AL LECTOR:

Narraciones de hechos y acontecimientos recordados por el autor; otras recogidas de la tradición oral y escrita.

viernes, 27 de julio de 2007

POZU'L TEJERU


Hace tiempo que tuve la idea de hacer un trabajo simplemente para tener pretexto por el que salir y conocer los lugares más próximos en busca de restos de arqueología industrial de la zona llanisca. Recuerdo que me aventuraba hasta ponerle como título: “Puntos de Interés Etnográfico del Concejo de Llanes”. Este material que se está perdiendo entre las malezas de los distintos pueblos: molinos de agua, caleros, tejeras, minas, herrerías, pisas y un largo etcétera está esperando a ser redescubierto. Realmente no queda gente ya apenas que esté en disposición física de indicarte el sitio exacto.

En este espacio que me cede la dirección de “El Oriente” haré vuestra mi inquietud con el fin de que no quede perdida también en unos Renglones perdidos de mi pésima memoria.
Este término pertenece al conocimiento común de las gentes de Pendueles y Vidiago, ya que está en la Playa de Bretones. Se trata de un pozo de poca profundidad donde los niños se bañan apenas vigilados por sus padres ya que no ofrece aparente peligro. (1) Hace unos veintitrés años que lo conozco y confieso que al principio este término me hizo pensar mucho en el origen del mismo. Allí se pueden ver los restos geológicos de unos plegamientos que poco a poco erosionaron y se observan en una longitud de unos cien metros o quizás más, hasta perderse en la parte más oriental de la playa. Me imaginé que quizás antaño se sacase de aquellas chapas de piedra el material para sustituir a la teja. No me parecía la idea muy buena ya que no se ve su uso en la zona. Por tanto, la explicación al nombre que se le da a este pozo debería ser otra, como ahora explico.
Pasaron unos años y mi afición por buscar en la costa alguna muestra geológica o fósil de interés entre los que abundan allí, me acerqué, aprovechando una marea baja hasta la parte oriental de la playa, donde hay un camino que lleva desde el acantilado a la parte alta donde se instalan las antenas de telefonía. Este camino tiene todas las trazas de haber sido utilizado hace bastante para el transporte con carros. Es un camino empedrado de carrada suficiente aunque el aspecto actual sea el de un sendero peatonal.
Diversos veranos me acerqué hasta el sitio hasta que un día acabé encontrando los restos de una edificación en piedra a hueso, es decir, sin cal ni otro material de unión, salvo es posible que el mismo barro que fuese extraído de las barreras. No cabe duda que esa construcción de apenas dieciséis metros cuadrados fuese la cabaña del tejero que se encargaba de la vigilancia del material y del proceso de secado y cocción del ladrillo y teja. A su derecha, siempre con el mar a la espalda, encontré los restos de la teja. Llegué a pensar que podría ser los mismos restos del tejado de la construcción. Podría ser así, pero existen vestigios de barreras por la ondulada orografía del terreno que hace pensar en el corrimiento de tierras para la actividad tejera. Así mismo abunda el gromo como le llamamos en la zona al tojo, arbusto que una vez cortado y seco se usó antaño, la cádava, para la cocina, y para calcinar la roca en la obtención de la cal. No es el caso éste y en otro momento daré cuenta de varios caleros existentes que en estos lugares encontré.
En una esquina de la construcción que no levanta más de cincuenta centímetros existe una construcción de lo que pudo ser la base del fogón sobre el que descansaría el llar para calentar la comida o simplemente para contrarrestar el frío y la humedad que aporta la mar en las frías noches de invierno. Me queda por encontrar otras construcciones donde se almacenase las tejas para secar o donde esperasen para ser transportadas a su destino.
Creo, no lo puedo aseverar, que estas tejeras de pequeña industria eran destinadas a suministrar a las construcciones que se hacían dentro de la misma zona. El encargado de obra cuando no el mismo propietario de la casa en construcción se encargaba de localizar al tejero de entre los que eran conocidos como tamargos, en las tejeras de León o Castilla, que buena fama tenían del oficio en las Comunidades citadas, los tejeros llaniscos. Corrientemente, el pago de su trabajo se ajustaba por teja elaborada. Además el propietario de la obra debía correr con otros gastos como la construcción previa de los secaderos donde se colocase la teja antes de meterla al horno.



(1)Hace ya unos cuantos veranos, vigilaba a mis hijos que jugaban al lado del pozo. Leía sentado en una roca, pero no quitaba ojo del juego de los niños. La mar estaba un poco fuerte y entraba con fuerza en el pozo. No fue una visión muy clara, creo que fue hasta inconsciente, pero me llamó, afortunadamente, la atención un gorrito de bebé que parecía flotar en las aguas movidas de pozo. Me levanté para ver mejor y eché a correr puesto que debajo de aquel gorrito descubrí la cabecita de una niña, que debió de hundirse en las arenas del lateral del pozo y flotaba sobre las aguas, con ese instinto de supervivencia que dicen tener los bebés en el agua. Pero sin mi intervención estaba a punto de ser arrastrada por la resaca que formaba en la roca que hay al norte del pozo. La cogí en mis brazos para tranquilizarla después de comprobar que no había tragado agua. Todo fue tan rápido que sólo recuerdo a una mujer correr desde el pedrero hacia mí. Me miró a los ojos, aún recuerdo aquella expresión mezcla de extrañeza y gratitud y la forma en que tomó a la niña y se alejó hasta donde tenía su toalla sin decirme nada. Nunca sabré el recuerdo que pueda guardar aquella madre que no fue capaz de decirme ni gracias. Tampoco lo necesité; fue gratificante darme cuenta de la forma que actúa el azar en la vida de las personas. En realidad sólo estaba vigilando a mis hijos. Recordé este suceso, al decir que el pozo no reviste peligro, y si no lo cuento tampoco me hubiese quedado tranquilo.

martes, 19 de junio de 2007

LOS DIOSES DE PEÑAMELLERA



“El sol se ponía tras las montañas y dejaba el valle a solas con la noche. Era el día señalado. Los dioses célticos vendrían, como todos los años, a recoger el tributo que las tribus asentadas a lo largo del Valle, tenían pactado con ellos.”

Sería imposible elegir un lugar estratégico mejor destinado al encuentro. Por un estrecho sendero, se alcanza la cima de la majestuosa Peña que dio nombre, en las generaciones sucesivas, al valle. Al final del sendero, se accede a un llano desde el que se controlan estratégicamente las laderas accesibles del sur, por donde cabría la posibilidad de un ataque sorpresa.”

El nombre de Peñamellera no proviene de otro vocablo que aquél que hace alusión al principal producto que allí abunda: la miel.
Voces bien autorizadas en el estudio de las lenguas y el habla del lugar podrán corroborar que se trata de la evolución de los vocablos Peña + Mier que generó Peña de Mier > Peñamierera > Peñamellera. Al oeste de esta peña, abajo en la margen derecha del Cares, se asienta un poblado denominado Mier, a la sombra de ella.
Pero resulta más convincente y apropiado al tema que nos ocupa la generación siguiente: Peñamielera > Peñamellera, dando así al término una procedencia más antigua y explican, quizás, la existencia del patronímico Melero que abunda en la zona y que hace referencia clara al oficio de recolectores y productores de tan rico alimento.

