ESTAYA

Después de un tiempo de pausa, vuelven las ideas y los recuerdos. Seguimos el camino...

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DEDICATORIA

Va dedicado a quienes busquen los recuerdos perdidos de su infancia y que sean capaces de ver en los acontecimientos más singulares la poesía de la vida. No es preciso haberlos vivido; basta tan sólo con haberlos soñado.

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jueves, 19 de enero de 2012

Toma de alternativa como paleta.

La obra de la Escuela avanzaba con celeridad debido a la disposición y coordinación del gran equipo humano que la empresa de Fernando García había desplegado. Al fin, los trabajos más duros dieron paso a otros muchos más llevaderos como fue el alicatado de los servicios y otras zonas de las futuras aulas de Peluquería, Electricidad o Mecánica.
En un principio, asistí a Maxi Montoto, de Buelna, con el que ya había coincidido, junto a Carlos, su hermano, en la de “Los Girasoles”. Bien recuperado ya de las molestias aparejadas al pequeño accidente laboral sufrido, Rafa me pidió que atendiese a la par a Toñín Ríos, oficial de entre los más veteranos, del que disponía la empresa cuando la ejecución de la obra del instituto. Aunque largos de mano, los pude atender con holgura a cuanto necesitaban y lo mismo abastecía de pasta sus maseras como remojaba y ponía a recudir los azulejos, por estar los baños puerta con puerta. Y aún buscaba tiempo para adentrarme más en aquel oficio y me permitía sin que me lo pidiesen tan siquiera, medir, marcar y cortar los azulejos que habrían de ir en alguna esquina o sobre los agujeros de inserción de las cañerías de los aparatos sanitarios. Para esas labores sólo disponía del falso diamante, compuesto en realidad de varias rodelas que se iban alternando a media que se usaban y con las que se rayaba con fuerza la cara esmaltada del azulejo. Con una leve presión de los dedos, bastaba para partir en dos la pieza. Para los cortes en ángulo aprendí a usar la tenaza con tiento y habilidad. Las imperfecciones se lijaban frotando el corte sobre una piedra de arenisca. Los agujeros se hacían con la punta roma de una paleta a fuerza de girarla sobre la cara no vidriada del azulejo convenientemente asentado.
Aquellas intromisiones mías en el trabajo de los oficiales se me perdonaban por el tiempo que les ahorraba, y a mí me rindieron mis propias satisfacciones, pues tendría oportunidad muy pronto de ponerlas en práctica.
Las fiestas, como ya es sabido, se prodigaban tanto que lejos de suponer descanso, atentaban contra él, y no estaba dispuesto a perderme una ni aunque tuviese el peor de los trabajos que nada sería a tenerme en casa. En alguna de ellas coincidí con la pandilla de amigos en la que estaban buena parte de los oficiales de la empresa de los que recuerdo a Celso, a Sindo y a Amadeo Rodríguez, gallegos y a mucha honra, llegados con la empresa desde Orense, carpintero, fontanero y albañil respectivamente con otros oficiales como Antonio Ríos, Eladio Tazón, Manolín Batalla, Máxi y el mismo Rafa Gómez, jefe de obras. En aquel grupo ya se habían consolidado alguna que otra pareja, y otras habrían de hacerlo con el tiempo, yo notaba buena onda y armonía, nacidas del trato que teníamos también en el trabajo. En torno a unas cajas de sidra, alternaban el disfrute del espumoso líquido con el baile del que todos hacían gala hacer mejor. Yo, que aún no andaba muy sobrado en algunas de las modalidades de la danza, fui tomando de unos y otros la técnica en el movimiento de los pies y, una vez roto el muro que la timidez me ponía, lo atravesé y me lancé al ruedo animado por unos y otras a mover con los nuevos aires musicales que los años sesenta habían sido capaces de producir.
Recuerdo especialmente la destreza con que “Pitito” bailaba el “Tico Tico” que Panchín el músico hacía a buen ritmo con su acordeón. Se me viene a la memoria este gran amigo. Un día antes de juntarnos con los demás, acompañé a Manolín hasta su casa allá en la nueva barriada que habían hecho. Nos abrió la puerta su madre, y me presentó a ella como su amigo “el parraguesu”, exagerando adrede el arrastre de la erre. Después me llevó a que viese la colección de jilgueros y canarios, distribuidos en jaulas por sala, baño y cocina, que le recibieron con un alegre coro de trinos, estropeado por el estridente canto de una pareja de periquitos a los que calmó con unas pipas de girasol. Me despedí de su madre y nos acompañó hasta el rellano de la escalera. Manolín lo hizo llenándola de besos y arrumacos a la vez que le repetía que tenía la mejor madre del mundo y a buen seguro que no andaba desacertado.
Quién hubiera sabido entonces, que una rotunda enfermedad acabaría, años después, no tantos, con su sonrisa y la trocaría en mueca congelada. Sus músculos, antes tan dispuestos al ritmo, se harían indóciles y llegarían a abandonarle por completo.

Teníamos necesidad de hacer un tendejón para guardar el carro, el caballo, sus aparejos y otras herramientas. En la parte de arriba, con el nivel del jenal colgaríamos las riestras del maíz y el ballico a desgranar y en el suelo de hormigón se extenderían las mantas con las alubias a secar.
Habían pensado mis padres llamar a alguien para que hiciese la obra, pero como tampoco se anduviese muy sobrado de dinero les animé a que me dejasen a mí intentarlo. Había hecho ya algunas reformas en casa en el tiempo que llevaba trabajando de pinche por las obras y quería ahora enfrentarme al nuevo reto de levantar unas paredes y cerrarlas bajo un tejado. Contaría en todo caso con los consejos de mis nuevos amigos, a los que bombardeé con preguntas técnicas sobre la manera de acometerla de las que me dieron sobrada explicación y llegado el caso, ayuda práctica.
Amadeo, Eladio, Toño y Manolín se presentaron un domingo en casa, de mañana, para replantear las paredes maestras y colocar los plomos y las líneas. Mi padre había abierto las zanjas en el huerto y entre los dos habíamos echado el hormigón de los cimientos. Días después, dimos cuenta de la obra mi padre y yo.
Nunca olvidé de ellos el gesto que tuvieron conmigo, además porque en cierto modo, me dieron la alternativa en el oficio.

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