El trayecto, desde Parres a Llanes, había pasado de los 3 km.a los 3,7 km, a causa del desvío hecho al puente construido junto al cueto Resielles, sobre la nueva carretera a la que, sin ningún conocimiento de causa, todos la llamamos autopista, sin tan siquiera ser autovía. El nuevo trazado abierto a mediados de los 60, entre La Arquera y Llovio, supondría, en principio, una considerable ventaja para el transporte con vehículos "longos" y, de alto tonelaje, que comenzaban a llegar con creciente frecuencia, portando enormes vigas y piezas especiales de las siderúrgicas de Avilés a Bilbao y viceversa. Más que un cuello de botella se diría mejor que en Llanes evitarían el angosto y sinuosos tramo entre El Puente y El Casino, con los atascos consiguientes y caída de alguna que otra balconada.
Muchos negocios, abiertos a pie de carretera, derivados de la alimentación, de la hostelería y de la mecánica del automóvil, fueron los más perjudicados. Con la mejora del tramo Unquera-La Arquera, llevada a cabo a finales de la anterior década de los 50, sólo le había afectado, en cierto sentido, al pueblo de Pendueles que, por otra parte, se benefició de la tranquilidad con el nuevo trazado.
Los materiales de "La autopista" sepultaron bajo ella el viejo Camino Real que daba acceso a las tierras de cultivo de pequeñas vegas como El Matu, Valladal y Llagu y con él un pequeño humilladero que conocí bajo el amparo de un centenario roble, justo cuando el camino se encontraba con el que, desde Pancar, se tenía acceso a las dichas vegas y a los molinos de La Vega y Las Mestas.
Con la apertura de la caja a su paso sobre la carretera de Parres, se transformó para siempre el paisaje circundante. En los años que duraron los trabajos, nos desplazábamos por ella hasta la Arquera o hasta Celorio. Cuando parecían terminarse todos los trabajos, una máquina abrió una profunda zanja paralela al arcén del sur, con el fin de recoger las escorrentías y, a la vez, impedir el paso de animales y humanos. Para ir hasta algunas fincas había que desviarse hasta el puente de Resielles y volver a desandar lo andado, al otro lado de la pista para retomar el camino antiguo. La gente se obstinaba en rehabilitar los viejos vados rellenando con piedras y tierra, pero volvían a ser profundizados aún más por la maquinaria de la obra. Sólo cuando colocaron las vallas metálicas se resignó la gente a perder la vieja costumbre de los pasos.
Pero el espíritu de la vieja carretera tardaría en borrarse del todo y los peatones, poco convencidos en hacer el recorrido suplementario con la fuerte pendiente añadida, continuamos cruzando las vallas metálicas, erre que erre.
De igual forma, camino del instituto, pasábamos la bicicleta en vilo sobre la zanja y las dos vallas metálicas. Los más fuertes y de más edad, ayudábamos a los más pequeños, niños y niñas, de apenas los diez años cumplidos, y que pesaban bastante menos que la bicicleta y el maletu repleto de libros que llevaban sujeto al porta bultos.
Bien es cierto, que no había demasiada circulación y además el cruce lo hacíamos en un tramo recto de la autopista, ─ ¡perdón! ─, carretera. Por tanto, no recuerdo haber vivido ningún percance, salvo que nos encontrásemos, en algunas ocasiones con la pareja de motoristas, allí aparcados, quizás porque nos hubieran visto con anterioridad y tratasen de convencernos en directo y de forma efectiva, de la falta al ordenamiento de la circulación que cometíamos. Si los veíamos allí, entonces, estoicamente hacíamos el camino largo hacia el puente con el consiguiente atracón de la subida. En cambio, al regreso, bien por tener las pendientes más a nuestro favor, o bien por seguir la charla con los compañeros de Porrúa, íbamos al puente y si quedaba tiempo y tema, echábamos "la arrancada" sentados sobre los sillines y apoyados sobre las barandillas del puente, bajo la metálica mirada del Toru Resielles, emblema de un tiempo abocado al progreso con las "Torrot" y "Mobilette" que algunos ya comenzaba a tener para desplazarse.
