Da su nombre este legendario árbol al último de los establecimientos de Parres que se resistió al paso del tiempo, tanto por el empeño de sus dueños como por el encanto de su ubicación, perfecto mirador al Texéu y al Cuera. Desde él se divisan la mayoría de las Cuestas, sólidos contrafuertes del monte. Antes de convertirse en tienda y en bar, era una casa de la que conserva aún su corredor y una cuadra con su corralada y pequeño huerto en el que brotó y desarrolló el árbol que le daría posteriormente nombre al conjunto y prácticamente al lugar. En un esconce del camino que lo limita, tenía una higuera y, al otro lado de la carretera, un estrecho huerto cerrado con muro de piedra, con una higuera y nogales, hoy destinado al aparcamiento del bar.
Es verano y las tardes en la terraza del viejo bar se van sin sentirlo. Juan Manuel atiende con diligencia y amabilidad las mesas de la terraza en tanto que su padre Roberto se dedica a la barra y su tía Elenita prepara en la cocina los pedidos de las mesas.
Con el sonido y el olor característicos de la sidra batida al ser escanciada y las animadas tertulias se va yendo la tarde dando paso imperceptiblemente a la noche. La luna aparece majestuosa por el Jorcón de Morea y parece saltar a la pata coja por los riscos del Cuera.
Al día siguiente de San Pedro, como siempre se recuerda, dan comienzo los ensayos de los bailes de Santa Marina en la bolera de la escuela. Yo, que llevo a mi hija todas las tardes a los ensayos, aprovecho para llenarme de los recuerdos lejanos de mi vida en el pueblo, por más que no quiera reconocerlo y sienta que fue el otro día. Acuden también vecinos que viven fuera de su tierra todo el año, ávidos de deshacerse de la nostalgia que los corroe durante el año.
Me siento en la pequeña terraza abrigado por el afecto de familiares y amigos y trato de captar cada brizna del tiempo retenido en el paisaje que me rodea y me devuelve los viejos recuerdos.
“Enfrente de El Fresnu está la casa de mis abuelos paternos con su galería y, detrás de sus cristales, me parece ver la figura de mi abuelo con su bigote y su boina, sentado en la cama turca, haciéndome señas para que suba a darle un rato de compañía. Como todos los domingos, hago el mismo recorrido: de la Caleyona, por el Cuetu a casa de mis abuelos maternos, Araceli Sobrino Tamés y Marcos Noriega González, en Tamés. Con ellos estoy sólo un rato porque mi abuela viene por casa y a mi abuelo lo veo camino de Argandeñu con su yegua pinta y el carro. En sus narraciones pude encontrar el eslabón de mi propia historia que habrían de modelar mi personalidad. Padre, que así le llamaba yo, me hablaba de sus viajes al Nuevo Mundo y de los posteriores avatares de la vida, de la guerra y de su estancia en las cárceles, duros purgatorios de sus ideas republicanas a las que no consintió jamás en doblegar. Madre, me hablaba de su infancia y adolescencia en Porrúa, de las esperas a los indultos de las sentencias y de la espera por el indiano de la maleta al agua que lo fue quizás por mor de sus propias convicciones. Es la hora de la siesta en una tarde tórrida de julio. Con un beso me despido de ellos. Por el caleyín de Tamés se sale a Brañes y al Fresnu. Mi abuelo, Santos González Cue, me saluda tras los cristales de su galería. En la corralada hablo con mi abuela María Gutiérrez González que riega sus plantas. Subo la empinada escalera y abro la puerta de la galería. A la izquierda, está mi abuelo con su pata fantasma que aún le hace sentir la punta del pie, porque no quiso ponerla de palo. Distrae mi mirada en la pared una foto del barco “El Cano” en el que navegaron mi tío Pepe y mi padrino y tío Ramón Lledías, un calendario de la Virgen de Covadonga y la vieja radio que yo sintonizaba en onda pesquera para sentir ilusoriamente en otras lenguas quien sabe si transcendentales comunicados para el mundo inmerso en la llamada guerra fría. Al otro extremo, estrechaba el paso la vieja Singer que solía yo de más crío pedalear. Una hermosa begonia y un espárrago obstinado en recorrer la pared, con la ayuda claro está de los mimos y atenciones de la abuela, completaban la floral decoración. A su alcance, las dos muletas de madera esperan inútilmente en previsión de ser usadas. En el suelo, la única zapatilla separada de su compañera desde que salió de la caja, por decisión acordada en el hospital con un compañero de trabajo y habitación, Leocadio, que tuvo también la desgracia de perder la otra pierna. Con mi abuelo hablo de su trabajo en la puerta de la estación que le dio el sobrenombre con que se le conocía. Si alguien me preguntaba de qué familia era, yo, indefectiblemente decía orgulloso ser nieto de Santos el de la Puerta de la Estación, por parte de padre, y por parte de madre, me sentía igualmente orgulloso de ser nieto de Marcos el de la tía Elisa de las Melendreras. A pesar de su invalidez, conservaba el buen humor y llevaba perfecta cuenta de todo lo que ocurría y pasaba por delante del Fresnu, verdadero centro neurálgico de Parres.”
