Me parece justo aclarar, con el mayor de los detalles, la crónica que sobre la fiesta de Santa Marina en Parres, publicó “La Nueva España”, con fecha 19/07/11. Debido, con toda seguridad, a las prisas y la celeridad con que trabajó la informadora gráfica al cubrir la noticia para que le llegara al lector con la frescura y la inmediatez deseables, y por informaciones que pudo haber sacado de aquí y de allá dio algunos datos erróneos. Nadie está libre de ello. Con la única intención de subsanarlos y para que todo quede en una anécdota sin mayor importancia, van estas líneas.
La fiesta sólo ocupa un día del año. Dieciocho de julio, pero los preparativos comienzan mucho antes, desde que se tiene recuerdo, el primer día del mes.
En la bolera del pueblo se dan cita las mozas y los mozos que van a participar, tanto en el acompañamiento del ramo desde el pueblo hasta la capilla, durante la misa y procesión, como en el ofrecimiento de corderos y los bailes regionales. Son los ensayes donde los participantes más veteranos enseñan a los novicios los primeros pasos de los bailes. Así es como se viene haciendo desde hace tantos años, por lo que esta fiesta mantiene el atractivo para propios y foráneos sin añadidos postizos, hasta el punto de ser considerada como patrimonio cultural.
Únicamente en lo que se refiere a los bailes, en las últimas décadas se fue ampliando el número de temas, todos ellos ejecutados con la mejor pureza de estilo y pertenecientes a la cultura del extenso y variado concejo llanisco.
Antaño, se bailaba en el campo, al lado mismo de la capilla y en la carretera. La jota, el fandango y el pericote acaparaban todo el interés del público asistente. Nunca faltaba quien entrase al corrillo movido por el son da la gaita y el tambor, sin que para ello tuviese que ir vestido de pastor o aldeana.
Nueve días antes de la fiesta, dio comienzo la novena en la capilla. La víspera se preparan los arcos que engalanan de flores el altar y el lugar de los ofrecimientos y se adecenta el entorno de la capilla. Todo tiene que estar a punto, cuidado el detalle, listo para recibir a los romeros que lleguen a Santa Marina. Si el tiempo lo permite, muchas familias, tenderán sus manteles sobre la hierba.
El día despierta con los voladores y el viento lleva el aviso en volandas a los pueblos más cercanos. Poco a poco, en la Vega los Romeros, de donde sale la comitiva, se concentran las aldeanas, los pastores y demás gente para caminar juntos hasta la capilla.
Tras el estallido de nuevos cohetes, se oyen los broncos lamentos del pajón y los primeros ayes de la pajuela, en el roncón y en el puntero de la gaita. A Julián y a Manuel Genaro, gaitero y tamboritero respectivamente, les siguen los mozos que portan los ramos, ataviados con el traje de pastor: camisa y calzón blanco, chaleco, pantalón de paño y fieltro, faja, gorra picona, medias, escarpines y corizas. Los ramos exhiben dorados roscos de pan adornados de lazos y flores. Detrás van las mozas tocando las encintadas panderetas al ritmo que marcaban Bego y Alba en el parche de sus tambores. Primero, las niñas, detrás las siguen las mozas y mayores, en riguroso orden generacional, con su tradicional vestido de aldeana: Pololos, camisa, y faldón en tela de algodón blanco. Justillo de tela damasquinada atado con cordón. Falda de algodón con bordados de azabachería sobre bandas de terciopelo negro. Dengue o solitaria profusamente recargada de azabaches sobre los hombros cuyas alas cruzan el pecho hasta recogerse en las puntas por detrás de la cintura, prendidas con un broche o camafeo. Sobre la falda, el mandil, de la misma tela de Damasco que el justillo y el pañuelo, y con idénticos bordados de azabaches. La chaquetilla, de la misma tela de algodón que la falda e idénticos bordados, prendida sobre el hombro izquierdo, que aporta un toque de elegancia y coquetería al conjunto, quizás por su inutilidad, en la que se prende una flor sobre una rama de jelechu. De la cintura, al costado derecho de la falda, se cuelga la banda de satén, haciendo doble lazo y del mismo color que el mandil y el pañuelo. Se recoge el pelo con el pañuelo, repicado diestramente con tres pliegues. Al cuello, lazo fino de terciopelo negro que sujeta el pequeño camafeo. Medias de algodón azul claro y zapato negro de tacón medio. La gente les sigue y se saludan y hablan de sus cosas y sueñan con los recuerdos de cuando ellos también iban así vestidos.
