AL LECTOR:

Narraciones de hechos y acontecimientos recordados por el autor; otras recogidas de la tradición oral y escrita.

domingo, 19 de mayo de 2013

CINCUENTENARIO DEL INSTITUTO DE LLANES, 2012


"El Instituto como nivelador social"              


"A primeros de 1961, en uno de los habituales Consejo de Ministros de los jueves, se aprueba la construcción del Instituto de Enseñazas Medias de Llanes. El nuevo centro dará cobertura educativa a los municipios colindantes: Ribadesella, Onís, Cabrales, Peñamellera Alta, Peñamellera Baja y Ribadedeva, llegando incluso a extenderse su ámbito de influencia fuera de los límites provinciales, como era el caso de Val de San Vicente. Con la inauguración del anexo Colegio Menor residirían en él alumnos llegados de otros municipios mucho más alejados.

Era necesario complementar la Instrucción Primaria con otra Secundaria que fuese un puente hacia los estudios en las Escuelas Universitarias y de las distintas Facultades a las que, hasta ese momento, sólo accedía, casi exclusivamente, la clase más pudiente. Las pocas excepciones de universitarios de la menos favorecida económicamente se daban a causa de alguna otra circunstancia como es la de tener familiares en la capital que les daban, cuando menos, alojamiento. La enseñanza primaria para gran número de alumnos, sin excepción de clases sociales, se completaba con la asistencia a las clases del Colegio de La Arquera, que ofrecía unas enseñanzas diferenciadas con el resto de escuelas rurales, las de Comercio, Francés y Mecanografía con las que se abrían paso en Oficinas bancarias, Correos, Comerciales y del Ayuntamiento, cuando no para la emigración a países de América latina. La excepción era para el alumnado femenino que asistía con parecido objetivo al "Colegio de las Mantillas" y al "Divina Pastora" ambos de sonada reputación en aquellos tiempos. También había el llamado "Colegio de la Encarnación" indistintamente para chicos o chicas, que ocupó distintos locales en la Villa, y preparaba como bachilleres. Profesores de esta institución fueron los artífices, junto con otras personas del municipio que creyeron necesaria e imprescindible la creación formal del Intituto para abrir el abanico de caminos y con ello equilibrar el fiel de la balanza social. La maqueta creada para el edificio varios años atrás, dio forma a la construcción del nuevo Instituto de Enseñanzas Medias de Llanes del año 1962.

El destino de los jóvenes en los pueblos, donde la economía era esencialmente de subsistencia, había sido la emigración a América, pero en estos años que se abre el instituto, muchos jóvenes de ambos sexos tomaron el camino de sus padres, emigrados por entonces a los distintos países de Europa, que fueron abriendo cautelosamente sus puertas a causa del régimen totalitario que padecimos una vez finalizada la guerra.

Las obras del nuevo centro educativo no tardan en dar comienzo bajo la dirección y ejecución de la empresa "García Toriello", con tal alarde de rapidez que permitieron el inicio de las clases para el siguiente curso 1962/63. Aunque parezca insólito, el contratista tuvo serios inconvenientes para completar la plantilla de obreros fijos, por corresponder las fechas con la marcha a las tejeras y el comienzo de las labores del campo y otros trabajos como se puede leer en las páginas del Oriente de Asturias de esas fechas. En la mañana del 26 de noviembre tuvo lugar la inauguración del nuevo centro educativo bajo la dirección del profesor D. Bartolomé Taltavull.

El día 6 de septiembre de 1963, realicé la prueba de Ingreso, requisito previo imprescindible para iniciar estudios de bachillerato.