“Dos hileras de animales de carga subían por el citado sendero que procedían, la una, del Este y la otra del Oeste, en dirección a la cima de la Peña, con paso cansino, pero sin pausas, portando a lomos los productos más variados: pescados ahumados de río, tinajas de oscura miel de brezo y tilo, cestos de polen amarillo, anaranjado, pero, sobre todo, odres de hidromiel y sacos de alfajor, verdadera exquisitez para el paladar.
Aquellos guerreros de torva mirada, sedientos de sangre en cientos de batallas, se calmaban con aquel pago que ninguna tribu mejor producía.”

La religión que profesaban nos fue detallada por los godos que contaban cómo fue Odín su propulsor. Jefe de la Tribu Escitia llegó a subyugar, de igual forma, a toda la Europa Septentrional.
En el singular paraíso que Odín describió a sus guerreros se contaba con suculentas comidas de carne de jabalí, regadas con la hidromiel, bebida que lograban por fermentación y de golpeado espumoso y embriagante. Era el claro antecesor de la cerveza. La escanciaban en los cráneos de los enemigos abatidos en el combate. Para celebrar la victoria, qué mejor celebración que un magnífico festín a la sombra de los tilos mientras tenían como espectáculo el baile de las bellas y voluptuosas vírgenes que la servían en medio de cánticos.

“El alfajor era, sin embargo, una aportación exclusiva de los habitantes de aquel Valle que lo producían desde tiempo inmemorial. Era el alimento por excelencia, de fácil conservación y que los pastores llevaban en sus zurrones al monte donde pasaban una jornada o varias pastoreando sus ganados y que acompañaba a la rica leche de cabra. Su elaboración era a base de la harina de centeno, mijo y trigo, miel de tilo y levadura. Tenían formas diversas y el logrado sabor dependía de otros ingredientes que cada familia sabía dar a las de consumo propio. Así unos tenían sabor a anís, membrillo, jengibre, comino o hinojo. Todas las hierbas aromáticas del alfajor colaboraban en la buena digestión de las carnes a las que acompañaba.
Otro producto de esta excelsa tierra era la jalea real que junto con la miel y el polen constituían preciados medicamentos que se guardaban en cada casa en frescos tarros de barro cocido.
Después de la copiosa comida, los jóvenes del Valle, deleitaban a los egregios visitantes con un hermoso juego en el que se probaba la destreza y la fuerza de los participantes.
Consistía este singular juego en lanzar unas pesadas bolas doradas desde un punto colocado a unos diez metros de una plantilla de nueve troncos de abedul, bellamente tallados y convenientemente alineados y formando un cuadrado perfecto sobre un fondo de arena limpia de guijarros y a los que había que derribar.”

-Con el andar de los siglos, esta leyenda de las bolas de oro aún perdura en lugares como el citado de Peñamellera y en las de Picu Castiellu frente a Soberrón.
En ambas partes, se tiene esta leyenda de que las gentes que las guardaban desde aquellos tiempos narrados, las lanzaron por una sima para que, con la invasión árabe, no fueran llevados en su conquista.
Esta leyenda se me ocurrió en una tarde cualquiera de un día cualquiera al contemplar la Pica Peñamellera, circulando desde la carretera a su paso por el pueblo de El Mazu, una extraña y algodonosa nube la ocultaba a mi vista.
“Hay quien cuenta haber visto, iluminados por los destellos de Thor, en una noche de crudo invierno, las figuras adustas de los guerreros, silueteadas en el cielo de luna llena.”

viernes, 11 de mayo de 2007

LAS HERRERÍAS


Aquí, en términos de Soberrón, limitando con La Pereda, aún se encuentran los restos de una antigua mina de piritas. Queda el pozo cubierto de agua que recuerda a la Laguna negra de los Campos de Castilla de A. Machado.
Ese pozo minero hoy cubierto de agua y lodos, hace aproximadamente unos sesenta y tres años lo vi seco. Varias bombas lo achicaban continuamente echando las aguas que brotaban de las numerosas arterias cortadas de su enramado caudal subterráneo. Recuerdo el olor sulfúreo de sus tierras rojizas. También recuerdo las vías y las carrochas por su interior y las casetas donde dormían los mineros y los camastros con colchones de borra gris que fueron saliendo al sol y al agua al paso imperturbable del tiempo que todo lo arrasa.
Mucho tiempo seguí acudiendo al lugar, una vez cubierta de agua la poza para buscar mineral de pirita para mi colección inacabada. Al lado de la mina hay un bosque que linda con la carretera por el que discurre un cauce de aguas claras y fondo arenoso. Es fácil descubrir su nacimiento, cerca de la entrada principal de una cueva que todos conocemos como la cueva de la Herrería. De joven cuando la visitaba por juego y aventura no sabía de los tesoros prehistóricos que guardaba, ni sospechaba el porqué de su nombre. Hará unos treinta y cinco años, ¡qué rápido se van!, descubrí ya con una mirada más observadora que al pie del manantial de la Herrería quedaron trozos de mineral de manganeso. Dan el aspecto de haber sido calcinados en un horno porque presentan formas acarameladas casi vidriosas por las altas temperaturas. He de decir que esos mismos hallazgos los hice en varios sitios. El primero en descubrir fue en el nacimiento del río Cabra donde los molinos de La Borbolla. Me imaginé que habrían caído de las cargas de los mulos al atravesar el río, pero bien pudiera ser que la fundición estuviese allí mismo en toscos hornos terreros como los que se usaban para la cal, pero nunca encontré alguno. Sí que encontré uno en el río Novales y creí que sería construido para el cocimiento de teja y ladrillo. Ahora que lo pienso debió de ser para cocer el mineral de hierro. Otro sitio donde encontré restos de los mismos minerales y con el mismo aspecto es en la desembocadura del Río Purón, pasado el puente de madera que se hizo para la senda costera. Allí sí se ven restos de edificación, aunque siempre di por sentado que estaría relacionada con la actividad piscícola. ¡Quién sabe!, es decir se podrá saber si se siguen los pasos debidos en escritos. Preguntando, desde luego que no encontré respuesta de nadie aún. Todos me contestaron que así lo conocían desde siempre. ¡Y ese siempre es tan corto! Siguiendo el cauce del río Purón, ya en el pueblo cerca de donde se le añaden las aguas del río Barbalín, hay un sitio que recibe el nombre también de las Herrerías, ¡qué casualidad! y allí se pueden encontrar restos de mineral de hierro aunque esta vez me parecieron ferritas extractivas más que de transformación. A la salida del pueblo, existía un vado del que quedaron restos de una calzada bien asentada aún, según me comentaron, por donde se salía antiguamente a La Borbolla. Este vado se sustituye por un puente que accede a la finca del Clérigu y va a salir a la carretera que va de Puertas a un barrio que esta localidad tiene en los limites con territorio de La Borbolla.
Estamos en un enclave de gran actividad minera, quizás tan vieja como lo es la Edad del Hierro. Desde luego, los antiguos pobladores sabían elegir los sitios adecuados para la subsistencia: el mar y el río y el bosque y el monte eran las mejores despensas. Y en el fértil valle, tenían los frutos silvestres de los bosques y el ganado y el cultivo. Las huellas de la civilización están marcadas en el libro abierto de la tierra, basta andarla, respetarla y ella nos informa si se sabe interpretar su mensaje. 

