AL LECTOR:

Narraciones de hechos y acontecimientos recordados por el autor; otras recogidas de la tradición oral y escrita.

viernes, 9 de febrero de 2007

UN SUEÑO VIVIDO

Era un hermoso día primaveral... La campiña se había cubierto paulatinamente del verde esmeralda habitual, que servía de descanso a las retinas de los campesinos. La tranquilidad de la aldea sólo se veía rota por el mugido del ganado que despertaba y por los madrugadores gallos.Algo distinto se percibía, difícil de precisar, en el ambiente de aquel amanecer. El hecho es que la tranquilidad se tornaría desasosiego y el verdor negrura en unos instantes, aunque para un cerebro sumido en el sueño, podría suponer, horas, días, meses...Cosme, aquella mañana, no tenía fuerzas para levantarse. Había estado despierto hasta la madrugada, tratando de vencer el insomnio producido por su joven imaginación aventurera. Vivía solo al cargo de su propia casería. La madre había muerto cuando Cosme tenía cinco años y su padre, con más voluntad que arte, lo educó e hizo de él un muchacho trabajador y responsable. Hacía dos años que su padre desaparecía en un trágico accidente minero. Desde entonces, al verse tan solo, comenzó a darle vueltas en la cabeza la idea de emigrar, pero nunca llegaba a madurarla por sentirse atraído por Beatriz, una hermosa muchacha de su mismo lugar. Pensando en la posibilidad de verse alejado de ella se quedó dormido. La vela se consumía lentamente, haciendo guiños en la penumbra de la habitación, sobre la mesita de noche.Se sintió inmerso entre el gentío de la pequeña villa. No tenía conciencia de conocerla y, sin embargo, encontraba algunas referencias y vagas señales en todo lo que ante sus ojos se presentaba.Las calles estaban abarrotadas de gentes que iban y venían en todas direcciones. Seguía a un grupo a corta distancia, intentando entender lo que hablaban.Analizó el paisaje que servía de escenario a su película onírica. Grandes chimeneas vomitaban un denso y negruzco humo. Altos edificios, cual colmenas tan negros como el humo. Las calles eran de pavimentación lisa. Los extraños artefactos que circulaban carecían de caballos de tiro y rugían con un ruido parecido al de las tormentas. Una cadena de explosiones salía de su lustrosa carrocería. Uno de ellos, de colores chillones, descapotable, a poco le pasa por encima.Es entonces cuando Cosme se dio cuenta de que pasaba totalmente inadvertido para el resto de los transeúntes. Cualquier otro con peor intención hubiese sacado provecho de esta insólita situación. Cosme se sintió aún más solo que cuando se encontraba trabajando el campo o cuidando el ganado. Todo le parecía extraño. La forma de vestir de la gente era lo que más le chocaba. Las caras, por el contrario, le resultaban de lo más normales. Todo esto se traducía en un desasosiego que llegaba a afectarle incluso en la respiración. ¡Aquellos malditos humos! Sintió auténtica necesidad de evadirse del escenario y caminó a grandes zancadas hasta las afueras, huyendo así del bullicio en que se encontraba sumido.Sorteó el tráfico por pasos difíciles hasta llegar a las inmediaciones de un parque, lejos del ruido farragoso. Un hermoso hórreo flanqueaba la entrada donde varios chiquillos jugaban bajo sus maderas de castaño con pequeñísimos vehículos, remedos de aquellos que acaba de ver circular, tan estupendos.De repente salió de su anonadamiento. En un banco, observándole se hallaba una joven. De primeras, su rostro le pareció conocidísimo. No obstante, hubiese pasado sin decirle nada ya que estaba seguro de que tampoco le oiría ni le hablaría. La miro de soslayo y se encontró con la más encantadora sonrisa que jamás nadie le había dedicado. Se deleitó con una oleada de aire puro y fresco que penetró en sus pulmones, lo que le produjo un hondo suspiro que revitalizó sus entrañas.- ¡Cosme!Aquellos labios acababan de pronunciar dulcemente su nombre. Se rehizo con seguridad.-¿Puedo sentarme a su lado?-Sí.A Cosme le pareció una nota musical.-¡Estás sudando!-¡Eres Beatriz! No comprendo nada de lo que nos está sucediendo. Toda esa gente parece ignorarme cuando paso a su lado.