ESTAYA

Después de un tiempo de pausa, vuelven las ideas y los recuerdos. Seguimos el camino...

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DEDICATORIA

Va dedicado a quienes busquen los recuerdos perdidos de su infancia y que sean capaces de ver en los acontecimientos más singulares la poesía de la vida. No es preciso haberlos vivido; basta tan sólo con haberlos soñado.

ÍNDICE TEMÁTICO

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Aprendiz de mason


Al final de agosto, fueron las fechas para los exámenes de Reválida. Aunque había repasado por mi cuenta todo el temario de Matemáticas, no sirvió de mucho ante la prueba que nos cayó en Química donde algunas de las cuestiones me parecieron demasiado enrevesadas. No dejé tiempo a esperar resultados. Creí haber dado al traste con la continuidad en mis estudios de bachiller y de los posteriores. La pequeña gatera por la que uno se podía colar y así poder cambiar de modo de vida, se me había cerrado. Al otro lado de la tapia se encontraba un mundo que nos parecía más atractivo, en el que quizás hubiese los mismos problemas o incluso mayores, pero eso entonces, sinceramente, no lo pensaba. Atravesarla para mí representaba todo un hito y un mito. Comparaba las formas de vida de uno y otro lado, en lo que a simple vista se me daba a conocer y no dejaba de atraerme, aún sin ser en ninguno de los lados, totalmente de color rosa.
No obstante mi amor propio, me olvidé del fracaso que suponía aquel bache en los estudios, y que con posterioridad aceptaría como receso. Lejos de causarme daño, supuso para mí toda una fuente de experiencias positivas que me crecieron. Tan sólo me entristecía la pérdida de confianza que mis padres habían depositado en mí por quererme sacar, no del entorno que era el adecuado, sino de la paupérrima situación de campesino, mal pagada y mal considerada. Qué mejor herencia que darte unos estudios, me decían, más cuando a nosotros se nos fueron negados por las circunstancias padecidas de la guerra; y no les faltaba razón.
Por los pueblos hasta donde mi corto conocimiento alcanzaba entonces, me sonaban los nombres de constructores que tenían obreros fijos y los de otros albañiles que precisaban tan sólo de un peón. Lo hablaba con padre a la hora de su comida sentados en cualquier ribazo de la Talá donde entregaba su sudor y sufrimiento en larga jornada de mañana a noche por veinte duros y cuatro más por puntos que cobraba por mí. Me dio repaso a los conocidos suyos: Celedonio Torre en Llanes; Froilán García y Pedro Tudela en Cue; Mone Núñez y Juan Sotres de la Jorcada en Pancar y León Fervienza en San Roque. Si se trataba de servir como peón particular tenía a Manuel Amieva Romano en Poo, Baranda en Pancar, Pelayo en Cue o acaso podría entrar en la serrería de José Perela en Llanes. Había quien se dedicaba a otros menesteres, que no los del ladrillo, y tampoco dejaban de ilusionarme, como Arriarán de la Portilla en pintura de edificios; Baranda en Cue, Pando en la Galguera y Pedro Sobrino en Pancar, carpinteros de obra; como también estaba Tanis o Antolín Cuevas, de Llanes dedicados ambos a la fontanería. Formar parte de las cuadrillas de aquellos o servir como pinche aprendiz de éstos me atraía de igual forma.
Ya veremos lo que encontramos, me dijo mi padre. Las indagaciones fueron diligentes. Aquel mismo martes habló con Froilán en el bar Los Arcos de Pepe, a la caída de la tarde, donde solía tener su puesto de mando y distribuía las tareas del día siguiente. Aparte de ser una persona afable de por sí, tenía con mi padre cierta confianza por haberle encargado hacía años la construcción de la cuadra. Posiblemente, después de elogiar mis aptitudes físicas y actitudes personales, obtuvo un puesto de trabajo en su cuadrilla. El jornal dependía de la disposición con que me viese desenvolverme a lo largo de la semana.
Aquella noche, creo que me quedé dormido mientras soñaba con ser albañil como los que conocía y a los que admiraba sinceramente.