domingo, 6 de mayo de 2007

La playa "BRETONES"












1ª PARTE

Hacia el siglo V los habitantes de la Bretaña francesa se resistieron a la denominación romana y a sus impuestos, que cada día gravaban más sobre la deficiente economía de la gente del mar.
Después de cruentas luchas, y que pudieron deshacerse del yugo romano, mejoraron sus técnicas navales y se adentraron en el Atlántico llegando frecuentemente a las costas cantábricas a guarecerse de las tormentas que les sorprendían y también impulsados por un afán de aventura: Así llegaron a conocer radas protegidas de los vientos como las que forman la desembocadura del río Novales, llamada con motivo, El Puerto desde tiempo inmemorial que aún persiste en la toponimia de la zona. Más al Este de esta desembocadura, en términos ya de Pendueles, existe una playa de arena fina conocida por muy pocos como Playa de Bretones. No cabe pensar más que cuando estos nombres perduran a través del tiempo en la toponimia es porque fueron tan importantes por lo que en ella ocurrió a favor o en perjuicio de los pobladores de aquella época. No existe ningún cartel que haga referencia a este hermoso rincón con ese nombre. Por el contrario se da la curiosidad de aparecer como el nombre del camping allí ubicado, La Paz, nombre que tomó de la festividad que se celebra en la vecina aldea de Vidiago, por ser su dueño vecino de ella. No obstante y a pesar de todo, pertenece a los realengos sitios de Pendueles la citada playa de Bretones. Da igual para el caso de este relato que voy a contar que pertenezca a uno u otro sitio.
Llegaron en un día de verano. El barco avistó la playa sobre las tres horas del mediodía. El cielo se cubría paulatinamente de negros nubarrones que predicaban agua y eran empujados por el viento de Poniente. Las olas aumentaban de tamaño, pero la fornida embarcación hecha para afrontar las temibles embestidas del Océano Tenebroso, enfocó su mascaron de proa a la rada que se adivinaba. Desembarcarían para pasar la tormenta y de paso se proveerían de nuevos víveres para continuar la singladura. Darían una batida por los alrededores, y era posible que encontrasen pobladores en aquellas plácidas costas con los que poder intercambiar.
Echaron al mar las gruesas cuerdas que ataron diestramente en un momento a las rocas que ofrecían alguna oquedad hasta que la nao quedó sujeta de todos los vientos de un cuerda para evitar que el oleaje la azotase contra las hirientes agujas del acantilado. La playa estaba repleta de arena por lo que la quilla del barco no sufriría y se podría ir avanzando al paso de la marea hasta dejarla varada. Diez marinos se quedaron encargados de esa tarea mientras el resto de la tripulación subió por las rocas hasta las praderas y los bosques que bordeaban la costa. Otros diez se quedaron arriba de vigías mientras otra docena de marinos se adentraron con sus arcos, lanzas y espadas en la espesura del bosque. Los cantos rodados traídos por el pequeño río eran apilados por las mareas y los hacían sonar cuando la marea subía y bajaba de forma ensordecedora con su canto monótono. Esa música de siglos, milenios era ajena al hombre, a la historia misma de la Humanidad.
Uno de aquellos marineros, en este viaje capitán del navío atracado en la playa, era nieto de otro que en un periplo inverso había alcanzado las costas bretonas. Allí había decidido echar raíces y creó su familia; ahora su nieto rehacía el viaje siguiendo las indicaciones de un viejo mapa que su abuelo le había entregado con múltiples signos precisos para no perderse siguiendo siempre las estrellas. Entre esas señales se encontraba la Gran Peña del atún, o Peña Atunera, hito marino que señalaba el lugar de los pastos y de las frutas donde debían recalar para tomar los víveres y seguir la ruta a Poniente por donde se podría bordear la costa hasta los confines de la Tierra. Viejas historias hablaban de barcos que habían llegado en esa ruta desde las ricas tierras de los Tartesos, donde el oro y la plata abundaban.
El grupo que había sujetado concienzudamente la barca al acantilado, ahora se ocupaba de levantar en la misma arena, tres enormes tiendas de pieles engrasadas, sujetas al suelo por correas de cuero al centro de la misma donde se erigían sendos mástiles que bajaron de la embarcación. Pronto en el centro de las tiendas surgió una pequeña humareda hecha de troncos secos encontrados que las mareas iban dejando. Sobre tres rocas alrededor de las llamas colocaron otra piedra arenisca renegrida fue colocada a modo de llar.
Una vez levantado el sencillo campamento subieron por un sendero hasta donde se encontraban y vigías y continuaron el camino a Levante para otear la costa desde lo más alto del terreno. Desde allí vieron entonces la playa de blancas arenas. Tuvieron que esconderse entre los árboles ya que en la playa había un grupo de muchachos y muchachas jugueteando por la arena, bajo la atenta mirada de sus madres. Otros mayores se metían al agua y nadando como peces, buceaban y a sus cinturas llevaban atadas sendas bolsas en las que iban metiendo las capturas que hacían en cada inmersión para llevarlas a la arena cada vez que las llenaban.
Un trueno cercano dio fin a la actividad en la arena y en el agua. Unos y otros coordinados perfectamente por el estruendo del trueno, recogieron sus cosas y se alejaron por la misma playa hasta perderse en el pedrero del Este por el que debieron continuar hasta el poblado. Desde lo alto donde podían divisar las primeras chozas del poblado, pudieron darse cuenta cuando alguien miró al mar, de la presencia del barco en El Puerto. Llevaban unas velas triangulares en un solo mástil y su casco estaba pintado de vivos colores. Echaron a correr hasta la aldea, porque debían avisar a su jefe de la presencia del barco para que en asamblea de emergencia se decidiese la postura a tomar ante el presente acontecimiento nada usual.
Un nuevo trueno retumbó en las cercanas colinas de caliza. Los marinos que habían visto a los nativos en la playa, bajaron una vez que hubieron desaparecido aquéllos y se dedicaron a pequeñas capturas por las hendiduras de las rocas y en las balsas de agua remanente donde quedaban prisioneros sabrosos pececillos y otros seres marinos. Un tercer trueno, esta vez más fuerte fue seguido del rayo zigzagueante. Entonces, los marinos se pusieron de rodillas y aclamaron en un saludo sincronizado al dios de trueno. Thor no los había abandonado en su viaje, les seguía para darles ánimo. Mientras estuviesen en sus territorios, los marinos se consideraban seguros puesto que Él les devolvería al lugar de donde venían, donde su gente les esperaba. Al poco rato regresaron el resto de la tripulación que se había adentrado en la fronda. A hombros sobre dos varales traían muerto un jabalí. Con esa captura tenían asegurada una buena provisión para la continuación del viaje. Además era señal de que habría abundancia. Al día siguiente darían una nueva batida hasta rellenar las despensas del barco. También contaban con seguir los pasos de los nativos y quizás entablar negociación con ellos o quizás batalla. Eso quedaba en manos de Thor quien les guiase a través de los augurios.

