AL LECTOR:

Narraciones de hechos y acontecimientos recordados por el autor; otras recogidas de la tradición oral y escrita.

viernes, 14 de noviembre de 2008

LOS ENSAYOS EN LA BOLERA DE LA ESCUELA



AYER

Como fue siempre costumbre, una vez finalizadas las fiestas de San Pedro de Pancar, dieron comienzo los ensayos de Santa Marina de Parres en la bolera de la Escuela.
Allí acudimos a las diez de la noche, a dar fe de nuestra admiración, respeto y nostalgia al comienzo de los bailes que deleitan todos los años a los romeros que tenemos la suerte de acudir al campu Santa Marina, el día 18 de julio. Los años pasan, pero los sentimientos quedan. Recuerdo cómo jugaba a correr por la bolera, mientras las panderetas con sus sonajas bailaban los sones al ritmo monótono del tambor. Aún comprobé cómo devuelve su eco la Piniella o quizás sean aquellos sones de mi infancia perdidos en la línea del tiempo que retornan una vez reflejados en imaginarios Texeos. Es una sensación rara la que me llega, mezcla de nostalgia, por estas fastas fechas. Y son, creo yo, las ausencias de quienes, siguen alejándose en la curvatura del tiempo inexorablemente huidizo.

ANTEAYER.
En la foto podemos ver no sólo la inexorabilidad del paso del tiempo. Para muchos aún son nuestros padres que posan y para muchos más sus abuelos. Es, aproximadamente el año 1928, frente a la escuela de Parres. ¡Cuántos sufrimientos por vivir para la mayoría de ellos. Para no pocos, ¡qué futuro tan aciago les esperaba! Algunos desaparecidos en la guerra, del uno o del otro lado y otros como consecuencia de la misma. Es curioso que ese futuro sea ya nuestro pasado. El hambre, la guerra, las enfermedades... cual jinetes apocalípticos alfombraron de espinas sus desnudos pies. Ved sus miradas infantiles asombrados por la magia de la fotografía. El poco tiempo de juegos infantiles que les quedaba les fue sustraído para que hoy podamos recordarlos.
1ª Fila
1.- Fidel Sánchez Amieva, de Pepa la de Meré.
2.- Ramón Junco Fernández, “El Guaje”de Mariano y de María, en la casa vieja de Benigna y Ramón, Padres de don Ramón Sobrino de la Vega.
3.- Ángel Castro Miyar hijo de Ruperto.
4.- Manuel Fernández Sobrino, Rúa, hijo de Florentina y de David el de Fausta.
5.- Antonio Sobrino Noriega, hijo de Wences y Modesta.
6.- Pedro Gómez Pando, Cortaelviento. Su mote le venías por la famosa canción que acostumbraba a cantar.
7.- Miguel Ángel Junco Pérez, Milín el de Josefa, hijo de María y de Ángel.
8.- Jesús González Gutiérrez, hijo de Santos y de María la de Félix.
9.- Santos Junco Noriega, de Juanito y de Socorro, del barrio de Tamés.
10.- Severino Sánchez de la Vega, de David y de Teresa del barrio de Tamés.
11.- Ángel Vidal Sotres de Tanis.
12..-Maximiliano Cerezo González, Xili, de Damián y Lola la de Pío.
13.- Marcelino Sánchez Junco de Consuelo la Roxa.
14.- José Manuel Fernández Sobrino, Seíno, el de La Veguca.
15.- Enrique Sobrino Mier de Manuel y Esperanza.
16.- Santiago González Gutiérrez, Taro, de Santos y de María la de Félix.

2ª fila
17.- Pedro Sánchez Amieva, Cacho. De Pepa la de Meré.
18.- Pedro Cerezo González de Damián y Lola la de Pío.
19.- Santos Cerezo González, muerto en Oviedo defendiendo a la República, de Damián y Lola la de Pío.
20.- Wences Sobrino, de Concha la de la Caleyona y esposo de Concha la de Marina la de la Veguca.
21.- Luis Sánchez de la Vega de David y Teresa del barrio de Tamés.
22.- Salvador García Noriega, de Antonio y Francisca.
23.- Manuel Mijares de Fernando y de Rosa.

3ª fila
24.- Antonio Sobrino Gutiérrez de la Covaya, de Antonio y de Isaura la Melliza.
25.- Juan Luis González y González. De José y de Anita. Murió en el frente del Ebro.
26.- Ángel González y González, Óscar. Perdió la vida al explotar los cohetes en el campanario de Parres el día de la fiesta de la Sacramental.
27.- Rogelio Fernández González, de Aurora la de los Carriles y de Manuel el de Jacinto. Murió en la mili.
28.- Juan Gutiérrez González de Pepa y Félix, muerto en Bilbao, defendiendo voluntario a La República.
29.- Juan Fernández Gutiérrez de Juan Fernández Quiroga y Vitorina Gutiérrez Santoveña.