La prueba era en parte escrita y en parte oral ante un tribunal formado por D. Andrés Álvarez Posada para Naturales, Física y Matemáticas; D. Manuel Llanes Amor, sacerdote, se encargó de la Religión y D. Ricardo Ruiz Rabre, para las nociones de Gramática y Literatura, siendo además, director desde aquel curso que se iniciaba, y por ende, presidente del tribunal examinador.
También me había matriculado como alumno libre para los exámenes de 1º a los que me presenté unos días después, justo el siguiente a la Guía, junto con los llamados alumnos oficiales , suspensos de junio. En el examen de Lengua recuerdo haber ayudado a una niña que tendría unos once años. Lo tuve olvidado hasta que un día, no hace mucho, coincidimos en alguna sala de espera y ella me lo recordó con agradecimiento.
El último examen, ya más relajado, fue el de dibujo, con D. José Purón Sotres consumado artista al que años después volví a saludar en la sala Nogal de Oviedo, con motivo de una exposición de su obra. Me pidió que dibujara una manzana. Yo eché todo el empeño en ello y le dibujé una manzana medio pera y como noté en su cara un poco de extrañeza, le aclaré, medio azorado, que se trataba de una manzana mingana. Sonrió observando mi trabajo, en tanto que yo vestía la chaqueta y me despedí para salir. Me faltó el examen de Eduación Física al que no me presenté porque desconocía su cuestionario.
Estaba a punto de cumplir los quince años. El resto de mis compañeros de escuela estaban ocupados con el trabajo del campo y en el aprendizaje de un oficio, como carpinteros, mecánicos, camareros y peones de albañil los más. Resulta sorprendente, desde la perspectiva actual que a los catorce años ya se pudiese trabajar y en cambio la mayoría de edad no se alcanzase hasta los veintiuno. Me atrevo a decir que se veía mal que un muchacho de catorce años anduviera "estirando las pata" por las calles.
En las distintas filas de alumnos y de alumnas, claro está que.  por sexos, la gran mayoría eran desconocidos pues también había niñas del Colegio Divina Pastora y los residentes del Colegio Menor. El comienzo del Bachiller era a los diez años, por lo que al juntarse con los que pudimos acceder con más edad, los grupos de aula eran muy heterogéneos. Supe entonces que algunos de mi misma edad llegaban a los cursos superiores desde otros centros de la capital. Lejos de envidiarles, admiraba las charlas que llevaban por los pasillos sobre cuestiones que a mí me parecían indescifrables o verles traducir textos del latín y griego.
El hecho de ser estudiantes no nos liberaba de las obligaciones habituales del campo, antes y después de las clases. Sin salir el sol, mi padre me despertaba para ir con él a segar el verde. Las sombras de la noche se deshilachaban en las contraventanas del cuarto. Bajaba a lavarme la cara en el palanganero junto a la ventana del estregal. El agua fría de la jofaina me arrancaba de cuajo el último sueño que intentaba retener y se me iba del todo mientras me calzaba sentado en el frío peldaño de piedra en el arranque de la escalera.
Mientras mi padre cebaba las vacas, yo peleaba por aparejar al borrico que se obstinaba en hacer las cosas con su habitual flema, quizás disfrutando también del último sueño de la noche. Yo le daba, a la chita callando, una panoja de las que mi padre reservaba para la vaca de leche, con la idea de ganarle así su necia voluntad. Los caminos eran sinuosos, llenos de charcos y piedras sueltas. Las llantas de hierro se trababan con el menor obstáculo y el pobre asno debía hacer un esfuerzo mayor para vencerlo. Yo le ayudaba a tirar del carro, aún medio ensoñado y pensando en las clases. De vuelta a casa, madre nos tenía ya preparado el desayuno hecho sobre la chapa de la cocina de leña que despachaba mientras reunía los libros dentro del maletu. Me despedía y salía corriendo para ver si alcanzaba a Luis Antonio y Ana Sobrino González y Carlitos Díaz, y así andar acompañado los tres kilómetros que dista Parres de la villa. Tomábamos los atajos de los prados y a veces nos adentrábamos en el túnel para llegar antes. Para comer me encontraba con mi padre y compartíamos el almuerzo que madre nos acercaba a medio camino. El segundo curso dispusé de mi primera bicicleta, 1.275 ptas, más o menos el jornal de diez horas de mi padre durante unos quince días; todo un lujo que amortizaría sobradamente en los siete años siguientes que la pude usar. Subía en ella a por la comida de ambos, relevando así a mi madre de la caminata que bastante trabajo le quedaba con la casa, la tierra y el ganado en nuestra ausencia. Se unirían al grupo nuevos alumnos: Marta González Noriega, prima mía y Marisol González Fernández prima de los dos, seis años menores que yo, por lo que me consideré protector de ellas ante las adversidades de la mecánica y ayudándolas a cruzar la nueva carretera que cortó nuestro trayecto por evitar la vuelta por el puente que añadía setecientos metros de más y bien sinuosos. Para evitar algún susto a la hora del regreso, guardábamos las bicicletas en la huerta de Agustín junto a la fábrica de dulce.
