AL LECTOR:

Narraciones de hechos y acontecimientos recordados por el autor; otras recogidas de la tradición oral y escrita.

jueves, 28 de febrero de 2013

MAESTROS DE LA ESCUELA DE PARRES


D. Amalio Penanes. Vino de maestro a Parres, se casó en el pueblo con María Galguera Noriega y vivieron en la casa que tenía la escuela encima de las aulas. Criaron una familia numerosa: Mariano, Juan, Mª Josefa, Antonio, Tomás y Amalina.
Estando Penanes en Parres como maestro, se llevó a cabo la reforma del edificio tal como se conoce ahora. Para dar las clases, mientras tuvieron lugar las obras, acondicionaron como aula de niños la casa de D. Ramón Sobrino Arenas, padre del doctor D. Ramón Sobrino de la Vega, en el barrio de Brañes, en la misma que años después habría de estar el colmado y bar "El Chispún". Para aula de las niñas se dispuso de la casa que hoy pertenece a Rosi Sobrino Arenas, en la Caleyona, a la que se accedía por una entrada desde la Bolerina, perteneciente entonces a Dª María, La Gaspara.

Después de unos años viviendo en la escuela, D. Amalio tuvo otros destinos como maestro, pero regresaron al pueblo una vez jubilado desde el último destino de la Escuela de Ceceda en la que había permanecido la mayor parte del tiempo que estuvo fuera de Parres. Vivieron hasta el fallecimiento de María y de D. Amalio en una casa de La Caleyona con huertu y cuadra, de la herencia de María.

A D. Amalio Penanes y María Galguera Noriega, los conocí siendo yo niño, pues eran nuestros vecinos. María era prima de mi abuelo Marcos Noriega; yo quedaba a su cargo cuando mis padres marchaban al campo y no me podían llevar con ellos. Vivía con ellos Mª Josefa, su marido Miguel Bilbao y sus hijos Miguel Ángel y Mª Amalia Bilbao Penanes, como también su última hija, Amalina. Yo jugaba con Miguel que era de mi misma edad y cuidábamos de su hermana, tres años más joven. Con seis años, mi amigo Miguel se fue al cielo, como dice en el recordatorio que nos dieron a la familia y vecinos. No tuve tiempo a llorarlo, pues al poco tiempo perdí a mi propio hermano, que para entonces sólo tenía seis meses.
Recuerdo un día, al menos, que estaba yo por junto a su casa y se escuchó el lejano ruido de una avioneta que volaba bastante bajo. Amalina salió de la casa hasta la campera que hay libre de los abundantes nogales que poblaban todo el sitio y saludaba con las manos al piloto con mucha alegría. Me explicó que era su hermano Antonio.
Era también como mi padre, de la Quinta del 40, (n. 1919). Falleció en Madrid, cuando viajaba en un autobús que se incendió. Fue el último de los pasajeros en abandonar el vehículo, por ayudar a salir a los demás pasajeros que resultaron ilesos, siguiendo el código militar al que estaba sujeto. Meses después sería ascendido de grado militar en el Ejército del Aire como estaba previsto antes del trágico accidente. Le rindieron las honras fúnebres y reconocimiento póstumo por tal acción.
D. Amalio solía sentarse en los días de sol a sestear sobre un poyo de piedra que tenía junto al muro de la corralada. Era su rincón habitual para la lectura, y para mí resultaba prácticamente imposible pasar sin saludarle y la mayoría de las veces me paraba un rato a charlar con él. Siempre que pasaba yo arriba o abajo por la cuesta de La Caleyona, si lo saludaba, veía la ocasión de contarme alguna historia y yo no tenía más remedio que atenderle, por educación y por gusto, aunque por las prisas que llevaba camino de ir a buscar las vacas al prado o para echar una mano a mis padres cuando salía de los estudios, me escusaba en dejarlo para otro momento. Lo entendía y además, yo volvía de domingo con más tiempo, a sacarle el tema que él gustoso continuaba. Me era fácil tirarle de la lengua y le dirigía con hábiles preguntas su narración a los temas que a mí más me atraían. El segundo año del bachiller, primer año de mis estudios de Latín, me prestó ayuda con la traducción de textos clásicos de Séneca, Virgilio, Plinio o Julio César.

D. Andrés. Vivió en la casa escuela, cuenta mi padre. Un día que andaba llendando y jugando por los prados de San Antón con Jesús, mi tío, que era el primero de los diez hijos que llegaron a criar mis abuelos, y otro niño de parecida edad, José Tamés Sotres, más conocido como Chacha. Acertó a pasar D. Andrés y a Chacha se le ocurrió llamarlo en voz alta: ¡"maestru"!  e inmediatamente esconderse para no ser visto, tras el muro del cementerio. Cuando el maestro se volvió para ver quién le llamaba, sólo vio a mi tío y a mi padre que no habían dicho nada. De momento no pasó nada, pero cuando llegaron a la escuela al día siguiente, fueron castigados los dos sin salir al recreo por una falta de respeto. No se les ocurrió disculparse ni acusar al compañero, porque tampoco era realmente culpable de nada.

