AL LECTOR:

Narraciones de hechos y acontecimientos recordados por el autor; otras recogidas de la tradición oral y escrita.

sábado, 19 de marzo de 2011

JOSÉ MARTÍNEZ TORRE, "Pequeño"

Celebramos esta festividad tontamente y apenas nos damos cuenta de la cantidad de Josés que nos rodean. Estas líneas quieren ser un panegírico honesto a quienes supieron hacer de su oficio humilde el único modo de vida. Son a estas personas olvidadas en su aldea que comenzaron casi en la infancia a servir, me atrevería a decir, casi esclavos, a cambio de un plato y un techo, a quienes les dedico estas líneas.
El cable que conecta a José con el mundo de los sonidos que le rodean, le cuelga de su oreja izquierda. A pesar del invento, él no percibe el gorjeo de los pájaros que construyen los nidos entre las tejas de los aleros, ni el sonido de las esquilas del ganado que pasta en los prados bajo La Peña de Cimiano.
Las personas cuando se enteran de su edad, se asombran por los bien traídos ya noventa años que soportan sus largas y delgadas piernas. Los ojos que aún cumplen bastante bien su trabajo, escudriñan todas las cosas que hay a su alrededor, los rostros desconocidos de la gente que al pasar le saluda y el paisaje que en el alto muestra una docena de vacas pastando. Observa el trajín que se traen los vecinos y pone su criterio profesional sobre cualquier actividad que se realiza relacionado con la madera, ya sea sobre la forma de asegurar la estabilidad de una escalera que pende de un henal como si se trata de echar unas gomas a los tazos de las madreñas.
─ Qué haría si volviera a empezar a trabajar, ─ le pregunto. Tomaría de nuevo las herramientas, me dice, aunque yo ya esperaba esa respuesta. El castaño, el nogal, el pino, el roble, el abedul y otros árboles fueron, antes que ser consumidos por el fuego, le prestaron la materia que le permitió realizar sus trabajos, aún visibles en las distintas casas de su pueblo.
Claro que sí; volvería a ser carpintero— me repite a la vez que exhala un hondo suspiro.
Estoy seguro que le viene a la mente el placer que le produjo la obra bien hecha, el salario que le permitió sacar adelante a la familia en aquellos años tan difíciles que le tocó vivir. Y, por supuesto, recuerda la juventud pasada.
Veo cómo se ilumina su mirada cuando me cuenta las partidas de bolos en Alles con los famosos tiradores y de los que yo no había oído jamás hablar. El tiro desde los veintitrés metros con las bolas más pesadas hechas por él mismo con las que obtenía los birles más sonados.
Ahora camina encorvado, de joven corría erguido por su Besnes natal, donde queda aún la casa cuyas vigas, ventanas, puertas y corredor, fueron diseñadas y labradas por él.
“Pequeño”, que es como le llaman sus amigos y conocidos, para mí don José Martínez Torre, tiene muchas anécdotas que contar.
Tenía una bicicleta “Orbea” en la que se desplazaba a todos los pueblos donde se requería sus servicios. En ella llevaba atadas las herramientas, bien sea al portabultos, metidas en una caja o sobre el mismo manillar, en un saco de yute o a lo largo de la barra. El recorrido desde Besnes a Panes discurre con cierta comodidad por las escasas pendientes con que se encontraba, pero no obstante también hay alguna.
En una ocasión, me cuenta su hija, caminaba en la misma dirección y con prisas, una vecina del pueblo de Llonín, por llegar a tiempo para tomar el autobús que la llevara a Torrelavega. La mujer iba, como es de esperar, arreglada con la mejor ropa que tendría reservada para ocasiones como esa. Pequeño, baja a Panes y por hacerle un favor, se detiene a la altura de la mujer y la invita a subirse atrás. Ella dudó un instante no muy largo, pues comprendió que aunque sólo la llevase un par de kilómetros, le facilitaría la llegada para tomar la línea y así acortar el retraso que ya llevaba. Arremangó su larga falda y se terció de lado en el portabultos de la bici, sobre un cómodo saco de yute que allí estaba atado. Arrancaron y rodaron unos cuantos kilómetros hasta dar vista a Panes, pero en el primer repecho de la mal conservada carretera, José echó pie a tierra, inclinando la bicicleta justamente para el lado contrario a donde pendían las piernas de su vecina, echando a ésta sobre un mullido ortigal que allí por suerte había. Se disculpó cuanto pudo, el pobre hombre y ayudó a la mujer a levantarse y le limpió con su pañuelo las pocas hierbas que habían quedado sobre el abrigo. Y la invitó de nuevo a subir nada más pasaron la pequeña cuesta y no sin antes rogarle disculpas y asegurarle que a la próxima vez tendría mejor cuidado. Ella, por las prisas que llevaba y la importancia de las gestiones que debía hacer, no se hizo más de rogar, pero quiso, para más seguridad y prevenir lo pasado, montar justamente del revés, es decir de espaldas a la carretera. Siguieron la marcha y de nuevo la orografía y el peso de la señora, obligaron al ciclista a echar pie a tierra. Esta vez, pensó él, debo bajarme del otro lado si no quiero volver a tirarla contra la cuneta. Así lo hace y esta vez inclina la bicicleta del lado izquierdo y que por no entender bien lo que la otra le decía, se repite la hazaña, dando esta vez con su cuerpo en un charco. La buena mujer que ya no quiso subirse de nuevo aunque fuese por la bajada que hay hasta el valle. Él ríe aquella anécdota y pierde su mirada en la lejanía traspasando el tiempo. En sus ojos sigue vivo el brillo, posiblemente en imágenes que pueblan su nonagenario recuerdo.

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