El conjunto de nuevas amistades que eché en el instituto junto con el aprendizaje y el medio, labraron mi personalidad de adulto: Jesús Abad, Miguel A. Bilbao, Manuel Espina, Alberto Pintado, Tino Burgos, Javier Concha, Cantero, H. de la Granda, Paco, Javier González, Javier Ojeda, Frade, Tarno, Bode... con los que compartí tantas horas de estudio en los recreos junto a los acantilados del Paseo San Pedro. En especial el gran Pablo Ardisana que nos guiaba en nuestros escarceos filosóficos. Compartí pupitre con él y nos ayudábamos mutuamente a completar las lagunas propias, pues él se manejaba bien en cuestiones de Historia y Literatura en tanto que a mí se me daban mejor las Matemáticas y las Ciencias. Debía de ser el nuestro, el pupítre más veterano de todo el curso y eso nos dio cierto prestigio ante los profesores, algunos de los cuales, a finales del instituto, apenas me sacaban años. No en vano, en segundo, Mª Teresa Carriles que era nuestra profesora de Lengua, me nombró Delegado, según dijo ella, por parecerle el más responsable del grupo y pienso que fue por ser uno de los mayores, dieciséis años bien crecidos, junto a niños once.
Algunas instalaciones previstas para el centro nunca llegaron a inaugurarse, como la capilla que siguió siendo la carpintería de la empresa o el gimnasio en el que sólo se veían las espalderas, los potros y cuatro colchonetas. Las clases se daban al aire libre, aunque orbayase. Íbamos al campo de fútbol a correr para el calentamiento previo a las tablas de ejercicios suecos que hacíamos en el mismo césped. Después venían los saltos y los lanzamientos de jabalina, disco o peso. Un año, por fin, construyeron una cancha de cemento, colocaron los palos y pudimos jugar al baloncesto. La indumentaria que usábamos consistía en una camiseta de tirantes, un calzón corto azul, unas zapatillas y unas medias. Si llovía echaba por encima el "pulligan" que no transpiraba de puro plexiglás que era. Después de hacer los ejercicios de relajación, a toque de silbato el profesor ponía punto final y corríamos a cambiarnos antes de irnos a la siguiente clase. Aborrecía los días de lluvia, no como dice el poeta, por la monotonía tras los cristales, sino por tener que recorrer el mismo camino cuatro veces. Los mismos charcos, las mismas hierbas que cernían su grana madura sobre las perneras mojadas de mi pantalón de mahón.
En cambio, funcionaba bien el Laboratorio que estaba surtido de materiales y productos químicos. Lo usamos con Carmen Rosa de la Hera y con Galdós. La cocina y los comedores estaban en aulas del segundo piso y atendían, generalmente en dos turnos, a los alumnos del transporte. Los que usábamos la bicicleta, en ocasiones, comíamos en los alrededores al sol o bajo los soportales y algunas veces, pocas, en el comedor del Bar La Gloria. En sexto disfruté de una beca que me dieron por la que me redujeron el precio del comedor de dieciocho a once pesetas. La biblioteca se abrió en los últimos cursos que yo asistí a las clases. Para consultar y ampliar datos, después de terminar los trabajos del campo, solía bajar en bicicleta a la Biblioteca Municipal atendida por Emilio Pola, el poeta.
Un día, a la hora del recreo, el delegado nos dijo que debíamos subir al aula del Sr. Noceda para hacer pruebas de voz para el coro. Me pareció interesante apuntarme a Música y allá fui de muy buena gana.
Pasaron varios alumnos delante mío por lo que tuve tiempo sobrado de aprenderme la escala y su entonación, que por entonces desconocía, pero como escuché que los citaba para ensayar media hora después de la salida de las clase, cuando llegó mi turno hice todo lo posible por desentonar. Al mediodía tenía que volver a casa, recoger la comida de mi padre y mía y llevarla hasta la Talá donde trabajaba. Así y todo me sobraba media hora para disfrutar de los amigos y si llegaba el caso, repasar con ellos para el próximo examen.
Sabía de muchos compañeros que tenían responsabilidades parecidas a las mías y jamás me quejé de mis circunstancias, todo lo contrario, pues creo que me sirvieron para dedicarme con ahínco al estudio.
El elenco de profesores de aquellos cinco primeros años de mi estancia en el centro es numeroso. Aún a sabiendas de que me faltan nombres y apellidos de algunos de ellos, hago esta lista ordenada por asignaturas, cursos y cargos que ocuparon.

