AL LECTOR:

Narraciones de hechos y acontecimientos recordados por el autor; otras recogidas de la tradición oral y escrita.

lunes, 1 de abril de 2013

AYALGA EN PORCELANA

Había llegado de maestro en septiembre de 1984 a la Escuela de Pendueles. Les comentaba a los alumnos en la clase de los mayores, de las múltiples opciones que tenían si seguían estudios por la F.P. en las ramas de Electrónica o Mecánica que eran las dos que se ofertaban en la Escuela de Artes y Oficios si, como se manifestaban la mayoría, no les apetecía seguir los estudios del Bachillerato.
En el garaje-taller que había yo montado en el huerto escolar, tenía una radio de válvulas que había recogido de una escombrera pirata, no muy lejos del pueblo, junto al río. La llevé a clase para que la vieran por dentro, sin la caja, y les fui nombrando todos los componentes que me sabía: resistencias, potenciómetros, condesadores fijos y variables, solenoides y demás artilugios. Les nombré las cinco lámparas o válvulas por la función que tenía cada una. Vieron el transformador, el altavoz y el enorme lío de cables y conexiones. Se trataba de un receptor superheterodino , les dije, por mis conocimientos adquiridos en las revistas que mi amigo Pedro recibía periódicamente de "Radio Maymo" y que me pasaba cuando los tenía ya superados.  
Mis conocimientos en electrónica, más que rudimentarios, los dejaron boquiabiertos y alguien dijo que le interesaban aquellas cosas de la electrónica.  
Nino, se llamaba, me dice que en el bosque había visto tirada una vieja radio que le parecía haber pertenecido a los "alemanes", refiriéndose, entendí entonces, a los de la 2ª Guerra Mundial. Quedamos en que iría con ellos a buscarla tras salir de las clases de la tarde. Ataviado con la ropa y calzado adecuada, arranqué el Land Rover y llevé hasta sus casas a los mayores para que pidieran permiso y recogieran su merienda.
El bosque quedaba apenas a doscientos metros del pueblo y allí nos fuimos. Me llevaron directos hasta el sitio donde tenían escondido el aparato de radio. Era un mazacote de chapa, cableado y lámparas, todo oxidado y embarrado por las inundaciones de las torrentías en la temporada de lluvia. Nada más verlo comprendí que era una radio de coche, aún de válvulas que fueron sustituidas posteriormente por los transistores que dieron su nombre genérico a los nuevos aparatos de radio a pilas.
Desilusioando en parte por el mal estado del aparato, se lo dejé y mientras tanto, interesado por recorrer la seca torrentera y encontrar cualquier tipo de mineral de arrastre, seguí el serpenteante cauce. De casualidad me fijé en algo blanco que destacaba entre la maleza, a la orilla derecha del torrente. Agarrándome a raíces al aire debido a la erosión, pude alcanzar el objeto y tiré de él. Era uno de los platos que rescaté, de porcelana, y sin ningún tipo de roto. Debajo de él había otros trece más, entre hondos y llanos y dos largueros. Fue un hallazgo fortuito, que en origen me causó buena extrañeza por pensar si no habría sido por causas menos plausibles que las que contaré ahora. 
Según la versión de un vecino mío en Pendueles, al parecer, un tiempo después de terminada la guerra, la Civil de España y ya iniciada la otra, la 2ª Gran Guerra Mundial, era frecuente ver pasar gentes que venían huyendo de aquel magostal que se iniciaba al otro lado de los Pirineos. Uno de esos éxodos, a decir de mi informante, estaba formado por una familia de extranjeros, de aquellos países que primero sintieron la suela del nazismo sobre sus países. Se trataba de una familia ataviada con vestidos que aún conservaban una cierta elegancia, a no ser por los rotos y la suciedad que los cubría del lodo y polvo de los caminos. En un carro entoldado tirado por un jumento, tan esquelético como sus dueños, viajaban los dos padres y tres hijos de entre ocho y catorce años, aproximadamente.
Como era habitual en los pueblos, más que en las villas o ciudades, y a pesar de la pobreza en que vivían sus vecinos, nunca faltaba techo, un trozo de pan y un plato de patatas caldosas para quienes lo necesitaran. En la casa de mi vecino, no sobraba mucho para dar por ser ya una familia bien numerosa, pero aquellas dos noches que se quedaron en su henal, aquellos huidos de la guerra o posiblemente de un campo de exterminio, pudieron emprender camino con las fuerzas un poco más restablecidas. No sin motivo, la leche, los talos y algún que otro queso curado en la triguera les dieron fuerzas para continuar. Pero el hombre no acababa de quitar la tos pertinaz que le minaba. En el carruaje llevaban dos baúles cerrados, aparte del resto de enseres personales y domésticos, colgados por los laterales del toldo. Es posible, a decir de mi vecino, que antes de entrar en el pueblo se parasen en el bosque a deshacerse de la vajilla, que por ser de alto valor diese alguna pista de su origen y tuviese alguna consecuencia nefasta para el grupo. No les sería difícil confundirse entre la población, llegado el caso. Una mañana, de madrugada, continuaron el camino, los ánimos más elevados y la carreta más liviana.
Hay otras dos versiones sobre esta ayalga que en otro momento añadiré, aunque de antemano ya diga que son de menor credibilidad. 
Por debajo, todos llevaban en tinta verde vejiga el mismo sello.