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Narraciones de hechos y acontecimientos recordados por el autor; otras recogidas de la tradición oral y escrita.
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martes, 5 de abril de 2011

DR. D. RAMÓN SOBRINO DE LA VEGA

Ramón Sobrino Arenas y Benigna de la Vega Balmori fueron sus padres. D. Ramón, como así se le conocía en Parres, había intentado el sueño americano por tierras de México. Un accidente, cuando las cosas empezaban a irle bien, y que le ocasionó la amputación de una pierna, no le permitió continuar con el trabajo emprendido, pero con el nivel económico logrado, sin exageración, y la hacienda que había dejado aquí, le permitió regresar y vivir con cierta holgura en su rincón natal, y formar familia.
Mi padre lo recuerda, por causa de su impedimento físico, asomado a la galería de la nueva casa, desde la que seguía, como desde una atalaya el ir y venir de los vecinos en sus tareas ganaderas y en los juegos de los chiquillos, desde la Casona a la Vega los Romeros o al barrio de la Concha y por el alto de Pedrujerrín. Me cuenta cómo en una ocasión avisó a su madre, mi abuela, de la escapada a hurtadillas que hacía mi tío Jesús, el primero de los diez hermanos, para salir por la ventana que daba al huerto e irse al encuentro de la chavalería que campaba en la bolera de la escuela.
Primero nació un niño al que, indefectiblemente le dieron el nombre del padre. Pasados dos o tres años, sería Dolores, la hija que llegó para alegrar el hogar de la nueva casa y, siete desde el nacimiento del primogénito, vería la luz el tercero de los hermanos, Joaquín, nombre tomado de un tío materno, pues Dª Benigna era hermana de Salvador, que vivió y formó familia en Parres y de Joaquín que hizo lo propio en el pueblo de la Galguera. Por su parte, D. Ramón era hermano de Antonio de la Covaya y de Generosa, madre de Vicentina que vivió en otra casa enfrente del Chispún hasta su emigración a Venezuela con sus hijos: Manolín y Chuchi, Elenita, Chenti, Maria Gen y Mina.
Anteriormente, y hasta que quedó rehabilitada la casa heredada de los bienes raíces de Benigna de la Vega, vivieron unos años en otra casa colindante y heredada de los bienes raíces de Ramón Sobrino. Años después, esta casa fue el hogar y establecimiento, público de tienda y bar donde nació y creció la familia de Isabel Cabrera y José González, hoy cerrada ya desde el fallecimiento de sus últimos arrendatarios y que conserva aún clavado, sobre la viga soporte de la galería el cartel “El Chispún” y que tan gratos recuerdos nos trae tanto de la familia que lo regentó como de los servicios que prestó el establecimiento, pues en sus anaqueles y pontones se exponían a la venta todo orden de cosas necesarias para entonces.
Mis abuelos paternos, con los diez hijos ya nacidos en Pedrujerrín, acababan de instalarse en el barrio de la Casona, enfrente mismo de la casa de la familia Sobrino de la Vega, al otro lado de la carretera. D. Ramón, en una ocasión en que Juaquinín había estaba enfermo, pidió a mi padre que se llegase hasta Soberrón, para que llevara noticia a Joaquín, tío del niño, de cómo había pasado la noche bien y sin fiebre. D. Ramón que debió calcular mal el tiempo echado por mi padre en hacer el recado, al regreso de éste, le dijo en broma que ni tan siquiera le había dado tiempo a llegar a la Calzada, camino de salida del pueblo hacia la Palaciana. Era, además de hombre de buen humor, espléndido con todo el mundo y le dio nada menos que cinco pesetas a mi padre por hacer el recado. Como testimonio de su generosidad, sepamos que Mariano, apodado el Rápido, trabajaba de peón, matando la cal cuando la construcción de la casa y cobraba tan sólo cuatro pesetas de jornal.
