Daba fin la primavera y se acercaba el día de mi primera comunión. Mis recuerdos de aquel evento quedan limitados a dos o tres cosas desencajadas ya del contexto y tan sólo plasmadas en dos únicas fotografías del álbum familiar.
Recuerdo como mucho las preparaciones de la catequesis a la salida de la misa y algunas tardes con Dª Concha Ibáñez, mujer de buen humor siempre y reconocido interés y afecto a los pequeños que pude comprobar cuando me visitaba en los episodios de mis enfermedades infantiles. Sus narraciones de contenido evangélico acompañadas de los caramelos que nos daba a la salida de la catequesis, tanto si nos portábamos bien como si mal, añadidas a la inocencia infantil, me dejaron suficientemente preparado para comulgar con las creencias que perdurarían hasta irse deshilachando con el paso del tiempo. La cátedra de doña Concha estaba donde su reclinatorio, junto a otros que también llevaban el nombre de “Familia de…” rótulos que recordaban sus propietarias, porque recordémoslo bien, los hombres escuchaban la misa bajo el coro con el privilegio de entrar los últimos y salir los primeros. Allí cerca del Baptisterio, por el que pasamos a darnos el remojón todos los parragueses, quedaba el confesionario mayor donde pronuncié mi primer “mea culpa” por mis pecados, todos bien ordenados en veniales, carnales y mortales que yo decidí desocupar para siempre, tal era la confianza en el perdón que me daba D. José. Así es como le solté de carrerilla lo de las naranjas robadas en la Tarazana de Dª Lola, lo de comer chorizo en viernes o algo tan lejano como fue la matanza de unos pitines del abuelo cuando yo tenía tan sólo tres años, tan sólo por obligarles a beber de un regatu que salía de la pila del cuchu por lo que debía de ser nada potable. Y expulsadas esas bagatelas, como si fueran el tapón de una botella, fui echando fuera el resto ayudado por la escrupulosa insistencia del sabio confesor que, cual llagarero, trataba de dejar limpio y reluciente el recipiente antes de llenarlo de nuevo. Las explicaciones complementarias que don José con su voz pía nos ensartó en las catequesis previas al día señalado vinieron a corroborar las dadas por la buena de doña Concha, pero excediéndose, pensé yo como crío que era, debido a su privilegiada familiaridad con lo divino que como cura disfrutaba, y fue que con el apagavelas nos pidió que le imitásemos en dar un golpe suave en el hombro del Cristo de la gran cruz cerca del altar. Obvio es decir que todos nos echamos atrás en llevar a cabo tal villanía, por tener tan unida la idea del icono y de la deidad que representaba y si aún hoy fuera, por respeto, creo que tampoco lo hiciésemos.
Vestido de traje largo gris, camisa, corbata y chaleco, en la sastrería de “Ramón Peláez” y zapatos negros de charol, por cincuenta duros que mis padres habían cobrado por la venta de aquel borrico tan de algodón como me imaginaba al leer el famoso cuento de J. Ramón J., anduve los escasos cien metros que hay de mi casa hasta la iglesia. Por los dos caminos de acceso al templo, fueron llegando el resto de niños transformados algunos en marineros y almirantes otros y las niñas levantando como jóvenes novias el largo e impoluto vestido blanco sobre las espadañas sembradas por el camino. Yo, recordando los últimos ensayos hechos con el cura, apretaba contra mí en señal de devoción el misal nacarado, ensartado el rosario entre mis dedos enfundados de finos y blancos guantes, que con el crucifijo de cordón dorado me había prestado para la ocasión Elisa la madre de Camilo que la había hecho con anterioridad a mí.
Tras la comunión, nos hicieron una foto de grupo en el altar y fuera, bajo los castaños, nos esperaba ya el chocolate con bizcochos y galletas. Después bajé con mi madre andando hasta el taller fotográfico de "Picos", al lado de la cafetería “El Pinín”. Cuando revuelvo entre el resto de fotos de color, aparecen aquellas dos únicas pruebas mudas de mi infancia, tan grises como los tiempos que eran, pero de los que no quisiera perder ni un ápice, porque, al fin y al cabo, representan algo que nos pertenece mientras la memoria lo pueda también conservar.
La Rectoral era otro edificio importante como lo era, claro está, la misma Iglesia y la Escuela. En ella se había alojado, que yo oyese decir, D. Antonio Valladares, cura muy querido y recordado en el pueblo, con sus padres D. Juan y Dª María y hermana Amparo. El primer bautizo que realizó fue en febrero de 1926, a Ramón Noriega Romano, Monchu, primo carnal de madre y notable cartero, y la última boda fue la de mis tíos Alejandrina y Ramón en la Capilla de la Pereda por el año 1944 que, aunque no sean datos demasiado precisos, nos acercan bastante. D. Antonio, gozaba, como dije, del afecto de todos los parroquianos y no se le cayeron anillos por ir a fortificar en tiempos previos a la llegada del frente a Llanes, llamado por las quintas, en la cuesta del Campo de Aviación de Cue y, porque estuviera poco acostumbrado al esfuerzo físico o por el respeto que como persona y como párroco se le tenía, hizo de encargado de obras. Cuando iba para el trabajo de fortificación madrugaba tanto que le decía a su compañero Manuel Amieva cuando iba por la Calzada:
― D. Manuel, ¿no fue hace un momento que pasamos por aquí?, ― refiriéndose al momento de regreso casi de anochecida de la jornada anterior cuando volvían para casa.
Fue también catedrático en el Colegio de la Encarnación y daba clases en La Rectoral de Parres a los alumnos que venían desde Llanes. En los tiempos revueltos, tanto durante la contienda como de los que siguieron, puso en práctica sus cristianas creencias y así evitó, con su gestión decidida y valiente, la condena de una docena de vecinos acusados tan sólo de no estar identificados con el nuevo régimen. Cuando marchó para Oviedo, Monchu le bajó en el carro todos los libros de su amplia biblioteca hasta el embarque de la estación del tren.
Un día de Santa Marina, por los años setenta, regresó al pueblo de visita. Pude conocer en persona a aquel mítico cura y percibí en el silencio de su homilía el afecto y la familiaridad que se le rendía. Se dirigió a todos y su voz en los altavoces respigó mi piel de la emoción como la de todos los allí presentes, me aventuro a decir. Propios y extraños congregados en las camperas de la capilla escucharon a D. Antonio, lo mismo que lo hizo nuestro bienquisto párroco D. Manuel Llanes Amor, pero fue cortada su homilía por el cura que regía el ceremonial y a todos nos entristeció y alejó bastante.
La Rectoral quedó abandonada y sólo fue usada, en algunas ocasiones para la celebración de algunas bodas como en el caso de la de mis tíos Joaquín González y Mª Teresa Noriega a la que asistí con cinco años. En un cuarto pequeño estábamos los niños y en el resto de habitaciones las mesas para los mayores. Las sillas, mesas, platos, vasos y cubertería eran prestados por las familias y amistades de los contrayentes. Se les ponía una marca a tiza o tinta para poder devolverlos sin error. De ese día recuerdo bien poco más que nuestro consabido juego bajo las mesas y sillas al escondite, es decir, estorbando como solían decir los mayores incomprensiblemente.
