AL LECTOR:

Narraciones de hechos y acontecimientos recordados por el autor; otras recogidas de la tradición oral y escrita.

sábado, 13 de septiembre de 2008

LAS AGUAS DEL NALÓN

        Paseaba una mañana, casi de madrugada, sobre la escarcha matutina que cubría un parque cualquiera. Cerca, dos chimeneas fabriles vertían al cielo sendas bocanadas de grisáceo humo.
Se celebraban las fiestas navideñas y se dejaban notar, tan solo por el afán de la gente de representar ese papel asignado por la tradición. Por lo demás, no sentía en mi interior nada distinto a otras fechas.
Esta sensación mía que hoy narro la produjo el hecho de haberme tropezado con la presencia de un viejecito madrugador que recorría la calle paralela al parque por el que yo circulaba.
            Se detuvo ante el escaparate de una pastelería y clavó la narizota en el vidrio, empañándolo casi por entero con el vaho que despedía. Frotó sus manos enguantadas en lana gris y alzó el cuello alto de su gabardina azul desvaída hasta tapar las orejas, grandes y caídas. Le faltó poco al pobre longevo para traspasar, como ánima incólume, el desconsiderado cristal.
          Físicamente no podría, pero, estoy seguro, que, mentalmente, ya se sentía dentro, ante una bandeja de pasteles y un tazón de humeante chocolate.
           De pronto, como volviendo a la realidad, supongo, se separó del vidriado muro. Dirigió la vista atrás, al lugar de donde venía, y tomó entonces un trotecillo como de perro apaleado, dejando ver entonces una ligera cojera.
             Aceleré el paso y crucé el parque tras los pasos del viejo, intrigado por lo que vi y sin mejor cosa que hacer. Lo seguí siempre respetando la distancia conveniente para no asustarlo hasta el puente que cruza el río. De vez en cuando, sin perder compás en su torpe caminar, se volvía y proseguía la carrera con quizás mayor ímpetu que me pareció ya una huía. 
             Cubrió los cincuenta metros de chapas que forman el puente, levantando sonoros arpegios de acero. Desistí en el seguimiento porque lo vi bajar desde la orilla en la que me encontraba por una escalera de cemento que había a la otra orilla y se fue a sentar debajo del puente sobre una gran piedra en forma de cubo. 
            Era su perfecto refugio. La piedra quedaba respaldada de la brisa húmeda del agua por unos troncos y ramas sabiamente entrelazados, a modo de rústica esterilla. No se percataba de mí, tan ensimismado que estaba en desenvolver un voluminoso paquete del que sacó un hermoso bocadillo.                Allí lo dejé despachándoselo, con toda parsimonia en su improvisada cabaña.
           A los dos o tres días, la radio daba, como servicio de socorro, la desaparición de un anciano de ochenta y ocho años, de su casa, en un pueblo cercano.
         La descripción física no concordaba con mi personaje, pero me daba lo mismo. Para mí, pudiera ser él u otro cualquiera, hecho que me dejó preocupado.
        Dos días después fue el entierro del octogenario desaparecido. Se había quedado dormido en una finca de su propiedad a la que iba con frecuencia en busca de sus recuerdos. Allí lo encontraron con la sonrisa en la boca, aterido de frío, varios vecinos que formaban la patrulla de búsqueda.