Después de andar al paso de la comitiva el kilómetro que dista el pueblo de la capilla, da comienzo la misa cantada en latín por el coro que dirige Antonio Cea Gutiérrez y acompañado musicalmente por Pablo González Sordo, “Torrescano”, a la gaita, bajo las enyedradas cañas del centenario roble. En la amplia campera, hay también encinas, restos de un descalabrado bosque autóctono que compiten ya en desventaja con arces, plantados inicialmente en la década de los veinte, por niños y niñas de la escuela de Parres que con sus maestros celebraban ya el día del árbol. Se ven también castaños de indias, claros referentes de la emigración americana que tantos vecinos siguieron.
Acabada la misa, se hace la procesión alrededor del campo, las aldeanas sin dar la espalda a la imagen de la Santa, tocan con sus panderetas el conocido “culuatrás” que tanto extraña a quienes lo presencian por primera vez. Llegada la imagen al recinto de los ofrecimientos, la posan bajo el arco de flores y dan comienzo “las reverencias”. Primeramente la de las más pequeñas, con las panderetas acompañadas por el tambor de Alba González Sordo que marca el ritmo y se ofrece el ramo de los niños. A continuación, con la “reverencia” de las mayores, acompañadas al tambor de Begoña de la Vega, se ofrece el ramo de los mozos.
Terminadas aquéllas, siguen los ofrecimientos de cirios, ramos y corderos, que los devotos portan en sus brazos o llevan de la mano hasta el pie de la imagen. Los cantares, las panderetas con sus sonajas de metal, los aires redondos de la gaita tocada por Julián, gaitero de “L'Alloru” de Balmori, con el ritmo bronco de los tambores de Alba y Bego cubren la Mañanga. Una vez concluidas reverencias y ofrecimientos, se colocan de nuevo de cara a la Santa y van culuatrás y dan vuelta por detrás de la capilla hasta dejarla entre vítores presidiendo la capilla hasta el próximo año.
Afuera, en corro, las aldeanas cantan el ramo y a continuación, desde el templete del coro comienza la subasta de roscos, roscones y corderos a cargo desde hace años con soltura Cardi Gómez Fernández, tal como anteriormente lo había hecho su padre, Ricardín.
Llegan los esperados bailes de tan apretado programa, ya bien iniciada la tarde. Las aldeanas tienen que soportar no sólo la presión del público expectante y las cámaras que tratan de perpetuar el momento, sino también el peso del traje. Son las verdaderas protagonistas de la fiesta y le dan la alegría de sus rostros y el colorido de sus trajes. Es una belleza verlas haldear en sus vueltas y movimientos. De ahí pudiera venir el término, aunque a modo particular preferiría que se dijera así: traje de aldeana llanisca, pues de esa forma se haría referencia por extensión a toda persona del concejo, sin exclusión. De otra forma, el término que se viene acomodando, el de traje de llanisca induce a muchos a pensar que se refiere exclusivamente al usado en la villa de Llanes y nada más incierto. En el caso de las vestimenta de los mozos, se viene empleando también otro adjetivo, porruano, con no menos propiedad que el de las mozas, pues pareciera ser que sólo fuese tradición exclusiva de ese pueblo y se hace extensible a los palos que llevan los pastores, hechos de troncos retorcidos por las lianas de madreselvas que se enroscan en ellos. En Parres, al menos, el recuerdo que conservan los mayores es que se dijera aldeana y pastor, siendo Santamarina la fiesta de los pastores que bajaban del monte por estas fechas y así quedó reflejado en los cantares:
“Bendita Santa Marina
que estás al pie de Mañanga,
esperando a los pastores
cuando vienen de la braña”.
