ESTAYA

Después de un tiempo de pausa, vuelven las ideas y los recuerdos. Seguimos el camino...

TRADUCTOR

DEDICATORIA

Va dedicado a quienes busquen los recuerdos perdidos de su infancia y que sean capaces de ver en los acontecimientos más singulares la poesía de la vida. No es preciso haberlos vivido; basta tan sólo con haberlos soñado.

ÍNDICE TEMÁTICO

lunes, 1 de abril de 2013

El hallazgo fortuito en procelana

Había llegado de maestro en septiembre de 1984 a la Escuela de Pendueles. Les comentaba a los alumnos en la clase de los mayores, de las múltiples opciones que tenían si seguían estudios por la F.P. en las ramas de Electrónica o Mecánica que eran las dos que se ofertaban en la Escuela de Artes y Oficios si, como se manifestaban la mayoría, no les apetecía seguir los estudios del Bachillerato.
En el garaje-taller que había yo montado en el huerto escolar, tenía una radio de válvulas que había recogido de una escombrera pirata, no muy lejos del pueblo, junto al río. La llevé a clase para que la vieran por dentro, sin la caja, y les fui nombrando todos los componentes que me sabía: resistencias, potenciómetros, condesadores fijos y variables, solenoides y demás artilugios. Les nombré las cinco lámparas o válvulas por la función que tenía cada una. Vieron el transformador, el altavoz y el enorme lío de cables y conexiones. Se trataba de un receptor superheterodino , les dije, por mis conocimientos adquiridos en las revistas que mi amigo Pedro recibía periódicamente de "Radio Maymo" y que me pasaba cuando los tenía ya superados.  
Mis conocimientos en electrónica, más que rudimentarios, los dejaron boquiabiertos y alguien dijo que le interesaban aquellas cosas de la electrónica.  
Nino, se llamaba, me dice que en el bosque había visto tirada una vieja radio que le parecía haber pertenecido a los "alemanes", refiriéndose, entendí entonces, a los de la 2ª Guerra Mundial. Quedamos en que iría con ellos a buscarla tras salir de las clases de la tarde. Ataviado con la ropa y calzado adecuada, arranqué el Land Rover y llevé hasta sus casas a los mayores para que pidieran permiso y recogieran su merienda.
El bosque quedaba apenas a doscientos metros del pueblo y allí nos fuimos. Me llevaron directos hasta el sitio donde tenían escondido el aparato de radio. Era un mazacote de chapa, cableado y lámparas, todo oxidado y embarrado por las inundaciones de las torrentías en la temporada de lluvia. Nada más verlo comprendí que era una radio de coche, aún de válvulas que fueron sustituidas posteriormente por los transistores que dieron su nombre genérico a los nuevos aparatos de radio a pilas.
Desilusioando en parte por el mal estado del aparato, se lo dejé y mientras tanto, interesado por recorrer la seca torrentera y encontrar cualquier tipo de mineral de arrastre, seguí el serpenteante cauce. De casualidad me fijé en algo blanco que destacaba entre la maleza, a la orilla derecha del torrente. Agarrándome a raíces al aire debido a la erosión, pude alcanzar el objeto y tiré de él. Era uno de los platos que rescaté, de porcelana, y sin ningún tipo de roto. Debajo de él había otros trece más, entre hondos y llanos y dos largueros. Fue un hallazgo fortuito, que en origen me causó buena extrañeza por pensar si no habría sido por causas menos plausibles que las que contaré ahora. 
Según la versión de un vecino mío en Pendueles, al parecer, un tiempo después de terminada la guerra, la Civil de España y ya iniciada la otra, la 2ª Gran Guerra Mundial, era frecuente ver pasar gentes que venían huyendo de aquel magostal que se iniciaba al otro lado de los Pirineos. Uno de esos éxodos, a decir de mi informante, estaba formado por una familia de extranjeros, de aquellos países que primero sintieron la suela del nazismo sobre sus países. Se trataba de una familia ataviada con vestidos que aún conservaban una cierta elegancia, a no ser por los rotos y la suciedad que los cubría del lodo y polvo de los caminos. En un carro entoldado tirado por un jumento, tan esquelético como sus dueños, viajaban los dos padres y tres hijos de entre ocho y catorce años, aproximadamente.
Como era habitual en los pueblos, más que en las villas o ciudades, y a pesar de la pobreza en que vivían sus vecinos, nunca faltaba techo, un trozo de pan y un plato de patatas caldosas para quienes lo necesitaran. En la casa de mi vecino, no sobraba mucho para dar por ser ya una familia bien numerosa, pero aquellas dos noches que se quedaron en su henal, aquellos huidos de la guerra o posiblemente de un campo de exterminio, pudieron emprender camino con las fuerzas un poco más restablecidas. No sin motivo, la leche, los talos y algún que otro queso curado en la triguera les dieron fuerzas para continuar. Pero el hombre no acababa de quitar la tos pertinaz que le minaba. En el carruaje llevaban dos baúles cerrados, aparte del resto de enseres personales y domésticos, colgados por los laterales del toldo. Es posible, a decir de mi vecino, que antes de entrar en el pueblo se parasen en el bosque a deshacerse de la vajilla, que por ser de alto valor diese alguna pista de su origen y tuviese alguna consecuencia nefasta para el grupo. No les sería difícil confundirse entre la población, llegado el caso. Una mañana, de madrugada, continuaron el camino, los ánimos más elevados y la carreta más liviana.
Hay otras dos versiones sobre esta ayalga que en otro momento añadiré, aunque de antemano ya diga que son de menor credibilidad. 
Por debajo, todos llevaban en tinta verde vejiga el mismo sello.  


       

jueves, 28 de febrero de 2013

MAESTROS DE PARRES

(Según los ordena mi padre, Santiago González Gutiérrez, (*2/08/19) y mi propia aportación (*25/09/48)
Cuenta mi padre:
D. Amalio Penanes. Vivió en la escuela y se casó en el pueblo con María Galguera Noriega. Formaron familia numerosa con sus hijos: Mariano, Juan, Mª Josefa, Antonio, Tomás y Amalina.
Antonio era también de la quinta del 40. Falleció en Madrid, viajando en un autobús que se incendió, pues salió del vehículo el primero tras ayudar a salir a los pasajeros civiles, tal como mandan las normas militares. Estaba a punto de ser ascendido de grado militar en el Ejército de la Aviación. Le hicieron las honras fúnebres y reconocimiento póstumo de su ascenso por tal acción.
Después de unos años viviendo en la escuela, D. Amalio tuvo otros destinos como maestro, pero regresó una vez jubilado de la escuela de Ceceda en la que había permanecido la mayor parte del tiempo que estuvo fuera de Parres. Regresó para vivir en una casa de La Caleyona con huertu y cuadra, heredad de su esposa.
Cuento yo:
A D. Amalio y María los conocí siendo yo niño. María cuidaba de mí y de su nieto, Miguel Ángel, de mi misma edad que falleció con tan sólo seis años.Solía sentarse en los días de sol a sestear sentado en el banco de piedra que había a la sombra del ebónimo junto al muro de la corralada. Allí tenía su rincón habitual para la lectura, por lo que era para mí inevitable pararme a charlar con él siempre que pasaba arriba o abajo por la concha de La Caleyona. Siempre estaba dispuesto a contarme alguna anécdota si me sentaba a escucharle; me era fácil tirarle de la lengua si dirigía con hábiles preguntas la narración. El segundo año del bachiller, primer año de mis estudios de Latín, me prestó ayuda con la lectura de textos clásicos de Séneca, Virgilio, Plinio o Julio César.
Estando Penanes en Parres como maestro, se arregló la escuela y se hizo el edificio tal como se conoce ahora. Para dar las clases, mientras tuvieron lugar las obras, se acondicionó como aula de niños la casa que tenía D. Ramón Sobrino Arenas, padre del doctor D. Ramón Sobrino de la Vega, en el barrio de Brañes, en la misma casa que, años después, habría de estar el colmado y bar "El Chispún". Para aula de las niñas se dispuso de la casa que hoy pertenece a Rosi Sobrino Arenas, a la que se accedía por una entrada desde la Bolerina, pertenciente entonces a Dª María, La Gaspara.