Me levanté temprano y ayudé como siempre a mi padre en la cuadra. Desayuné y me fui en bicicleta alegre como unas castañuelas. Colgado del hombro llevaba la bolsa con la comida del mediodía. Una fiambrera ocupada por una tortilla de patatas y una botella con medio litro de leche y café bien azucarado, una manzana y un chusco de pan que cogí en Las Delicias al panadero, cuando por allí pasaba. Colgada del alma llevaba la ilusión de sentirme mayor y útil a mis padres, de relacionarme y de aprender algo de provecho en el mundo de la construcción. Era un recurso de vida que parecía ofrecer desbordantes expectativas.
Justamente era también el día de mi santo, treinta y uno de agosto, miércoles. No había querido esperar al lunes. Suponía para mí un preciado regalo.
A las ocho de la mañana estábamos todos delante del edificio en construcción, en una finca al lado mismo del camino del instituto. Se hacía una casa de sótano y planta baja. Al principio yo no sabía lo que debía hacer, todos los compañeros tenían asumidos sus obligaciones. Los albañiles, Ferruchu y Tomé, subieron a los andamios para preparar la pared; los peones, Ramón y Fernando, arrancaron la hormigonera para hacer la masa y llevarla a las maseras en calderetas de hierro. Para ello trepaban con pericia por las barras del andamiaje y las lanzaban con apaño para ser recogidas al vuelo por los oficiales. Yo les ayudé paleando la arena a la boca de la hormigonera pero me encontraba perdido, porque no conocía las proporciones ni sabía de textura ni color. Ellos controlaban, si perdían el recuento de arena echada, por el color que tomaba la mezcla. Al llegar al andamio, los albañiles darían su veredicto y de no ser la adecuada, corría el peligro de que volviese abajo de una patada, sobre todo si encontraban el más mínimo tropiezo. Y gritaban: “Pinche, criba el agua”. La verdad que en aquel tiempo, no sé ahora, el oficial era toda una autoridad dentro de la obra al que los peones no osaban contravenir y pobres de ellos si lo hiciesen. Había que saber dar con el punto de la masa, como hacen los cocineros, para que no saltase por los aires con todo y caldereta después de echar los hígados en subirla a hombros por los andamios. No obstante, salvados los primeros días, en que te dedicaban las más pesadas bromas, si lograbas encajar en su personalidad, tenías asegurada la felicidad en el trabajo. Como era costumbre entre soldados o estudiantes, los albañiles no se andaban a la zaga. Podían hacerte arrastrar con un saco cuyo contenido desconocías totalmente. Sólo sabías que allí iba la máquina de enderechar tablones, de extremada fragilidad que te hacía cuidar de no tropezarla con las esquinas. Al final, veías consternado que tanto mimo se lo habías dedicado a un pesado trozo de vigueta de hierro que se usaba, colgada de una cuerda, para golpearla y avisar con ella del final de jornada. Otro día, olvidado lo anterior, te mandaban en busca de la escuadra de vueltas o del nivel de rincones que no sospechabas fueran otras de sus bromas. Acababa uno riéndose de sí mismo, pues tenía su gracia. Habría ocasión de pasárselas al que entrase nuevo.
Un poco más tarde, llegó el oficial de más rango, la veteranía tenía su grado, a quien las riñas del jefe nunca llegaban ni hacían mella. Salió por la estrecha lucera al tejado para continuar con el retejo, ataviado con unos pantalones de azul Mahón, una camisa a cuadros arremangada, y blandiendo su inseparable paleta catalana. En el bolsillo trasero asomaba de amarillo chillón un doble metro de carpintero.
─Pasta, ─ pidió, sin dirigirse a nadie en concreto. Yo me encontraba cribando la pila de arena para las siguientes masas y con el ronroneo de la hormigonera no escuché la llegada del man que así denominaban al jefe, en su Lambreta. Me mandó que atendiera al albañil del tejado. Y así fue como comencé una nueva etapa de mi aprendizaje.

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