sábado, 13 de septiembre de 2008

LAS AGUAS DEL NALÓN

        Paseaba una mañana, casi de madrugada, sobre la escarcha matutina que cubría un parque cualquiera. Cerca, dos chimeneas fabriles vertían al cielo sendas bocanadas de grisáceo humo.
Se celebraban las fiestas navideñas y se dejaban notar, tan solo por el afán de la gente de representar ese papel asignado por la tradición. Por lo demás, no sentía en mi interior nada distinto a otras fechas.
Esta sensación mía que hoy narro la produjo el hecho de haberme tropezado con la presencia de un viejecito madrugador que recorría la calle paralela al parque por el que yo circulaba.
            Se detuvo ante el escaparate de una pastelería y clavó la narizota en el vidrio, empañándolo casi por entero con el vaho que despedía. Frotó sus manos enguantadas en lana gris y alzó el cuello alto de su gabardina azul desvaída hasta tapar las orejas, grandes y caídas. Le faltó poco al pobre longevo para traspasar, como ánima incólume, el desconsiderado cristal.
          Físicamente no podría, pero, estoy seguro, que, mentalmente, ya se sentía dentro, ante una bandeja de pasteles y un tazón de humeante chocolate.
           De pronto, como volviendo a la realidad, supongo, se separó del vidriado muro. Dirigió la vista atrás, al lugar de donde venía, y tomó entonces un trotecillo como de perro apaleado, dejando ver entonces una ligera cojera.
             Aceleré el paso y crucé el parque tras los pasos del viejo, intrigado por lo que vi y sin mejor cosa que hacer. Lo seguí siempre respetando la distancia conveniente para no asustarlo hasta el puente que cruza el río. De vez en cuando, sin perder compás en su torpe caminar, se volvía y proseguía la carrera con quizás mayor ímpetu que me pareció ya una huía. 
             Cubrió los cincuenta metros de chapas que forman el puente, levantando sonoros arpegios de acero. Desistí en el seguimiento porque lo vi bajar desde la orilla en la que me encontraba por una escalera de cemento que había a la otra orilla y se fue a sentar debajo del puente sobre una gran piedra en forma de cubo. 
            Era su perfecto refugio. La piedra quedaba respaldada de la brisa húmeda del agua por unos troncos y ramas sabiamente entrelazados, a modo de rústica esterilla. No se percataba de mí, tan ensimismado que estaba en desenvolver un voluminoso paquete del que sacó un hermoso bocadillo.                Allí lo dejé despachándoselo, con toda parsimonia en su improvisada cabaña.
           A los dos o tres días, la radio daba, como servicio de socorro, la desaparición de un anciano de ochenta y ocho años, de su casa, en un pueblo cercano.
         La descripción física no concordaba con mi personaje, pero me daba lo mismo. Para mí, pudiera ser él u otro cualquiera, hecho que me dejó preocupado.
        Dos días después fue el entierro del octogenario desaparecido. Se había quedado dormido en una finca de su propiedad a la que iba con frecuencia en busca de sus recuerdos. Allí lo encontraron con la sonrisa en la boca, aterido de frío, varios vecinos que formaban la patrulla de búsqueda.
            

jueves, 24 de julio de 2008

MILÚ


Milú, fue el único perro que mis padres consintieron tener en casa. Provenía de una camada de seis cachorrillos que unos vecinos míos habían tenido de su perra. Me hizo gracia por ser el único de los seis que nació sin rabo y esa mutación de la naturaleza bastó para que yo me fijara en él. Así se libró del triste destino que habrían de tener algunos de sus cinco hermanos. Milú, que así le bauticé recordando al famoso perro de Tintín, se crió en compañía de una gatita negra recién nacida también con la que compartió juegos y peleas. Desde entonces me di cuenta de que los animales son todos distintos, con su propia personalidad, valga el término.

Milú raramente aceptaba órdenes de los que no eran sus amos más directos, es decir, mi padre y mi madre. Siempre estaba vigilante con los ruidos de la corralada. Aparte de la gatita negra, tenía una devoción enorme a su gran amigo, Nene, el caballo, al que dedicaba mil carantoñas. Se comunicaban entre sí con pequeños ladridos y relinchos cortos. Su sitio preferido para dormir en invierno era en el calor de la cama de las vacas. Se acurrucaba junto a Marquesa, la vaca más vieja y tranquila de la cuadra esperando, con el amanecer, el dulce olor de la leche caliente del ordeño.

Cuando escuchaba las pisadas del caballo despertaba de su siesta y seguía paso a paso todos los movimientos de mi padre mientras lo aparejaba para el carro. En la carretera, seguía el paso o el trote del caballo debajo el carro. No se sabe cómo fue que tomó la costumbre de seguir a la carrera a todos los coches que pasaban, sin ladrar, como si compitiera con el motor. Después de un largo trecho, volvía al encuentro del carro y se cobijaba del sol o de la lluvia bajo él, hasta que pasase otro coche al que seguía en una nueva carrera.