Otros maestros que siguieron, como cuenta mi padre:

D. Andrés. Vivió en la casa escuela. Andába allendando y jugando por los prados de San Antón  con mi hermano Jesús y estaba también con nosotros José Tamés Sotres, Chacha. Acertó a pasar D. Andrés y Chacha simplemente le llamó maestru y se escondió tras el muro del cementerio. Cuando se volvió para ver quién le llamaba, sólo nos vio a mi hermano y a mí. Cuando fuimos a la escuela al día siguiente, nos castigó sin recreo por el desacato cometido.

D. Martín. Era casado y con niños, vivieron en la casa escuela. No recuerdo nada más, pues estuvo un curso nada más.

D. Saturno. Estuvo varios cursos en Parres. Fue un buen maestro. Mi madre decía a las demás madres que los maestros no paraban nada en el pueblo, por lo malos que éramos y no dejaba de tener toda la razón, pues entre los cuarenta y cincuenta alumnos de matrícula que solía haber por aula, los había de todo tipo, buenos y malos. Así y todo, nos soportó unos cuantos años y apredí mucho con él. Bien es cierto que la mayor parte de los que lelgaban a Parres venían con carácter interino y eran sustituidos por propietarios que en cuanto podían emigraban a otros destinos mejores.

"El Afilador". No sé su nombre correcto. Le apodaban así por la bata gris que usaba para dar clase, muy similar a la que usaban los afiladores de Orense que venían empujando el carrito y tocando la quena por las callejas de los pueblos.

D. Paco. Le apodaban  "El Caco" debido seguramente a su pequeña estatura. Además tenía tullida una pierna. Nos hacía mucha gracia y mos producía risas, cuando se volvía de repente mientras escribía en el encerado la lección del día y nos recordaba: "Que no quiedo midones". Yo sentía pena de él, pues no me parecía apropiado perder el respeto a una persona, maestro o no, por sus características e impedimentos físicos. Había algunos que se pasaban con él y no hacían más que interrrumpir sus explicaciones e incluso le faltaban claramente al respeto. Lo recuerdé siempre entre los mejores maestros que tuve.

D. José Mª. Fernández. (1934-36). Con él acabé los estudios en la escuela y no tuve más ocasión de continuar aprendiendo. Me confiaba la compra del tabaco en el estanco y, a pesar de que le sisaba algún pitillo del mazo, D. José María hacía la vista gorda y se sonreía sin decirme nada por ello. Era común y muy habitual que los niños fumásemos, porque se desconocía el alcance de las enfermedades que se adquieren con el tabaco y mucho más a tan tierna edad. permaneció en Parres hasta casi el inicio de la Guerra Civil. Un año después, cuando me movilizaron con dieciocho años, estuve preso en el campo de Concentración La Vidriera de Avilés. Al llamarnos a los presos para darnos destino, me llevaron ante un tribunal de evaluación para identificarme y adcribirme bien sea a un batallón del frente o a un batallón de lucha, dependiendo de que tuviese aval o no. Me preguntó uno del tribunal que se conocía a D. José María Fernández. Yo dije que lo conocía porque había sido mi maestro. Así fue que me dieron el aval debido y con las mismas me mandaron al grupo destinado al frente.
Durante los años de guerra, las aulas estuvieron vacías y paralizado el aprendizaje de los niños con los libros. Sólo se preocuparon de enseñarlos a desfilar por los caminos del pueblo como lo harían de soldados algunos de ellos pertenecientes a las quintas posteriores a las mías, provistos con un chopo, un fusil de madera. Años después empuñarían un Mausser y algunos quedarían en los campos y caminos de la patria por la que peleaban, en ambos frentes.

Los maestros que siguen fueron conocidos por mí. 

D. Eduardo Álvarez. Estuvo durante algunos cursos. En el año anterior al que yo comenzaba, 1953, se marchó de maestro a otro destino. Recuerdo a Goya, su mujer, y a sus dos hijos, Eduardo, Bayo, y Luis que era de mi misma edad y con el que yo solía jugar cuando venía de visita al barrio de La Veguca. D. Eduardo fue un buen maestro a decir de todos.
Varios años después, coincidencia de la vida, cuando hice las prácticas de enseñanza en la Escuela Normal de Oviedo, elegí por coincidir con un compañero, destino en la Escuela Graduada del Postigo Bajo, volví a encontrarle. Después del primer trimestre en rotación semanal por todos los grados, elegimos mi compañero y yo, entre los doce maestros en ciernes que éramos, su aula para acabar el resto del curso. Nos fuimos a la clase de 4º que tutoraba D. Eduardo, pues nos pareció, entre todo el conjunto de maestros allí destinados, el de mejor pedagogía y de técnicas más modernas. Era además un gran lector y hablábamos con él de la escuela y de los niños tratando siempre de lograr los objetivos propuestos para el nivel. Siento que me marcó positivamente, por lo que guardo su memoria en mucho afecto. Aparte de alumno me sentí también de él un buen compañero.

D. Francisco Peláez. Natural de Pechón en la comunidad vecina de Cantabria, comenzó de maestro un años antes del que yo entré como alumno, en septiembre de 1954. Vivió con su mujer, Dª Ramona, en la vivienda de la escuela. No tenían hijos, pero en periodos de tiempo vivió con ellos un sobrino de la mujer, de origen andaluz. Con él estuve dos cursos, el primer trimestre de los cuales, en la sección de los pequeños, al fondo del aula, hasta que se dio cuenta, de que cómo leía y los buenos conocimientos de Aritmética. me acomodó en la segunda sección. El mérito de mi adelanto con respecto a la edad, se corresponde con el esfuerzo de mis padres y abuelos por enseñarme a leer y que en el año anterior del ingreso en la escuela, con seis años, me mandaron en verano y al año siguiente a clases particulares con un estudiante de Químicas, por cierto también hijo de maestro, D. Manuel Gómez. Manolín, que así llamábamos a mi primer maestro sus pupilos, me enseñó la esencia del cálculo, desde la división hasta las raíces, los números enteros, los fraccionarios, las reglas de tres, de compañía y otras como aleaciones y mezclas. Con tanto interés que yo ponía en aprender y él en adelantarme materia, fue la causa de que con tan sólo siete años pasase a la sección segunda. Al curso siguiente, llegó un nuevo maestro que me agrupó por fin en la sección primera.

D. Manuel Fernández. Fue maestro mío desde el tercer curso de mi estancia en la escuela hasta el octavo curso, en la sección primera, que con los 14 años recibí el Certificado de Enseñanza Primaria. Fue un gran maestro también y le tengo, como al resto de los citados maestros, entre los profesionales de la enseñanza dignos de emulación, salvando, claro está el progreso obtenido en los años posteriores que dieron un giro total a la enseñanza. De él guardo grandes recuerdos y la buena forma de enseñar que tenía a pesar del trabajo que debía tener por atendernos a tan variado grupo de edades y comportamientos con los escasos medios que había.
Diez años después coincidí a su lado en una reunión de profesores y maestros que se hizo en Llanes y él explicaba orgulloso a sus compañeros cómo yo había sido su alumno en Parres y ahora era un colega más. Mi orgullo también fue grande ese día de verme en tal compañia.