En otra ocasión, me cuenta mi padre, con catorce años y merecida fama de buen andador, la tía Benina le encomendó que bajase corriendo hasta la Fábrica de hielo que había en Cagalín a por una barra de hielo con que atajar la extrema fiebre que sufría el niño pequeño. D. Manuel Vega Escandón había sido llamado con urgencia para atenderle. Ni la premura de mi padre acarreando sobre sus espaldas el saco de yute con el frío lingote ni las atenciones del doctor sirvieron para evitar un triste desenlace. Huelgo explicar el fuerte golpe soportado por la familia ni el que con seguridad sintió el resto del vecindario, por el aprecio con que de todos contaban. Por haberlo vivido esta situación personalmente de niño, imagino la pena que hayan pasado los dos hermanos, tan de corta edad en la inexplicable ausencia de su hermano. Corría el mes de marzo de 1933.
Mi madre, con siete años y que a la sazón sufría de una afección respiratoria que otro médico había diagnosticado como afección pulmonar, bastante corriente para la época en muchas familias, fue atendida ese mismo día. Mi abuela, al saber que se encontraba en el pueblo el afamado doctor, acudió a pedirle que pasara por casa para ver a la niña y así fue y tras observarla, dictaminó que la dificultad respiratoria provenía de una infestación parasitaria, también bastante corriente entre los niños que no disponían de la higiene ni los medios actuales y como remedio le recetó que tomase un vaso de leche hervida con ajos diariamente hasta que desaparecieran, lo que la hizo mejorar y al fin sanar.
El primogénito de D. Ramón y Benigna cumpliría ese mismo año los siete y por tanto acudiría a la escuela donde daba clase el maestro D. José Mª Fernández. Mi padre había cumplido ya los catorce, pero en septiembre siguió acudiendo por la escuela y ayudaba al maestro en las tareas de lectura y cálculo con los alumnos más pequeños. Fue así como tuteló, digamos, por encargo de D. Ramón la entrada de Monchu en la escuela. Lo recuerda un buen crío sin malicia alguna, como se debe a la edad y al talante de sus progenitores que así lo estaban educando. De aquella y por suerte ya no se da hoy en día, la entrada en la escuela resultaba la primera de las gestas para todo niño, algo parecido casi sin exageración a la entrada en el servicio militar.
A veces, las tragedias se encadenan. Corría el año 1937, cuando las tropas rebeldes habían tomado Llanes ya por el mes de septiembre y el ejército republicano iba perdiendo los asentamientos ante el ataque de los biplanos italianos que llevaban como orden tirar a todo lo que se moviese. Desde el barrio del Cuetu, una batería de antiaéreos vigilaba el cielo. Los vecinos en previsión habían recurrido al refugio de las cuevas. Loli, la hermana de Monchu, había ido a pedir a su tío Salvador que viniese a por su padre para llevarlo a la cueva, que permanecía en la galería de la casa, impedido como estaba. No sería mucho suponer que desde su acristalado recinto viese como en una película de terror, la llegada de la aviación o al menos sintiese el tronar de las granadas de mano que los pilotos lanzaban a su paso por el pueblo. En ese momento, otra vecina, Lola de Ribad, la calmó del temor que tenía al ruido de los motores y de las granadas, diciéndole que a ellas no les dispararían. Otro niño, Manuel Sobrino Gutiérrez, que ocupaba el mismo lugar del cruento escenario, se salvó por el instinto básico que le hizo correr a ocultarse en la huerta de Ramón Bustillo que se cierra a la carretera de sólido muro. Veinte metros más adelante, en el portal de la escuela, otra granada arrasó la vida de un soldado. Finalizada la guerra quedó el dolor y el hambre atenazando el semblante y la despensa de todo el mundo.