Una mañana, la gata negra apareció arrastrándose y con el cuello roto, y fue incapaz de atender a su cachorro rayón. Quisimos creer que se trataría del ataque de algún animal. No pasó del día y la enterramos en el huerto bajo el limonero. Rayón seguía a Milú que no tardó mucho en hacerse cargo de él. Fue claramente una adopción. El gato salió adelante y creció deprisa con la leche de Marquesa y el cuidado de Milú. Se les veía muchas veces tendidos al sol, junto a la fachada de la casa. Con una mano, Milú protegía a su pupilo que peleaba por sacar de las tetillas yermas del canino alguna gota de leche. Si no podía darle el alimento, al menos le daba el calor de su pelaje y de esa forma, engañando su infancia lo fue sacando adelante.

Rayón y Milú protagonizaron en una ocasión una bien organizada cacería de surnias que anidaban en el pajar entre los zardos de avellano. Era primavera y después de una larga invernada, el solláu del pajar había quedado desnudo de hierba. Tan sólo las consabidas bolsas de grana bajo alguna que otra pella de hierba cana producto de las goteras del tejado o de las humedades de la pared del poniente tapaban los huecos de los zardos. Y en esas bolsas estaban ocultas las ratoneras que de vez en cuando explotaban en una algarabía de chillidos. Rayón sesteaba en la milana. Se irguió lentamente y afiló sus orejas en dirección al origen del griterío. Avanzó a tientas como en campo minado. Abajo, Milú, como si estuviesen previamente de acuerdo, se levantó de su siesta en el felpudo de la puerta de la casa colindante y dio como aviso a su compañero un inquieto ladrido, señal tras la cual, comenzaron a llover por entre los agujeros del sollado ratones que cayeron abatidos uno a uno. Para ello, Milú saltaba en todas las direcciones a medida que Rayón revolvía los nidos que encontraba arriba en el pajar. Fueron, creo recordar, dieciséis bajas ratoniles. Otros tuvieron mejor suerte y abandonaron el lugar hacia los huertos colindantes.

A Milú le quedarían aún muchos años para irse también al sueño de los canes. Todas las mañanas, en invierno, se desperezaba en la cama del rozu de detrás de las vacas, con un estiramiento de patas y un aullido a modo de bostezo, cuando mi padre abría el portalón de la cuadra dejando salir de ella el grueso aire imprimado de los olores cálidos de las vacas y del caballo. Esperaba con movimientos nerviosos de su mutilada extremidad, el momento de lamer en el plato su ración de leche recién ordeñada.

Y todas las mañanas de la casi fundida primavera, aparecía tras la casa, saltando el muro que separa la huerta del prado vecino, cuando sentía movimiento y el ruido de los calderos de mecer descolgarse del jerradero.

Un día de finales de primavera, no acudió al desayuno de la mañana ni al almuerzo ni a la cena. Se le encontró inerte en la huerta, al día siguiente, bajo la copa florida del tilo, cerca de la cuadra de Nene, el caballo. En el otoño siguiente aún se pudo ver, un cerco de hierba verde intenso donde había sido enterrado su cuerpo. Aún sigue viviendo en nuestra memoria y en nuestro recuerdo por el afecto que sabía trasmitir a sus dueños y a su familia ya fueran vacas, caballo o gatos.

(El título de estos relatos está tomado del que da Gerald Durrell a su famosa obra: “Mi familia y otros animales”, que se aconseja como un libro entretenido por ameno e informativo a la vez, de temas de naturaleza.)

