personajes de farándula viva, encarnados por un mismo autor, JOSE MARÍA ÁLVAREZ POSADA, dormiréis con él en la misma almohada de arena de playa.
Perdurará en la mente de quienes tuvimos la oportunidad grande de saludarte y conocerte, aunque haya sido bastante tarde y hubiéramos deseado que ocurriera antes. Gota a gota, destilamos su poesía calándonos de Asturias la médula. Dejamos una obra y buscamos en otra la continuación de la primera y así vamos conociéndote mejor.
Era setiembre último. Las calles de Llanes eran intransitables. Los turistas, perdidos sus ojos en el mapa, no te vieron pasar: buscaban lugares de sol y arena o lugares que profanar con plásticos y latas de conserva. Las angostas aceras no te dejaban pasar. Te saludé, me presenté tímidamente y me ofreciste parte de tu precioso tiempo para charlar amigablemente. Desde el gran ventanal del establecimiento donde entramos, escudriñabas la calle. Contestaste sencillamente, desmitificando la figura de poeta que yo tenía de los demás. Había algo de ironía en tus palabras, pero no existía tirantez, más bien la conversación fue abierta, didáctica, quizás. Desde entonces ten por seguro que te coloco con Miguel Hernández, Juan Ramón Jiménez o Antonio Machado, en el mismo pedestal.
Hubiera querido continuar aquella charla contigo, pero te marchaste, en silencio, y fue la despedida el último adiós. Quedaste en volver y lo harás muerto, pero ten por seguro que habrá un cielo especial para ti, alejado de opresores y tiranos
Lo había saludado en la Farmacia de Llano e invitado a tomar algo, en la desaparecida Cafetería “Auseba” donde nos relató retazos de su vida en el destierro. Quedamos en volver vernos al regreso de Rusia en la Escuela de Pendueles , ya que tenía especial recuerdo del pueblo. Nos despedimos. Él marchaba para Moscú donde trabajaba como corrector de estilo en la Agencia Novosti, pero regresaron sus cenizas que esperamos en el cementerio de Cadexana, desde donde se puede contemplar las barcas y bogar en ellas rumbo a lo desconocido. (21/2/1988)

Mi Elegía a "Celso Amieva"

Esta vez te marchas para siempre:
Thor y Odín te llevaron a su lado
a cantar, por los caminos del trueno
...y de las estrellas.
Queda tu huella imborrable
en la blanca y tersa arena,
desde Tinamayor a Ribadesella.
Queda tu alma cantora reencarnada
...en el miruellu del Cuera.
Profesor de Geografías
llevaste en tus versos a Asturias.
Antropólogo, folclorista,
romeru insaciable
de Santu Medé a La Guía.
Peregrino incansable,
el tiempo te marcó su meta.
Cansado el corazón de sentimientos
poéticos y nostalgias,
dejó de marcar el tiempo
para dejarte varado en la arena
...cual barca en Cadexana.
Y tocarán las campanas...
y callarán las esquilas:
ahora estás detenido,
-nuestras manos apresaron las tuyas-
tu alma volará libre
a reunirse con Miguel,
Nervo, Pola, Camín.
Al caer de la tarde, quizás,
te invite a hacer unos versos,
en las brañas, el de Pría, Pepín.
Chema, Lino Serdal,
Elías Pombo, Máximo Bulnes,
Fidel, Corsino Urriel,
encarnasteis un solo actor:
JOSÉ MARÍA ALVAREZ POSADA
...Celso Amieva, el escritor.
Desde Cabo de Mar hasta Tinamayor,
extiéndense las costas escarpadas de Thor.
(Marzo de 1.988)

Ver sobre el mismo poeta, mi escrito: "En torno a Celso Amieva" de este mismo blog.

domingo, 25 de mayo de 2008

EL TEATRO BENAVENTE DE LLANES


Son las dos de la tarde de un domingo cualquiera, allá por los años sesenta. La chavalería del pueblo nos reuníamos a esa hora en La Pandina, confluencia de barrios en la carretera, con aires de mocitos peinados a la raya, con olor a jabón de afeitar "La Toja" de padre y un duro en el bolsillo del pantalón de tergal planchado a la raya también. Aquella concentración me recuerda la que hacen en la entrada del otoño las golondrinas sobre la comba de los cables de la luz entre dos postes. Por aquél entonces, cuando cuatro "melenudos" de Liverpool daban gritos en las salas de fiestas de su ciudad, en Llanes no teníamos salas de fiestas aún. La única posibilidad de diversión social era el cine. Tres pesetas costaba la entrada a "gallinero" y dos más para pequeños caprichos en el ambigú si no te habías atrevido a entrar agachado delante de las mamparas de cristal junto a las taquillas y podías luego deslizarte escalera arriba, y esquivar el tropezón con el señor de la linterna.
Las cuatro de la tarde de un domingo cualquiera, en los ochenta. Un viento frío que viene del Cuera, gélido de lamer la nieve, enfoca por la calle principal y se desliza en hilos para recorrer el resto de calles hasta calentarse e impregnarse del aroma de café que sale de las cafeterías. Después sube al paseo de San Pedro por entre los tamarindos.
En El Puente los mocitos de ahora, el pelo erizado a colores, desfilan hasta el lugar de encuentro junto al muelle. Al otro lado de la ría con los prados de Tieves de fondo y un bosque de eucaliptos moteando el horizonte se levanta aquel magnífico Teatro Benavente que aguanta orgulloso el embate, a duras penas, del tiempo y del abandono. En su tejado "las gallinas del contramaestre" como decía el gran Remigio, engrasan con el pico su plumaje y lo secan al trémulo sol de mayo. Las hierbas también ascendieron a él seguramente queriendo ver la mar o a los vecinos. Porque es difícil para los que lo conocimos en su esplendor todavía no girar la cabeza y así humedecer nuestros ojos. Abajo, la puerta enrejada es como un rayado en el paisaje. Entorno los ojos para mejor recordar y aún veo la gente salir ya de noche comentando las escenas, abrochándose la gabardina y el abrigo y levantando el cuello al estilo del hampa.
La rampa de bajada al cine, siempre será para mí el arquetipo de todos los teatros del mundo cuando leo un relato. El teatro y dos farolas que custodian la entrada desde el puente dan al lugar un halo de ensueño y misterio a la vez.

Parpadeo. Se me fue el santo al cielo. Es una tarde cualquiera del mes de mayo de la primera década del siglo XXI. Paso por allí con frecuencia. Bien es cierto que los edificios ahora están arreglados y ganó en belleza la villa, pero perdió en antigüedad porque le falta el Benavente. El puente ganó en seguridad y amplitud. La gente puede sentarse un rato sobre los bancos metálicos a mirar las barcas, a comerse un helado de "Revuelta" o a leer "El Oriente", en lugar de hacerlo sobre la panda de piedra del viejo puente. Pero si miran al otro lado, verán el recorte del viejo Hospital de los Altares acicalado hoy y travestido en casa de contratación laboral moderna, "INEM" y los prados de Tieves.
Tan sólo unos pocos podemos ver recortado el vacío producido por la silueta desparecida del viejo teatro llanisco. Algo del ayer desaparece con estos mudos testigos de piedra y teja.