Pepa la de Meré, viuda y con un montón de bocas que llenar: Faela, Ramón, Benita, Fidel, Pedro, Nati, José, y Jaime hijo de Benita eran también vecinos de la buena de Benina. Joselillo y su sobrino Jaime que eran prácticamente de la misma edad, veníanse a diario delante de la ventana de la cocina de doña Benina a cantarle con su lengua de trapo “Los campanilleros por la madrugá” y una vez terminada la copla, Jaime decía:
─ Benina, ¿nos da pan?─ y así, la pobre mujer les mataba a medias el hambre con un chusco que ya les tenía guardado. Cuando mi abuela dio a luz por undécima vez, después de haberse cambiado a la Casona, doña Benigna le llevaba a casa el puchero ya cocinado. Cuando mi abuelo compró el primer carro lo guardó en el penduz que aún está al lado de la casa de la tía Benina y al descargar el verde, mi padre y tíos tenían por costumbre dejarle un brazado de hierba fresca con que pudiera la buena mujer cebar sus gallinas lo cual era suficiente motivo para agradecimiento también de D. Ramón.
Monchu, huérfano ya de padre al acabar la escolaridad en Parres, se marchó para Llanes con su madre a vivir en un piso de la Plazuela de San Roque. Tras el bachiller, ingresó en la Facultad de Medicina de Valladolid llevando consigo a su madre y una vez acabada la carrera regresaron a Llanes donde formó familia con su esposa Tere y sus seis hijos, no dejando de atender nunca a su madre hasta su fallecimiento. En la calle El Llegar puso su primera consulta médica e instaló el primer equipo de Rayos X de la villa el doctor D. Ramón Sobrino de la Vega con la especialidad de Pulmón y Corazón. Mi madre estaba enferma y no le daban con el mal hasta que el médico del seguro, el Dr. Espina la reenvió a la consulta del doctor Sobrino quien le diagnosticó una pleuresía y la trató desde entonces hasta su recuperación.
D. Ramón, hijo, atendió con afecto a todo el mundo sin importarle la hora en la que se le fuese a llamar. Era y es, aparte de buen médico, muy buena persona como las dos personas que le enseñaron a serlo desde crío y recibe constantes muestras de afecto de quienes le conocen y le trataron. Modestamente, me creo agasajado por su aprecio también y desde estas líneas, ya metido en costumbre de contar en público todo lo que entra en el campo de mi propia experiencia, de la misma forma, le dedicó el mayor de los afectos propios y de quienes no pueden ya hacerlo.


lunes, 21 de marzo de 2011

RAMONÍN TAMÉS BLANCO

En la Pereda, las máximas autoridades municipales y los vecinos se reúnen delante de la fachada sur de la escuela. Las primeras dan explicaciones a los segundos de las actuaciones que tuvieron lugar para la mejora del entorno. La obra acometida trató de mejorarlo sin tocarlo demasiado. Se podaron los viejos castaños cuyas cañas peligraban caer con los fuertes vientos, se adecentó la bolera y se remozaron la fuente, el bebedero y los caminos centrales con cemento y vallado de madera, se puso alumbrado que aparte de iluminar destaca este bello rincón. Sólo la carretera con su mal firme, sus inexistentes arcenes ni cunetas, soportando el pesado tráfico de la cantera de Santa Marina queda como punta de lanza en el requerir de los vecinos y usuarios habituales de la misma. Es perentoria su mejora.
Ramonín Tamés Blanco, como así le conocemos de toda la vida en los pueblos, nada más acabado el acto de inauguración, salta el muro de la bolera y se pone a jugar a la par de un niño que se inicia con entusiasmo en el ancestral juego de los bolos bajo la atenta mirada de su padre.
A Ramón, la vida nada fácil que tuvo, pudo impedirle dedicarse en cuerpo y alma a la actividad deportiva del bolo palma. Una pesada enfermedad, cuando todavía era un joven, le impidió hacer el gran esfuerzo que supone el manejo de las pesadas bolas. A continuación, una prolongada emigración le apartó más de cinco lustros de la actividad bolística. La retomó cuando regresa a Asturias y la compaginó, no sin mucho sacrificio, con la vida laboral.
Vemos a Ramonín llegar o salir de la estación de Llanes cargado con su bolsa de bolas para cumplir con la peña en la que estuviese comprometido. Su vida discurre entre los tres pueblos llaniscos de los que guarda especial cariño.