-La explicación, Cosme, es muy sencilla. Tú y yo estamos unidos en el mismo sueño. Esas gentes son producto de nuestro sueño. Fueron creadas por nosotros y cuando dejemos de soñarlas desaparecerán.-Entonces, ¿nosotros sólo existimos en un sueño? ¿Acaso no somos reales tú y yo y mi amor por ti?-Sí, Cosme. Ahora existimos porque nos soñamos mutuamente.Beatriz se reía dulcemente y Cosme acabó también por imitar a la joven, mientras observaban a los pequeños que jugaban bajo el hórreo.Se dieron cuenta del amor que se profesaban gracias al sueño en que estaban sumidos.Volvieron al centro de la Villa, esta vez cogidos de la mano, los dedos entrelazados. Desconocían la época que ilustraba su historia onírica, pero poco o nada les importaba. Los últimos rayos de la aurora vespertina habían quedado embotellados en la lámpara mágica de su amor y el genio negro de la noche les envolvía.Una música suave, dulce, flotaba por entre los árboles del parque. Cosme se sintió cansado. La negrura de la noche obraba negativamente en su ánimo y volvía a sentirse mal. Sus pulmones se angostaban y a cada instante que pasaba su respiración se le hacía más fatigosa.Se le nublaba la visión. Ya no podía distinguir nada y sus manos se habían quedado vacías, no encontrando, por más que lo intentaba, las de Beatriz.Quiso llamarla a gritos, pero su voz se ahogó en la garganta. Poco a poco, se fue desvaneciendo.... La vida parecía marchársele también. Sin Beatriz a su lado, todo carecía de valor. Aún pudo oír una vocecilla, lejana, que le llamaba:-¡Cosme!Había amanecido del todo. Los campesinos que tenían que madrugar a las faenas del campo, iban camino de sus cuadras para el ordeño del ganado. Las vacas de Cosme mugían desaforadamente, ladraban los perros y se revolvía el gallinero. Parecía como si toda la fauna de la aldea se hubiese puesto de acuerdo para llamar la atención sobre algo en particular.La casa de Cosme estaba en llamas. Los vecinos percatados de ello e impulsados por un atávico instinto de lucha contra el fuego y animados por otro no menos fuerte instinto de ayuda en esos casos, se dirigían al establo del ganado de Cosme, a la carrera, portando sendos calderos de cinc hacia la fuente.De la casa no venía ningún ruido. ¿Habría acabado todo para Cosme? Solía madrugar el primero del barrio para acabar sus labores pronto y reiniciar otras.Tras un día de fuerte trabajo, Cosme se había quedado dormido sobre la cama. La vela que alumbraba en la ventana se entornó con el viento y prendió fuego a los cortinajes.Varios hombres pudieron subir hasta el dormitorio y ya bajaban con Cosme inanimado en sus brazos. Otros luchando contra el fuego, lograban aminorarlo poco a poco.Descendieron a Cosme y colocándole en el suelo intentaban reanimarle. Los resultados no eran del todo satisfactorios. Se temía lo peor por Cosme. Nadie sabía qué hacer en esos casos.Una joven con los pelos sueltos, a medio vestir, intentaba abrirse paso entre el corrillo de vecinos entorno al cuerpo yacente del joven. Ahogando un sollozo se reclinó junto a quien en silencio tanto adoraba. Apenas habían pasado algunos minutos cuando el griterío de la gente y el repique a fuego de las campanas de la iglesia la habían levantado de su sueño. Esa misma noche, recordaba aún el sueño, había tenido con él sentados en un banco del parque una bonita conversación.Con la chaqueta hizo un rueño que dispuso bajo la espalda de Cosme y unió su boca a él en un beso, para insuflarle el aire del que sus pulmones tan necesitados estaban para volver a respirar. Segundos después expulsaba con tres apretones en el pecho el aire y volvía a repetir el beso una y otra vez hasta sentirse agotada.Aquella rápida actuación de Beatriz, hizo que Cosme guardara en la memoria aquel sueño tan bello. Abrió un instante sus ojos y vio, recordado en el cielo, la hermosa cara de Beatriz y ya, respirando por sí, los cerró de nuevo intentando seguir en el sueño, ambos sentados en el parque donde, tiernamente se besaban mientras las gentes pasaban sin fijarse en ellos. Mientras tanto, el cielo se fue despejando de aquellos nubarrones y un sol brilló iluminando los verdes esmeraldas de los campos de la aldea.