2ª PARTE

Los jóvenes que regresaban de darse el baño tras un día de trabajo sofocante, lo hacían visiblemente preocupados por lo visto en la playa. En rostros curtidos por el aire salobre de la costa, se notaba un rictus de tensa preocupación.
En la bolera del pueblo, que a parte de ser un lugar de juego y diversión servía para reunirse sobre los muros de piedra que la cerraban, los vecinos del pueblo en los consejos, al pie de las sombras de los tilos. El jefe de aldea estaba reunido con una centena de vecinos formando un gran corro cuyo centro ocupan los niños sentados sobre las arenas de la bolera. Ese día precisamente estaban reunidos comentando los problemas que tenían con los pastos que compartían con las aldeas cercanas. Cesaron sus conversaciones cuando alguien avisó de la entrada de los jóvenes por una de las paredillas de la bolera, desde la que narraron lo visto por ellos en la playa. Un murmullo de voces lastimeras se levantó bajo la copa del gran tilo. Entonces el jefe hasta entonces sentado como todos en uno de los muros de piedra que formaban las gradas de la bolera descendió hasta el centro con su bastón de mando. Todos callaron y en la bolera se hizo el mayor de los silencios que ni los mismos niños quisieron romper.
-Como primera medida urgente debemos ir a nuestras casas respectivas y coger los enseres más prioritarios en el zurrón personal de cada uno y dirigirse a las cuevas, pues es en ellas donde mejor seguridad podemos tener, como siempre se hizo desde los tiempos de nuestros antepasados. Nos refugiaremos en sus galerías. Nosotros las conocemos bien. Por eso desde niños las visitábamos en nuestros juegos y los mayores nos enseñaron a pasarlas sin antorcha. Instalaremos puntos de vigía en las cercanías del poblado y por medio de las señales convenidas, las mismas que usamos mientras pastoreamos, nos comunicaremos con mucha precaución. Ya sabéis, los cantos del cuco, del picanoriu, si es de madrugada, los del graju, cuervu o pega si es de día y de noche los del búho y lechuza. Los animales domésticos serán metidos en los bosques de abedules, bajo la falda de la sierra. Recoged de casa vuestras espadas, arcos, lanzas, hondas y cascos porque tenemos que estar preparados para una lucha si es preciso por la defensa de nuestras casas o nuestras gentes. Recordad que somos un pueblo amable y servicial si quien nos visita necesita de nuestra ayuda, pero somos un pueblo unido y valiente si vienen en plan de vasallaje. Yo daré la orden por la forma convenida al vigía central para que lo comunique al resto de vigías y por estos a los que dejéis al pie de cueva de vigía. Sincronizaremos nuestra fuerza y estaremos unidos en todo momento. Esa es nuestra forma de supervivencia. La que siempre sirvió y por la que hace tantos años estamos unidos en este valle y por la que seguiremos unidos.
Nada más hubo hablado el jefe, todos los presentes en continuo silencio desfilaron con premura en varias direcciones por los caminos radiales hasta las distintas barriadas para recoger los enseres de sus casas, mientras que otros iban al campo a recoger los ganados que pastaban y llevarlos hasta el pie de la sierra y esconderlos en los pastos del espeso bosque.
Aquella noche, de las casas no se vio salir un hilo de humo de sus hogares. Tampoco se escucharon las esquilas del ganado que fue tapado con hierba para evitar el sonido delante de su situación. La aldea parecía despoblada, fantasmal. Tan solo el aullido de los perros pastores, que se entremezclaban con los ladridos del zorro o los aullidos del lobo, su ancestro más cercano. Los cantos del búho esa noche comenzaron desde la tarde hasta bien entrada la madrugada que callaron para dejar paso a los ladridos de los cánidos que poblaron el valle como si de sus exclusivos moradores se tratase.
La gente, pudo descansar en las cuevas. Por sus mentes desfilaron en las penumbras de las oquedades de la tierra viejas memorias de tiempos atrás contados en el hogar del invierno por los abuelos. Por la memoria de los más ancianos pasaron las narraciones recibidas en las que contaban cómo del pueblo habían salido unos intrépidos navegantes a bordo de una pequeña embarcación que se dirigió a Levante, bordeando la costa para refugiarse en ella en caso de tormenta. También se conocía por las mismas narraciones que uno de los que habían marchado de jóvenes volvió al pueblo de más viejo para cumplir su nostalgia al lado de los suyos que lo recordaban. Supieron por él que habían llegado muy lejos, bordeando la costa de un extenso territorio donde el sol al amanecer cambiaba de lugar. Eso era debido al cambio de dirección del barco y se sabía por la experiencia marinera que ese lugar del que se hablaba quedaba muy al norte. Después de sufrir prisión varios años fueron puestos en libertad y los dejaron integrarse gracias a los conocimientos marinos que demostraron tener. Hicieron su propia colonia y, tras tomar por esposas a mujeres bretonas fueron considerados con el mismo rango que las familias de ellas disfrutaban Al cabo apenas de unas dos décadas, ocupaban cargos importantes en la asamblea de la aldea bretona. Eso fue lo contado por aquél que regresó en solitario y era todo lo que sabían de la aventura marina.
Es fácil ahora comprender cómo serían recibidos aquellos visitantes que llevaban en su barco las señales de su tierra, tanto en el mascarón de proa de la embarcación como en sus velas.
La mañana se despertó con cielo despejado, ya que la tormenta descargó en el mar y apenas vertió sus aguas sobre el campo y el poblado. El pequeño riachuelo que atravesaba el pueblo formaba una laguna en el mismo donde unos patos madrugadores se sumergían para capturar algunos pececillos. De la cueva principal, la Gran Cueva, que había frente a la laguna comenzaron a salir con precaución sus moradores. Primero lo hicieron los mayores, hombres y mujeres. El resto, los más ancianos y por supuesto los niños, permanecerían algunas horas más en el interior hasta recibir el permiso de salir una vez comprobado el riesgo existente. Se dirigieron a la bolera donde ya el jefe y sus más fornidos guerreros esperaban. Todos pertrechados ahora de las más variadas armas de madera y metal que les confería un alto grado de fiereza en sus indumentarias de cuero. El jefe aparte de haber sido un fornido guerrero, era sin duda la persona más ideal de mando, bien ganada su fama de honestidad y seguridad a la hora de tomar decisiones de mando que todos tácitamente respetaban. No había sido elegido en ninguna votación, pero en el caso de que no respondiese a la idea que de él se tenía, en votación general de la asamblea hubiese sido no sólo depuesto de su cargo tácito, sino, en su caso, expulsado de la misma aldea y obligado a abandonarla con su familia si le seguían o solo. Además cumplía con otra exigencia tácita que era la memoria de las cosas más alejadas en el tiempo. Aquella noche pasada en vela, había fraguado la táctica a seguir en caso de presentar hostilidad los llegados. Era, además, un hombre sereno, reflexivo y eso evitaría llevara a su pueblo a una destrucción total.