DIRECTORES: Bartolomé Taltavull, (62-63). Ricardo Ruiz Rabre, profesor de Latín (63-66), Francisco Sanz Franco, (66-68).
SECRETARIOS: Eduardo Peralta, David Ruiz González y Teófilo Rodríguez Neira.
DIBUJO: José Purón Sotres para el examen de 1º. María Minguet, en 2º, hermana de la Jefa de Estudios. Ángel Boué, en 3º. A cuenta de un cuadro que le hice con pinturas Dacs”, en el que representé con marcado estilo impresionista un campesino, habló con mi padre para proponerles que me enviasen a la Academia de San Fernando, para lo cual él se ofrecía a solicitar beca de estudio. Fue un camino que  rechacé y que pudo haber cambiado el curso de mi vida. Vicente Cogolludo para el dibujo lineal de 4º y 5º.
RELIGIÓN: Manuel Llanes Amor, párroco de Parres y Porrúa, profesor en 2º, 3º y 4º. Elviro Martínez párroco de Llanes y profesor en 5º y 6º.
FRANCÉS: Beatriz Rodríguez Zapico en 2º. De las clases con Beti recuerdo el repertorio de canciones populares francesas: Frère Jacques, Sur le Pont d’Avignon, Au clair de la lune, Le petit navire, Chevaliers de la Table Ronde y otras más a las que fui añadiendo por mi cuenta las de Gilbert Bécaud y otros de nuevo cuño. Juan Antonio Pando, atento, cordial y joven profesor de la cuenca del Nalón, en 3º. Tránsito Abril, igualmente buena, en 4º. Cerrando el grupo Olga Rey Vidal, sin duda alguna, la más temida y admirada a la vez en el instituto, por su esbelta figura, guardando perfecto equilibrio sobre zapatos de fino tacón, con toda seguridad, sacados de alguna boutique parisina. Estaba de moda la minifalda y ella la sabía lucir valientemente, aunque para los que regían los destinos sobrenaturales y terrenales era inmoral lucir el físico que la naturaleza magnificaba. Contribuyó sin saberlo en el despertar de nuestra adolescencia. A la vez que despertaba nuestra juvenil admiración, la posibilidad de que nos sacase a dar la lección nos sumía en una eterna angustia, esperando que Ramonín, el bedel, tocase el timbre de cambio de clase.
Al matricularme recuerdo que me preguntaron si daría Francés o Inglés y, como lo dudé, me anotaron el primero que era el idioma en auge y el que escogía la mayoría. Aparte de todo, aún no se había presentado quien fuese a dar el inglés. Bastantes días después de la apertura del curso, una profesora, a la que nadie había visto, se abrió paso entre los que esperábamos en el vestíbulo de entrada y llamó con marcado deje caribeño ¡Vamo, lo de Inglé! Poco más de media docena, entre chicas y chicos la siguieron escaleras arriba hasta su aula. En Liverpool marcaban nueva tendencia en la moda y en los ritmos cuatro jóvenes llamados: John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr.
GRUPO DE LETRAS: Mª Teresa Carriles, Lengua de 2º. Años después, estando de maestro en Panes, fui a saludarla en su casa de Narganes donde vivía. Rodrigo Grossi Fernández en 5º y D. Venancio en 6º. Vicente Alonso Sánchez en Latín de 3º y 4º . Su forma de dar la clase, equilibrada entre la amistad y el respeto mutuo, calaría en mi forma posterior como docente. Vivía en San Roque donde su madre ejercía de Maestra. Actualmente vive en Llanes.