A partir de estos maestro vinieron muchos más, unos interinos y otros propietarios definitivos, pero cuyo orden de estancia no tengo en mis conocimientos. Sólo citaré a Nacho Fonseca y su esposa, Aurora, compañeros míos de la Escuela Normal de Magisterio. Jorge y Lourdes, matrimonio pedagógico formado en el pueblo, don Luis Molina, compañero mío de aula en Magisterio durante dos cursos, Armando Romano Gutiérrez, compañero y amigo del Instituto, vecino de Porrúa, José Caso con el que tuve el gusto de compartir claustro en la Escuela Graduada de Llanes en mi primer año de maestro, 1972/73 y del que guardo también muy buenos recuerdos. Aurora Sousa Domínguez, compañera del Instituto y del Colegio Jovellanos de Panes, Toño, José Antonio Pérez Luengo, desafortunada y prematuramente ya fallecido, Arsenio González, Longinos Zaráuza Calleja, actual maestro en Parres. Los tres, viejos compañeros míos en el CRA II, Vidiago.
      Hay muchos más de cuyos nombres no tengo ahora noticia. Cuando los complete, prometo poner en orden este tema por ser de interés para muchos llaniscos y parragueses en particular.Para ello os pido colaboración.






domingo, 24 de febrero de 2013

Lápida de la Huerta'l Monxe"


Hace tiempo que ya publiqué un texto referido a este tema. En él detallo cuando con dieciocho años había trabajado de peón en la construcción del chalé del pintor Segura. Fue el primer conocimiento que tuve de los bufones, fenómeno kárstico de los acantilados, en los que el mar resopla y expulsa por las grietas de la caliza, su salado aliento de espuma al cielo en columnas de varias decenas de metros. Los bufones de Santiuste de Buelna son de los más populares de la comarca, junto con los de Arenillas en la localidad de Puertas de Vidiago. Algún día tendré ocasión de recorrer la zona, me prometí entonces. No me imaginaba que pasados unos años me dedicaría a la enseñanza, y por mayor coincidencia, en la Escuela de Pendueles, a escasos tres kilómetros de Santiuste.
Pasados otros tantos años, recabé en la plaza de la Escuela Unitaria de Pendueles, donde di clase durante quince años a los niños y niñas, tanto de Pendueles como de Buelna. Con el ánimo de conocer el entorno, llevé la clase en múltiples ocasiones al campo, al bosque y al mar, donde la naturaleza brinda múltiples recursos didácticos como complemento a la teórica de los libros. Así fue como descubrí la Huerta'l Monxe o del “Monxe moro” que de igual forma se la reconoce entre los vecinos.
Siguiendo la costa desde Pendueles, entramos en términos de Buelna y seguimos hasta el final, dentro de una extensa finca de varias hectáreas. La visita por la huerta se vio interrumpida por la presencia del ganado que daba miedo a los más pequeños del grupo. Tuve tiempo de ver, en una hondonada del prado, un cierro de piedra de considerable grosor y altura. Al oeste de dicho muro, encontré el dintel de una antigua puerta que da aceso al recinto amurallado.Cuando acabé de dar la vuelta a la muralla, observé detenidamente las piedras del dintel de entrada y encontré señales evidentes de haber sido encajada en él una robusta puerta.
Tendría que volver otro día sin niños, para verlo desde dentro y obtener una explicación más plausible que la de redil del ganado que me dieron los vecinos a quienes consulté. 
Haciendo pesquisas, me guiaron los pasos hasta la casa de la Llobera, habitada por una pareja: Mario y Conchita, abuelos de varios de mis alumnos. Habían vivido en las dependencias que tiene el caserón de Santiuste destinada a la servidumbre y llevaron la administración de la granja de ganado a que fue destinada toda la finca y conjunto de tierras de labrantío y bosques pertenecientes a la misma propiedad que la del Palacio. Granja y casa están separadas por la N-634, cerca del puente de La Franca, sobre el río SanTiuste, hoy más conocido como el R. Cabra y que en tiempos pasados, era la demarcación frontera entre La Montaña, bastón de Laredo y el de Llanes, en Las Asturias. 
Fueron Mario Díaz y Conchita quienes primeramente me aportaron el nombre de la huerta que hasta entonces no había oído decir a nadie y como comprobé años después hasta el presente, mucha gente lo desconoce como "La Huerta el Monxe" o Monje. Inmediatamente pensé en algún eremita perdido en oraciones por esta costa y busqué sin éxito la ermita de Saint Iuste o San Justo. Hoy creo que pueda tratarse de la capilla anexa a la edificación y a la que nunca tuve acceso. En la cuesta que se levanta al sur de la finca, creí ver los restos de alguna edificación donde pudiera haber existido dicho templo, pero por los datos obtenidos de la gente, parece ser que se trata de los restos de un viejo palomar de forma circular, aunque tengo indicios de que se trate de una atalaya como las que existen aún en la finca de La Talá de Llanes, que servían como lugar de avistamiento y protección de la costa. 
Seguí indagando entre las gentes de mayor edad de ambos pueblos. De ellos destaco la aportación de datos que me hizo Ramón Pidal Noriega, avezado pescador, no sé si alguna vez superado por otros del pueblo, y que abundan en los contiguos pueblos. Él me contó que había una fuente con una piedra plana con leyenda ilegible para él por el moho que tenía. Quedé en acompañarle para que me la enseñara, pero lo fui dejando tiempo hasta que, de forma inesperada quien podía indicarme, se nos fue para siempre y con ello dejé aparcado el tema de la lápida de Santiuste.
La finca, en la actualidad está limpia de maleza. Sólo los arraclanes, los madroños, alloros, robles y encinas permanecen en manchas por parte de la finca. Sin perder de vista los datos aportados por la historia que dicen del palacio que perteneció a un inquisidor, no tengo por menos de imaginar el uso que le pudo haber dado al reducto que hoy se conoce como “Huerta'l Monxe moro”.
En la esquina a izquierda mano de la fachada este del citado palacio, se puede ver la placa en cerámica con el dibujo en azul de los dos santos que le dan nombre: San Justo y Pastor. Me hace pensar que la advocación de la capilla del palacio pudiera ser a estos dos santos.
Pues bien, coincidencias de la vida, recientemente tuve ocasión de reconocer la famosa lápida, pero no en el sitio donde me había hablado mi amigo R. P. N. y ya sin moho en su grabación pude encontrar la siguiente inscripción, aunque también hay palabras que por incompletas, siguen siendo de difícil transcripción. Dice así con trazo fino:
<< M IZOSSE ESTA FVENTE A ESPENSAS

M JSS S DIOS FELIPE RUBIN DE CELIS J PARIENTE

MAS DE S. M. Jpnbi ROCENSVALLES HALLANDOSE EN SU

ANO DE 1192 RUEGAN A DIOS POR EL Y
LOS SUYOS >>


Hay algunas letras rotas, seguramente del tiempo que estuvo colocada junto a la fuente de la Huerta'l Monxe. La lápida en sí también presenta algunas grietas, propias de las calizas de montaña.

Nota nueva: 

En el diccionario geográfico universal, 5: dedicado a la Reina Nuestra Señora …que encuentro en esta dirección de Google, leo la referencia a D. Felipe Rubin de Celis y Pariente, prior de Roncesvalles y gran abad de Colonia, entre otros insignes y linajudos personajes llaniscos.

http://books.google.es/books?id=VOzBnYZuzFYC&pg=PA496&dq=FELIPE+RUBIN+DE+CELIS++J++PARIENTE&hl=es&sa=X&ei=czJ6UYG-IcT17AaPoIGACg&ved=0CDcQ6AEwAA#v=onepage&q=FELIPE%20RUBIN%20DE%20CELIS%20%20J%20%20PARIENTE&f=false
Este libro se puede bajar en archivo *.pdf ofrecido por la biblioteca de Google a la que se accede.



jueves, 21 de febrero de 2013

Problema resuelto en barro



  Entre los escombros rescaté viejos ladrillos macizos que fui utilizando en la restauración de mi vivienda. En el mercado, se cotizan bastante por encima del valor del ladrillo moderno.
También rescaté maderas de castaño, material noble muy común en la construcción antigua y que, por lo general, se conserva en perfectas condiciones. Los corredores antiguos eran de maderas de castaño, que aguantaban el clima húmedo de Asturias, pero por estar orientados al sur, con los primeros rayos de sol, secaban y perduraban durante siglos. 
De igual manera, se encuentran tiradas las piedras labradas y me viene a la mente el esfuerzo de los canteros para labrarlas a medida del dintel de las puertas y ventanas y marcar sus aristas únicamente a golpes de maza sobre el cincel. 
Antiguamente se hacían tres tipos de ladrillos macizos. El llamado tabiquero, de menor sección y destinado, como dice su nombre, a la construcción de los tabiques que separan las distintas dependencias de un edificio. Otro de mayor sección, conocido como machetón empleado para las paredes de mayor resistencia, en media o doble asta. La rasilla, aún de menor sección que el tabiquero, se usaba para hacer las bóvedas, tramos de escaleras y cubiertas.
De entre todo aquel montón de cascotes, saqué un buen número de ladrillos enteros, aparte de los partidos y medios, pues todos son aprovechables en la construcción. Escasean mucho como para despreciarlos. Les quitaba el mortero pegado a ellos con la piqueta, para no transportar peso en vano. Cuál sería mi alegría cuando, al retirar la cal de uno de ellos, me encontré este escrito con cuidados trazos caligráficos de letra inglesa:
“Un individuo que nació el día 23 de Febrero de 1888
y que murió el día 23 de Febrero de 1900, qué edad tenía”.