Pero no era un hombre solitario. A su lado vivía desde su juventud la mujer con la que había creado su familia y ella también participaba en sus cavilaciones y con ella meditaba en alto sus estrategias y en muchas más ocasiones de las pensadas. Le había ayudado a ver claras muchas cosas relacionadas con el gobierno de la aldea. Detrás de un gran hombre siempre se vería, en la sombra de sus quehaceres de cría de la prole una gran ayuda en cuestiones tanto de consejo como de defensa en caso de ser necesario. Las mujeres no se quedaban atrás en ningún menester. Pero eso tardaría siglos aún en ser reconocido y permitirlas participar directamente en el gobierno de sus aldeas como territorios tribales más amplios que llegarían a formarse. Aquellas rudas gentes, no obstante, habían dado este paso hasta límites increíbles en la libertad y la democracia que ya los antiguos griegos y romanos habían visto como buenas para todos. Y cuando se escribiesen los relatos de estos tiempos, se habría que ver con asombro cómo determinados momentos de avance se habían visto por los suelos por el capricho de algún dirigente y la ceguera del pueblo que les habría de refrendar en su puesto de mando, porque ya no se exigía bondad y serenidad a los dirigentes como condiciones tácitas de la figura del jefe.
Armados como podían de viejas espadas, lanzas con puntas de hierro, hondas de cuero o esparto, piedras, horcas de madera o simples bastones labrados de madera resistente de espino o tojo comenzaron a caminar en grupos por las empinadas sendas que se dirigían desde la bolera hasta la atalaya marina. Habían dejado atrás los bosques de robles, encinas y abedules para llegar a los plantíos de las parras donde se maduraban ya los sabrosos racimos de negras uvas que pronto pisarían para extraer el delicioso zumo. Era una vieja herencia de los romanos que habían dejado en su corta estancia en aquellos lugares donde apenas pudieron quedarse por la bravura precisamente de las gentes que no aceptaban sus formas de vida y sus costumbres, pero ciertamente había que reconocer que algunas de aquéllas sí que quedaron, entre otras la fabricación del vino de uva o el prensado de la aceituna para obtener el áureo líquido que dio sabor a sus platos de carne y pescado y el tan apreciado pan de trigo blanco y que poco a poco habría de sustituir al mijo o al centeno en las mesas de sus hogares.
En último caso podría volver a esconderse entre la fronda cercana. De repente, sin darse cuenta se vieron ante una veintena de aquellos visitantes marinos. Se detuvieron a unos doscientos metros ambos grupos. El portaestandarte hundió el mástil de la enseña en el blando suelo. Aquel pendón lo conservaban desde tiempos ya lejanos que lo habían capturado en una guerrilla a los romanos con algún otro material de guerra como espadas y escudos o cascos que algunos portaban. Acostumbraban a clavar las espadas y las lanzas en el viejo tejo que guardaba las tumbas de la necrópolis antes de partir, que estaba entre muros cerca de la bolera de asambleas y juegos. Su veneno penetraría por la herida; bastaría un simple rasguño para acabar con su oponente. Por algo el tejo era considerado el árbol de la muerte. El mástil del estandarte y los varales de las lanzas eran en cambio, de fresno endurecido a fuego. El fresno era el antagonista del tejo, y el mismo rayo respetaba y de él se hacían los camastros y las cunas de los pequeños que colgaban del techo bajo de la casa para prevenir el ataque de alimañas y roedores cuando quedaban dormidos mientras las labores de sus padres fuera de la cabaña. Con sus maderas también se hacían los recipientes para el grano y la leche, el aceite y el agua.
Hubo un instante en que los visitantes se mostraron en toda su dimensión de guerreros, al verse ante aquel hostil y desordenado grupo de oriundos armados con las más inesperadas armas, desde viejas espadas y lanzas de antiguas glorias hasta herramientas de trabajo agrícola. Comprendieron que no eran bien recibidos. El capitán que los mandaba rogó calma y serenidad. Primero anduvo al frente varios pasos, corrió ladera arriba hasta situarse de forma que pudiese ser visto por ambos grupos y, con fuerza, clavó su espada en el suelo en señal de paz. Había reconocido el estandarte que portaba el pueblo. Era tal como le había descrito su abuelo. Todo encajaba. El Peñatu que se veía desde la mar, la pequeña rada, la playa y ahora el estandarte. Recordaba alguna de las palabras que su abuelo le había enseñado decir.
-Hola. Paz. Hermanos.
Esas tres palabras fueron suficientes para que en el grupo del pueblo comenzase a oírse rumor de extrañeza. No eran gentes guerreras, sólo sabían defender su terruño por el que estaban dispuestos a perder hasta la vida con tal de preservar para su descendencia el dominio del lugar. Cultivaban sus campos, explotaban sus bosques, sus ríos y hasta la mar les pertenecía para su supervivencia como grupo humano. Aquel capitán que les hablaba y que había enterrado su espada debía estar relacionado con las historias que también habían escuchado de padres a hijos. No cabía duda de que era hijo, nieto o bisnieto de aquel aguerrido marino que había ido y vuelto hasta la lejana e ignota Bretaña.
El jefe del pueblo también enterró su espada y se encaminó hacia el capitán de los marinos. Cuando estuvieron cara a cara extendieron sus brazos y los entrelazaron en signo de paz y fraternidad. los dos grupos también avanzaron hasta imitar entre sus componentes el gesto del capitán y del jefe.
Ya en la aldea, se hicieron festejos, y una gran cena en la bolera al calor de las hogueras donde se asaron varios corderos y dieron a probar a los invitados de la bebida obtenida de la manzana, fermentada con toda su espuma que hizo que la alegría durase hasta la madrugada entre cánticos y bailes al son de panderos y flautas."