D. Martín. Cuando llegó a Parres se instaló junto con su esposa e hijos en la casa escuela. Mi padre no recuerda nada más de él, pues estuvo en Parres sólo un curso.

D. Saturno. Estuvo varios cursos en Parres; resalta mi padre que fue un buen maestro. Cuenta que su madre, como tenía tantos niños en casa, a cual más inquieto, disculpaba a los maestros si castigaban a sus hijos y les hacía merecedores de un mejor sueldo del que ganaban por educar y enseñar a una manada así de gandules, que sobrepasaban de los cuarenta, para los que no a todos había silla en el aula y tenían que llevarla de casa. Y no dejaba de tener toda la razón, pues entre ellos, dice mi padre, los había buenos, menos malos y malos. Así y todo, soportó bien el trabajo unos cuantos años y con él aprendí mucho. La mayor parte de los que llegaban a Parres venían como interinos y eran sustituidos por propietarios que a su vez, en cuanto podían, solicitaban traslado a otros destinos mejores.

"El Afilador". Mi padre nunca recordó su auténtico nombre. Le apodaban así por la bata gris que ponía para dar clase, muy similar a la que usaban los afiladores de Orense que venían empujando el carro y tocando la quena por las callejas de los pueblos. Se quedaba de pensión con una familia y después de pagar la fonda del mes, le quedaban unos duros, los justos para el tabaco.

A D. Paco pronto lo bautizaron como "El Caco" debido seguramente a su pequeña estatura. Además tenía tullida una pierna. Nos hacía mucha gracia cuando se volvía de repente mientras escribía en el encerado y nos recomendaba: "Que no quiedo midones". Yo sentía pena de él, pues no me parecía apropiado perder el respeto a una persona, maestro o no, por sus características e impedimentos físicos. Había algunos que se pasaban en demasía con él y no hacían más que interrumpir las explicaciones que daba de la lección y le faltaban totalmente al respeto. Lo recuerdo siempre como uno de los mejores maestros que tuve, recalca mi padre.

D. José Mª. Fernández. (1934-36). Con él acabé los estudios en la escuela y no tuve más ocasión de continuar aprendiendo. Me confiaba la compra del tabaco en el estanco y, a pesar de que le sisaba algún pitillo del mazo, D. José María hacía la vista gorda y se sonreía sin decirme nada por ello. Era común y muy habitual que los niños fumásemos, porque se desconocía el alcance de las enfermedades que se adquieren con el tabaco y mucho más a tan tierna edad. Permaneció en Parres hasta casi el inicio de la Guerra Civil. Un año después, cuando me movilizaron con dieciocho años, estuve preso en el campo de Concentración "La Vidriera" de Avilés. Un día nos formaron delante de las oficinas y fueron llamando a la mayor parte de los presos para darnos destino. Cuando oí mi nombre levanté el brazo y me llevaron ante un tribunal de evaluación para identificarme y mandarme, bien sea a un Batallón en el frente o a un Batallón de Trabajadores, dependiendo de que me tuviese llegado el aval o no, pero que yo no tenía conciencia de que alguien me lo hubiese enviado. Me preguntó uno de los que conformaban el tribunal que si conocía a D. José María Fernández. Yo dije que lo conocía, porque había sido mi maestro al que le tenía tanto aprecio. Debió de ser por mi respuesta que, apoyados en ella, me concedieron el aval debido, pues no fui a ver a mi maestro en aquella sala; por causa de ello me mandaron que caminase a uno de los grupos formados allí mismo; justo al que iba destinado al frente.
Durante los años de guerra, las aulas estuvieron vacías y paralizado el aprendizaje de los niños con los libros. Sólo se preocuparon de enseñarlos a desfilar por los caminos del pueblo como lo harían de soldados algunos de ellos pertenecientes a las quintas posteriores a las mías, provistos con un chopo, que así llamaban por la madera que usaban de olmo a una imitación de fusil de juguete. Un tiempo no muy lejano después, aquellos aprendices de soldaditos de plomo empuñarían un Mausser de verdad para quedar buena parte de ellos tumbados en los campos y caminos de la patria por la que peleaban, a ambos lados del frente.

Los maestros que siguen fueron conocidos por mí. 