A continuación, viene la solución y ressultado:
                                                                                   1900
                                                                                   -1888
                                                                                   _____
                                                                                     0012,00






 Lo coloqué entre otros ladrillos de la misma hechura y época cuando construí la chimenea del salón, procurando dejar lo escrito a la vista. Años después, cuando, para aprovechar mejor el rendimiento de la leña, encastré una chimenea de hierro con puerta de cristal, retiré el ladrillo que guardé entre otras naderías encontradas, pero de las que nunca soy capaz de prescindir del todo.
Como siempre comenté a los amigos, aquel hallazgo me daba vueltas en la cabeza por no encontrar una explicación más plausible a la función de la grabación que se hizo en él. En un principio pensé que narraba crudamente la muerte prematura de un niño, guaje, como se llamaba a los que trabajaban de tan críos en la tejera. Con el tiempo, me surgió otra finalidad menos cruda. Podría ser, sin más, un problema propuesto para la enseñanza de Aritmética, en una clase al aire libre, quizás en el descanso del almuerzo. Los ladrillos se llevaban al secadero para perder el agua antes de ser cocidos en el horno. Algunos niños iban a la tamarga acompañando a sus respectivos padres o bien recomendados a otros familiares y vecinos. Quizás, aprovechando el tiempo de descanso en el día, alguien más instruido que el resto, pues la letra lo confirma, quisiese dar al niño una clase de cálculo. Qué mejor pizarra que un bloque de barro aún fresco. Como estilete pudo haber usado la caña de un helecho seco cortada con la navaja o una caña de retama o gromo, (toxo, tojo) que eran los materiales combustibles más comunes.
De haber sido la clase para un adulto, quizás se le hubiese ocurrido al maestro otro texto. En ambos casos ya podía haber elegido un ejemplo más alegre que la muerte de un chiquillo de doce años.
Esta es la forma de contar en xíriga, habla de los tamargos llaniscos y que aún la siguen hablando en determinadas poblaciones donde tuvo mayor arraigo. En la Casa de Cultura de Llanes se dan cursos anuales de la xíriga. 
Sistema de numeración en xíriga: 1: Ba/bate. 2: Bi. 3: Iru. 4: Lau. 5: bos. 6: Seí. 7: Zaspi. 8: Sorti. 9: Bedecerasti. 10: Amar. 11: Amica. Del doce al diecinueve se construyen con el prefijo Amar (10) seguido de las unidades: 12: Amarbi. 13: Amariru. 14: Amarlau, 15: Amarbos. 16: Amarseí. 17: Amarzaspi. 18: Amarsorti. 19: Amarbedecerasti. 20: Oguei. 100: Eún. Mil: Emilia. Millón: Emilio.
Y de la misma forma, las veintenas: Ogueiba, Ogueibi, Ogueiiru, Ogueilau, Ogueibos, etc.
La tercera decena y siguientes se construyen con el sistema en base veinte combinado con la de diez: 
30: Oguei amar (20+10). 40: Bioguei (2 x 20). 50: Bioguei amar (2x20 +10). 60: Iruoguei.70: Iiruoguei amar. 80: Lauoguei. 90: Lauoguei amar.
Ejemplos: 54: Bioguei amar lau. 345: Irueún bioguei bos. 3.576: Iruemilia boseún iruoguei amar seí.
Recomendable ejercicio para mantener las facultades mentales en perfecto funcionamiento.
Para conocer el vocabulario de xíriga, visita la web de mi blog en  la entrada que tengo escrita a tal fin..

miércoles, 13 de febrero de 2013

Arqueología moderna


Existe aún la pésima costumbre de dejar tirados los objetos y enseres sobrantes en las casas, en los bosques y junto a los ríos. Se ven de esa forma, cuando se camina por el campo, basureros piratas, de restos de construcción así como las viejas cubiertas de uralita, ruedas, frigoríficos, lavadoras, sillones, mesas, ventanas y un sinfín de cosas más.
El mar tampoco se salva de este trato. Por la orilla de la costa, se encuentra todo resto de basuras como bolsas, latas de conservas, botellas de plástico o cristal y montones de colillas. Lo que se echa al agua, uno se lo puede imaginar. Basta caminar por los pedreros de las playas donde viene todo a parar con las fuertes riadas del invierno y se encuentra de lo mismo. 
La conciencia ecológica tardará aún muchos años en arraigar si no se fundamenta en el ámbito de las aulas, tanto de escuela como de instituto. Las orillas de las carreteras son verdaderos depósitos de basuras y no se libran de este trato los caminos y las calles.  
Recuerdo ver, de mis años en el instituto, que el carro municipal de la limpieza basculaba los residuos al acantilado, por la parte más occidental del paseo. Esa actitud, nada extraña entonces, se debía a la ignorancia ecológica que nos envolvía. Vivíamos en una desinformación total, bien programada por el sistema y los medios de que disponíamos no eran suficientes para comprender el planeta en el que vivimos. Lo creíamos poco menos que infinito y de tanto decirnos que éramos, los humanos, sus absolutos dueños, lo teníamos creído. Como especie dominante sobre el resto de seres vivos, según antiguas escrituras, todo había sido creado para nosotros, incluidos, claro está, los mares, los ríos y las montañas. Ahora, nadie piensa así, pero se siguen haciendo atrocidades en el medio ambiente con el pretexto del desarrollo y de la economía.
Los bosques siempre fueron despensa de frutos secos y fuente de energía barata no exclusiva de las gentes de los pueblos. Los ganaderos gestionaban el bosque como pastos, recogiendo la hoja caída y segando la hierba con el fin de usarlo todo como cama del ganado del establo y obtener así un bien tan indispensable como es el estiércol para el cultivo o el abono de las fincas de las que se alimentaba el ganado. Así se mantenían limpios y toda rama caída o cañón roto por el viento, se recogía para calentar la chapa de la cocina y a su vez toda la casa.
Andando en alguna de las anteriores tareas por el bosque, pude encontrar basureros piratas donde se podían ver los más diversos materiales del desguace de las viejas casas: maderas, ladrillos, azulejos, lavabos, inodoros, cisternas, cocinas de chapa, cocinas de gas, aparadores, espejos, lámparas, armarios, somieres, largueros, mesillas de noche, algunos prácticamente utilizables.
Podría seguir una lista interminable de materiales, pero entre tanta cosa abandonada, hace bien poco, di con varios baúles amontonados sobre un montón de escombros de cal y ladrillos y no pude por menos que llevarlos para casa. Era verano y al menos no se habían mojado y conservaban aún el polvo del desván donde habían pasado varias décadas. Los pude encajar uno en otro para poder meterlos en el furgón, como si se tratase de las matrioskas rusas. Curiosamente, todos tenían alguna peculiaridad que lo distinguía del resto. Ninguno era igual ni en la construcción ni en el tamaño, de tapa redonda tres de ellos y plana el resto. Dos están protegidos por cantoneras y flejes , cierres y clavos de hierro. Uno venía cubierto de loneta y otro aún conservaba restos de cuero. Sólo uno era enteramente de madera.
Al abrir el más pequeño me encontré con un viejo tambor de doble parche, aún tensos con llaves de apriete muy oxidadas y un viejo molinillo de café, de madera apolillada. Los fui restaurando a la vez que, vista la forma de su construcción, construí otros más adaptados a los distintos rincones y usos de la casa. En las casonas antiguas de la gente más pudiente, los baúles se usaban para distintos cometidos. Después su uso se generalizó en las casas más humildes hasta que fueron desplazados por la moda de los armarios.
En el mayor de todos, guardamos la colección de toallas que nuestras madres se empeñaron en coleccionar para nosotros. Al abrirlo nos devuelve el grato olor del algodón seco. En un lateral trae grabado el nombre del último destino que debió tener, cuando su dueño regresó de indiano a la casa que lo vio nacer, repleto de regalos para los sobrinos: “LA HABANA”. ¡Cuánta historia guardará en sus tablas de abeto que aún conservan el olor colonial de la isla!
En otro, más arcón que baúl, guardamos las ropas que se usan para el trabajo y para la playa. También escondemos en él las palas de tenis que nunca tuvimos tiempo de usar, las gafas y las aletas de buceo, las playeras, bañadores, gorros de baño, cremas solares, y diversas mochilas que uno se resiste a tirar. En este viejo arcón se guardó antaño la molienda del maíz y el jamón curado del sanmartín, las latas de embutidos en grasa del cerdo, las bolsas con habas, es decir, era la despensa y el mayor tesoro de cualquier familia campesina.







