Era julio de 1968. El instituto había cerrado ya sus aulas, finalizadas las actividades académicas de los exámenes de las dos Reválidas. Un par de coches estaban aparcados a media mañana, contra la larga fachada al este, pertenecientes a alguno de los directivos del centro que aún venían para entregar toda la documentación final a la dirección superior del ministerio de enseñanza.
La calle de acceso aún sin asfaltar y, por tanto, no merecedora de nombre de personalidad insigne, ya fuese civil, militar o religiosa, se la conocía como la calle del Instituto. Por ella iban llegando de mañana, los obreros de las distintas empresas que edificaban los primeros pisos que osaban elevar sus chimeneas por encima del instituto.
Resultaba tan extraordinario ver coches delante del instituto, tanto como al pie de las obras de construcción. Tan sólo podían permitirse ese lujo que era entonces, unos pocos de entre los directivos de aquél o entre los oficiales y encargado de ésta. Algunos acudían en motocicleta, bastantes en bicicleta y muchos a pie, generalmente vecinos de la villa.
Ni qué decir tiene, que los transportes públicos regulares brillaban por su ausencia y los que había no se ajustaban al horario obrero, por lo que era como si no existiesen.
El trabajo en la zanja durante la semana anterior, ya había terminado y como la superficie de obra había aumentado con la colocación de la primera planchada, se fueron asignando los peones a los distintos grupos de trabajo con nuevo personal que habían ido acudiendo de las obras que la empresa tenía en otros lugares. Me apetecía más andar por las alturas que abajo, pie en tierra, donde los trabajos eran menos gratificantes. Comenzaban los encofradores a colocar los bastidores para la segunda altura que, hacia el centro, tiene el edificio que se conocía entonces como Escuela de Artes y Oficios, o si se prefiere, Formación Profesional con el que todo el mundo denominaría después, tras el pertinente cambio ministerial en materia de enseñanza.
Era lunes. Habría pasado una hora, desde el comienzo de la jornada matinal, cuando desde lo alto, oigo que me llama el encargado, asomado al borde del piso. En pocas ocasiones, por no decir ninguna, había tenido ocasión de oírle hablar y menos dirigiéndose a mí. Tampoco, que yo recuerde, había tenido ocasión de escuchar en vivo, a persona alguna en aquel dialecto con que me habló.
Sinceramente, ahora, pasado el tiempo, me río de mi inocencia de entonces, que debía de ser la de todos mis coetáneos con la que juzgábamos como raro por desacostumbrado, sin pensar en la gracia que pudiese hacer el nuestro en los demás.
No hay para mí nada más interesante que escuchar por la calle a los viandantes, charlar en diversos registros ya sean idiomáticos, dialectales o simplemente jergales. Tal sensación la tuve en capitales como Lisboa primero y París después, donde el cosmopolitismo hace que el visitante no se sienta extraño, más bien, como un ciudadano más.
Sin la pretensión de comparar Llanes con esas poblaciones, ni mucho menos, hoy se encuentra uno en sus calles, con una babel de lenguas nacionales, aparte de las variantes que se dan en algunos valles y, si se me apura, también exclusivamente en algunos pueblos.
Esa seña de identidad que ahora algunos se obstinan en blandir, antaño se había querido soterrar bajo el sentido del ridículo. Aún se puede observar restos de esto que digo, cuando al hablar con personas mayores, ves que se disculpan de no saber hablar como "dios manda", en el buen castellano.
Aclarada mi postura al respecto para que nadie se le ocurra imaginar cosa contraria, contaré lo que me pasó por mi cortedad en el entendimiento de las variables dialectales, tan poco habituales por aquellos años de mi mocedad y que lejos de deslucir dan lustre y esplendor a nuestra lengua.
Cuento esto con el mayor respeto a quien fue mi jefe de obra, Rafa Gómez, "El andaluz", pues en los dos veranos que trabajé con él, nunca le oí una mala palabra para con los obreros de quien era también un buen amigo.
― Chavá ―, me dice, ― coja la plataforma y vaya al Almacén de Antonio Alonso a por un atillo de alambre de cei.
La plataforma era un carro sin tableros, con ruedas de coche con el que se traían los materiales desde los almacenes y desde las otras obras de la empresa. En el mes de agosto, me tocó llevar en ella las andas y los ramos de San Roque hasta la capilla, por mandato de Dª María Toriello, hermana de mi patrón.
Empujé por el carro en dirección al almacén, contento por la confianza que, en tan poco tiempo que llevaba, había depositado en mí y con la idea de cumplirla con la mayor diligencia.
El Almacén de Alonso era una enorme nave levantada en una huerta que hacía esquina entre la carretera de Llanes a Pancar y la calle de Román Romano. El portalón de entrada, vendría a ocupar las tiendas o comercios entre la Ferretería de Fermín y la Librería Clarín de Rocío González.
En dicho almacén trabajaban varios empleados, y el encargado era Federico del Río, vecino de la Portilla, persona de buen trato y que me conocía sobradamente de anteriores obras por las que yo había pasado.
― ¿Qué te trae rapaz? ¿Ahora trabajas para Toriello? ― Era evidente que lo sabía porque reconoció la plataforma que había dejado aparcada afuera.
Me mandaron a por alambre de cei, le dije convencido de que sería algún tipo especial de alambre que yo nunca había visto ni manejado.
― ¿Alambre de cei? ― repitió extrañado Federico, o al menos así me lo pareció.
― De ese alambre no tenemos; no conozco tal alambre.
Pues qué se va a hacer. Me volveré de vacío, le dije como despedida y empujé el carro de regreso a la obra. No me parecía una vuelta para nada triunfal ni mucho menos. Habría demostrado diligencia, pero no efectividad y eso no me favorecía, me pareció a mí.
Rafa, me dijo Federico que en el almacén no hay de ese alambre que pides.Le dije al llegar.
― ¡Cómo que no tienen, si hace dos días había llegado una partida de él. ¿Tú qué pediste?
Yo pedí a Federico que me diese un fajo de alambre de cei.
Incrédulo de mi cortedad, Rafa me explicó desde donde estaba con una mano abierta y un dedo de la otra el cálculo aritmético más elemental como si enseñase a un parvulito.
― Te dije alambre de cei, ¡cinco má uno!
Volví más gacho que nada, hasta donde Federico a repetir el encargo, pero esta vez, lo hice con la precisión correcta. Lo que vengo a buscar, Federico, es varilla de 6 mm. Los dos nos reímos de mi poca experiencia en el mundo de la ferralla.
Aquella tarde, estuve cortando con la cizallas las varillas de tetracero, haciendo las cachabas y atando el emparrillado que después se cubrió de hormigón en los planos de las escaleras. Realmente disfrutaba con todos los aspectos de la construcción, porque siempre había algo nuevo que aprender.
Siempre recuerdo, con mis viejos compañeros de obra, aquel episodio vivido y que ahora comparto con todos vosotros.
