Relatos autobiográficos con el pretexto de seguir el orden cronológico de una historia compartida, usando el realismo mágico y la autocrítica.
DEDICATORIA
Va dedicado a quienes busquen los recuerdos perdidos de su infancia y que sean capaces de ver en los acontecimientos más singulares la poesía de la vida. No es preciso haberlos vivido; basta tan sólo con haberlos soñado.
lunes, 22 de febrero de 2010
Cartas desde el exilio
Desde el exilio involuntario, el fin de semana, leo El Oriente de Asturias que me trae aires de mi tierra querida. En sus páginas encontré tus escritos que me van llenando de recuerdos infantiles de aquellos años tan felices que viví en el pueblo que me vio nacer. Por semana abro tu blog ‘Renglones Perdidos’ para encontrarme con todas las historias que acabo haciendo mías o el de ‘La Tierra’l jelechu’ donde fisgoneo las fotos en las que posa mi gente. Así, tratando de encontrar parecidos e hilvanar mis propios recuerdos, me veo caminando por aquellos sitios que no se desvanecen.
“De pequeña me encantaba estar en el monte con mi abuelo. Para comer nos guisaba patatas chalonas y, de postre, nos daba del queso curado que él mismo hacía de la leche de las ovejas. En un peyu de agua fresca que había cerca de la cabaña, con un enorme peine más grande que mi cabeza de niña, padre que así le llamábamos mi hermana y yo nos peinaba y nos cortaba el flequillo con la tijera de trasquilar las ovejas.
Para dormir había dos catres, uno para las mujeres y otro para los hombres. Los colchones estaban hechos de la porreta del maíz y cada vez que alguien se daba vuelta por la noche, despertaba a los demás.
Para el desayuno, hacía padre el mascazón, con restos troceados de la borona, cocidos en leche con algo de azúcar. Mi tío, que me lleva seis años y por tanto más trallado, me decía:
― Cómetelo deprisa, jiya, verás cómo así te jartas.
Sería que él ya había experimentado que al tragar aire se hartaba. Cuando conocí muchos años después los episodios de Heidy, me resultaban de pura ficción comparados con lo vivido por nosotros.
Cuando llegábamos al monte, nos recibía revoloteando por encima del sitio de la cabaña una graya de plumaje negro brillante muy bonito. Se venía a posar siempre en la piedra saliente, que todas las cabañas tienen junto a la puerta para colocar en alto las cosas. Cuando nos sentábamos con padre a comer, ahí llegaba a que compartiéramos con ella algún trozo de queso o pan duro y de tanta familiaridad que nos tenía incluso se atrevía a posarse en nuestros hombros.
Recuerdo bien que mi abuelo cultivaba al lado de la cabaña unas cuantas plantas de tabaco, con aquellas hojas tan anchas que me recordaban a las de la acelga. Una vez desarrolladas suficientemente las colgaba en manojos de los pontones salientes del tejado, donde también recibían de rebote el calor de las piedras de la cabaña. Se daba cuidado de recogerlas nada más asomaba por los riscos la amenaza de nubes o de niebla. Una vez ya bien secas, las trituraba entre sus nervudas y huesudas manos, guardando en una lata aquel picado de tabaco. Del pueblo le subían, cuando iban al escontru, mecha y piedras para el chisquero con un librito de papel de liar.
Él les hacía entrega de la triguera de quesos a medio curar que mi abuela bajaba a vender al mercado de Llanes. Con el suministro venía una torta de pan, como rueda de molino, que a la hora de las comidas repartía en raspas muy finas, de modo que durase para las tres comidas de los siete días de la semana hasta que apareciese la siguiente. El resto del pan lo guardaba, con el cuidado de quien guarda un tesoro, envuelto en un trapo que metía dentro de un caldero colgado de una ripia.
En una finca colindante a la nuestra, había otra cabaña habitada en el mismo periodo de tiempo y con las mismas actividades de pastoreo habituales en la zona. En una ocasión, cuenta mi tío, la mujer de la otra cabaña se acercó a la nuestra a pedirle una pizca de pimentón para hacer las patatas guisadas. Mi tío, era un niño, ¡de dónde lo iba a sacar!, pero por no querer ser menos le dijo a la mujer:
― Espera, que creo haberlo visto debajo de las riestras de chorizos dentro del arcón.
Entró en la cabaña y a fuerza de picar y moler un cascote de teja con una piedra arenisca, sacó un buen puñado de “pimentón” que envolvió en un trozo de papel de estraza y se lo entregó a la vecina que marchó agradecida a la par que asombrada. Ni había chorizos, ni pimentón, ni nada de nada, pero, en cambio, se tenía cuidado de simular la penuria que se pasaba y que para nadie era secreto, todo lo contrario en el afán de aparentar abundancia y sobre todo de mantener la dignidad propia.
No teníamos juguetes a nuestro alcance; una muñeca de trapo y poco más. Mi abuelo demostraba tener una paciencia infinita con nosotras. Con palos de pláganu o fresnu nos hacia en primavera, cuando la savia deja soltar las cortezas a golpe de cacha de navaja, los chiflos con los que espantábamos el silencio del monte. Mientras pastoreaba las ovejas por los riscos, sentado en una roca desde donde controlaba el impaciente ganado, nos hacía botones de todos los tamaños. Después, en la cabaña, ya al calor de la lumbre y sentado en su tayuela de mecer, con un hierro candente horadaba los agujeros. En un bote vacío de conservas, bajo una viga del techo, guardaba como decía él un jilu blancu, un jilu negru y una aguya con lo que reparaba los rotos de nuestras faldas.”
Da mucha ilusión leer cosas tan nuestras y tan diferentes a como vivimos ahora. Lo que nos faltaba antes, ahora nos sobra. Yo por eso no me siento más feliz, al contrario: añoro muchísimo aquellos días en el monte.
¡Cuántas veces añoré volver a esa humilde vida de pastora a cambio de sufrimientos mayores que vinieron aparejados a nuestra aparente mejoría económica! No teníamos que habernos movido de allí. Ni alcanzamos la riqueza que se imaginaban en aquel tiempo quienes emigraban, ni conservamos lo poco que teníamos y, como dice una sabia sentencia gallega, “deixo aldeia que conozo por un mundo que non vi”.
La emigración a las Américas, estuvo bien para la gente astuta en negocios, no para la gente como la nuestra que no hicieron más que trabajar y desarraigarse de todo. Claro que el hambre los empujaba. Mejor resultado obtuvieron quienes se fueron a la ventura hacia los países europeos, aunque con muchas renunciaciones, pero al menos, podían ver a los hijos todos los años. Muchos de ellos acomodaron sus vidas en un par de décadas al país nuevo donde no echaron en falta nada.
Leerte en El Oriente, no te lo puedes imaginar, es como escarbar en mis raíces más profundas. Me fui del pueblo con diez años, pero recuerdo las cosas y los lugares que mencionas en tus escritos. Me resulta tan familiar y tan entrañable lo que cuentas para quienes estamos tan lejos…
Historias como estas animan a seguir adelante semana a semana y si son del agrado de los lectores, mucho mejor, porque la satisfacción mía es presentarlas.
Lexicografía:
el monte,
exilio voluntario
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