lunes, 2 de junio de 2008

LA EDAD DE BRONCE EN ASTURIAS


LA EDAD DE BRONCE EN ASTURIAS
La Edad del Bronce en Asturias y los comienzos de la edad del Hierro, están ambos períodos necesitados de un estudio más sistematizado. Esto es debido a que la información arqueológica recogida es de tipo fragmentario, poco científica, casual, más que provocada, producto de búsqueda de tesoros, por personas, la mayoría de las veces, desconocedora del valor que en la mayoría de los casos llegó incluso a ocultar las piezas más valiosas.
El comienzo de esta Edad de Bronce asturiana debe situarse en el momento después del llamado eneolítico asturiano, encuadrado dentro de la gran cultura megalítica de los países de la Europa Occidental. Su duración abarca el período que va desde el Bronce Inicial o Bronce II mediterráneo y el Bronce pleno o final coincidente con el inicio de la metalurgia del Hierro. Más o menos, aproximadamente en el II Milenio antes de Cristo, entre los años 1800 al 1700 y el 600 al 500 a. de C.
A grandes líneas la primera etapa del Bronce inicial está situada en distintos puntos peninsulares así como en otros países atlánticos como Irlanda, sur de Gran Bretaña y la Bretaña francesa. Esta manifestación atlántica podría acaparar para sí el nombre de Bronce Inicial del Noroeste, por los datos comunes de que se disponen. En ella se da el desarrollo de la cultura tumular y los comienzos de la metalurgia, que, en el Eneolítico asturiano tiene escasas manifestaciones.
Una segunda etapa del Bronce, la llamada Bronce pleno o final es continuación de la primera, integrando hallazgos de hoces, hachas con talón, calderos y otras manifestaciones de tipo rupestre.
Es una etapa mal definida por no saber en que momento puede separarse, por una parte, del Bronce inicial, y por otra, del comienzo de la Edad del Hierro, ya que en Asturias no aparecen instrumentos de hierro hasta la cultura castreña del Noroeste, después del 500 a. de C. Aún no se han encontrado restos de estructuras urbanas que puedan fecharse dentro del Bronce asturiano, por lo que se desconocen muchos datos sobre la forma de vivir de estas culturas. Se supone que hayan sido nómadas o trashumantes por la carencia de restos de viviendas.
¿TÚMULOS O DÓLMENES?
Esta confusión parte de que la mayoría de los dólmenes presentan estructura tumular, por lo que obligó a arqueólogos y aficionados a buscar en los túmulos sepulturas de inhumación, que al no hallar, se atribuyó al saqueo sufrido de los buscadores de tesoros.
Los ajuares de dólmenes y túmulos son muy parecidos, extremadamente pobres en ambos, pero distintos en sus aspectos tipológicos, pero lo que diferencia esencialmente a unos de otros es el ritual funerario. Del enterramiento colectivo de inhumación de la cultura megalítica de los dólmenes, se pasa a la incineración.
Los túmulos reciben distintos nombres, según la comarca asturiana. Aquí en el Oriente los llamamos coteros; en el Centro, arcas; en Tineo, covayos a los saqueados y cutruyos o cuturuyos a los que aparecen como pequeños cuetos; en la zona del Occidente se les llama madorna.
Son montículos de tierra o piedra, de forma cónica achatada, cuyo diámetro va de los seis a los veinticinco metros. Suelen encontrarse agrupados en las llamadas Sierras Planas u otras altiplanicies que suelen seguir siendo, aún hoy, zonas de pastoreo. La altitud está entre los mil y los dos mil metros. El tipo más conocido es el llamado de campana, sin zanja periférica y sin superponer como se observan en otras zonas europeas.
La estructura interna es difícil de precisar ya que casi todos han sido violados. Existen cistas rudimentarias hechas con losas verticales o lajas superpuestas formando un pequeño muro de forma pentagonal que nos recuerda en miniatura a las construcciones megalíticas.
En nuestra zona, los más cercanos a nosotros están en el Concejo de Ribadedeva en el sitio llamado de La Jayuquera, en la sierra del Cuera. En nuestro concejo llanisco se encontraron, en el Llano de San Jorge de Nueva catorce ejemplares de túmulos y en el Llano de Santana de Naves, otro agrupamiento de cuatro.
En la Sierra Plana de Buelna y Pendueles hay detallados más de dieciséis y, cercanos al Ídolo de Peña Tú, se sabe de la existencia de otros, aún sin precisar la cantidad. Los más valiosos de los encontrados en los lugares de Vidiago, Riegu y Puertas son estos:
Las Mesas, Riego, y La Capilluca, ya estudiados por J. F. Menéndez (1925-1927). Posiblemente, los más orientales de la región asturiana, se hallen emparentados con los que la vecina región cántabra como los de Pesués Los situados en el Llano de La Capilluca tenían cista o cámara dolménica y abundantes residuos de carbón y cenizas. En los ajuares destacan puntas de flecha en piedra con forma romboidal y hachas de sección rectangular, hojas de sílex y otros elementos menos expresivos.
En el túmulo de Piedra Jilera se encontraron puntas de flecha lanceoladas, hojas de pedernal, piedras molederas de pequeño tamaño. En los túmulos de Las Mesas y Riego se encontraron hachas aplanadas y elementos indefinidos de sílex, además de tener todos ellos hoyos con ceniza, a una altitud aproximada de doscientos metros. La presencia de restos de piedra no nos ha de extrañar ya que la transición entre las dos culturas lógicamente es paulatina como ocurre en la actualidad entre el uso de aperos de labranza de madera y otros totalmente modernos como el tractor y que seguirán aún juntos durante mucho tiempo. Las hachas aplanadas de estos dólmenes nos ayudan a datar los túmulos dentro del II milenio a. de C.
Estas culturas tumulares pueden tener sus antecedentes en la cultura tumular alemana, que a través de los ríos llega a las costas Occidentales de Europa, colonizando la Península Ibérica. En la Cueva del Bufón se encontraron elementos cerámicos relacionados con la cultura de la Bretaña francesa. El triángulo formado por los vértices colocados en Asturias, Gales y Bretaña francesa intercambian relaciones frecuentes durante el Eneolítico y el Bronce inicial. Queda residuo topónimo en la denominada Playa Bretones y la playa de El Puertu, en la desembocadura del río Novales que las comunicaría con los asentamientos tumulares tanto de las Sierras Planas orientales de Buelna y Pendueles como de las más occidentales de Vidiago y Puertas con Purón junto al río que lleva el nombre.