EL VALLE DE LAS ÁGUILAS


Cuenta la historia que, los primeros pobladores de Asturias se dedicaban, principalmente, a la caza y a la recolección de frutas que las especies arbóreas y arbustivas de los bosques guardaban en su fronda, para ofrecérselas al ser que había sido designado por las leyes evolucionistas, para dominio del medio terrestre. 
Todavía se desconoce si esas leyes preveían el uso y abuso que el llamado Rey de la Creación, con el paso del tiempo daría al resto de seres, tanto animales como vegetales. El escenario de los hechos que se van a relatar está enmarcado en la zona oriental de Asturias, entre los ríos Purón y Cabra. Al sur, la cordillera del Cuera y al norte un suave acantilado del cantábrico, salpicado de hermosas playas de arena blanca y fina.
Cuando el hombre llegado del Edén bíblico en busca de un territorio similar al abandonado por sus abuelos, se asentó aquí, el ser dominante de cielos y tierra era el águila en sus variadas especies. Ella mantenía el equilibrio ecológico del ecosistema colocada en su cúspide. Abajo en la espesura del bosque el lobo completaba la cadena alimenticia habitando las cavernas de las que, pronto sería desalojado por su futuro dueño: el hombre.
Los asentamientos primitivos, encontraron aquí el lugar apropiado por la cantidad de cuevas y abrigos naturales que la caliza de montaña proporciona. Había dónde elegir incluso, y se elegía aquella cueva desalojado por su futuro dueño: el hombre. A la entrada de las cuevas dejaban los residuos de su marisqueo: lapas, mejillones, bígaros y toda suerte de caracolas que quedarían petrificados para formar parte de la herencia histórica de generaciones futuras que seguirían aprovechando los recursos allí existentes. 
La tierra en la que habitaban, les recordaba según la tradición oral a aquella de la que procedían en una larga emigración. Entre dos ríos que les protegían. No eran extremadamente malos de vadear, pero eso a su vez representaba una ventaja para ellos mismos que les permitía hacer incursiones más allá. La geografía les permitía colocar puntos de vigía desde donde se seguían los pasos tanto de los exploradores como de quienes osasen llegar. Además, las tribus vecinas eran de su mismo origen troncal y no existían diferencias con ellos, todo lo más cuando se trataba de caza y solían resolverse sin pelea.
La mañana había despertado entre nieblas y la partida de caza se había organizado, como siempre, la noche anterior ante la gran fogata que guardaba la entrada de la cueva. El jede de la tribu, organización superior conocida, era el que, después de escuchar a los componentes de la anterior partida de caza, escogía a aquellos que presentaban una perspectiva de éxito asegurado en la del día posterior. 
También se elegía un guía que únicamente tenía como misión dirigir al grupo al lugar donde la jornada anterior, había sospechado, visto o intuido la gran caza. Otra partida se dirigía a la costa por  proveerse de pesca y marisqueo para completar la alimentación o sustituir por orden del chamán o brujo la de aquellos que habiendo abusado de las carnes, padecían una extraña enfermedad consistente en dolores musculares que les impedían, sobre todo en días de fuerte humedad ambiental, hasta levantarse de la cama de helechos, a pesar de atribuir a esta especie la facultad de curarlos. Suponemos que se trataría de la gota, reumatismo, enfermedad posteriormente atribuida a reyes o gentes que, creyendo ser mejor alimentación la carnívora que la vegetariana, la solían padecer. 

