AL LECTOR:

Narraciones de hechos y acontecimientos recordados por el autor; otras recogidas de la tradición oral y escrita.

jueves, 6 de enero de 2011

LA HUERTA "EL MONXE MORO"

Mi compañero Ángel y yo fuimos algunas mañanas en bicicleta hasta la cantera abierta en la falda sur de la sierra de Pimiango para arrancar, a golpe de pico, material con que hacer hormigón. Teníamos que tener suficiente cantidad para no hacer el viaje en balde cuando llegase el camión a recogerlo. Juntamos el material por la mañana a pie de carga. Quedaba tan sólo cargarlo a pala por la tarde. Ese había sido el trabajo que nos marcó el man y confiado en que lo cumpliríamos, no vino a vigilarnos. Comimos deprisa con la idea de dar una vuelta por el pueblo. Era un territorio totalmente desconocido para mí. Nunca hasta entonces había llegado tan lejos. Miento. Una mañana había ido a buscar un paquete de puntas y una piqueta nueva a la ferretería de Bustio, junto al puente. Nos acercamos hasta ver el mar después de recorrer equivocadamente las enracimadas callejuelas del pueblo.
Abajo se levanta el faro que en las noches evita a los marinos chocar con la costa. Sus destellos los había visto desde la lejanía, alternando con otros más tenues por lejanos en tierras cántabras, cuando la bruma no difumina el litoral, cual pequeñas luciérnagas en las noches de junio. Allí abajo, al pie de la la Sierra, se encuentra la Cueva de “El Pindal” de la que tuve noticia por primera vez en las clases de Historia con D. David Ruiz González.
Esta cueva fue habitada durante el Asturiense y el Magdaleniense final. Es en 1911 cuando el Abate Breuil con el Alcalde del Río, publican en Mónaco una monografía, "Las cavernas de la Región Cantabrica". En el estudio incluyen esta cueva que desde entonces pasó a formar parte del Patrimonio Artístico Regional. Posteriormente, en 1929, D. José Fernández Hernández, párroco de Colombres le dedica su estudio entre 1927 y 1933 y que publica luego en Covadonga. En 1954, Magin Berenguer y Francisco Jordá dedican en el Boletín del Instituto de Estudios asturianos un trabajo a este hallazgo. En él se da cuenta de al menos cuarenta y cinco pinturas rupestres, reunidas en cinco lugares de la caverna, donde se pueden ver bisontes (11), caballos (9), elefantes (2), tres cérvidos, un jabalí, un pez y otros signos.
Algún otro día tendré ocasión y tiempo sobrado de conocerla, me prometí. Esta vez el tiempo del que disponíamos no daba para bajar y subir el sinuoso y pendiente camino.
Los días se fueron volviendo fríos casi al final del mes. Se acercaba la Navidad. La nieve llegó puntual entonces, y como si tratase de hacer con Buelna una postal, lo cubrió completamente todo de una espesa capa de nieve, hasta la misma costa. Era difícil distinguir en la obra la pila de piedras de la de arena. Faltaron algunos albañiles y nos pusimos por mandato del cantero a cavar la zanja para traer el agua desde un pequeño manantial que había no lejos en una cota más alta que la casa. Las manos se cuarteban por la fría humedad y sangraban al roce con el asta de la azada, con las árgomas y terenos que debíamos arrancar. Sin guantes de obra, tan sólo nos resguardaba del lodo las katiuscas y el traje de agua, que encontraba por las mañanas rígido por la helada, colgado en la caseta de obra. Ni el clima ni el cansancio me impidieron recorrer poco a poco los alrededores y encontrar rincones que quedarían en mi recuerdo. El primero de ellos, fue el bufón al que nos acercamos en varias ocasiones. En una de ellas, para bajar unos metros por dentro de sus fauces de alabastro, en días de estar dormido. En otras para sufrir la rociada de su lluvia o sentir la débil bóveda vibrar bajo nuestros pies. Allí comprendí que la costa caliza es una intrincada red de cavernas por donde fluye el mar como la sangre por las arterias. En las calicatas que abríamos al pie del muro de contención del chalé, observé la blanca arena embolsada en el barro, empujada por el aire a presión bombeado con el fuerte oleaje.
Siguiendo la costa, otro día quise llegar hasta el final por ver desde otro ángulo la playa de la Franca, pero me entretuve rodeando una finca de algo más de media hectárea y cerrada con pared de piedra que en sitios sobrepasa con creces los dos metros de altura, siendo su grosor de un metro. Cuando acabé de dar la vuelta a la muralla, encontré el dintel labrado de la entrada con signos de haber sujetado una robusta puerta. Aunque conozco huertos bastante más pequeños con entradas de piedras labradas y cercados por verdaderas murallas que están destinados a plantar hortalizas, aquella finca, sin embargo, la imaginé destinada a otros menesteres. Un rápido escalofrío me despertó de mi imaginación. Se acercaba la hora de entrada. De hecho sentí cómo arrancaba el motor de la hormigonera y eché a correr alejándome veloz con esa disculpa de aquel frío y tétrico reducto.