GRUPO DE CIENCIAS: Carmen Rosa de la Hera para Matemáticas de 3º y Física y Química de 4º. Fue todo un modelo pedagógico para mí. Con ella visitamos el laboratorio por primera vez y nos llevó por la costa y playas para recoger fósiles y minerales. En los prados usamos la guía linneana y aprendimos el nombre científico de diversas plantas. Juan Antonio Rodríguez, Matemáticas de 2º. Soledad González Avín, en Ciencias de 3º. Luis Carrera, Matemáticas en 4º. Humberto Migoya, Matemáticas en 5º y 6º. J. Claudio Pérez, Química de 5º. José Luis Pérez Galdós, profesor de Laboratorio de química en 6º y Andrés Álvarez Posada, Física de 6º.
HISTORIA Y GEOGRAFÍA: Ramona Minguet en Geografía de 2º. Mª Consuelo Escalera Bustio de Balmori y David Ruiz González de Oviedo, en Historia de 4º.
FILOSOFÍA: Teófilo Rodríguez Neira, en 6º.
POLÍTICA: Jesús García-Fernández llanisco, para los seis cursos de los dos bachilleratos. Era buena persona y de buen carácter siempre que no le cuestionáramos sus ideales políticos, pero podíamos permitírnoslo sin ninguna represalia mayor. Se prestaba fácilmente al debate enardecido que provocábamos para saltarnos los aburridos textos "políticos" del manual con el que intentaron camuflarnos la verdadera historia reciente narrándonos las hazañas del Cid y de Guillermo Tell.
HISTORIA DEL ARTE: Srta. Amandi y Dª Inés García Villar de Vidiago, lectora de la Mitología, mientras vigilaba nuestras horas libres por ausencia del profesorado.
EDUCACIÓN FÍSICA: Andrés Moral, en 2º y 4º. José Luis Plaza en 3º. D. Teodoro, director del Colegio Menor, en 5º y 6º.
OTROS: Francisco Sanz Franco, en Griego y su esposa Anna Mª Duarte para Latín. Mª Luz Cocina, esposa de Teófilo, para Inglés, Merche en Física, esposa de J. L. Pérez Galdós. Rosaura del Sastre, profesora de Literatura, esposa de D. Claudio Pérez. Pedro Oñate Gómez, Chunchi Novoa, Ofelia, Carlos González, Daniel Ruisánchez Frade de la Pesa de Pría, en Química, José Antonio Cezón y pocos más de los que no recuerdo bien su nombre.
BEDELES: Aunque tan sólo sea mencionar sus nombres de batalla, porque como en tal pelearon y trajinaron por mantener nuestros locales y recibir todas las mañanas a sus insignes usufructuarios, Titas y Pomposa, Ramón Obeso, Ramonín y después Silverio, que se encargaron de atizar la calefacción con que secar mis mojaduras los más días de lluvia y al personal de la Secretaría.
Estos son, en resumen, la parte humana compartida con el resto de compañeros. La particular, la vivida en mi interior, viene arropada con un conjunto de recuerdos inenarrables, como el sonido del mar bravío y el trueno en el pararrayos, el timbre de entrada y salida, los golpes de las puertas, las carreras por los pasillos, el eco del salón y del patio, los gritos y ovaciones del campo de fútbol y el silencio del aula en el examen, sólo roto por algunas toses nerviosas de los copiones de turno. Olores no me faltan, como el de la cercana fábrica de dulce, el del tomate con macarrones en el comedor de arriba y por ser más poético, el de los tamarindos y mentas del paseo en nuestros recreos. Lo más enriquecedor de todo, el afectuoso trato que recibí de todos mis profesores sin excepción, de los que intenté captar su parte más positiva para emplearla en mi tarea posterior como docente. Tanto a ellos como a los que tuve como maestros en mi escuelina de Parres y en las Escuelas de la Arquera, les debo, en buena parte, el hecho de haber disfrutado de mi profesión durante prácticamente otros cuarenta años.