Llegaban, casi siempre, hasta las estribaciones o cuestas perpendiculares a las primeras estribaciones del Cuera. Las mujeres recién paridas eran alimentadas con exquisitos caldos hechos con carnes de urogallo y abundantes y variadas especies vegetales, tanto raíces como frutos, para proporcionarles una dieta rica en sales minerales. Los más ancianos recibían como menú abundancia de frutas, requesones, paté de erizos, leches descremadas y yogures naturales hechos con una especie de hongo que dejaban un día entre la leche de cabra y uro, miel de brezo, oscura y fuertemente olorosa. 

Poco a poco fueron ampliando el recorrido de las incursiones al campo para tomar confianza, cosa que hizo que bajaran la guardia de la defensa de la cueva. Hasta entonces varios vigías se turnaban colocados en los cerros más próximos, habiendo elegido como garitas, pequeños salientes de roca caliza. Allí permanecían todo el día y hacían sus comidas principales. Su agudeza visual y su instinto desarrollado como el de cualquier fiera del bosque, les bastaba para sentirse seguros y dar seguridad al resto de la tribu. Al día siguiente, estos vigías permanecían descansando o elegían su propia diversión. 
En una explanada desde donde se veía la entrada de la gruta, debajo de unos hermosos tilos habían establecido y desarrollado las reglas de un nuevo juego al que los muchachos más jóvenes les atraía e incluso a los no tan jóvenes. Este juego les proporcionaba el ejercicio suficiente para mantenerse en forma sin enfrentamientos tribales ni tan siquiera la caza. 
Un día de invierno en el que la mar cercana parecía haber desatado sus furias y bramaba contra los acantilados, varios desprendimientos de rocas cerca del rincón de la playa donde se acostumbraba a mariscar habían cambiado poderosamente la fisonomía del terreno. 
Buscaban nuevos rincones con el consiguiente resabio a lo desconocido. En la luna anterior se habían hecho expediciones costeras en busca de lugares donde abundase el marisqueo. Siguiendo el cauce del río se llegaba a la mar. Una explanada de rocallas quedaba libre en la marea baja con abundantes pozos de agua donde nadaban peces a los que capturaban con cierta facilidad. Habían inventado el primer artilugio de caza en el agua. Una caña seca hueca con muchos nudos cuya punta cimbreaba sin romperse a la que habían atado una tripa fina y seca en cuyo extremo libre sujetaron como pudieron un trozo de barda llena de afiladas púas donde ensartaban restos de mariscos y pequeños cangrejos. Así pillaban pequeños peces de afiladas mandíbulas que llevar a las brasas salpicados de la salsa elaborada con hierbas que el brujo colectaba. 