Aquí en La Pereda, fue donde nació y donde, con toda seguridad, haya dado sus titubeantes primeros pasos por la bolera, empujando con sus aún tiernos pies las pesadas bolas que rodando dejaban un pequeño rastro sobre la húmeda tierra. Es de pensar que cuando asistió a las primeras clases de la escuela, debió de pasar la mayor parte de los recreos dentro del cuadrilátero cerrado donde comenzaría a participar en las primeras partidas de canicas, similar juego de precisión, y de bolas también.
En Parres, donde siempre existió una gran afición a los bolos, aprendió de las partidas de la bolera de la Casona, o las de la Xunca de los mejores tiradores. La infancia dio paso a la adolescencia de una manera atropellada. Ya de bien pequeño se escapaba hasta la Vega la Portilla, que era entonces la bolera donde se celebraban los grandes campeonatos.
También en Porrúa donde se casó y vivió y acudió a la bolera a echar la partida porque el pueblo se distinguió, no sólo ahora sino siempre, por mantener las costumbres más puras, y la de los bolos no iba a ser de menos. Ramonín puso su grano de arena enseñando a varias generaciones dejando tras él a buenos tiradores que fueron de algún modo discípulos suyos.
Santiago González Gutiérrez, o Taro como le reconocen sus vecinos, también le vi esa mañana con ganas de subir alguna bola. La oportunidad es grande. Un niño juega en esos momentos a derribar como puede los bolos bajo la mirada atenta de su padre. Taro traspasa con precaución, apoyado en su cachaba, el pequeño muro y tira las primeras bolas alternando con el campeón. A pesar de sus cercanos noventa y dos años los resultados no son nada despreciables ni en el tiro ni en el birle. Siempre tuvo una gran afición a los bolos y jugaba algunas partidas. Recuerdo verle tirar en la bolera de la Xunca y en la de las Mimosas y a mí como niño que era, me llenaban los aplausos del público cuando mi padre derribaba con éxito tantos palos. Pero por las necesidades de la vida y del cumplimiento con el trabajo, pocas veces se pudo permitir esa satisfacción.
Es una buena ocasión para presentar a los lectores de El Oriente, a la par que el evento que tuvo lugar en la Pereda y que con toda seguridad haya dado mejor cuenta el corresponsal, el cuadro que capté el sábado, diecinueve de marzo, día del padre. El sol anunciaba la primavera en la pequeña vega de la Guadalupe. Me acerqué también a ella por verlos jugar y escuchar su conversación.
Ramonín.- Comencé de pequeño con la afición a los bolos. Me pasaba las horas en la bolera siempre que podía, armando y claro está aprendiendo de las formas de los tiradores mejores.
Taro.- Había tanta afición que se hacía con gusto y el tiempo se pasaba rápido. No había otro juego que tanto nos gustara.
R.- El premio venía a ser en torno a los veinte duros para la pareja que ganaba el campeonato.
T.- Y de cinco duros para el primero, ya era un buen premio.
R.- Y nos daban por pinar una peseta o dos reales. Otras veces, nada. Recuerdo estar armando en la bolera de la Vega la Portilla. Había ido bien de mañana, sin comida ni nada. La competición era larga y a mí no me permitían ni cruzar la carretera para ir a beber a la fuente que estaba a cincuenta metros. Comí lo primero cuando llegué a casa, bien tarde ya. A lo sumo te daban una peseta por armar los bolos. El campeonato solía durar un par de domingos.
Los días de diariu, después de salir de la escuela, iba corriendo hasta el Bar Palacios, porque siempre había algún indianu que te daba algo más y puede que sacara tres o cuatro pesetinas.
R.- Taro, vamos a sacarnos una foto para el recuerdo de este día y de los años pasados.
El niño, sin cohibirse para nada, se acerca a los dos veteranos y posa. Es la misma estampa que pudiera darse en cualquier bolera. Dos veteranos con un aprendiz que quizás tenga recuerdos que contar algún día y pudiera ser que fuese este momento el inicio de una nueva figura deportiva.