¿Invento o trastada?
"El primer lanzamiento al espacio"
Era en cuarto, (65-66), final de mi Bachiller elemental. En los dos cursos superiores y el Preu destacaban alumnos liderados por Juanjo Llamazares Martínez. Yo les admiraba al verlos trajinar con cierta soltura por los laboratorios de Física y Química de D. Andrés Álvarez Posada. Aquellos genios de la ciencia algo fraguaban, como se comentaba en los corrillos del patio de recreo. Posiblemente, hubo alguna fisura en el mal guardado secreto y, convertido en noticia, corrió como un reguero de pólvora y a punto estuvo de convertirse en humo, tal como me confesó, tiempo después, el líder del grupo. Se habían embarcado en un proyecto de gran altura, nada más ni menos que la construcción y lanzamiento de un cohete tripulado, el primero y posiblemente el único que se lanzaría en Llanes. Lo llamaron Proyecto Tieves, cuya fase primera, el “Tieves I” estaba previsto ser lanzado en el campo de La Encarnación con motivo de la festividad de Santo Tomás, patrón de los estudiantes. Los rusos habían lanzado el "Spunik" y los norteamericanos tenían el "Apolo" aún en fase experimental.
Llegó el día “D” señalado. Dedicado a actividades culturales y deportivas, nos concentramos todos los alumnos en los aledaños del centro para ver en directo tan insólito experimento. Algunos, que no confiábamos nada en aquel prototipo de cartón nos protegimos detrás de unos matorrales y a distancia. Ante la sorpresa de alumnos y profesores, aquel ingenio sobrepasó con creces la altura que todos esperábamos que alcanzara, dado su porte y peso. En su caída no hubo que lamentar incidente alguno. Del pobre sapo que lo tripulaba no se supo nada, pero quiero pensar que aterrizó indemne en algún matu de hierba en las inmediaciones del campo de fútbol.
Se dice que todo se fraguó en las clases de química con D. Andrés quien, sin darse cuenta de las verdaderas intenciones de sus pupilos les dio, con todo lujo de detalles, la fórmula de la fabricación de la pólvora. La obtención del material para la composición no fue nada fácil pues el volumen que necesitaban no lo había en el laboratorio del instituto y tuvieron que sacarlo en porciones menores de las farmacias de turno por parte de todos los componentes del grupo, cosa que también llegó a preocupar a los expendedores que acabaron por decirles basta. Nada fácil fue convencer a D. Ricardo, director del centro, que les permitiera el lanzamiento para el día de Santo Tomás.
La explosión provocada por el lanzamiento del "Tieves II" en el lugar que le da nombre, días después, junto a los depósitos de agua, fue más sonada y trajo en vilo, por la altura del sitio y el ruido de la explosión, a los guardias del Cuartelillo. Tras diligentes investigaciones de las unidades enviadas “in situ”, todo quedó en un susto, salvo para el promotor que tuvo que tragarse el severo discurso de su progenitor, a la hora del almuerzo, en cuanto colgó el tricornio y el uniforme."

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