En la tribu existía una variopinta fauna de individuos característicos. Salvo la función de jefe que recaía sobre el más anciano, el resto de ocupaciones eran asignadas tácitamente a los individuos que destacaban en éste o en aquel arte de pesca. La de chamán recaía siempre sobre aquella persona, observadora de la naturaleza y de sus ciclos biológicos tanto de animales como de plantas, pero debía dominar asimismo la climatología, la medicina en especial, la astrología y el culto a los incontables dioses. Los cocineros de la tribu eran también bien mirados por su importancia ya que eran quienes se encargaban de prodigar de alimentos en los grandes acontecimientos como las fiestas anuales de primavera y verano. 
Importancia muy grande era la que se daba a los artistas que convertían las paredes de los recintos de permanencia en verdaderas suites donde dejaron constancia hasta nuestros días de la domesticación de nuevas especies de animales como bisontes, elefantes, jabalíes caballos, vacas y el propio lobo, corzos, cabras y un sinfín de animales.
Ocurrió que cerca del asentamiento a que nos referimos cerca de la playa, apareció de mañana una extraña roca brillante que flotaba misteriosamente en el aire por encima del pedrero de la desembocadura del pequeño río. De aquella pulida roca se descubrió una capa parecida en su brillo a la que cubre en días de frío los pozos de los caminos. Una escala brillante a los rayos solares se descolgó por la roca y al instante descendieron por ella varias siluetas de hombres de aspecto brillante como la misma roca. Iba delante uno de aspecto fornido, y cuya indumentaria era difícil de describir para los primitivos ojos de Thu.
La capa era de material desconocido, no de piel de ningún animal conocido, talar; calzaba botas de cuero brillante y en la mano derecha portaba un extraño báculo en el que se reflejaron los rayos solares transformados en hirientes destellos. Uno de esos rayos abatió una hermosa cierva que miraba también atónita el extraño visitante. Los demás personajes, desprovistos del bastón de luz recogieron la cierva y la llevaron al interior de la roca de donde habían surgido. Otros con zurrones transparentes de una piel extrañamente fina recogieron los animales que viven en las rocas del agua. 

Thu quedó sobrecogido de tantas novedades como estaba percibiendo. Thu era un joven que por su dificultad de nacimiento para correr como los demás niños le llevó a observar todo y aprendió a contarlo a los demás de una forma nueva. Su ausencia de voz le permitió desarrollar otros dones, como es la destreza de grabar en la roca primero con sílex y luego dándole color a siluetas de hombres o animales. Utilizaba pigmentos animales o de tierras que conocía para plasmar en las rocas de las cavernas, los acontecimientos que acontecían. El extraño personaje surgido del mar iba a quedar plasmado para las generaciones venideras en la gran roca Atún que se levantaba en la Acrópolis de su tribu desde donde se domina el valle del río Purón. 
Permaneció inerte, escondido cuanto pudo en su garita natural de vigía, conteniendo la emoción y la respiración no tanto por el miedo que le producían aquellas extrañas figuras y sus armas de brillo como por la impresión que produce lo insólito, lo desconocido. Por suerte aquellos seres debieron llevar suficiente con lo que portaban en las bolsas que habían llenado, se montaron en la roca que les había traído del fondo del mar, se cerró su tapa de hielo y de todo su alrededor se llenaron de ojos verdes que emitían unos reflejos y al chocar con el agua, la convertían en destellos verdosos y se elevó hacia el cielo, primero lentamente y pronto, cuando alcanzó a estar por debajo de las algodonosas nubes, se lanzó como un rayo atravesándolas y desapareció como un puntito en el horizonte en dirección a donde el sol se pone. 