Aún hoy en día, cuando llegan los calores del verano, acuden en sus vehículos de motor, arrastrando sus casas para plantarlas cerca del acantilado y aprovechar la tranquilidad de la playa para bañarse y tomar el sol.
Esta leyenda la fragüé con el recuerdo de unas historias que mi profesor de Física en el Instituto de Llanes, D. Andrés Álvarez Posada, hermano de José Mª (Celso Amieva, el poeta llanisco) nos contó de esta forma, si no recuerdo mal:
"...es en esta playa de Bretones, perteneciente a Pendueles, donde pude encontrar en mis caminatas, la piedra sílex porque los que dieron nombre a este sitio la traían de lastre en sus barcos cuando venían a comerciar con los nativos y cargar las reses."

Nota: 
Años después, de esto hará unos treinta, visitaba la caseta que en la Feria Internacional de Muestras de Gijón, representaba a La Bretaña francesa. Hablé con sus representantes y les comenté el nombre de la citada playa. Ellos me mostraron fotografías de lugares de la costa y me comentaron que existían términos, costumbres y leyendas de navegantes llegados del Cantábrico español, así como la existencia de nombres de lugares y patronímicos de toda la costa cantábrica. De hecho la existencia de una sidra parecida, de los crêpes tan parecidos a nuestros frisuelos y de palabras como "dalle" para describir en el dialecto "patois" a la guadaña. Nombre que aún se usa entre las gentes de algunos pueblos de Asturias, lo que pudiera ser suficiente para rubricar como un fondo verídico sobre el que asentar esta leyenda. 



viernes, 9 de febrero de 2007

EL VALLE DE AGUILAR



Cuenta la historia que, los primeros pobladores de Asturias se dedicaban, principalmente, a la caza y a la recolección de frutas que las especies arbóreas y arbustivas de los bosques guardaban en su fronda, para ofrecérselas al ser que había sido designado por las leyes evolucionistas, para dominio del medio terrestre. 
Todavía se desconoce si esas leyes preveían el uso y abuso que el llamado Rey de la Creación, con el paso del tiempo daría al resto de seres, tanto animales como vegetales. El escenario de los hechos que se van a relatar está enmarcado en la zona oriental de Asturias, entre los ríos Purón y Cabra. Al sur, la cordillera del Cuera y al norte un suave acantilado del cantábrico, salpicado de hermosas playas de arena blanca y fina.
Cuando el hombre llegado del Edén bíblico en busca de un territorio similar al abandonado por sus abuelos, se asentó aquí, el ser dominante de cielos y tierra era el águila en sus variadas especies. Ella mantenía el equilibrio ecológico del ecosistema colocada en su cúspide. Abajo en la espesura del bosque el lobo completaba la cadena alimenticia habitando las cavernas de las que, pronto sería desalojado por su futuro dueño: el hombre.
Los asentamientos primitivos, encontraron aquí el lugar apropiado por la cantidad de cuevas y abrigos naturales que la caliza de montaña proporciona. Había dónde elegir incluso, y se elegía aquella cueva desalojado por su futuro dueño: el hombre. A la entrada de las cuevas dejaban los residuos de su marisqueo: lapas, mejillones, bígaros y toda suerte de caracolas que quedarían petrificados para formar parte de la herencia histórica de generaciones futuras que seguirían aprovechando los recursos allí existentes. 
La tierra en la que habitaban, les recordaba según la tradición oral a aquella de la que procedían en una larga emigración. Entre dos ríos que les protegían. No eran extremadamente malos de vadear, pero eso a su vez representaba una ventaja para ellos mismos que les permitía hacer incursiones más allá. La geografía les permitía colocar puntos de vigía desde donde se seguían los pasos tanto de los exploradores como de quienes osasen llegar. Además, las tribus vecinas eran de su mismo origen troncal y no existían diferencias con ellos, todo lo más cuando se trataba de caza y solían resolverse sin pelea.
La mañana había despertado entre nieblas y la partida de caza se había organizado, como siempre, la noche anterior ante la gran fogata que guardaba la entrada de la cueva. El jefe de la tribu, organización superior conocida, era el que, después de escuchar a los componentes de la anterior partida de caza, escogía a aquellos que presentaban una perspectiva de éxito asegurado en la del día posterior. 
También se elegía un guía que únicamente tenía como misión dirigir al grupo al lugar donde la jornada anterior, había sospechado, visto o intuido la gran caza. Otra partida se dirigía a la costa por  proveerse de pesca y marisqueo para completar la alimentación o sustituir por orden del chamán o brujo la de aquellos que habiendo abusado de las carnes, padecían una extraña enfermedad consistente en dolores musculares que les impedían, sobre todo en días de fuerte humedad ambiental, hasta levantarse de la cama de helechos, a pesar de atribuir a esta especie la facultad de curarlos. Suponemos que se trataría de la gota, reumatismo, enfermedad posteriormente atribuida a reyes o gentes que, creyendo ser mejor alimentación la carnívora que la vegetariana, la solían padecer. 

Llegaban, casi siempre, hasta las cuestas, perpendiculares estribaciones del Cuera. Las mujeres recién paridas eran alimentadas con exquisitos caldos hechos con carnes de urogallo y abundantes y variadas especies vegetales, tanto raíces como frutos, para proporcionarles una dieta rica en sales minerales. Los más ancianos recibían como menú abundancia de frutas, requesones, paté de erizos, leches descremadas y yogures naturales hechos con una especie de hongo que dejaban un día entre la leche de cabra y uro, miel de brezo, oscura y fuertemente olorosa. 

Poco a poco fueron ampliando el recorrido de las incursiones al campo para tomar confianza, cosa que hizo que bajaran la guardia de la defensa de la cueva. Hasta entonces varios vigías se turnaban colocados en los cerros más próximos, habiendo elegido como garitas, pequeños salientes de roca caliza. Allí permanecían todo el día y hacían sus comidas principales. Su agudeza visual y su instinto desarrollado como el de cualquier fiera del bosque, les bastaba para sentirse seguros y dar seguridad al resto de la tribu. Al día siguiente, estos vigías permanecían descansando o elegían su propia diversión. 
En una explanada desde donde se veía la entrada de la gruta, debajo de unos hermosos tilos habían establecido y desarrollado las reglas de un nuevo juego al que los muchachos más jóvenes les atraía e incluso a los no tan jóvenes. Este juego les proporcionaba el ejercicio suficiente para mantenerse en forma sin enfrentamientos tribales ni tan siquiera la caza. 
Un día de invierno en el que la mar cercana parecía haber desatado sus furias y bramaba contra los acantilados, varios desprendimientos de rocas cerca del rincón de la playa donde se acostumbraba a mariscar habían cambiado poderosamente la fisonomía del terreno. 
Buscaban nuevos rincones con el consiguiente resabio a lo desconocido. En la luna anterior se habían hecho expediciones costeras en busca de lugares donde abundase el marisqueo. Siguiendo el cauce del río se llegaba a la mar. Una explanada de rocallas quedaba libre en la marea baja con abundantes pozos de agua donde nadaban peces a los que capturaban con cierta facilidad. Habían inventado el primer artilugio de caza en el agua. Una caña seca hueca con muchos nudos cuya punta cimbreaba sin romperse a la que habían atado una tripa fina y seca en cuyo extremo libre sujetaron como pudieron un trozo de barda llena de afiladas púas donde ensartaban restos de mariscos y pequeños cangrejos. Así pillaban pequeños peces de afiladas mandíbulas que llevar a las brasas salpicados de la salsa elaborada con hierbas que el brujo colectaba. 