lunes, 28 de enero de 2013

Vicent van Sobero


"UNA MIRADA EN EL TIEMPO"

Vicent van Sobero es, a todas luces, un artista, adjetivo que se tiene bien merecido por la obra desarrollada a lo largo de su trayectoria pictórica. Es un artista que se fue haciendo a sí mismo desde los primeros años, apenas pasada la pubertad.
Un domingo que había ido con mis amigos a la fiesta de Cue, lo encontramos en la plaza del pueblo. Comenzaban a ocupar el quiosco los músicos. Hablando de cualquier cosa, me imagino que algo relacionado con estudios o trabajo, me contó que en los ratos libres que le quedaba de su tarea en el campo se dedicaba a pintar. Yo, de momento, pensé que se trataría de la pintura de brocha gorda, como suele decirse con carácter despectivo, pero no era esa mi intención, pues pintar con brocha es también un arte. Además, muchos pintores, cuando alcanzan dominio con el pincel y cierto prestigio, vuelven a las raíces del arte rupestre y, en lugar de pinceles, usan brochas y cambian los lienzos de tela por paredes o rocas.
Le seguimos hasta una vieja casa, muy cerca de donde nos encontrábamos. Subimos las viejas escaleras hasta el piso de madera que era todo él una diáfana sala, bien iluminada por los ventanales y una galería. De las paredes colgaban ya los primeros paisajes y figuras devotas, copias de cuadros hechos por los más destacados artistas clásicos que él conseguía de las ilustraciones de viejos almanaques. Qué otra fuente de inspiración mejor podría tener mi amigo en aquellos años, aparte de los libros de la Bilbioteca Municipal y la rudimentaria televisión en blanco y negro que se veía ocasionalmente en el bar del pueblo y en el Nodo del Cinemar. Fue para mí la primera exposición que visité y quizás el origen de mi gusto posterior por visitarlas.
Aquella primera etapa de copia de estudio fue continuada con la copia del natural, para la que no habrían de faltar numerosas calas de la costa corita, así como hermosos rincones del pueblo, sólidas y antiguas casas de bien labradas piedras y de nobles maderas que aún perduran en los balcones, galerías, portones y aleros. Y otra etapa más donde ensayó la figura en movimiento, la expresión y psicología del retrato tanto de su familia como de vecinos y amigos.
Se echaba en falta un pintor nativo que plasmase en lienzo las hermosas y primeras vistas que debieron impresionar su tierna retina de niño. Le cupo en fortuna al pueblo tener entre sus hijos a Vicente Sobero y a éste, idéntica de haber nacido en él.
Quizás haya habido alguna otra influencia en la primera etapa de Vicente que le inclinase por la pintura. Corría el año 1964 cuando cumplidos los catorce años, termina su escolarización primaria. Al director del Colegio La Arquera, el Hno. Pedro González, profesor en el Aula Comercial, le debió llegar noticia de las inclinaciones pictórticas de Vicente y le manda invitación para que asista a su clase.
De todos es bien conocida la importancia que se le daba a la Caligrafía en dicho colegio y de la fama que con esta disciplina disfrutaba, como con otras áreas del conocimiento que allí se impartían como Francés, Mecanografía y Contabilidad. A los alumnos más destacados en Caligrafía y Rotulación se les encargaba la realización de las orlas y grecas que adornaban diplomas y títulos académicos y eran realizados con plumilla y tiralíneas en tinta china negra y de colores. En esa labor artística anduvo Vicente un tiempo, el poco que le permitía su tarea campesina familiar de la que no podía ni trató nunca de evadirse.
Visité hace unos días su exposición con la idea de encontrarme con él, pero no estaba en aquel momento en la sala. Volví otro día, pregunté por él y me dijeron que ya se acercaba la hora habitual en la que solía venir, momentos antes del cierre.
A pesar de conocerla, recorrí de nuevo toda la exposición que es una pequeña muestra antológica de su inmensa obra y, aunque la mayor parte de los cuadros está sacada de las colecciones particulares, encontré también creaciones recientes que aún exhalan el aroma a pino y a linaza.
Llegó al fin. Hacía tiempo que no coincidíamos, apenas en algunas ocasiones nos habíamos encontrado por la calle, con prisas los dos, seguramente con esas prisas de no saber uno a dónde va ni por qué corre. Había salido en varios medios de comunicación, tanto de prensa como de radio, la referencia a esta exposición en la Casa de Cultura.
Con toda seguridad, y a pesar de que ha expuesto en otros muchos lugares, éste sea para Sobero el más importante. No se me ocurrió preguntarle por ello, pretendiendo adivinarlo por puro ejercicio introspectivo.
Es un buen comunicador y con él no es preciso llevar un cuestionario previo. Está pendiente del visitante, conocido o no, para indagar lo que más le atrae y explicarle cuanto esté dispuesto a saber de la obra en cuestión. Ver el conjunto de la exposición es como pasar las hojas de un manual de historia de Cue y de Llanes. En ella cuenta no sólo parte de su historia personal y artística, sino retazos de la historia de todos. Qué lujo, tener un artista tan a mano.
Yo quise añadir a su historia parte de la mía, en varios puntos entrecruzadas. Aparte del narrado al principio que él aún recuerda, otro segundo de mi etapa como estudiante de Magisterio en Oviedo.
A mí me atrajo siempre la pintura y aunque tenía cierta facilidad para ella, reconozco que no hice los esfuerzos necesarios para conocer a fondo sus técnicas de forma seria. Los pocos fines de semana que me quedaba en Oviedo, aprovechaba para visitar cuantas exposiciones se hacían en las salas Nogal, Juan Gris, Van Gogh y Caja de Ahorros, aparte de alguna otra más que eventualmente se abría al público. Los domingos, me acercaba hasta la Plaza del Fontán donde había visto en varias ocasiones algunos artistas tomando apuntes de las balconadas, puestos con sus toldos y tiendas bajo los arcos.
Aquella soleada mañana, estaba a rebosar de gentes que acudían a mercar o a mirar en los puestos de libros de viejo y otros de moneda y sellos que a mí me atraían en especial. Desde una de las entradas, por entre las gentes que hormigueaban, percibí el caballete y cuando me acerqué más, me encontré con la figura del pintor, tal como la había siempre imaginado de los pintores de Montmartre y Pigalle, que comenzaba a dar las primeras pinceladas sobre el terso y blanco lienzo. Me quedé un tanto apartado para no molestar al maestro, pues recordaba una frase que había leído relacionada con la pintura al aire libre y que tanto preocupaban al pintor como es la lluvia, el viento, los niños y los curiosos.
Fue al volverse en la silla para añadir color a la paleta, cuando le reconocí a pesar del atuendo y la perilla que se había dejado.
Hace ya veinte años, acudí a las clases que daba en su estudio de pintor. De entonces aún conservo una acuarela que pintó como muestra y varios dibujos míos a lápiz que me obligó a hacer antes de iniciar las técnicas del color. Hay que aprender antes a dibujar las cosas en su sitio, las perspectivas, la profundidad, los planos junto con la composición, me dijo.
Sus cuadros rezuman la esencia del pasado, narrado con todo lujo de detalles. Los personajes representados, algunos tristemente desaparecidos, parecen hablarnos desde allá. Las maderas coroyadas, las ventanas aguantadas por viejas bisagras que en la realidad seguramente fueron sustituidas ya por otras más modernas, son testigos mudos del pasado, narrado por el artista con una paleta ajustada al color real, a veces, de croma triste que logra crear en la sala una bruma de fuerte nostalgia. En algunos de ellos, se recrea provocando al espectador con los recursos más complicados de su realismo mágico incitándole a tomar el lápiz que parece colgar de un hilo o despegar el papel cebolla y la cinta adhesiva con que cubre algunos elementos del cuadro.

