ESTAYA

Después de un tiempo de pausa, vuelven las ideas y los recuerdos. Seguimos el camino...

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DEDICATORIA

Va dedicado a quienes busquen los recuerdos perdidos de su infancia y que sean capaces de ver en los acontecimientos más singulares la poesía de la vida. No es preciso haberlos vivido; basta tan sólo con haberlos soñado.

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martes, 19 de agosto de 2008

"EL MAGÜESTU"


Hace tiempo que los amarillos frutos iluminan la hojarasca verde oscura del castañal. Ya se en­cuentran sus senderos tupidos del manto ocre otoñal. Las castañas, otrora conside­radas alimento humilde, fueron la solución al hambre de posgue­rra para muchas familias asturia­nas. En casa de los abuelos se guardaban en la salona, especie de sala de despen­sa, donde también colgaban las ristras del maíz, o se extendían las manzanas pardonas, las ha­bas, las nueces y las avellanas. Se preparaban en el horno de la cocina de leña o bien sobre la misma chapa, compitiendo legalmente con el talo, especie de torta de maíz sobre hojas de berza. Una vez asadas, las llevá­bamos en el bolsillo a la escuela, para comerlas en el recreo y ju­garlas en el corro con las cani­cas. En la pota, a medio pelar, se hacían las llamadas corbatas, cuando a la cocinera no le daba tiempo para pelarlas enteramente, y si no, cocidas en agua con pizca de sal. Pero las que más atraían a los pequeños eran las magostadas, por los preparativos que llevaban consigo aparejado. Solíamos magostar los domingos por la tarde. Nos juntábamos en la bolera de la escuela y allí decidían los mayores dónde debíamos hacer la magostada. Se hacían varios grupos y partíamos separadamente en todas las direcciones en busca de castañas. Mentiría si dijese que poníamos los relojes en hora, porque de aquella no había llegado a nuestro poder el barato reloj digital. Servía para comunicarnos vocear y el eco de las montañas repartía por los bosques el aviso de concentración en el sitio donde debíamos asarlas. Juntábamos las castañas en un montón en el suelo, donde ya, los que se habían encargado de asarlas habían preparado una cama de helechos secos y otros verdes, entre los que se echarían las castañas, picadas una a una para no reventarlas con el calor. No se disponía entonces de bolsas de plástico tan peligrosamente abundantes ahora, así que el que más y el que menos, traía su botín metido por los bolsillos o en las mangas del jersey que para tal fin se ataban por las muñecas. La tarea siguiente era la de hacer el fuego. Previamente nos esparcíamos por el cueto cerca­no en busca de helechos, árgo­mas y ramas. Hoy no se puede hacer fuego dentro del bosque. Existen leyes que no lo permiten. Aún sabiendo controlar el fuego, puede ser peligroso, eso es cierto, pero nosotros éramos niños y no prendíamos fuego porque sabíamos unas reglas para que esto no ocurriera. Elegíamos un claro del bosque, una calvera o el propio camino porque entendíamos que en ese lugar no se hacía daño por estar menos habitado por los pequeños mora­dores. Todos los seres contribu­yen a formar el manto de hu­mus tan necesario para mantener vivo el bosque. Buscar ali­mento para el fuego es fácil en estos bosques de abedules, robles y castaños. El suelo está plagado de cañas que se van descompo­niendo y forma parte del humus tan necesario para el árbol. Me parece totalmente imposible que, sin quererlo, se prenda fue­go a un bosque de estas características, por la humedad que guarda siempre. En el centro del camino o descampado, limitábamos con grandes piedras un cerco donde echábamos esparcidas las castañas ya moscadas. Encima de ellas se coloca una buena manta de he­lechos verdes, que hará el efecto de horno protector para que las llamas no les lleguen y las carbonicen. Los gromos secos, tojos suelen abundar cerca de los castañales y son los mejores para magostar, pero también pueden servir las cañas secas troceadas que se van echando paulatinamente, cruzándolas pa­ra mantener siempre la misma temperatura. No obstante, dejábamos unas cuantas castañas sin moscar que servían de testigos. Cuando explotaban, se detenía la alimentación del fuego, las revolvíamos y amon­tonábamos las cenizas para que cocieran poco a poco, en dulce. Pasado un tiempo prudencial, no mucho, se abría el montón pa­ra observar si la cocción había sido per­fecta. Entonces separábamos la ceniza con un palo y las dejábamos en­friar. En la escuela rural donde me tocó afortunadamente trabajar más de los dos tercios del tiempo que dediqué a la enseñanza, llevé a cabo esta experiencia con los alumnos en repetidos otoños. Sentados en círculo, las repar­tíamos. Era todo un ritual mientras conversábamos nuestras experiencias en el bosque. Quería yo que fuese todo igual que lo había vivido como niño para que calase hondo en el re­cuerdo de mis alumnos y que viesen cómo el bosque y el hombre pueden y deben complementarse. Hoy, ya es raro que un niño sepa esos rituales de subsistencia que nosotros habíamos heredado de nuestros abuelos y de los abuelos de nuestros abuelos y así desde los lejanos inicios del hombre recolector. Supongo que toda la cultura popular transmitida oralmente debió de ser así. Mientras comíamos las casta­ñas les invité a decir en alto una oración de gracias al bosque. Hay que hacerles conscientes de la nece­sidad del árbol. A su manera roga­ron por el respeto a los bosques y a los árboles que nos dan el aire puro, la sombra, el calor, los frutos y el sopor­te sobre el que nos comunicamos y trabajamos con el papel. Yo en silencio también rogué por todo eso y además porque se ilumine el entendimiento de los que go­biernan y escuchen el sentir de estos niños, haciendo algo más que hablar bucólicamente de nuestra querida Asturias. Y el dios de los árboles me escuchó. La programación escolar, veinte años después, recoge es­tos aspectos ecológicos, cada vez más comprendidos por los padres que quizás también tuvieron la oportunidad de recordar estos momentos en el bosque. Ya nadie espera que la escuela sea el lugar estático de pu­pitre y encerado. Por suerte hemos avanzado en esto, pero los niños comen las castañas asadas en el horno de la panadería y desconocen el verdadero sabor de la castaña magostada en compañía, con las manos sucias de ceniza y las ropas oliendo a humo. Transcribo los nombres de la última magostada en el río Novales. Hoy esa cuadrilla de niños y de niñas son, con toda seguridad, incapaces de prender fuego al bosque: Adrián, Irene, Ra­món, Ana, Adelaida, Macarena, Vanesa y Yoni, Cova y Belén. Los que quisieron ir y no les fue posible: Inés, Luisma, Nando, Vanesa, Nazaret, Javier y Jorge. Terminada la suculenta me­rienda, regada con gaseosa, nos preocupamos de que el fuego es­tuviese apagado. Literalmente lo hicimos con los pies, importando más en esos momentos la seguri­dad del bosque que la de los zapatos. Se repartieron las sobrantes para llevarlas a modo de “perdones” para quienes no pudieron ir.Dedicado a todos ellos.


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