En la tribu existía una variopinta fauna de individuos característicos. Salvo la función de jefe que recaía sobre el más anciano, el resto de ocupaciones eran asignadas tácitamente a los individuos que destacaban en éste o en aquel arte de pesca. La de chamán recaía siempre sobre aquella persona, observadora de la naturaleza y de sus ciclos biológicos tanto de animales como de plantas, pero debía dominar asimismo la climatología, la medicina en especial, la astrología y el culto a los incontables dioses. Los cocineros de la tribu eran también bien mirados por su importancia ya que eran quienes se encargaban de prodigar de alimentos en los grandes acontecimientos como las fiestas anuales de primavera y verano. 
Importancia muy grande era la que se daba a los artistas que convertían las paredes de los recintos de permanencia en verdaderas suites donde dejaron constancia hasta nuestros días de la domesticación de nuevas especies de animales como bisontes, elefantes, jabalíes caballos, vacas y el propio lobo, corzos, cabras y un sinfín de animales.
Ocurrió que cerca del asentamiento a que nos referimos cerca de la playa, apareció de mañana una extraña roca brillante que flotaba misteriosamente en el aire por encima del pedrero de la desembocadura del pequeño río. De aquella pulida roca se descubrió una capa parecida en su brillo a la que cubre en días de frío los pozos de los caminos. Una escala brillante a los rayos solares se descolgó por la roca y al instante descendieron por ella varias siluetas de hombres de aspecto brillante como la misma roca. Iba delante uno de aspecto fornido, y cuya indumentaria era difícil de describir para los primitivos ojos de Thu.
La capa talar que le cubría era de material desconocido, no de piel de ningún animal conocido; calzaba botas de cuero brillante y en la mano derecha portaba un extraño báculo en el que se reflejaron los rayos solares transformados en hirientes destellos. Uno de esos rayos abatió una hermosa cierva que miraba también atónita el extraño visitante. Los demás personajes, desprovistos del bastón de luz recogieron la cierva y la llevaron al interior de la roca de donde habían surgido. Otros con zurrones transparentes de una piel extrañamente fina recogieron los animales que viven en las rocas del agua. 

Thu quedó sobrecogido de tantas novedades como estaba percibiendo. Thu era un joven que por su dificultad de nacimiento para correr como los demás niños le llevó a observar todo y aprendió a contarlo a los demás de una forma nueva. Su ausencia de voz le permitió desarrollar otros dones, como es la destreza de grabar en la roca primero con sílex y luego dándole color a siluetas de hombres o animales. Utilizaba pigmentos animales o de tierras que conocía para plasmar en las rocas de las cavernas, los acontecimientos que acontecían. El extraño personaje surgido del mar iba a quedar plasmado para las generaciones venideras en la gran roca Atún que se levantaba en la Acrópolis de su tribu desde donde se domina el valle del río Purón. 
Permaneció inerte, escondido cuanto pudo en su garita natural de vigía, conteniendo la emoción y la respiración no tanto por el miedo que le producían aquellas extrañas figuras y sus armas de brillo como por la impresión que produce lo insólito, lo desconocido. Por suerte aquellos seres debieron llevar suficiente con lo que portaban en las bolsas que habían llenado, se montaron en la roca que les había traído del fondo del mar, se cerró su tapa de hielo y de todo su alrededor se llenaron de ojos verdes que emitían unos reflejos y al chocar con el agua, la convertían en destellos verdosos y se elevó hacia el cielo, primero lentamente y pronto, cuando alcanzó a estar por debajo de las algodonosas nubes, se lanzó como un rayo atravesándolas hasta quedar como un puntito en el horizonte en dirección a donde el sol se pone. 
Aquello que acababa de ver nada tenía que ver con una roca, pero no tenía ningún concepto en su cabeza para compararlo con algo conocido. Años después, ya en su madurez artística plasmaría en una roca natural al abrigo de los rayos del sol que queman la pintura, la figura del personaje aquel de túnica talar y rayos fulgurantes. En lo alto de la acrópolis se reunían anualmente las gentes de los poblados del valle para festejar aquel extraño acontecimiento que ya corría de boca en boca entre los narradores que recorrían el valle y amenizaban en las fiestas de conmemoración como nacimientos o muertes de algún importante jerarca tribal. 
Dominaba como nadie la elaboración de pigmentos y era muy hábil en la detección del material. Bastante cerca de la cueva, conocía un barrero de donde sacaba los ocres pajizos y rojizos. Cada vez que los extraía metía varias pellas en su mochila de piel y regresaba con ellos a la gruta. Los almacenaba en un abrigo de la cueva donde el aire y la humedad los conservaba en estado pastoso para usar de inmediato.
En mitad de la cueva, cerca del hogar, había labrado con buril de sílex una oquedad que le servía para moler los minerales una vez secos al sol. Mientras quedaba al cuidado de la gruta, se pasaba el tiempo en su taller, preparando las tierras de gran valor que ya eran famosas y otros artistas venían a pedirle. A cambio de ellas, le traían como trueque pieles, caza o herramientas de sílex bien talladas y que él se encargaba de pulir. De ellas conservaba en otra pequeña sala, bien al interior, una buena colección que le servían para el trueque en ocasiones en que necesitaba cualquier otra provisión. Era llamado para pintar las grutas entre los ríos Sella y Cares o para retocar viejas pinturas que se estaban deteriorando con el paso del tiempo, pero en ninguna de ellas quiso representar el personaje visto en aquella playa. Podía representar animales que acostumbraba ver por todas las zonas que recorría, pero el personaje de la Roca, como él lo llamaba, nunca en otra pared lo había representado. 
En su mente primitiva ya había unas mínimas pautas que marcaban su oficio de historiador. No usaba palabras. Contaba la Historia en el barro o en la misma roca, pero él sólo usaba apenas una docena de símbolos y figuras. Sabía que era fácil para sus coetáneos descifrar sus grabados. Y para quienes viniesen después también lo sería porque sus narraciones a la luz de las hogueras eran escuchadas por los más jóvenes con mucha atención y ellos serían los llamados a contarlas a sus hijos y estos a los suyos.

Pasaron varios cientos de años, no se sabría con exactitud cuántos. La edad del Bronce dio lugar a la del hierro y ésta a la del cemento armado, a la del plástico. Los habitantes de la zona que vio aquel acontecimiento tan lejano en el tiempo, sólo se preocupan de construir nuevas viviendas a lo largo del Valle de las águilas, aprovechando su belleza natural, pero sin darse cuenta, poniendo en peligro esa misma belleza. 
Yendo desde Llanes en dirección a Santander, apenas andado unos siete kilómetros, está Puertas. Se ve una construcción redonda, sin pintura, con el aspecto tosco que toma el hormigón, nada más pasar bajo el puente del ferrocarril, se desvía uno a la derecha. Hay un amplio aparcamiento para dejar el vehículo. Se toma un sendero que circula por detrás de la edificación para adentrarnos en el bosque de pinos y que nos sube a lo alto de La Sierra donde se puede observar "El ídolo de Peña Tú", o si se quiere, como lo llamaban los antiguos, "La peña del Gentil". Viendo el viajero aquella figura grabada sobre la roca natural, en forma de pez, que es un hito para el navegante marino, quizás se le ocurra alguna explicación mejor. 

PEÑATU O PEÑA TÚ?