Cerraron los bailes regionales,
1º .- El xiringüelin, por los pequeños.
2º .- La jota de Cadavedo, por los mayores.
3º .- La jota del Cuera, por los pequeños.
4º .- El fandango, por las mozas.
5º .- El xiringüelu, bailado esmeradamente por Eva Gutiérrez Junco, Alba González Sordo, Nerea Galán Gutiérrez, y Guía Prieto Fernández con el ágil mozo que las trae en danza, Jorge Fernández Ruenes.
Al final, el baile por excelencia, El Pericote, por los tríos de aldeanas y pastor:
- Celia Morán y Andrea Celorio con René Gutiérrez.
- Sara Quintana y María López con Pablo Arenas.
- Guía Prieto y Elisa González con Vicente Sobrino.
- Elena Rodríguez y Nerea Galán con Jorge Fernández.
- Graciela Gutiérrez y Eva Gutiérrez con Pablo Fernández.
- Alba González y Bego de la Vega con Genaro Fernández.
Lo que quisiera dejar bien claro, por ser el dato que más chirría de lo publicado, es cuanto al origen de la fiesta que se remonta, como suele decirse a tiempos inmemoriales. Pude encontrar un referente impreso registrado en el tomo que con el título “Llanes, siglo XIX” editó el semanario local “El Oriente de Asturias” decano de la prensa asturiana, del año 1868.
En 1936, estalló la Guerra Civil, precisamente el mismo día de Santa Marina. Con las primeras noticias que llegaban de Llanes, se fueron enturbiando los ánimos de las personas de más edad, actitud observada por los menores. Este es el testimonio que hace uno de los testigos vivos de aquel triste día de Santa Marina:
“Yo tenía entonces dieciséis años y los recuerdos más nítidos que guardo de ese día es que ya de mañana se rumoreaba por el pueblo lo del levantamiento militar. Sin embargo, la misa y la romería discurrieron con normalidad, o al menos no fui consciente de nada raro en el ambiente. Antes de oscurecer del todo, la romería dio a su fin y bajamos danzando a cenar. La verbena se celebraba desde siempre en la bolera de la escuela, donde ya había luz eléctrica. Amenizaba el baile la Banda Municipal de Llanes. Con la negrura de la noche, noticias más concretas desplazaron los rumores de la mañana y el ánimo de todos se turbó por la gravedad que aportaban: La guerra había estallado.
Llegó de Llanes la orden de clausurar la verbena y la Banda dejó a medias un pasodoble que estaba tocando. Al rato, llega por otra razón la contraorden de seguir tocando y los músicos tocaron la pieza dejada a medio. A mí, como al resto de chavales de mi edad aproximada, me preocupaba porque había escuchado a mis mayores lo que contaban haber pasado en la Guerra del 14, “la Gran Guerra”. La mayor parte de la gente pensaba que esto duraría poco y que el ejército republicano, sin demasiado coste humano, podría atajar el levantamiento de la facción rebelde, que se suponía ser una gresca entre mandatarios y generales, ávidos por el mando.”
Con la guerra entrechocaron muchos sentimientos encontrados al polarizarse las ideas políticas. Las guerras no unen personas por más que unifiquen estados y en ambos bandos militan gentes buenas y malas, honestas y crueles, respetuosas e irreverentes, ricas y pobres, creyentes y ateas.
Para evitar que la imagen de la santa saliera perjudicada de aquel enfrentamiento que parecía iba a durar más de lo esperado en un principio, decidieron llevarla al cuartel de la Guardia Civil de Llanes. Hasta allí la bajaron en un carro, adornada con un pañuelo rojo al cuello, como auténtica miliciana. Estuvo recogida en el cuartel hasta que acabó el conflicto bélico que, cambiado el signo político, regresó nacional al pueblo, con la nariz lesionada. Se reiniciaron las fiestas en la misma fecha que siempre había sido, eso sí, ahora elevada a fiesta nacional, por el régimen.
Por eso digo que en Parres, se puede decir bien alto que nunca se le dio la espalda a Santa Marina.
Ramón González Noriega

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