La
fuente de La República
La tercera de las fuentes
públicas existentes en el pueblo, lleva el nombre de “Fuente de la
República” testigo mudo que permaneció imborrable, a pesar de los
hechos acaecidos, en el vocabulario de los topónimos parragueses.
Asentada
en un cruce de caminos, servía sus aguas a los barrios más cercanos
de La Covaya, La
Xunca
y Calvu,
Jogucubil,
La
Concha,
Ribad,
La
Tinuta
y Rupandiellu,
El
Cotaxu,
La
Bolera,
El
Colláu
y Sabugosa.
En Vallanu,
en cambio, se tomaban las aguas del manantial de Covarada, justamente
a la salida de la gran caverna que horada el Cueto Las Cerezales que
separa Vallanu de Corisco
donde se aboluga una vez más el ríu Melendru,
en la otra boca de la cavidad de piedra, conocida como Covarón.
En
Covarada,
lavaban las mujeres, de hinojos en la arena de la orilla y frotaban
las prendas sobre las lastras inclinadas, medio hundidas en el agua
del río. El sol no tardaba en acudir solícito a secar el rocío de
la noche caído sobre la pequeña campera adornada de mentas y
catasolas, ante aquella simulada oración, sacando del agua las
empapadas sábanas las elevaban al sol y las volvían a hundir.
En
el sitio y barrio de Cuetupuñu
existe otro pequeño manantial que envía sus aguas al Ríu
Vallanu
entre una pequeña chopera.
A las aguas de los ríos,
se llevaban las ropas de las familias en las que alguno de sus
miembros padecían algún tipo de afección pulmonar, que eran de
tratamiento largo y reposo. Había un excesivo cuidado con eso, pues
las penicilinas no eran conocidas o no estaban al alcance de todo el
mundo. Había pocas casas en las que no hubiese alguien afectado o en
contacto con familiares que las padeciesen y eso suscitaba, dicho
suavemente, un cierto recelo entre la población: bastaba una simple
tos para levantar sospechas.
Había
otras fuentes alejadas del pueblo que servían a este respecto como
las de La
Palaciana,
camino de Parres a Bolao o las de Golondrón
y Jorimiga,
asentadas a la sombra de enormes castaños y ya perdidas ambas, por
la acción de la cantera.
De
la de Moscadoria,
cercana a Santa Marina, guardo imborrables recuerdos de haber
acompañado a mi madre. Lavaba al lado de un pozo que a mí me
parecía profundo, a la sombra de un alloral. Cercano estaba el
depósito de aguas y aún puede verse la construcción hecha de
cemento que debió de encauzar en un canal, de eso me di cuenta
recientemente, el agua hasta Requexu, donde bien pudiera haber
existido una pequeña aceña, pisa o herrería, pero sólo es una
mera especulación mía.
Solían
ponerse de acuerdo varias madres, para hacer más llevadero el camino
y el trabajo, charlando de sus cosas y niños y problemas o
amenizando el tiempo con cánticos, romances e historias. Los críos
explorábamos la vecina cueva que lleva su nombre o hacíamos barcos
con las cortezas de los arces que se desprendían. Al final del río
lo cruza un camino de herradura y había unas paseras para vadearlo a
pie y enjuto. Nosotros, pequeños ingenieros aficionados al agua, la
represábamos con troncos, tapines,
piedras y mollejas. Llevábamos las pequeñas balsas junto a la
fuente y las soltábamos como en una carrera yéndonos a esperarlas junto a la balsa para recuperarlas con una caña de avellano. La
mayoría de las veces, aquellas primitivas y liliputienses
barquichuelas, quedaban atrapadas por alguna caña de laurel o
acababan hundidas en el remolino central del negro pozo.
Casi
siempre, antes de marchar para casa, teníamos que vaciar de arena
nuestras playeras, casi deshechas la suela de esparto y ponerlas a
recudir al sol en un muro, en tanto dábamos fin a nuestra más
excelsa merienda de garitu
de pan y onza de chocolate.

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