Por no dejarlo para otro momento, y haciendo un corte en el tiempo biográfico que guía mis escritos, paso a contar lo que me sugiere esta, para mí, inconsecuente construcción a poca distancia del acantilado. Hoy se encuentra casi oculta por la maleza, arraclanes, madroños, alloros y encinas como si la naturaleza quisiese fagocitar y borrar cualquier vestigio de un tiempo pretérito que yo me obstino en delatar. Será poco fiable mi hipótesis por falta de documentos, pero es sobradamente intrigante para que el lector ávido de aventuras se llegue a dicho paraje e intente hacer la suya.
Cuando llegué por primera vez a Pendueles como maestro, diecisiete años después del tiempo de mi fortuito hallazgo, recordaba perfectamente aquella finca y los alrededores y hasta ellos llegué en mis paseos de reconocimiento del lugar.
Saint Iuste>Santiuste> San Justo está claro que es topónimo de la advocación a este santo y se me vino a la mente el Monasterio de Yuste donde vivió sus últimos días el Emperador. El mismo rey que de mozo había pasado por estos pagos, elevando a categoría de real el antiguo camino de peregrinos. Hace cinco siglos la entrada habría sido otra que la de hoy en día. Quizás el camino, una vez dado vista al pueblo de Pendueles, atajaría por el lugar donde estuvieron las Cocheras de la Condesa que bien podían haber sido continuidad de otras mucho más antiguas donde se guardarían o se repararían los carruajes y se hiciese el recambio de la caballería por otra de refresco. El camino seguía por delante de la casona de Riegas evitando la Bárcena anegada cerca de la Laguna. El agua allí desaparecería por las cuevas del subsuelo hasta resurgir en el lugar de Cianos/Cienos, posible ciénaga por dónde atravesaría el agua el último obstáculo antes de entregarse al mar. Al otro lado del cueto se puede escuchar el sonido del agua correr desde la pequeña abertura de una cueva junto a la playa de El Picón de Buelna.
Pero volvamos al camino real que dejamos, por ir tras el agua, junto a las murallas de la vieja abadía que, según escuché decir, dio el nombre primitivo al pueblo. Seguia el real camino por el barrio de La Venta adentrándose en robledales y castañedos que poblaban de sombras y hojarascas para solaz del caminante el actual barrio de Berines nacido posiblemente al par que la estación y la escuela a principios del pasado siglo y ya en Raos recargada la calabaza en la fresca fuente continúa el viajero por Camplengo hasta Buelna. Allí resta aún residual el recuerdo del humilladero donde se paraba a la oración y seguía en dirección a Santiuste el camino muy cerca de la ubicación del traído chalé. A pocos metros otra fuente y abrevadero aún se conservaban junto a los restos de la primera carretera, desplazada por la actual, como pago ecuánime de haber desplazado a su vez al viejo camino. Nueva Venta en el camino real con restos de cierto empaque señorial por sus columnas de arenisca que parecen echarle el pulso al tiempo, antes de adentrarse por Ubrade en la bajada al puente de piedra sobre el río Cabra, desde donde se divisa el Molín de los Prados. Los caballos y los caballeros se cansaban por estas rutas plagadas de riachuelos y vericuetos. Era septiembre cuando D. Carlos pudo contemplar el bufón y quizás se paró a verlo.
Nuevos hallazgos me afianzaron la idea. Mario y Conchita, con quienes tuve ocasión de charlar a tiempo, me dijeron que aquel cierro que tanto me había llamado la atención se conocía como la huerta del “Monxe moro”. Pensé en algún eremita perdido en oraciones por esta costa y busqué sin éxito una ermita, la de Saint Iuste. La finca de Santiuste llegaba del mar al río, antes de ser seccionada en dos por la actual carretera y la construcción del puente de la Franca. Sigue el camino cerca de la Venta y de la casa palaciega con capilla propia y otras dependencias, otrora señorío de un famoso Inquisidor.
Poco más que estos datos pude obtener en el boca a boca con la gente del pueblo. Ramón Pidal Noriega, recordado vecino, amigo y avezado pescador, me comentó al respecto que, escondida entre la maleza de la finca, junto a la entrada de “La huerta'l Monxe”, había una gran losa con leyenda que nunca él había podido traducir. Quedé con él en acompañarle un domingo para buscarla y transcribir el texto, sin duda, escrita en latín. Lo fui dejando, creyendo que hay siempre tiempo para todo, pero mi amigo se fue para siempre y con él la exacta ubicación de la placa. Dejé aparcado el tema. En mi idea sólo acierto a pensar en el uso de aquella finca cerrada a cal y canto como reducto para condenados a galeras. No tiene sentido tal construcción para otra dedicación a no ser que la paciencia y la tozudez del monje le llevase a castigar su cuerpo arrastrando las rocas y quisiese allí aislarse del mundo atraído por los fuertes rugidos que el cercano bufón lanzaba con bocanadas de espuma al cielo cual bestia de los avernos.

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