MANIFESTACIONES ARTÍSTICAS
Uno de los conjuntos más interesante es la Peña del Gentil o Peña Tú en el lugar de Puertas, el primero encontrado en Asturias.
En este conjunto existen dos tipos de representaciones, siendo las más antiguas las grabadas y las más recientes hechas con pintura roja. Los grabados están situados a la derecha del conjunto y representan solamente dos figuras: el llamado Ídolo de Peña Tú y una especie de puñal o espada corta. Estas dos figuras, con posterioridad fueron pintadas en parte de rojo y se añadieron, muy posiblemente, otras figuras y puntuaciones en el mismo color. Entre las grabaciones y las pinturas no debió de transcurrir mucho tiempo, aunque es imposible comprender su contemporaneidad. Los graba- dos nos recuerdan la influencia de la Meseta, mientras que las pinturas nos recuerdan la relación con el mundo rupestre y esquemático del Centro y Mediodía peninsular.
El ídolo o Cabeza de Gentil, así le conocía con anterioridad a la moderna denominación, es de forma rectangular en cuya parte superior se cierra con un semicírculo. Está realizado con un instrumento de filo romo, aunque en partes se observan abrasiones que bien pudieran ser más recientes y con otro instrumento más cortante con el fin, todo esto son conjeturas, para hacerlo más visible dado que la erosión en esta roca arenisca es muy rápida. Tres trazos paralelos determinan dos franjas y el contorno exterior a modo de orla que encuadra la figura. La parte inferior está contorneada por un solo trazo horizontal. La orla está marcada con una línea quebrada. En el interior de estas orlas se distinguen dos partes claras:
La superior formada por dos semicírculos paralelos a la que cobija los dos óculos. La inferior dividida en siete franjas horizontales a modo de falda.
La pintura roja recubrió posteriormente los grabados y se añadieron otros detalles que actualmente completan la figura. La zona de la cabeza se adornó con trazos a modo de aureola, que se repiten entre los círculos que conforman la propia cabeza del ser representado y las dos oculaciones se completaron con el trazo intermedio, vertical a modo de nariz. En la supuesta falda se añadieron trazos verticales de pintura. Abajo, al final de la falda aparecen cuatro trazos en abanico, representando posiblemente el pie derecho.
Nos hace pensar en una divinidad vestida con traje talar. Parecida forma de oculación tiene el hallado en Abamia.
El traje con siete franjas representa los días de la fase lunar, corroborando su carácter sacro, la aureola de la cabeza. La edad de la estela puede datarse en el 1500 a. d. C. El puñal corto no se corresponde a la tipología de los hallados del Eneolítico, pero es correcto para la época si se echa en cuenta que los cinco puntos rojos, bien pudieran ser agujeros para unir con un mango de madera.
Cabe la posibilidad de ser una representación femenina, o también pudiera ser un gran jefe tribal adornado de ceremonia o la representación ideológica de un dios funerario u otro personaje mitificado.
El resto de las representaciones de Peña Tú pueden agruparse así:
A) Figuras humanas agrupadas a la derecha con trazo vertical y dos trazos en arco.
B) Otro más alejado del ídolo tiene en su mano derecha un báculo o cayado de pastor.
C) Cinco de las restantes figuras, excepto la ancoriforme pueden interpretarse como femeninas.
D) Un conjunto de puntos rodea una figura trifoliada.
E) Además existen veintisiete puntos en línea recta.
F) Más a la derecha del ídolo se observa un animal, posiblemente cabra, otra cercana a ella y un grupo de puntos.
G) La gente que rodea al hombre del báculo puede representar una danza o bien, un grupo familiar puesto bajo la protección del ídolo.
H) Una serie de 27 puntos en línea recta es difícil de interpretar, salvo que se borrase uno con lo que lo convertiría en el cómputo lunar de 28 días de uso en estas culturas primitivas. También pudiera ser la contabilización de rebaños.
Los conocimientos astrológicos ya de la época de los megalitos, como en el caso de Stonehenge fueron avanzados para la época. Bien pudiera ser que Peña Tú representara un lugar de observación astrológica con referencias temporales en una divinidad por estar en la necrópolis de un asentamiento costero.
Esta manifestación artística rupestre que se encuentra en nuestra localidad es la primera encontrada en Asturias en su género. Se observan dos formas de expresión distintas. La grabación inicial a la derecha del panel con dos figuras bien claras: el propio ídolo y un puñal a su izquierda. Posteriormente se debió de subrayar ese grabado con pintura roja, posiblemente con el ánimo de hacerlo más visible. Se añadieron elementos, figuras y puntos. Entre ambos sucesos no debió transcurrir demasiado tiempo, pero se puede descartar su contemporaneidad. Los grabados demuestran influencia de la Meseta y las pinturas la del Centro y Mediodía peninsular.Se le denomina el ídolo, pero la más antigua parece ser la de la Cabeza del Gentil está hecha con instrumento de punta roma aunque hay abrasiones en algunos tramos. Tres arcos paralelos conforman la figura del ídolo cerradas abajo por un trazo único rectilíneo. Entre los dos arcos interiores se dibuja en línea quebrada la orla; el arco exterior está festoneado de pequeños trazos simulando el cabello. Presenta claramente los ojos. El cuerpo se representa por siete franjas horizontales a modo de falda. En rojo se resaltaron todos los grabados y se añadieron elementos no visibles de adorno en la cabeza y el trazo entre los ojos a modo de nariz. El pie derecho del ídolo está representado así con cuatro trazos. Otros trazos externos son una serie de puntos que rodean una forma trifoliada y otros veintisiete que, a falta de uno, sería la representación del mes lunar. Figuras humanas formando escena de danza o caza, una más alejada lleva báculo, dos posibles cabras. El puñal aunque extraño a los hallados, presenta la lógica distribución de los cinco agujeros por donde se ataría el mango de madera o hueso.Existen variadas interpretaciones de lo allí expuesto por su autor. Podría ser que las siete capas de la falda representasen los días de cada fase lunar. La aureola de la cabeza, así como la túnica talar, pudiese enmarcar un personaje sacro o regio. Por comparación con otras similares halladas en la península puede datarse en torno al 1500 a. d. C. ¿Se trataría de un asentamiento fortuito o de un lugar de reunión anual de gentes trashumantes? Lo cierto es que ahí nos quedó esa gran roca para recordárnoslo. El nombre también debió de sufrir cambios a lo largo del tiempo. La Peña del Gentil, Peñatu, Peña atún, El ídolo de Peña Tú... Es cierto que desde la costa, y más desde la propia mar, se divisa la roca. Su aspecto dolménico debió de ser lo que atrajo la mirada de los antiguos moradores. Me inclino modestamente a pensar en un lugar de encuentro y parada de los pastores que seguían con sus rebaños. En los bufones de arenillas, en los ríos Purón, Novales y Cabra y en las variadas cavernas existentes en la zona, hay sobradas señales de la población que vivía del aprovechamiento natural de la zona. El paisaje que desde lo alto se columbra hizo el resto. Hoy es un valle con tres núcleos de población: Puertas, Riegu y Vidiago y en el que merece la pena detenerse para andar.
Ver más información:

sábado, 31 de mayo de 2008

LA PASTORA DEL REQUEXU



Yendo de Santa Marina a La Pereda, una vez pasado el Bosque Egidio, debemos aminorar la marcha, los que conocemos aquella curva, en la que hace esquina una vieja casa. Su dueña es una mujer de noventa y cuatro años. Forma una típica estampa, su silueta delgada y esbelta, en negro, con pañuelo a la vieja usanza. El tiempo supo respetar su cara no ajándola en demasía, apenas, las arrugas corrientes en el rostro de cualquier campesina. Apoyada en una guillada de avellano cuida del más sencillo de los rebaños: cuatro gallinas. Dice de ellas que son más listas que las personas pues saber cruzar la carretera deprisa. A ella no le importuna la carretera. Los conductores habituales son moderados. Mientras charlo con ella, pasan enormes camiones con gigantescas piedras y un ciclista.
Jamás tuve bicicleta ni aprendí a andar en ella. Pasé la juventud en el monte, de pastoreo. Cuidaba un rebaño de ovejas. En más de una ocasión estuve sola y por la noche escuchaba los aullidos de los lobos al pie de la cabaña.
Hay largos silencios en los que parece sumirse en gratos recuerdos. Sus ojuelos chispean pícaramente.
Una vez, buscando el rebaño por el monte arriba, fui a dar enfrente de Purón. Bajé hasta el pueblo y salí por la carretera hasta que me topé con la vía. Deje de preocuparme, pues sabía que "a la vía no hay quien la tuerza" y la seguí hasta Bolao. Era pequeña. Nunca salí muy lejos de La Pereda. En varias ocasiones tomé el tren en dirección a San Vicente, Cabezón y Santander.
─ ¿Es verdad que aún lee sin gafas ?─ le pregunto.
Sí. ─Se hizo una pausa.  Leo bastante. De joven bajaba a Llanes a buscar libros para leer. Otras veces mi madre me los traía a pares y los subía al monte junto con el suministro de la semana.
Cuénteme algo de La Pereda. ─ Le digo después de respetar un silencio largo en el que parece perder su mirada en las cumbres del Texéu.
─¡Qué te voy a contar!
¿Conoció funcionando Las Pisas?
Sí; metían mucho ruido. Allí nos hacían el tejido de los escarpinos.
Recuerda también haber ido muchas veces a llevar la borona a la Jorna de la tía María en Parres o que su padre la mandaba a por agua a Moscadoria. Hoy, después de tantos años, recorre el mismo sendero para buscar el agua para beber en el día.
Asegura que son "el agua fresca por la mañana, el quesu que tan ricu le salía, el sueru que destila el arniu y el cocidu casi a diariu, los secretos de su larga vida".
Y este aire fresquín de La Mañanga— añado. Ella asiente, mientras respira hondo. Le pregunto por el nombre del río que por allí pasa.
Le llaman el río Requexu y también El río Bolugu.

