AL LECTOR:

Narraciones de hechos y acontecimientos recordados por el autor; otras recogidas de la tradición oral y escrita.

lunes, 1 de junio de 2009

LA CASONA DEL CARRIL


La casona del Carril es una elegante muestra de la construcción indiana de la comarca. De críos la mirábamos a través de sus altas rejas deseando de alguna forma conocer su interior, atraídos por la opulencia que mostraba con sus amplias escalinatas y con los ajardinamientos en los que se conservaban restos del antiguo esplendor de la mansión. Fuera del recinto que la rodea tiene La Cochera donde quedaron en desuso los dos últimos carruajes de caballo, lacados en negro y ribeteados de franjas doradas. La casa con galería junto a las escalerinas del caleyín de la Vega Teresuca donde vivieron Santos y Visita, los últimos caseros. El Garaje junto a la carretera. En el caleyón de “Las Pozonas”, yendo para Tamés, está la cuadra del ganado que cuidaban Santos y Visita. Detrás, el potrero donde se guardaban los caballos y otras dependencias agrícolas y ganaderas que fueron quedando en desuso lentamente. Sin embargo no se escapaba a cualquier observador los innumerables signos de haber habido allí todo un despliegue de medios: Aparejadas repujadas para los carruajes, aperos, herramientas, carros de vacas, de caballo, máquinas de arar, de sembrar, de sallar, cortar quedaron atrapadas por el óxido y las maderas de los techos fueron cediendo al peso y al agua. Sería acaso por lo que mi padre me contaba de haber trabajado con catorce años en la cuadra y por las maravillosas descripciones que me hacía mi abuelo que había compartido amistad y juegos con Luis, el hijo, haría que yo mirase todo aquello como algo extraordinario dada la escasez que se padecía. ¿Quién pensaría en usar el teléfono, la electricidad o el motor de explosión en aquel primer tercio de siglo? La casa fue mandada construir por D. Diego Escandón para su hija María que se casó con Bernardino Noriega Tamés, natural de La Venta en Pendueles, motivo por el que sus restos descansan en el cementerio de aquel pueblo. Antiguamente se la conocía como la Casa Rumayor que limita al norte con el barrio de Brañes, y al sur abre su portilla al Carril. Podemos imaginar el movimiento de personas que habría dentro y fuera de la mansión en contraste con la soledad en que se sumió a partir de la desaparición de D. Bernardino. Tenía a su disposición todo un equipo de empleados asalariados fijos: cocinera, niñera, y doncella para la casa; mecánico para los coches, como Antonio García, ex-guardia civil que acabaría poniendo su taller en la entrada de Llanes por la Concepción y chófer, Joaquín. Tenía incluso lacayos. Uno, al que todos conocían como Cayo, se encargaba de atender a los caballos. Para el resto de actividades del campo se proveía de jornaleros para plantar, rozar, abonar el campo, etc. Caro, otro de los lacayos, bajaba a Llanes a por los encargos con el carro de rejas y estaba al cargo de los lebreles de caza que utilizaban Bernardino y su hijo Luis. Disponía continuamente de un albañil o cantero para los continuos arreglos de tan vasta propiedad así como un carpintero que trabajaba debajo del Corredorón de la Casona y donde almacenaba la madera con la que reparaba las numerosas portillas de las fincas que tenía, hacía carretillos para sacar el cuchu de las cuadras, construía cajas y ponederos para el gallinero donde había un centenar de ponedoras y numerosos pollos que abastecían sobradamente la despensa de la casa.
Tenía también montado un potrero donde herraba los animales de tiro un herrador que llegaba de Unquera periódicamente. De la misma forma, cuando no era el capador, era el matador o el pesador los que se acercaban a realizar sus trabajos. En cada época del año había una actividad desplegada entorno a la siega, a la siembra y al sallu, a la cosecha del maíz o de la patata; a la recogida de la manzana, la fabricación de la sidra y al matacíu por el sanmartín.
Cayo era un hombre muy fuerte. Bernardino, que era de buen carácter, solía tener en su cuadra a un nutrido grupo de tertulianos que distraían el aburrimiento con apuestas de fuerza y proezas por el estilo de las que les contaré y que no siempre acabaron bien. Atraído quizás por aquéllas, se dejó caer por allí una tarde, José El Mayorazu de Porrúa, famoso ya por su enorme fuerza demostrada en múltiples situaciones.
Bernardino, al que tampoco le faltaba un punto de bromista, le dijo a José que Cayo, ― que como ya dije era de buena complexión,― había subido por el camino que hay entre el Garaje y la casa de Joserrín, el enorme carro del que tiraban “el Alegre y el Guerra”, los dos grandes bueyes rojos. José tragó el anzuelo con facilidad por parecerle que si Cayo lo había logrado, él no habría de ser menos. Una vez acercado el carro a la empinada cuesta, levantó el cabezón y colocándose debajo de él, se sujetó a los ajonadorios y lo plantó delante de La Cochera de Brañes sin demasiado esfuerzo, ante el asombro de los allí congregados.
Pasado un tiempo, corrió entre los ganaderos de los pueblos limítrofes la noticia de la importación de varias vacas y un semental suizo para la ganadería de Bernardino. Volvió por la cuadra El Mayorazu atraído por la novedad. Bernardino que no había quedado contento con los resultados de la última broma gastada a José y deseando bordarla, la preparó aún más gorda. Esta vez le dijo a José, así como quien no quiere la cosa, que Cayo había logrado levantar del suelo al “Barón” cuyo peso, 1350 kilos, rezaba en una placa colocada en la pared de la cuadra, pero que el Mayorazu no debió de ver ni mucho menos leer. Hombre fuerte y no arredrado por nada, no queriendo ser menos que Cayo, se metió debajo de aquella mole con patas echando toda su fuerza para levantarlo a la vez que preguntaba con la voz cortada por el esfuerzo:
― Bernardino… ¿Pierde tierra?
Mientras, a escondidas con la guiyada, D. Bernardino puyaba al tranquilo animal para que se moviese, no contento con el resultado esperado.

Nota del autor.-
Si deseas ver una buena muestra de casonas de indianos, visita el siguiente blog:
http://casonasdeindianos.blogspot.com/2010/02/52-casona-del-carril-o-de-diego.html y en esta otra dirección, se trata del origen de la familia por parte de D. Bernardino Noriega Tamés; sus restos mortales junto con los de Dª María Escandón, natural de Alevia en Peñamellera Baja, yacen en el panteón familiar de Pendueles.