Mi admiración hacia él como artista no es mayor que la que siento hacia su persona por saber de sus orígenes y el arduo camino que tuvo que recorrer para llegar a serlo.

Más datos:
"Entre los doce y los catorce años, periodo en que va a la escuela comienza a pintar de forma autodidacta dejándose aconsejar de los pintores que va conociendo, como Alfonso Iglesias, Manuel Monteserín y otros. En esta etapa adolescente estudia por correspondencia dibujo y pintura y con quince años expone por primera vez en la sala del Casino de Llanes, momento desde el que comienza a recibir los primeros encargos. Marcha a Oviedo para trabajar como dibujante en la empresa MAPRA dedicada a la sergrafía y a la publicidad.
En 1971, un afamado restaurante madrileño le encarga la decoración con pinturas suyas.En la capital, compatibiliza el trabajo con los estudios en la Escuela de Artes y Oficios y posteriormente en la E. Superior de Pintura, Escultura y Grabado, en la que supera el Grado Preparatorio que le permite acceder al ingreso en la Academia de Bellas Artes de San Fernando donde tuvo como maestros entre otros a Mariano Moré Cors y Pedro Mozos.
El Ministerio de Defensa le contrata para realizar trabajos de vexilología en el Servicio Histórico Militar, donde pintó originales para restaurar obras del Museo del Ejército.
En 1978 se incorpora a la Galería Heller de Madrid dentro del colectivo "Inventores de la Realidad", junto a personajes del mundo de la pintura tan famosos como Antonio López, Cristóbal Toral, Eduardo Naranjo, Carmen Laffón y Amalia Avia con quienes expone periódicamente en obras colectivas de dicha galería.
En 1980 regresa a Cue desde donde viaja continuamente para exponer sus obras en lugares tanto de España como de Francia e incluso Japón.
En 1981 Caja Duero adquiere algunas de sus obras para su ponacoteca.
En 1993, algunos de sus trabajos resultaron seleccionados para la exposición conocida como "Las Edades del Hombre".
Desde hace cinco años expuso su obra en el taller-estudio del Centro Regional de Artesanía y Artes Plásticas en el pueblo de Poo."

Exposiciones:

1965/69.- En el Salón principal del Ayuntamiento de Llanes.
1979.- Americam Women's Club de Madrid y Sala de exposiciones de la AISS de Llanes.
1980.- Galería Artex de Badajoz y Galería Heller, colectiva de Madrid.
1981.- Sala de Caja de Ahorros de Salamanca (hoy es Caja Diero) en Zamora.
1985.- Sala Tioda de Gijón.
1986.- Galería Nogal de Oviedo.
1987.- Galería Barón de San Carlos en Llanes.
1991.- Medalla "La Gastronomía en la Pintura" de Otur. Sala Iwate en Japón.
1992.- Galería Honcho, "España y Japón, dos realidades del 92'". En Yokohama, exposición patrocinada por la Embajada de España en Tokio.
1993.- Magna exposición "Las Edades del Hombre" en Salamanca.
2003.- Galería de Arte Acinas, Exposición Colectiva sobre la Mar, de Avilés.
2004.- Galería Arte Acinas de Avilés.
2005.- Invitado como organizador de la 1ª Feria Internacional de Arte, en Roquetas de Mar de Almería. Galería de Arte Ansorena de Madrid.
2012.- Ateneo de Cáceres.

Tiene obras en diversas colecciones particulares y pinacotecas por todo el mundo y durante años sus obras permanecieron expuestas en diversas galerías de Asturias, Madrid y otras provincias españolas.

Su trabajo bibliográfico:
Heráldica e Historiales del Ejército, Ministerio de Defensa, Madrid.
Inventores de la Realidad, Galería Heller, Madrid.
Las Edades del Hombre, Junta de Comunidades de Castilla y León.
Libro-Catálogo Colección Caja Duero, Salamanca.
(Apuntes tomados del catálogo hecho por el Ayuntamiento de Llanes para su Exposición antológica en la Casa de Cultura, del 15 de diciembre de 2012 al 29 de enero de 2013.)

El cuadro del fondo es una de las copias a las que me referí, realizada por Vicente con tan sólo dieciséis años.

jueves, 13 de diciembre de 2012

ROMANCES, TROVAS Y OTROS ESCRITOS POPULARES: PORRÚA (III)


Por Genaro Haces Haces. 1993 . Porrúa.