Aquello que acababa de ver nada tenía que ver con una roca, pero no tenía ningún concepto en su cabeza para compararlo con algo conocido. Años después, ya en su madurez artística plasmaría en una roca natural al abrigo de los rayos del sol que queman la pintura, la figura del personaje aquel de túnica talar y rayos fulgurantes. En lo alto de la acrópolis se reunían anualmente las gentes de los poblados del valle para festejar aquel extraño acontecimiento que ya corría de boca en boca entre los narradores que recorrían el valle y amenizaban en las fiestas de conmemoración como nacimientos o muertes de algún importante jerarca tribal. 
Dominaba como nadie la elaboración de pigmentos y era muy hábil en la detección del material. Bastante cerca de la cueva, conocía un barrero de donde sacaba los ocres pajizos y rojizos. Cada vez que los extraía metía varias pellas en su mochila de piel y regresaba con ellos a la gruta. Los almacenaba en un abrigo de la cueva donde el aire y la humedad los conservaba en estado pastoso para usar de inmediato.
En mitad de la cueva, cerca del hogar, había labrado con buril de sílex una oquedad que le servía para moler los minerales una vez secos al sol. Mientras quedaba al cuidado de la gruta, se pasaba el tiempo en su taller, preparando las tierras de gran valor que ya eran famosas y otros artistas venían a pedirle. A cambio de ellas, le traían como trueque pieles, caza o herramientas de sílex bien talladas y que él se encargaba de pulir. De ellas conservaba en otra pequeña sala, bien al interior, una buena colección que le servían para el trueque en ocasiones en que necesitaba cualquier otra provisión. Era llamado para pintar las grutas entre los ríos Sella y Cares o para retocar viejas pinturas que se estaban deteriorando con el paso del tiempo, pero en ninguna de ellas quiso representar el personaje visto en aquella playa. Podía representar animales a los que acostumbraban ver en todas las zonas que recorría, pero el personaje de la Roca, como él lo llamaba, no podía. 
En su mente primitiva ya había unas mínimas pautas que marcaban su oficio de historiador. No usaba palabras. Contaba la Historia en el barro o en la misma roca, pero él sólo usaba apenas una docena de símbolos y figuras. Sabía que era fácil para sus coetáneos descifrar sus grabados. Y para quienes viniesen después también lo sería porque sus narraciones a la luz de las hogueras eran escuchadas por los más jóvenes con mucha atención y ellos serían los llamados a contarlas a sus hijos y estos a los suyos.
Pasaron varios cientos de años, no se sabría con exactitud cuántos. La edad del Bronce dio lugar a la del hierro y ésta a la del cemento armado, a la del plástico. Los habitantes de la zona que vio aquel acontecimiento tan lejano en el tiempo, sólo se preocupan de construir nuevas viviendas a lo largo del Valle de las águilas, aprovechando su belleza natural, pero sin darse cuenta, poniendo en peligro esa misma belleza. 
Yendo desde Llanes en dirección a Santander, apenas andado unos siete kilómetros, está Puertas. Se ve una construcción redonda, sin pintura, con la adusta cara que da el hormigón, nada más pasar por debajo del puente del ferrocarril, se desvía uno a la derecha. Hay un amplio aparcamiento para dejar el autobús o el coche y tomar un sendero que nos adentra en el bosque de eucaliptos y que nos sube a lo alto de La Sierra donde se puede observar "El ídolo de Peña Tú", o si se quiere, como lo llamaban los antiguos, "La peña del Gentil". Viendo el viajero aquella figura grabada sobre la roca natural, en forma de pez, que es un hito para el navegante marino, quizás se le ocurra alguna explicación mejor. 