       Se le conoce también como río Melendru, más abajo. Esa variedad de nombres, los va tomando por el nombre de los lugares por los que pasa hasta su desembocadura: Moscadoria, Requexu, Bolugu, Covarón, Covarada, Vallanu, Las Mestas, Melendro, Carrocedo. Todos ellos son nombres sonoros, hermosos toponímicos, pero el que para mi tiene mayor acierto semántico es Melendro, porque se toma de uno de los atributos del melandru, animal que vive en estos lugares y que se guarece en las cuevas; también se le conoce como "tasugu" . Esta palabra, a su vez, es un calificativo aplicable a las personas que evitan la relación con los demás. Y talmente este precioso río se comporta como un melandru. Se esconde una vez pasado el Bolugu para aparecer en el pequeño valle de Covarón. Después se sume de nuevo bajo el cuetu Las Cerezales y sale a Covarada.
   
Llega el atardecer. Un viento fresco sopla en estos momentos desde Moscadoria. En el cielo, unas nubes rojas de sur presagian lluvia. Pero no es así; Lucía Romano, la pastora de Requexu, jamás vio seca tal ni al ríu Requexu secu baxu'l puente.

miércoles, 28 de mayo de 2008

ELEGÍA A MI POETA, "CELSO AMIEVA"



Esta vez te marchaste para siempre. Thor y Odín te reclamaron a su lado para cantar por los caminos del trueno y de las estrellas. Pero no podrás abandonarnos por las buenas. Queda tu huella imborrable en la blancura de todas nuestras arenas desde Tinamayor a Ribadesella. Queda tu alma cantora reencarnada en el miruello del Cuera.
Profesor en Geografía, en tus versos se aprende de Asturias. Antropólogo, folclorista, romero incansable desde Santu Medé hasta la Guía. Peregrino de medio mundo cuando en tu patria se cierran los ojos a cal y canto y tú la ves por la mirilla del recuerdo. Tu corazón cansado de tantos sentimientos y nostalgias no en vano dejó de marcar el tiempo finito para dejarte varado en la arena, cual barco de Cadexana. Tocaron las campanas y se callaron las esquilas. Ahora sé que estas detenido pues nuestras manos amarraron las tuyas, pero tu alma volará a reunirse con Miguel, Camín, Amado Nervo, Pola y Pepín de Pría y quizás al caer la tarde juguéis a hacer versos. Chema, Lino Serdal, Elías Pombo, Máximo Bulnes, Fidel, Corsino Urriel, CELSO AMIEVA, personajes de farándula viva, encarnados por un mismo autor, JOSE MARÍA ÁLVAREZ POSADA, dormiréis con él en la misma almohada de arena de playa.
Perdurará en la mente de quienes tuvimos la oportunidad grande de saludarte y conocerte, aunque haya sido bastante tarde y hubiéramos deseado que ocurriera antes. Gota a gota, destilamos su poesía calándonos de Asturias la médula. Dejamos una obra y buscamos en otra la continuación de la primera y así vamos conociéndote mejor.
Era setiembre último. Las calles de Llanes eran intransitables. Los turistas, perdidos sus ojos en el mapa, no te vieron pasar: buscaban lugares de sol y arena o lugares que profanar con plásticos y latas de conserva. Las angostas aceras no te dejaban pasar. Te saludé, me presenté tímidamente y me ofreciste parte de tu precioso tiempo para charlar amigablemente. Desde el gran ventanal del establecimiento donde entramos, escudriñabas la calle. Contestaste sencillamente, desmitificando la figura de poeta que yo tenía de los demás. Había algo de ironía en tus palabras, pero no existía tirantez, más bien la conversación fue abierta, didáctica, quizás. Desde entonces ten por seguro que te coloco con Miguel Hernández, Juan Ramón Jiménez o Antonio Machado, en el mismo pedestal.
Hubiera querido continuar aquella charla contigo, pero te marchaste, en silencio, y fue la despedida el último adiós. Quedaste en volver y lo harás muerto, pero ten por seguro que habrá un cielo especial para ti, alejado de opresores y tiranos
Lo había saludado en la Farmacia de Llano e invitado a tomar algo, en la desaparecida Cafetería “Auseba” donde nos relató retazos de su vida en el destierro. Quedamos en volver vernos al regreso de Rusia en la Escuela de Pendueles , ya que tenía especial recuerdo del pueblo. Nos despedimos. Él marchaba para Moscú donde trabajaba como corrector de estilo en la Agencia Novosti, pero regresaron sus cenizas que esperamos en el cementerio de Cadexana, desde donde se puede contemplar las barcas y bogar en ellas rumbo a lo desconocido. (21/2/1988)

Mi Elegía a "Celso Amieva"