I
El día primero de mayo,
del año noventa y tres
que es fiesta de San Felipe,
la primera del verano.
II
No pretendo ser poeta
ni igular a Celso Amieva
voy a hacer unas estrofas
para alegrar las penas.
III
Siete componen la empresa
de esta famosa excursión,
Pedro José va el primero
como buen conocedor.
IV
Edel y Carmen Romano,
Tonio y Laura también van
con el retoño que tienen
que le pusieron Hernán.
V
El día ameneció nublado
y con trazas de llover,
pero el ánimo es muy grande
y no piensan en ceder.
VI
Arrancaron en dos coches,
con mucho humor y jolgorio,
pues así lo decidieron,
de subir hasta Los Corros.
VII
Ya por la fuente La Peña
empezaron a vociar
como los buenos pastores
cuando ya van a llegar.
VIII
Llegaron a La Venera,
a la cabaña de Tote,
se dicen unos a otros:
¡Qué gusto tuvo este hombre!
IX
Tote les está esperando,
pa comer en la cabaña,
pues había mucha rosada
pa comer en la mayada.
X
Dos pastores que allí andaban
a saber de sus ganados,
ni cortos ni perezosos,
deciden acompañarlos.
XI
Estos pastores que digo,
los debéis de conocer:
uno le llaman Fabián
y, el otro, Lucio Javier.
XII
Subiendo a La Vega el Cobu,
tuvieron un altercáu;
unos, pel Valleyu l'Agua,
y otros que por El Castráu.
XIII
Llegando al Sillón de Arriba
se detienen las rapazas,
pues acaban de subir
una tirada muy larga;
en vez de ser un sillón,
podía ser una butaca.
XIV
Llegaron a Jorticeda
y deciden descansar
para poner allí el nombre
para la posteridad.
XV
Del Cierru hasta Ventaniella
dieron mcuhos resbalones
y lo que más les cabreó,
el no ver Los Resquilones.
XVI
En La Pisada la Mula,
que ya es terreno del Cuera,
allí, los que más corrían,
el Guaje y la Panadera.
XVII
Llegaron al Mumular
y la tarde estaba oscura,
allí el que menos corría,
era Tonio el de la cuba.
XVIII
Llegando ya a Tornallás,
bajando hacia la cabaña,
el Guaje llegó el primero,
porque bajaba a tou trote;
se arrodilló y dijo a la madre:
es más guapa la del Tote.
XIX
Los que no conocían,
quisieron ver el estanque,
pues es una cosa muy buena,
que allí el agua nunca falte.
XX
Saliendo de Tornallás,
de pronto llegó el nublado
y se dicen unos a otros:
ahora estamos fracasados.
XXI
Los tres pastores que iban
al tantu de las rapazas
les dedicaron una estrofa
que no ponen buena cara.
XXII
Carmen y Edel son ligeras
para bailar El Pericote,
pero ya no lo son tanto
para andar por estos montes.
XXIII
Ya cogieron el sendero
pa Los Jogos de Cadora
para llegar a Llapudia
en menos de un cuarto de hora.
XXIV
Llegaron a Llapudia
y empezó una gran porfía;
todos querían mandar,
pero nadie decidía.
XXV
En La Vega de Llapudia,
desde tgiempo inmemorial,
cada cinco años se juntan
los pastores del lugar.
XXVI
Cinco pueblos la componen
esta mancomunidad
para aprovechar El Puerto
y defenderlo de verdad.
XXVII
Dos horas largas llevaban
en aquel peregrinar.
La gente ya va cansada
y con ganas de llegar.
XXVIII
Salieron ya de Llapudia
con más con más pena que gloria,
porque Hernán les decía
se está acabando la bota.
XXIX
Están llegando a la vega
llamada Jou La Espina;
el nublado ya levanta,
parece que les anima.
XXX
Siguiendo por el sedero,
llegaron a Manzaneda
y uno de ellos dijo en alto,
hay que hacer una pará,
pues da gusto descansar
viendo pastar las becerras.
XXXI
En la cima de aquel cueto,
ya con ganas de sentarse,
dijeron los conocedores:
aquélla es la Vega Brañes.
XXXII
Antes de llegar a Brañes
hay un cuetu muy famosu,
por si alguno no lo sabe,
se llama Cuetu Pioyosu.
XXXIII
Ya se ven allá unos prados
y también unas cabañas;
los fresnos están brotando,
allí le llaman La Mata.
XXXIV
A la llegada a Tebrandi
echaron unos cantares,
porque ya se divisaban
los pueblinos de Cabrales.
XXXV
Dieciséis pueblos componen
el concejo de Cabrales,
donde hay muy guapas mozas
y muy serios los chavales.
XXXVI
Algunos ya sospechaban
que les iba engañando,
pues no se divisa Asiego
hasta que no vas llegando.
XXXVII
Por fin llegaron a Asiego,
pueblo de gran hermosura.
Allí ya cantaban todos
nuesgtro himno de Porrúa.
XXXVIII
Qué contentos se pusieron
por llegar a Casa Juan;
allí ya no les importa
lo que vayan a gastar.
XXXIX
Ya olvidaron el cansancio
de tanto caminar;
son rapazas y rapaces
y lo van a festejar.
XL
Ya llegaron los tres coches
que subieron a buscarlos,
pues ya, antes de salir,
es lo que habían concretado.
XLI
Joaquín y Nuria los fueron a acompañar
con Mari Loli y Andrés
y con Tino del SOCAL.
XLII
Allí se despidieron
de la gente de aquel pueblo;
adiós al chigre de Juan,
adiós al pueblín de Asiego.
XLIII
Ya arrancó la comitiva
con ganas de cenar;
si en Canales está lleno,
cenaremos en Soberán.
XLIV
Ya comieron y bebieron
de mucho humor y jarana;
vamos a tomar unas copas
y marcharnos para casa.
XLV
A las doce de la noche
llegaron a La Guiyón
con la ilusión, si está bueno,
volver por San Ramón.
Y aquí se acaba la historia
de esta famosa excursión.
FIN

miércoles, 5 de diciembre de 2012

ROMANCES, TROVAS Y OTROS ESCRITOS POPULARES: PORRÚA (II)


Nueva excursión de la gente de Porrúa a Cuera, en 1948, relatada por Armando Romano Sánchez

I
Tiene el pueblo de Porrúa
gente muy aventurera
y aquí tenéis el ejemplu
de una excursión que fue a Cuera.
II
Manuela queda encargada
para subir la bebida,
como anda tan apurada,
en el pueblo se le olvida.
III
La mujer de Serafín
se levanta la primera
y dice a la rapacina:
"anda que vamos a Cuera"
IV
Después de masar la torta
y preparar el arroz,
asoma encima la puerta
y a Su Los Robles da un voz.
V
Tere sal de la cama
más deprisa que volando
como cuando está la madre
en la cocina llamando.
VI
Armando que despertó
y la vio ya levantada,
conmovido preguntó:
¿Adónde vas tan apurada?
VII
No se lo quería decir,
pero si es que te interesa,
voy a subir pel Cabañucu
y bajar por Sal de la Pesa.
VIII
Harta de estar en Jogos
la mujer de Manuel Pérez
vino muy enfurecida
a la cabaña de Tere.
IX
Cándida que la ve,
ni corta ni perezosa,
va a la cabaña y se pone
el vestidín color rosa.
X
Salieron de la cabaña
Manuela y María Selina
y en Su los Robles se juntan
a Cándida y a Lupina.
XI
Tere quedaba en la choza
revolviendo la cuayada
y, al ver marchar las otras,
arranca desesperada.
XII
Quedan las cabañas solas,
no siendo la de Vicenta,
porque allí llega Gabriel
encargáu de hacer la renta.
XIII
Cuando pasan por La Va,
a medio hacer las labores,
invitan para viajar
a la tía Rosa y a Dolores.
XIV
Ellas contestan así:
"Nosotras de buena gana,
pero están Colás y Pío
con muchísima galbana.
XV
Cuando pasan por Los Jogos,
Melina empezó a llorar,
porque su madre la dijo
que se tenía que quedar.
XVI
Ya doblaron a Los Texos
cinco mujeres del Valle,
una era de la Jorcada
y las otras de La Calle.
XVII
Otra que las acompañaba
era del barrio Sorvilla
que quedaba en la cabaña
llorando a la su Chiquilla.
XVIII
Con ellas va Belarmino,
pero este no es criticado,
que siguiendo su camino,
va a recoger el ganado.
XIX
Pasando por Calicantu
invitaron a María
y ellas les dijo que no,
porque ya lo conocía.
XX
Al pasar por Cotariellu,
invitaron a Constantina
que si quería venir,
con ellos, a ver la mina.
XXI
Tiene que estar con el toru,
por si acaso vienen vacas
y, además de todo eso,
tiene que sacar patatas.
XXII
Cuando pasan por Las Pipas
dijo Celesto Sobrino:
"en excursiones bonitas
no debe faltar el vino"
XXIII
Milio, el del Pozu Manxón,
muy entroncáu en La Peña,
vio pasar a la excursión;
creyó que iban a Carreña.
XXIV
Cuando van atravesando
por onde La Llosa Vieya,
vieron en La Vega el Cobu
a Manuel de La Caleya.
XXV
Por apurarse a correr,
subiendo La Cruceyada,
Selina dice a su madre
que se siente muy cansada.
XXVI
Acompañando a Selina
va el hijo de Manuel Pérez
que, a pesar de ser muy joven,
ya le gustan las mujeres.
XXVII
Ramón, el hijo del Vivo
que los vio de Najarón,
echa el trabajo en olvido
y se va con la excursión.
XXVIII
Llegan a La Vega el Cobu,
se aumenta la comitiva,
porque estaban esperando
cinco de casa de Oliva.
XXIX
Estaban Pedro y Alfonso,
Bibi, Maruja y Juanito;
dejaron al padre solo,
¡vaya cuadro más bonito!
XXX
Por El Valleyu de Nansa
suben las de la Texuca,
tres elocuentes muchachas:
Dori, Cosuelo y Maruca.
XXXI
Dori va la delantera
para pescar la cuadrilla,
va más contenta pa Cuera
que si fuera pa la Villa.
XXXII
Para refrescar un poco
se metieron en la cueva
y, en esto, vieron venir
las hijas de Pepe Amieva.
XXXIII
Con ellas vienen también
dos mozos de Los Cumbriales
con unos grandes anteojos
para mirar a Cabrales.
XXXIV
Iba Antonio el de Juanito
con mucha capacidad;
dio a Nievas las alpargatas
para más comodidad.
XXXV
Y por último llegaron
sudando a gota llena
para unirse a la excursión
Covadonga y Magdalena.
XXXVI
Después de cebar el toru,
como quien no quier la cosa,
llega muy afatigáu
Marcos el de La Juiciosa.