El Fresnu era el sitio para reunirnos antes de marchar al cine o de fiesta, cual golondrinas que emprenden su largo viaje. Allí quedábamos todos para salir, en el Poyu de Covadonga que desde antes de ser bar ya gozaba de ese privilegio como lugar de encuentro y de tertulia y que anteriormente se le conoció como el Poyu de Amalia.
Otilia Haces y Nano Quintana lo abrirían primero como tienda, allá por el año 1958 luchando por la clientela, a pesar de la existencia del Rosal y del Chispún, tan cerca unos de otros. A Roberto y a Panchito nacidos en la Caleyona, les seguirían aún Moisés, Nanín y Elenita para formar una gran familia.
“Uno de aquellos domingos de verano, acabada la tarea de la hierba, me encontré en la pandina con mi amigo Enrique Vidal Quintana y le pregunté si pensaba bajar al cine. Ganas no le faltaban, me dijo, pero solamente disponía de una peseta. Acaricié el duro que llevaba en el bolsillo del pantalón y sin pensarlo mucho quise compartirlo. Seis pesetas eran suficientes para dos entradas. Tendríamos que andar a buena marcha los tres kilómetros si queríamos llegar para la sesión de la tarde. Cuando llegamos al Benavente, las últimas personas entraban por la puerta. Aprovechando la distracción de la bondadosa Pomposa Neira que recogía la taquilla y la distracción del portero que guiaba a patio de butacas a los que nos precedían, subimos los pasos de las escaleras de dos en dos. Arriba, Modesto El Santanderín, nos alumbró con el haz de su linterna el paso a gallinero. Lalo, el operador de cámara, encendía en esos momentos la lámpara dejando pasar por el ventano los primeros haces de luz de la linterna mágica que proyectaron en la pantalla las imágenes acompañadas en los altavoces por la entrada del Nodo. La voz característica del narrador explicaba que el señor ministro de industria, inauguraba a golpe de tijera un hermoso pantano. A la salida, con las seis pesetas nos fuimos al bar La Covadonga de Hortensia y Herminio donde pedimos dos bocadillos de mejillones en escabeche y sendos botellines de refresco.”
No pasarían muchos años más para llegar la primera televisión al pueblo y con ello la decadencia lenta de aquel majestuoso edificio que se levantaba sobre la ría del Riveru, o la del sucesor Cinemar.
La primera experiencia televisiva la tuve en el comedor de la casa del Curru, una tarde de domingo, viendo como embobados la actuación de la perrita Marylin, del grupo de artistas Vieneses. Rin tin tin y Bonanza son las series más recordados por mí de aquella época inicial. Teresa nos acomodaba como podía sentados en el suelo a falta de tanta silla para la pandilla de niños y niñas que nos arracimábamos bajo el Corredorón. Posteriormente tendríamos la posibilidad de verla en la Campa, en casa de mi tía abuela Gloria y Loli, pero pronto daríamos preferencia a verla en el cuarto del Fresnu donde el tercer televisor hacía su estreno en los inicios de la década de los 60. Aún habrían de pasar bastantes años más para que la pudiese disfrutar en mi casa. Otras mejoras eran prioritarias como la instalación eléctrica en todas las dependencias de la casa, el uso de la cocina de gas, la acometida del agua corriente o la construcción del cuarto de baño.
El bar y tienda del Tío Venancio y de la tía Benina; el Estancu de Carmen y Pepa, hermanas de Venancio, posteriormente traspasado a Wences Noriega con cuya licencia de comercio abriría el Rosal; la sidrería de Félix Gutiérrez en Calvu, la tienda de Treni la panadera y Amelia en Coxiguero; el pequeño puesto de Isabel en Coxiguero que llevaría más tarde a Brañes con el nombre de Chispún o el puestín de pan del Recuestu de Mercedes y Gloria, El Resbalón de Regina y Ramón en el Campu el Roble y La Güeira de Guillermo y Lola en la Concha son viejos nombres en el recuerdo únicamente de muy pocos. Dieron paso unos a otros en aquellos tiempos tan difíciles de los primeros dos tercios del siglo ido. Desaparecidos la mayoría y nacidos otros como Bar la Peña de Fernando González y Fifi Fernández o el Ranchito de Félix Quintana y Encarnita cerrados ya los dos, dejan la exclusiva al Restaurante La Quinta de Santa Marina en un singular marco paisajístico cerca de la capilla y al Fresnu en un pequeño rincón del pueblo, donde, como dije, se disfruta del paisanaje parragués y donde nadie es capaz de sentirse extraño.

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