Aprovecho para que me cuenten los dos sin avisarles de que fuese a dar cuenta de ello.
R.- Yo ya jugaba desde criín. En Parres armábamos la bolera en cualquier rincón del camino o campera. Donde la portilla de Argandeñu, junto al Corral, o en la Bolerina, del barrio de la Caleyona, detrás de la iglesia, en el Palaciu donde Gregorio tenía una bolera curiosa o en el cuetu del Colláu.
T.- Allí mismo, junto a la portilla de la Güertona, nosotros jugábamos con el balón de goma maciza que tenía Nano el de Lena.
R.- En la bolera de la escuela se jugaba poco; se jugó algún concurso, pero era un problema porque si llovía se encharcaba ya que bajaban las aguas de los canalones. Cuando estaba seca, quedaba muy dura...
T.- Había mucha piedra viva y rebotaban las bolas; era mejor la de la Xunca.
R.- También estaban la del molín de Las Mestas y la de Las Mimosas; la de El Retiro en la huerta de enfrente y la de Pancar, junto a la escuela vieja.
T.- Yo conocí otra donde ahora está la casa de Núñez, cerca del paso a nivel. Antes era el bar de El Chato. También fueron famosas las del bar Palacios y la Bolera Cubierta, en Llanes.
R.- Recuerdo a mi tío Luis Blanco que jugaba bastante bien, y solía echársela a Guaimas y a su hermano Santones. Eran unas partidas de mil demonios. Tenían muy mal perder y acababan siempre mal, ganara quien ganara, pero siempre repetían.
Aquí en la Pereda, se jugaba siempre una partida el día de la Guadalupe, mientras se decía la misa. Hubo años en que se hicieron concursos. La bolera llegaba hasta la misma casa Conceju y era algo más estrecha, lo que marca el edificio. Después se reformó quitando de la zona del birle para dejar el paso que hay ahora y se alargó la zona del tiru.
Entonces, en casi todas las fiestas se hacían competiciones el día principal, por San Roque, en la fiesta de la Vega la Portilla, por la Guía...
T.- Y en Santa Marina, desde luego, los había. La bolera la llevaba mi abuelu Félix que las hacía de encargo para las distintas peñas. Tenía un tornu para ello, al que muchas veces me tocó hacer girar de críu. Hacía bolos aparte de los tornos de los corredores. La llevaba en el carro de las vacas junto con la sidra, porque tenía también bar. La armaban con unos tablones al lado de la carretera. Yo recuerdo haber visto echar una partida a los de Parres contra Manolo, Alberto y Lucas, que eran de El Peral.
R.- A Manolo no lo conocí, porque enfermó de joven, pero de críu fui armador muchas veces de Alberto. Años después cuando yo estaba curando mi salud por Oviedo, me veía mucho con él y llegamos a ser muy buenos amigos.
T.- Alberto jugaba muy bien y tiraba unas bolas medianas, sin embargo, Lucas tiraba bolas muy pesadas que hacían muchos bolos, porque barrían la caja.
R.- Lucas jugaban bastante bien, pero Alberto era más fino y tenía gran elegancia y estilo.
En Parres, aparte de Eduardo González, “Pachu” y Ramón Vidal Sotres, “Pilón” que fueron dos grandes y reconocidos jugadores, continuados por sus respectivos hijos: Francisco González González del primero; Manolo y Domingo Vidal Quintana del segundo como los hijos de éste último Israel y Fernando, hubo otros.
R.- Muchos que no puedo ahora recordar de repente. Destacaba por su fineza y regularidad Pedro González Díaz, pero lo dejó de muy joven. Kiko el de Natalia, Juan el de Enrique... hay muchos más, pero que por unas cosas u otras no se dedicaron como debieran a los bolos.
T.- Yo recuerdo a Paco mi primo que lanzaba la bola muy alta y estaba en la partida de Saturno Gutiérrez González y Manuel González Berbes. Los hijos de Manoloo “Carriles” también fueron buenos jugadores. Paco, Esteban, Tanasio.