XXXVII
Felisa la de Joaquín,
que de eso no sabe nada,
la encuentran cuando subían
tropando muy apurada.
XXXVIII
Buena tentación le dio
de abandonar la pradera,
prenderle fuegu al jelechu
y dise con los del Cuera.
XXXIX
Cuando ya está preparada
para marchar la excursión
no llegaron a un acuerdo
y forman un gran follón.
XL
Todos quieren ir por Medas,
pero el de La Caleya
arranca por Jorticeda
como llobu tras la oveya.
XLI
La gente queda pasmada
cuando se marcha Manuel,
por no deshacer el grupo
todos se fueron con él.
XLII
Toman El Valleyu el Agua
y Alfonso, muy picaruelo,
les iba echando el anteojo
a las piernas de Consuelo.
XLIII
Se despiden de Manolo,
el vecino de Barriales,
que por andar al jelechu
no pude ver a Cabrales.
XLIV
De La Boca las Traviesas
vieron otra caravana;
se van acercando a ella
y, era gente caldueñana.
XLV
Llegaron a Jorticeda
y saludan a esa gente;
como cosa de costumbre,
van a beber a la fuente.
XLVI
Se cruzan varias palabras
como gente conocida
y, entonces, las excursiones
a una queda reducida.
XLVII
Pasaremos a la historia,
para que cojan honores,
ocho personas de Villa
y una chica de Debodes.
XLVIII
Cinco de casa de Gómez:
Pepe, el padre, y Marcelina,
Matilde, con una bota
y, la comida, Delfina.
XLIX
Esther y Carmina Coro
también van en la cuadrilla
con Piedad la de Benigno
y otra vecina de Villa.
L
Toman El Sillón de Arriba
con mucha tranquilidad
y Manuel de la Caleya
se puso junto a Piedad.
LI
En El Picu divisaron
un paisano de zurrón
y por eso conocieron
que no era de la excursión.
LII
Lu empezaron a chanrriar
y les tiró un morrillazu.
¡Vaya modu de chillar
que tuvieron los de abaju!
LIII
Y por fin se decidieron
como gente de quimera
y era Julio el de Sofía
que iba con cabras pa Cuera.
LIV
La Piedra la Señorita
ninguna la saludó,
ninguna lleva su nombre,
todas entienden por "SO".
LV
Marcos se les escapó
movilizando la tropa;
fue el primero que llegó
a ver los Picos de Europa.
LVI
Después de un corto descanso
en la Cruz de Ventaniella,
se puso en camino Marcos
y va como una centella.
LVII
En la pisada La Mula
por seguir a Magdalena,
a Nieves la de Los Cumbriales
se le encaballó una vena.
LVIII
En el Colláu Mumular
las pasaron del demonio,
porque creían ver al llobu
y resultó Pedro Antonio.
LIX
Llegaron a Tornallás
los de Porrúa y Caldueñu
y encontraron a La Vega
como una casa sin dueñu.
LX
Cuando cruzaron La Vega
se quedaron admirados
de una pelea de carneros
que estaban muy enfaenaos.
LXI
Viendo que los animales
detienen mucho a la gente,
se cansaron de mirarlos
y siguen hacia la fuente.
LXII
Después de quitar la sed
echaron una tonada
y se ponen en camino
en dirección a Haba.
LXIII
Dejaron a Tornallás,
la mayor vega del puertu,
y hasta El Colláu Periquillo
todo lo hallaron desierto.
LXIV
Allí pegan una voz
todos juntos en unión
y siguen hacia La Vega
formando gran procesión.
LXV
Llegando a La Vega de Haba
de mucho amor y campaña
de pronto ven a Sarita
mirarlos de la cabaña.
LXVI
Tere, Nieves y Maruja
la fueron a saludar
y enseguida los rancheros
tocaron para formar.
LXVII
Y como en toda La Vega
ya no encuentran más que ver,
a la sombra de un paré
se pusieron a comer.
LXVIII
Cuando acaban de comer
en aquella extensa mesa,
quedaron muy satisfechos
de lo que a nadie interesa.
LXIX
Cogen el camín del Cantu
y al dejar La Vega de Haba,
Piedad dirige a Manuel
una angélica mirada.
LXX
A la mitad del caminu
todos se cubren de miedu
por la negra obscuridad
que produce aquel jaedu.
LXXI
Allí nadie se detiene,
toda la gente camina,
y a lo lejos divisaron
una galería de mina.
LXXII
Cuando llegaron al Cantu
creyeron ver un rebecu
y era Vicente el de Rita
reblagáu en un piñuecu.
LXXIII
Se metieron en la mina
porque no había capataz
y les vino reclamando
este ignorante rapaz.
LXXIV
Ninguno quiso escuchar
a este imbécil de Vicente
que a lo lejos fue a insultar
de una manera indecente.
LXXV
Alfonso, muy atrevido,
se subió a la vagoneta;
le dieron un empujón
y se fue a la puñeta.
LXXVI
Por hacerse el valiente
vaya susto que llevó
cayendo por un valleyu,
desencajado quedó.
LXXVII
La caída fue con suerte
no llevando el menor golpe
y entonces marcha la gente
corriendo a todo galope.
LXXVIII
Ya se despiden del Cantu
dejando atrás la mina
y aquel rebecu llanudo
y a la madre de Fermina.
LXXIX
Esta era Soledad
que allí estaba con Vicente,
no se portó como él
que fue mucho más decente.
LXXX
Cruzando la cordillera,
pasaron a La Cerrosa
y en El Picu la Lluvinca
estaban Joaquín y Rosa.
LXXXI
En este mismo lugar
disminuye la excursión,
porque la gente de Villa
se marcha pa San Ramón.
LXXXII
Manuel se marcha con ellos
de bastante buena gana
que pueden llegar a ser
los vecinos de mañana,
LXXXIII
Quedaron los de Porrúa,
pero Alfonso el de Gabriel
marcha con los de Caldueñu
al ver que se va Manuel.
LXXXIV
Bajaron rápidamente
La Cuesta de San Martín
y se perdieron de vista
junto a Los Praos de Pachín.
LXXXV
Entonces los de Porrúa,
pasando las Humielgas,
llegaron al Abeduliu
a ver aquellas bodegas.
LXXXVI
Ante la casa de Ángel
reciben una impresión
y se quedan admirados
todos los de la excursión.
LXXXVII
Como el sol ya no molesta
toda la gente se anima;
dejan atrás el caminu
para ir a Jogulespina.
LXXXVIII
Llegando a dicho lugar
esta excursión porruana
no les quisieron dar agua
ni Covadonga ni Juana.
LXXXIX
Covadonga contestó
que allí no tienen taberna;
al que tenga mucha sed
puede beber en la duerna.
XC
Están solas en La Vega
cada cual en su cabaña,
eso de negar el agua
es de gente muy tacaña.
XCI
Los últimos que llegaron
ya les sacó del apuru,
que además de darles agua
les dio un piescu bien maduru.
XCII
Esta mujer obró mal
por no ponernos iguales
muchos vienen mal contentos
de la gente de Cabrales.
XCIII
Salen de Jogulespina
caminu de la tierruca
y se ponen a bailar
en Peyos de La Texuca.
XCIV
Cuando van atravesando
El Valle de Bujarrera,
muchos hacen juramento
de no volver más al Cuera.
XCV
Como palomas perdidas,
llegaron al Cabañucu
y les dio mucha alegría,
porque ya se ve El Mazucu.
XCVI
Se presentaron en Medas
donde ven una cabaña,
a Concha frente a la cueva
y a Manuel venir de argaña.
XCVII
La nube les anunció
que muy pronto llovería
y como flechas se lanzan
corriendo el que más podía.
XCVIII
Llegando a La Vega El Cobu
los coge un gran chaparrón
y, sin hacer despedida,
se deshizo la excursión.

Versos tomados de unos apuntes que me proporcionó Víctor Tamés, vecino de Porrúa.

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