Echaba de menos los años anteriores, sin aquel trastorno de la pista, de atrás en los que, subido en mi "BH" al pie de casa, bajaba hasta la Piniella, y me plantaba en La Viña sin usar los pedales. Cuatro pedaladas para tomar en la bajada de Las Castañares la inercia suficiente para atravesar La Arena y Llagu. Uno poco de esfuerzo para superar la concha de H.aces y llegar hasta la pequeña cantera de Collamera. Poco más y venía de seguido la bajada de Calderón que me impulsaba hasta pasar por delante de El Retiro. La bajada previa al paso a nivel con barrera, me permitía llegar hasta el barrio donde vivía mi amiga y compañera Merche, Pepe de la Fuente y tía Gloria, Pedro Sobrino, La zapatería de Ramón el de Rosalía, Andrés Núñez y Lolina de la Vega. La pequeña plazoleta donde vivían los conocidos por todos, "Los del Pasu" , Eva, Angelina, Lito, Mª José Díaz Romano. En la misma esquina la familia de Ricardo Sánchez Noriega, Rico, y a la derecha, la bolera de la vieja Escuela de Pancar, con los críos jugando antes de entrar a las clases. Venía después una pequeña bajada y la casa de Eca y José Enrique Sotres Hano, a la derecha; la de Pedro Cerezo y la de mi amiga y también compañera, Conchi Quintana a la izquierda. Otra vez a la derecha, la de Tono Martín, la de Bielu y Maribel, la de Clara, Ramón y Marisa. Después al final del llano, el taller de Pedrito Sobrino y la casa de Pancho Martín; abajo, en un pequeño taller, el Herrero de Pancar y sus hijos, José Antonio, Chus y Manolín, ayudando y aprendiendo ya de su padre el oficio que les uniría en empresa después. Subía junto a la casa de Ramón Noriega, el del H.ornu y Teresa, el repecho hasta donde estaba el bar y tienda de Las Delicias. Un pequeño llano, la casa de Santos "El Chaparru" y entraba en el barrio de La Carúa, la fuente, la huerta de "El Gallo", algo de bajada hasta la capilla de la Salud y en la subida bordeada de arces, echaba los últimos resuellos hasta encumbrar los Altares y deslizarme con la brisa del Carrocedo, por delante de la Cocina Económica, bordear en toda la pendiente la bajada de Cagalín hasta llegar a la casa de Celedonio Torres. Terminado el asfalto, quedaba la calle que iba del Cotiellu, donde se daban cita los lecheros y abastecían a este sector de la villa a los vecinos que acudían con sus recipientes, la olorosa panadería de Muñiz, el almacén de Antonio Alonso, la huerta de los Vega Escandón a la Estación,. La Gloria de Alfredo, Josefina y Pepin, Bedón y el Paseo. Recuperaba el aliento si veía caminar con parsimonia a los chicos de la villa, camino de las aulas o las filas de alumnas del Colegio Divina Pastora iniciaban el camino.
Las gentes con las que me tropezaba en el recorrido, eran como mi reloj de arena, cuando me fallaba el de pulsera. Es increíble la cantidad de personas que pasan por la vida de uno y cómo se pueden quedar grabados, de cada una de ellas los gestos más característicos que los singularizan al andar, al saludar y, al hablar, el tono de voz, la sonrisa, el enfado y muchos más detalles.
Tenía yo bien aprendido el trayecto diario al instituto. Cierro los ojos y lo veo igual. A pesar de los desvíos nuevos y las rotondas, sigue existiendo en la memoria, el espíritu de los viejos caminos que hollamos con nuestros pies calzados en botas y zapatos de piel y goma, y los que antes nuestros mayores sufrían con las suelas de esparto y la loneta de lino de sus alpargatas. Hoy, con el puente sobre la nueva autovía, la bajada por Las Castañares debe de dar mayor impulso y el piso es mucho mejor, pero ya no hay edad para andar en pruebas de esas, ni el mayor tránsito de vehículos las permitirían. Tampoco me atrevo a repetir lo que para mí ahora fue toda una hazaña que a mí mismo me parece exagerada y hasta inventada.
Había aprendido a montar sobre el manillar y guiar la bicicleta pedaleando hacia atrás, de mi amigo y compañero Ángel Borbolla, de San Roque, que fue al primero que vi hacerlo en el campo de la Encarnación o en los aledaños del instituto. Poco a poco, fui agrandando el trayecto así cabalgando sobre el manillar y hasta me permitía el lujo de guiarla sujeto al sillín. Sólo necesitaba que alguien me avisase con tiempo si veía venir un vehículo y entonces me apartaba y paraba. Así llegué a hacer trayectos cada vez más largos entre los Altares y las Castañares, siempre seguido por mis habituales compañeros de trayecto y amigos de las clases, de las fiestas o de los trabajos.