D. Eduardo Álvarez. Estuvo durante algunos cursos. En el año anterior al que yo comenzaba, 1953, se marchó de maestro a otro destino en Tudela de Agüeira.  Recuerdo a Goya, su mujer, y a sus dos hijos, Eduardo, Bayo, y Luis que era de mi misma edad y con el que yo solía jugar cuando venía de visita al barrio de La Veguca a casa de Concha y Wences. D. Eduardo fue un buen maestro a decir de todos.
Varios años después, 1971/72, coincidencia de la vida, cuando yo hacía las Prácticas de Maestro en la Escuela Normal de Oviedo, elegí junto con unos compañeros y amigos de las clases, destino en la Escuela Graduada del Postigo Bajo. Después del primer trimestre en rotación semanal por todos los grados de la escuela, elegimos mi compañero y yo, entre los doce maestros en ciernes que éramos, su aula para practicar en ella el resto del curso. Nos fuimos a la clase de 4º que tutoraba D. Eduardo, pues nos pareció, entre todo el conjunto de maestros allí destinados, el de mejor pedagogía y de técnicas más modernas. Era además un gran lector y hablábamos con él de la escuela y de los niños. Trataba siempre de lograr los objetivos propuestos para el nivel. Guardo una enorme estima de aquel Maestro, pero con su naturalidad nos hizo sentir a los dos aprendices que tutoraba que éramos también sus colegas.
D. Francisco Peláez. Era natural de Pechón en la vecina comunidad de Cantabria. Comenzó de maestro un años antes del que yo entré como alumno, en septiembre de 1954. Ocupó con su mujer, Dª Ramona, la vivienda de la escuela que está encima del aula de los chavales. No tenían hijos, pero en periodos de verano venía a estar en Parres un sobrino de doña Ramona, de origen andaluz. Con él estuve dos cursos, el primer trimestre de los cuales, me encasilló en la sección de los pequeños, al fondo del aula, hasta que se dio cuenta, de que leía correctamente y los buenos conocimientos de Aritmética. me acomodó en la segunda sección. El mérito de mi adelanto con respecto a la edad, se corresponde con el esfuerzo de mis padres y abuelos por enseñarme a leer, sumar, restar y multiplicar y que en el verano anterior al ingreso en la escuela, con seis años, me mandaron a clases particulares con Manolín Gómez, un estudiante de Químicas, por cierto también hijo de maestro. Manolín me enseñó la esencia del cálculo, desde la división hasta las raíces, los números enteros y fraccionarios, las reglas de tres, simple y compuesta, de compañía, aleaciones y mezclas. Con tanto interés que yo ponía en aprender y él en adelantarme materia, fue la causa de que con tan sólo siete años pasase a la sección segunda y en el curso siguiente, me metieron con los mayores en la sección primera.

D. Manuel Fernández. Fue maestro mío desde el segundo curso de mi estancia en la escuela hasta el octavo curso, en la sección primera, que con los 14 años recibí el Certificado de Enseñanza Primaria. Fue un gran maestro también y le tengo, como al resto de los citados maestros, entre los profesionales de la enseñanza dignos de emulación. En el curso 1972/73, estando yo ocupando en la Escuela Graduada de Llanes, mi primer destino, coincidí en una reunión y cena que se hizo de profesores del Instituto y de las Escuelas, sentado entre mi maestro D. Manuel y mi profesora de Ciencias Dª Carmen Rosa de La Hera.
Estando yo como maestro rural en la Escuela de Pendueles, del CRA II de Vidiago, fui nombrado director del mismo, y a finales de septiembre nos llegó el profesor destinado a dar las clases de Eduación Física en rotación por las distintas aulas que componían el Colegio Rural Agrupado II en aquel momento: 2 en La Borbolla, 2 en Pendueles, 1 en Riegu, 1 en Purón, 3 en San Roque, 1 en Andrín, 2 en Parres y 2 en Póo. Curiosamente, el maestro que llegó para dar las clases, estaba aún recuperando de una caída, así que como director, desde la Dirección Provincial me indicaron que, puesto que ya había dado clases como tal en el Colegio Jovellanos, estaba indicado para sustituirle, por lo que tuve que dejar mi aula de Pendueles por un tiempo.
Lo que de principio me costó hacer, acabó por gustarme, pues rotaba por las aulas y entre ellas, tuve la ocasión de pasar de nuevo por mi añorada Escuela de Parres. Allí seguía aún parte del mobiliario, el armario con los libros guardados con llave, pero vacío de ellos, la mesa de la primera, de un solo banco, larga, oscura y dura, estaba relegada en un rincón, el viejo reloj de pared, el encerado sobre caballete, los mapas, la esfera, hasta las ventanas conservaban por algunos resquicios la vieja pintura oscura y los cristales con ondas propias de los hechos artesanalmente. Y el olor a goma de Milán, a tinta y tiza, me llevaban de aromas de infancia aquel edificio que tanto quise y en el que coseché tantos sueños, algunos cumplidos.

Hubo, muchos maestros y maestras, por supuesto, que pasaron por estas aulas, entre ellos viejos compañeros míos de Magisterio: Armando Romano, Luis Palomo, Nacho Fonseca y muchos más compañeros que sería prolijo anotar.

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