Aquel curso pasado en
La enseñanza se basaba en la memorización de los contenidos incentivada positivamente por los resultados mensuales dados a conocer de forma pública el viernes final de mes, a la tarde. Para despejar las telarañas de la mañana, nos ponían de pie alrededor de las mesas, cubriendo las dos paredes laterales y el fondo de la clase, y el fraile iba leyendo, cuanto de prisa podía, números y operaciones hasta que cerraba aquella retahíla con una inflexión de voz y contestábamos en riguroso orden. Varios segundos de espera, y si no dabas el resultado correcto, daba paso a toque de señal al siguiente de la línea, en orden descendente. Si alguien acertaba, adelantaba de puesto para la próxima vez y ese orden era respetado por nosotros. La señal, era un artefacto, a modo de carraca que a toque de pulgar emitía un sonido seco que restallaba en el eco de las altas paredes. Se usaba también para señalar el cambio de lector en alto. Alguna vez, no sé si por hartar al hermano Félix de nuestras indisciplinas, la señal acababa estrellándose en el charlatán o en el vecino. En una ocasión que venía el proyectil hacia la última fila, tuve el reflejo de agacharle la cabeza a mi compañero Martín yendo a estrellarse contra la ventana del fondo. Los frailes eran duros y exigentes a ratos, cuando ya perdían el aguante necesario, supongo, pero nadie reclamaba nada, si se pasaban, porque llevábamos las de perder. Sobre este tema, hay historias para todos los gustos.
Recuerdo especialmente, el uso de las láminas de dibujo que llevábamos a casa para terminar a carboncillo así como otras que hacíamos a tinta china de colores rojo, verde, amarillo, además de los corrientes azul y negro para orlas y grecas, así como los cuadernos de caligrafía que comprábamos en el mismo colegio. Al fondo del pasillo, el hermano Pedro, tenía un armario de puertas correderas que ocupaba todo el ancho de la pared. Ver el contenido de aquel armario era un goce de ilusión: allí las cajas de gomas y aquellas otras de los lapiceros con sus puntas afiladas como lanzas; más en alto montones de cuadernos de distinta numeración para el cálculo o la caligrafía, bien de inglesa, bien de redondilla; los tarros con mangos de plumieres de madera rojiza con sus ferretes dispuestos a enfundar las plumas que no eran tales, sino de latón: unas numeradas para los distintos gruesos de letra, la inglesa, la de punta roma y el plumín de dibujo técnico. Aprovechábamos los recreos para ir a gastar las pocas perronas que teníamos en regalices y las perrinas en anisinos. Al paso por la vía del tren, solía poner en los raíles una perrina de cinco céntimos. Cuando volvía de regreso al colegio la buscaba por entre las traviesas. El peso del tren la había estirado semejándola en tamaño a las de perrona de diez céntimos. Una tarde no se me ocurrió otra cosa que intentar colarle al Hermano Pedro una de aquellas perrinas para pagar la barra de regaliz.
―¡Parres, Parres!― me dijo, pero debió hacerle gracia la ocurrencia y me dio a cambio un trozo de regaliz que le quedaba en el fondo de la caja. No estuvo mal el trato.
A veces, una indisciplina, o tardanza en la llegada al colegio, la pagábamos con la realización de un cuaderno de caligrafía para la semana o para el día siguiente, caso de ser grave la cosa. Otras veces, nos mandaban copiar de un libro decenas de cuentas de cálculo que teníamos que llevar hechas para el día siguiente. Muchos se quedaban por el camino a realizarlas en grupo si tenían a alguien del mismo curso.
Abad, Abello, Amieva, Amuarbe, Anca, Armas, Cantero, de
