En un principio, asistí a Maxi
Montoto, de Buelna, con el que ya había coincidido, junto a Carlos,
su hermano, en la de “Los Girasoles”. Bien recuperado ya de las
molestias aparejadas al pequeño accidente laboral sufrido, Rafa me
pidió que atendiese a la par a Toñín Ríos, oficial de entre los
más veteranos, del que disponía la empresa cuando la ejecución de
la obra del instituto. Aunque largos de mano, los pude atender con
holgura a cuanto necesitaban y lo mismo abastecía de pasta sus
maseras como remojaba y ponía a recudir los azulejos, por estar los
baños puerta con puerta. Y aún buscaba tiempo para adentrarme más
en aquel oficio y me permitía sin que me lo pidiesen tan siquiera,
medir, marcar y cortar los azulejos que habrían de ir en alguna
esquina o sobre los agujeros de inserción de las cañerías de los
aparatos sanitarios. Para esas labores sólo disponía del falso
diamante, compuesto en realidad de varias rodelas que se iban
alternando a media que se usaban y con las que se rayaba con fuerza
la cara esmaltada del azulejo. Con una leve presión de los dedos,
bastaba para partir en dos la pieza. Para los cortes en ángulo
aprendí a usar la tenaza con tiento y habilidad. Las imperfecciones
se lijaban frotando el corte sobre una piedra de arenisca. Los
agujeros se hacían con la punta roma de una paleta a fuerza de
girarla sobre la cara no vidriada del azulejo convenientemente
asentado.
Aquellas intromisiones mías en el
trabajo de los oficiales se me perdonaban por el tiempo que les
ahorraba, y a mí me rindieron mis propias satisfacciones, pues
tendría oportunidad muy pronto de ponerlas en práctica.
Las fiestas, como ya es sabido, se
prodigaban tanto que lejos de suponer descanso, atentaban contra él,
y no estaba dispuesto a perderme una ni aunque tuviese el peor de los
trabajos que nada sería a tenerme en casa. En alguna de ellas
coincidí con la pandilla de amigos en la que estaban buena parte de
los oficiales de la empresa de los que recuerdo a Celso, a Sindo y a
Amadeo Rodríguez, gallegos y a mucha honra, llegados con la empresa
desde Orense, carpintero, fontanero y albañil respectivamente con
otros oficiales como Antonio Ríos, Eladio Tazón, Manolín Batalla,
Máxi y el mismo Rafa Gómez, jefe de obras. En aquel grupo ya se
habían consolidado alguna que otra pareja, y otras habrían de
hacerlo con el tiempo, yo notaba buena onda y armonía, nacidas del
trato que teníamos también en el trabajo. En torno a unas cajas de
sidra, alternaban el disfrute del espumoso líquido con el baile del
que todos hacían gala hacer mejor. Yo, que aún no andaba muy
sobrado en algunas de las modalidades de la danza, fui tomando de
unos y otros la técnica en el movimiento de los pies y, una vez roto
el muro que la timidez me ponía, lo atravesé y me lancé al ruedo
animado por unos y otras a mover con los nuevos aires musicales que
los años sesenta habían sido capaces de producir.
Recuerdo especialmente la destreza con
que “Pitito” bailaba el “Tico Tico” que Panchín el músico
hacía a buen ritmo con su acordeón. Se me viene a la memoria este
gran amigo. Un día antes de juntarnos con los demás, acompañé a
Manolín hasta su casa allá en la nueva barriada que habían hecho.
Nos abrió la puerta su madre, y me presentó a ella como su amigo
“el parraguesu”, exagerando adrede el arrastre de la erre.
Después me llevó a que viese la colección de jilgueros y canarios,
distribuidos en jaulas por sala, baño y cocina, que le recibieron
con un alegre coro de trinos, estropeado por el estridente canto de
una pareja de periquitos a los que calmó con unas pipas de girasol.
Me despedí de su madre y nos acompañó hasta el rellano de la
escalera. Manolín lo hizo llenándola de besos y arrumacos a la vez
que le repetía que tenía la mejor madre del mundo y a buen seguro
que no andaba desacertado.
Quién hubiera sabido entonces, que
una rotunda enfermedad acabaría, años después, no tantos, con su
sonrisa y la trocaría en mueca congelada. Sus músculos, antes tan
dispuestos al ritmo, se harían indóciles y llegarían a abandonarle
por completo.
Teníamos necesidad de hacer un
tendejón para guardar el carro, el caballo, sus aparejos y otras
herramientas. En la parte de arriba, con el nivel del jenal
colgaríamos las riestras del maíz y el ballico a desgranar y en el
suelo de hormigón se extenderían las mantas con las alubias a
secar.
Habían pensado mis padres llamar a
alguien para que hiciese la obra, pero como tampoco se anduviese muy
sobrado de dinero les animé a que me dejasen a mí intentarlo. Había
hecho ya algunas reformas en casa en el tiempo que llevaba trabajando
de pinche por las obras y quería ahora enfrentarme al nuevo reto de
levantar unas paredes y cerrarlas bajo un tejado. Contaría en todo
caso con los consejos de mis nuevos amigos, a los que bombardeé con
preguntas técnicas sobre la manera de acometerla de las que me
dieron sobrada explicación y llegado el caso, ayuda práctica.
Amadeo, Eladio, Toño y Manolín se
presentaron un domingo en casa, de mañana, para replantear las
paredes maestras y colocar los plomos y las líneas. Mi padre había
abierto las zanjas en el huerto y entre los dos habíamos echado el
hormigón de los cimientos. Días después, dimos cuenta de la obra
mi padre y yo.
Nunca olvidé de ellos el gesto que
tuvieron conmigo, además porque en cierto modo, me dieron la
alternativa en el oficio.

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