PEÑATU O PEÑA TÚ?

 Esta manifestación artística rupestre que se encuentra en nuestra localidad es la primera encontrada en Asturias en su género. Se observan dos formas de expresión distintas. La grabación inicial a la derecha del panel con dos figuras bien claras: el propio ídolo y un puñal a su izquierda. Posteriormente se debió de subrayar ese grabado con pintura roja, posiblemente con el ánimo de hacerlo más visible. Se añadieron elementos, figuras y puntos. Entre ambos sucesos no debió transcurrir demasiado tiempo, pero se puede descartar su contemporaneidad. Los grabados demuestran influencia de la Meseta y las pinturas la del Centro y Mediodía peninsular.Se le denomina el ídolo, pero la más antigua parece ser la de la Cabeza del Gentil está hecha con instrumento de punta roma aunque hay abrasiones en algunos tramos. Tres arcos paralelos conforman la figura del ídolo cerradas abajo por un trazo único rectilíneo. Entre los dos arcos interiores se dibuja en línea quebrada la orla; el arco exterior está festoneado de pequeños trazos simulando el cabello. Presenta claramente los ojos. El cuerpo se representa por siete franjas horizontales a modo de falda. En rojo se resaltaron todos los grabados y se añadieron elementos no visibles de adorno en la cabeza y el trazo entre los ojos a modo de nariz. El pie derecho del ídolo está representado así con cuatro trazos. Otros trazos externos son una serie de puntos que rodean una forma trifoliada y otros veintisiete que, a falta de uno, sería la representación del mes lunar. Figuras humanas formando escena de danza o caza, una más alejada lleva báculo, dos posibles cabras. El puñal aunque extraño a los hallados, presenta la lógica distribución de los cinco agujeros por donde se ataría el mango de madera o hueso.Existen variadas interpretaciones de lo allí expuesto por su autor. Podría ser que las siete capas de la falda representasen los días de cada fase lunar. La aureola de la cabeza, así como la túnica talar, pudiese enmarcar un personaje sacro o regio. Por comparación con otras similares halladas en la península puede datarse en torno al 1500 a. d. C. ¿Se trataría de un asentamiento fortuito o de un lugar de reunión anual de gentes trashumantes? Lo cierto es que ahí nos quedó esa gran roca para recordárnoslo.El nombre también debió de sufrir cambios a lo largo del tiempo. La Peña del Gentil, Peñatu, Peña atún, El ídolo de Peña Tú... Es cierto que desde la costa, y más desde la propia mar, se divisa la roca. Su aspecto dolménico debió de ser lo que atrajo la mirada de los antiguos moradores. Me inclino modestamente a pensar en un lugar de encuentro y parada de los pastores que seguían con sus rebaños. En los bufones de arenillas, en los ríos Purón, Novales y Cabra y en las variadas cavernas existentes en la zona, hay sobradas señales de la población que vivía del aprovechamiento natural de la zona. El paisaje que desde lo alto se columbra hizo el resto. Hoy es un valle con tres núcleos de población: Puertas, Riegu y Vidiago y en el que merece la pena detenerse para andar.

Leer documentación:

PEÑAQUIMERA

Las olas atacan con bravía el acantilado. Después del choque se retiran dejando jirones de su falda sedosa entre las rocas y en el suelo de la playa de escasa arena. Hacia levante, se yergue majestuosa, inmóvil, Peñaquinera.Pequeño islote que parece bogar constantemente para no dejarse llevar lejos de la cosa; es refugio de patos y gaviotas quienes la eligieron posiblemente, hace muchos siglos, quien sabe, si esperando que algún día suelte amarras, proa a otras tierras.Es admirable el acierto de las gentes del lugar para dar nombre a las cosas que les rodean. Siempre hay un término a mano para ello. El que recibe este castro hace referencia a un fenómeno visual que tiene lugar, dependiendo del punto de mira que se elija. Tanto si se sube a la Sierra, por encima de Buelna, como si se llega desde Santiuste, Peñaquinera es una pequeña isla, a la deriva, batida casi siempre por un mar embravecido; da la impresión de estar demasiado alejada de la costa, como si de repente hubiese emprendido su ansiado viaje. En otras ocasiones, cuando el sol se sumerge en el mar en su ocaso agosteño, Peñaquinera se torna fantasmagórica. Se acerca ópticamente a la costa y se aleja y se repite incansablemente, como si llevase a bordo pasajeros que fuesen o viniese del mar a tierra, de tierra al mar.Peñaquimera y no Peñaquinera, debiera pronunciarse y, sin embargo, no es fingida su existencia: tan sólo su movimiento.La quimera era un animal fabuloso, con la cabeza de león, el cuerpo de cabra y la cola de dragón, que vomitaba llamas.En su cara Oeste presenta una roca alargada a ras del agua donde las olas forman una densa espuma al tropezar con su esqueleto pétreo, que bien pudiera suscitar en los antiguos pobladores la referencia al monstruo. La mar y quienes la habitan dieron, siempre, motivo para la imaginación o ensueños quiméricos plasmados en la Literatura de todas las épocas, desde la homérica hasta la de nuestros días.Invito a quien sea ávido de vivir momentos de tranquilidad en la observación de la Naturaleza, que se siente enfrente de Peñaquinera y se deje inundar por el bramido del mar, mientras escucha sus propios pensamientos. Serán claros como la espuma que baña este humilde islote que no figura en ningún mapa que se precie de tal, pero que deja huella profunda en quien, por suerte, tiene la ocasión de admirar.