Esta vez te marchas para siempre:
Thor y Odín te llevaron a su lado
a cantar, por los caminos del trueno
...y de las estrellas.
Queda tu huella imborrable
en la blanca y tersa arena,
desde Tinamayor a Ribadesella.
Queda tu alma cantora reencarnada
...en el miruellu del Cuera.
Profesor de Geografías
llevaste en tus versos a Asturias.
Antropólogo, folclorista,
romeru insaciable
de Santu Medé a La Guía.
Peregrino incansable,
el tiempo te marcó su meta.
Cansado el corazón de sentimientos
poéticos y nostalgias,
dejó de marcar el tiempo
para dejarte varado en la arena
...cual barca en Cadexana.
Y tocarán las campanas...
y callarán las esquilas:
ahora estás detenido,
-nuestras manos apresaron las tuyas-
tu alma volará libre
a reunirse con Miguel,
Nervo, Pola, Camín.
Al caer de la tarde, quizás,
te invite a hacer unos versos,
en las brañas, el de Pría, Pepín.
Chema, Lino Serdal,
Elías Pombo, Máximo Bulnes,
Fidel, Corsino Urriel,
encarnasteis un solo actor:
JOSÉ MARÍA ALVAREZ POSADA
...Celso Amieva, el escritor.
Desde Cabo de Mar hasta Tinamayor,
extiéndense las costas escarpadas de Thor.
(Marzo de 1.988)

Ver sobre el mismo poeta, mi escrito: "En torno a Celso Amieva" de este mismo blog.

domingo, 25 de mayo de 2008

EL TEATRO BENAVENTE DE LLANES


Son las dos de la tarde de un domingo cualquiera, allá por los años sesenta. La chavalería del pueblo nos reuníamos a esa hora en La Pandina, confluencia de barrios en la carretera, con aires de mocitos peinados a la raya, con olor a jabón de afeitar "La Toja" de padre y un duro en el bolsillo del pantalón de tergal planchado a la raya también. Aquella concentración me recuerda la que hacen en la entrada del otoño las golondrinas sobre la comba de los cables de la luz entre dos postes. Por aquél entonces, cuando cuatro "melenudos" de Liverpool daban gritos en las salas de fiestas de su ciudad, en Llanes no teníamos salas de fiestas aún. La única posibilidad de diversión social era el cine. Tres pesetas costaba la entrada a "gallinero" y dos más para pequeños caprichos en el ambigú si no te habías atrevido a entrar agachado delante de las mamparas de cristal junto a las taquillas y podías luego deslizarte escalera arriba, y esquivar el tropezón con el señor de la linterna.
Las cuatro de la tarde de un domingo cualquiera, en los ochenta. Un viento frío que viene del Cuera, gélido de lamer la nieve, enfoca por la calle principal y se desliza en hilos para recorrer el resto de calles hasta calentarse e impregnarse del aroma de café que sale de las cafeterías. Después sube al paseo de San Pedro por entre los tamarindos.
En El Puente los mocitos de ahora, el pelo erizado a colores, desfilan hasta el lugar de encuentro junto al muelle. Al otro lado de la ría con los prados de Tieves de fondo y un bosque de eucaliptos moteando el horizonte se levanta aquel magnífico Teatro Benavente que aguanta orgulloso el embate, a duras penas, del tiempo y del abandono. En su tejado "las gallinas del contramaestre" como decía el gran Remigio, engrasan con el pico su plumaje y lo secan al trémulo sol de mayo. Las hierbas también ascendieron a él seguramente queriendo ver la mar o a los vecinos. Porque es difícil para los que lo conocimos en su esplendor todavía no girar la cabeza y así humedecer nuestros ojos. Abajo, la puerta enrejada es como un rayado en el paisaje. Entorno los ojos para mejor recordar y aún veo la gente salir ya de noche comentando las escenas, abrochándose la gabardina y el abrigo y levantando el cuello al estilo del hampa.
La rampa de bajada al cine, siempre será para mí el arquetipo de todos los teatros del mundo cuando leo un relato. El teatro y dos farolas que custodian la entrada desde el puente dan al lugar un halo de ensueño y misterio a la vez.

Parpadeo. Se me fue el santo al cielo. Es una tarde cualquiera del mes de mayo de la primera década del siglo XXI. Paso por allí con frecuencia. Bien es cierto que los edificios ahora están arreglados y ganó en belleza la villa, pero perdió en antigüedad porque le falta el Benavente. El puente ganó en seguridad y amplitud. La gente puede sentarse un rato sobre los bancos metálicos a mirar las barcas, a comerse un helado de "Revuelta" o a leer "El Oriente", en lugar de hacerlo sobre la panda de piedra del viejo puente. Pero si miran al otro lado, verán el recorte del viejo Hospital de los Altares acicalado hoy y travestido en casa de contratación laboral moderna, "INEM" y los prados de Tieves.
Tan sólo unos pocos podemos ver recortado el vacío producido por la silueta desparecida del viejo teatro llanisco. Algo del ayer desaparece con estos mudos testigos de piedra y teja.