R.- Había muchos, sí. Gregorio Cerezo el “Tejero” también.
T.- Los hijos de Juaco el de Vallanu, todos ellos jugaron bien: Marcelino, Manuel, Ramón, José, Pedro, Nando, Quini que al quedar clasificado tuvo que ir a jugar a Sevilla y Marcial. Por supuesto que es de destacar Nando que aparte de jugar, levantó en el pueblo la bolera de La Peña en un momento en que se abandonó un poco el tema de los bolos. Los hijos siguieron sus pasos, no es de extrañar.
R.- Aquí en la Pereda jugaban bien Fernando Fernández Gutiérrez y los dos hijos de Andrés, Ramón y Tomás, “Majo” que solían hacerlo con las partidas de Parres y de Purón.
T.- Se llamaban la partida de “Las castañares”, cuando los vi jugar una vez en la Portilla. R.- Mi tío Enrique también jugaba muy bien. Y los tres hijos de don Bonifacio Mochales, el maestro, fueron muy buenos jugadores que aprendieron en esta misma bolera, pero José Mochales fue de lo mejor que hubo en Asturias, llegando a ser varias veces campeón de primera. Benito y Miguel, jugaban muy bien sobre todo a la mano.
Antes, todo el mundo jugaba y de hecho sus hijos también seguían y tenían mano para la bola, Ramón, Taro y Manolo no lo hacían tampoco nada mal, pero no se dedicaron a juagar. Hubo un decaimiento de los bolos, se abandonaron las boleras porque empezaron a llegar otras distracciones a los pueblos.
R.- Yo recuerdo que se jugaban partidas a “dos chicos” y había cola para poder entrar a jugar.
T.- Llegabas a la bolera y decías, “voy a echar arriba a los gananciosos”. Lanzabas la moneda al aire y elegías entre los que salían de perder la partida anterior para formar otra.
¿Antes había tanto silencio en las boleras?
R.- No; eso es desde que se profesionalizaron los bolos, se juega dinero en las partidas de ahora y los jugadores exigen silencio como en los partidos de tenis. A veces estás en un sitio con cierta tensión nerviosa por el campeonato que se juega. Recuerdo un verano, que hubo un concurso en Parres, y se jugaba la final en la bolera del bar “La Peña” de Nando. Acudimos algo así como ochenta tiradores durante quince días para clasificarnos sólo ocho para la final del domingo. Ese día, la bolera estaba a rebosar de público de todas las edades procedentes de los distintos países de emigración. Como era de Parres y bastante conocido, no paraban de animarme, logrando casi el efecto contrario en mí, pero no era cosa de decirles nada.
Hay personas mayores que desconocen las nuevas normas de la bolera y te dicen cosas para orientarte y te dan ánimos. Viven así la partida desde sus asientos y no es cosa de llamarles la atención, pero hay jugadores que exigen al árbitro que les pida silencio o que dejen de moverse en las gradas a cualquiera que lo haga invitándolos, si reinciden, a abandonar la bolera.
En una ocasión, después de llevar veinte años en Suiza, regresé y estando en el Bar “El Chispún” me dijeron que había un concurso en la bolera de “La Xunca” que acababa de ser remozada. Me animaron tanto, que me presenté al tiro para la selección a la final e hice unos 106 bolos. Al día siguiente, en la final, quedé el primero con bastante bolos por encima del segundo. Fue entonces cuando me animé y saqué la ficha para jugador de segunda. Me estrené en la bolera de Pimiango para el campeonato de segunda de Asturias que gané. Fue entonces cuando me federé en primera y llegué a ganar el campeonato de Asturias. Estuve federado en esta categoría hasta que cumplí los sesenta y cinco como nadie lo pudo hacer en la nacional. Después jugué en tercera y a los sesenta y ocho pasé a veteranos.
Ramonín Tamés aparte de buen jugador de bolos es una persona afable que está siempre abierto a contarte sus experiencias en la bolera que vive aún con intensidad.
De mi padre, Taro, no debo, por serlo, añadir ni un ápice más bueno sobre él.