RÍO CARES

Hoy, río Cares, triste día de primavera, leo en la faz turbulenta de tus aguas, una horrenda tragedia.Humedad y frío, la muerte cabalga sigilosa a lomos de troncos y ramas, clavando su guadaña traicionera, en dos jóvenes ilusiones.El implacable destino, marcada en la carta verde del viajero, como inexorable tacómetro que explica lo inexplicable, llegó puntual a la cita.Es tiempo de Pasión y el Cares está triste. Los sedales se recogen en sonoros carretes como si fueran carracas. Las cañas, pendones a lo largo del río, reposan silenciosas arrimadas a los setos, olvidadas por un momento de las manos de los pescadores, también tristes. Los arbustos de la orilla y los alisos, lanzan, sin ninguna competencia sus cañas al agua, en un intento noble, de recuperar los cuerpos inertes, que, como navegantes, sin barcas, cruzan el estigio canal.Sé que te apenas, Cares, porque piensas que de niños, jugando, libraron tus aguas de minúsculas presas de cañas y peñascos; recuerdas que en tus cristalinas aguas, sus frentes se sumergieron para saciar la sed en un día de caluroso estío; o bien, como descanso, te acompañaron un domingo, mientras vareaban. Tú les diste la tranquilidad y las fuerzas para un nuevo intento. Sé también que formas parte pasiva del ciego destino. Soy yo quien está triste. Tú vas alegre, cumpliendo tu propio destino, pero si puedes oír, escúchame: no seas acaparador ni guardes en tu seno el tesoro que te reclama quien a él tiene más derecho. Que no sirva, como dijo el poeta, de “alimento de flautas en los cañaverales” y deja que la tierra, a la tierra vuelva.

ROPAVEJEROS

Así se llamaban a los que venían por los pueblos a comprar ropa vieja. En aquel tiempo sólo existían tejidos naturales de lana, algodón o lino, principalmente. Todo servía para los ropavejeros, pero sobre todo, si se trataba de las mantas viejas de algodón, se pagaban mejor. Pero también se llevaban ropa vieja que conseguían sin dinero, por el solo hecho de quitarla de casa.En aquel momento comenzaba a aparecer en el mercado la fibra sintética, por lo que mucha gente cambiaba los ojos por el rabo, creyendo que hacía negocio, a pesar de tener que poner encima del trato los pocos dineros de que se disponía. Pronto se tendió a cambiar el viejo colchón de lana por el moderno, primero porque el de lana daba mucho trabajo ya que todos los años había que descoserlo, sacar su lana para airear y solearla, varearla y deshacer las pellas de lana que acababan molestando en la espalda. Eran incómodos y ciertamente poco higiénicos. Los ropavejeros de la lana ya se habían modernizado, llegaban con sus furgonetas y traían con ellos uno o dos modelos de colchones modernos que cambiaban por el de lana, pero también cerraban el trato cobrando el nuevo colchón de forma que el viejo les salía regalado.Existían también, generalmente mujeres a las que se les llamaba lienceras que traían en la cabeza un fardo de lona repleto de retales de tela, y todo tipo de prendas de vestir y de interior que cantaban a voces por el pueblo sus ofertas de mercado, de puerta en puerta y desabrochaban los cinturones de cuero que sujetaban la lona para mostrar en el barrio toda su mercancía. Las recuerdo con largas faldas de gruesa tela y botines negros de cuero y hablaban gallego, por lo que es fácil deducir de dónde procedían.Ropavejeros, lienceras, afiladores, paragüeros, capadores, madreñeros, caldereros, maconeros, herradores, junto con los que compraban crines de caballo, tratantes de ganados, mieleros, fotógrafos, pescaderas y puede que alguna actividad más que ya no recuerdo, se dejaban caer por el pueblo y siempre eran la atracción de los niños y de los perros a quienes solían ladrar por sus voces, creo y porque tampoco les resultaban familiares.