 Esta manifestación artística rupestre que se encuentra en nuestra localidad es la primera encontrada en Asturias en su género. Se observan dos formas de expresión distintas. La grabación inicial a la derecha del panel con dos figuras bien claras: el propio ídolo y un puñal a su izquierda. Posteriormente se debió de subrayar ese grabado con pintura roja, posiblemente con el ánimo de hacerlo más visible. Se añadieron elementos, figuras y puntos. Entre ambos sucesos no debió transcurrir demasiado tiempo, pero se puede descartar su contemporaneidad. Los grabados demuestran influencia de la Meseta y las pinturas la del Centro y Mediodía peninsular.Se le denomina el ídolo, pero la más antigua parece ser la de la Cabeza del Gentil está hecha con instrumento de punta roma aunque hay abrasiones en algunos tramos. Tres arcos paralelos conforman la figura del ídolo cerradas abajo por un trazo único rectilíneo. Entre los dos arcos interiores se dibuja en línea quebrada la orla; el arco exterior está festoneado de pequeños trazos simulando el cabello. Presenta claramente los ojos. El cuerpo se representa por siete franjas horizontales a modo de falda. En rojo se resaltaron todos los grabados y se añadieron elementos no visibles de adorno en la cabeza y el trazo entre los ojos a modo de nariz. El pie derecho del ídolo está representado así con cuatro trazos. Otros trazos externos son una serie de puntos que rodean una forma trifoliada y otros veintisiete que, a falta de uno, sería la representación del mes lunar. Figuras humanas formando escena de danza o caza, una más alejada lleva báculo, dos posibles cabras. El puñal aunque extraño a los hallados, presenta la lógica distribución de los cinco agujeros por donde se ataría el mango de madera o hueso. Existen variadas interpretaciones de lo allí expuesto por su autor. Podría ser que las siete capas de la falda representasen los días de cada fase lunar. La aureola de la cabeza, así como la túnica talar, pudiese enmarcar un personaje sacro o regio. Por comparación con otras similares halladas en la península puede datarse en torno al 1500 a. d. C. ¿Se trataría de un asentamiento fortuito o de un lugar de reunión anual de gentes trashumantes? Lo cierto es que ahí nos quedó esa gran roca para recordárnoslo. El nombre también debió de sufrir cambios a lo largo del tiempo. La Peña del Gentil, Peñatu, Peña atún, El ídolo de Peña Tú... Es cierto que desde la costa, y más desde la propia mar, se divisa la roca. Su aspecto dolménico debió de ser lo que atrajo la mirada de los antiguos moradores. Me inclino modestamente a pensar en un lugar de encuentro y parada de los pastores que seguían con sus rebaños. En los bufones de arenillas, en los ríos Purón, Novales y Cabra y en las variadas cavernas existentes en la zona, hay sobradas señales de la población que vivía del aprovechamiento natural de la zona. El paisaje que desde lo alto se columbra hizo el resto. Hoy es un valle con tres núcleos de población: Puertas, Riegu y Vidiago y en el que merece la pena detenerse para andar.

PEÑAQUIMERA

Las olas atacan con bravía el acantilado. Después del choque se retiran dejando jirones de su falda sedosa entre las rocas y en el suelo de la playa de escasa arena. Hacia levante, se yergue majestuosa, inmóvil, Peñaquinera. Pequeño islote que parece bogar constantemente para no dejarse llevar lejos de la costa; es refugio de patos y gaviotas quienes la eligieron posiblemente, hace muchos siglos, quién sabe, si esperando que algún día suelte amarras, proa a otras tierras. Es admirable el acierto de las gentes del lugar para dar nombre a las cosas que les rodean. Siempre hay un término a mano para ello. El que recibe este castro hace referencia a un fenómeno visual que tiene lugar, dependiendo del punto de mira que se elija. Tanto si se sube a la Sierra, por encima de Buelna, como si se llega desde Santiuste, Peñaquinera es una pequeña isla, a la deriva, batida casi siempre por un mar embravecido; da la impresión de estar demasiado alejada de la costa, como si de repente hubiese emprendido su ansiado viaje. En otras ocasiones, cuando el sol se sumerge en el mar en su ocaso agosteño, Peñaquinera se torna fantasmagórica. Se acerca ópticamente a la costa y se aleja y se repite incansablemente, como si llevase a bordo pasajeros que fuesen o viniese del mar a tierra, de tierra al mar. "Peñaquimera" y no Peñaquinera, debiera pronunciarse; sin embargo, no es fingida su existencia: tan sólo su movimiento. La quimera era un animal fabuloso, con la cola de dragón, el cuerpo de cabra y la cabeza de león que vomitaba llamas. 
En la parte expuesta al Oeste presenta una roca alargada a ras del agua en la que las olas forman una densa espuma al tropezar con su esqueleto pétreo, que acaso pudiera haber inspirado en los antiguos pobladores la referencia al monstruo. La mar y quienes la habitan dieron, siempre, motivo para la imaginación o ensueños quiméricos plasmados en la Literatura de todas las épocas, desde la homérica hasta la de nuestros días. Invito a quien sea ávido de vivir momentos de tranquilidad en la observación de la Naturaleza, que se siente enfrente de Peñaquinera y se deje inundar por el bramido del mar, mientras escucha sus propios pensamientos. Serán claros como la espuma que baña este humilde islote que no figura en ningún mapa que se precie de tal, pero que deja huella profunda en quien tiene la ocasión de admirarlo.

ROPAVEJEROS

Así se llamaban a los que venían por los pueblos a comprar ropa vieja. En aquel tiempo sólo existían tejidos naturales de lana, algodón o lino, principalmente. Todo servía para el "ropavejero", sobre todo, si se trataba de las mantas viejas de algodón, que era las que venían buscando. Con ellas también se llevaban la ropa vieja que conseguían gratis, por el solo hecho de quitarla de casa. En aquel momento comenzaba a aparecer en el mercado la fibra sintética, por lo que mucha gente cambiaba como los topos "los ojos por el rabo", creyendo que hacía negocio, a pesar de tener que poner encima del trato los pocos dineros de que disponía. Pronto se tendió a cambiar el viejo colchón de lana por el moderno, primero porque el de lana daba mucho trabajo ya que todos los años había que descoserlo, poner su lana a solear, airear y varearla para deshacer las pellas que ya estaban molestando en la espalda; eran incómodos y ciertamente nada higiénicos. Los ropavejeros  ya se habían modernizado: llegaban en "DKV" y traían con ellos uno o dos modelos de colchones modernos que cambiaban por el de lana, pero también cerraban el trato cobrando el nuevo colchón de forma que el viejo les salía regalado. Existían también, generalmente mujeres a las que se les llamaba "lienceras" que traían en la cabeza un fardo de lona repleto de retales de lienzos, y todo tipo de prendas de vestir e interior y que se anunciaba a voces por el pueblo las ofertas de mercado, y llamaban de puerta en puerta. Si se las atendía desabrochaban los cinturones de cuero que sujetaban la lona y mostraban al barrio toda la mercancía. 
Las recuerdo con largas faldas de gruesa tela y botines negros de cuero y hablando con acento gallego, por lo que es fácil deducir de dónde procedían. 
Ropavejeros, lienceras, afiladores, paragüeros, capadores, madreñeros, caldereros, maconeros, herradores, junto con los que compraban crines de caballo, tratantes de ganados, mieleros, fotógrafos que hacían ampliaciones y retoques en las fotos que teníamos, pescaderas y puede que alguna actividad más que ahora
no recuerdo, se dejaban caer por el pueblo y siempre eran la atracción de los niños y de los perros quienes les ladraban asustados por las voces del pregón.