AL LECTOR:

Narraciones de hechos y acontecimientos recordados por el autor; otras recogidas de la tradición oral y escrita.

martes, 21 de septiembre de 2010

LA EMIGRACIÓN


Nuestra idea primera era viajar a Alemania, animados por Ramón Amieva Sánchez que contaba ayudarnos a buscar trabajo una vez llegados allá.
En Hendaya antes de hacer trasbordo de tren, nos sentamos en un prado a dar cuenta de las provisiones que llevábamos desde casa en una bolsa de tela: huevos cocidos, una barra de salchichón, un queso curado y restos de la tortilla que aún quedaban en la fiambrera.

En nuestras respectivas maletas de cartón llevábamos poco más que un par de mudas de la ropa interior, varios pares de calcetines, dos o tres camisas, un jersey, una vieja gabardina, una bufanda y varios pañuelos. En el bolsillo, sujeto con un imperdible la cartera donde iba el carnet y el papel de emigración que debíamos presentar en las aduanas de los países por los que fuésemos pasando. Apenas unos billetes sisados de las jornadas de todo el año con la siega, la plantación y corta de bosques y otras tareas así, que al cambiarlos en las respectivas aduanas, fueron menguando, por el escaso valor de nuestra peseta con las monedas extranjeras.

Los altavoces de la cercana estación ferroviaria avisaron de la próxima salida del tren. No pudimos terminar con tranquilidad aquella improvisada comida campestre. Antes de tomar el tren, conocimos a otros paisanos de distintas localidades, tanto asturianas como de otras provincias, que llevaban como destino Ginebra en Suiza. Por lo que nos contaron en el tiempo de espera para la salida, notamos que las ventajas suyas con respecto al trabajo que les esperaba, eran superiores a las que a nosotros nos habían hablado de Alemania. No lo pensamos mucho ni nada y sobre la marcha decidimos modificar nuestro destino y les seguimos al andén en cuyo tablero ponía: Génève.

Una vez llegados a la estación de Kornavin, en Ginebra, nos bajamos. Allí había dos agentes de emigración que en casi perfecto español preguntaron quiénes iban de España con destino a Suiza. Varios viajeros nos acercamos con cierto recelo, mientras éramos atentamente observados por ellos. Nos mandaron acompañarles. Uno de aquellos agentes, especie de policía secreta, abrió paso a la comitiva en tanto que su compañero cerraba la marcha tras nosotros. Bajamos las anchas escaleras y nos llevaron a un local donde una chica, que también hablaba a la perfección nuestra lengua, pues era claramente española, o al menos eso me pareció, se encargó de anotar todos los datos personales que nos preguntó y quiso también saber cuál era nuestra especialidad de trabajo u oficio en España.

Llevábamos bien aprendida la lección. Tata nos había encomendado que en Alemania dijéramos que éramos hoteleros, porque era un trabajo llevadero, pero que por nada del mundo se nos ocurriera decir ganaderos o agricultores. Cuando al fin me tocó a mí decir el oficio, dije también hotelero, sin saber ni por lo más remoto en qué consistía aquel trabajo. Como los que me precedieron ya habían dicho lo mismo, a la chica le escamó que fuese demasiada coincidencia que todos tuviésemos un hotel en España. Nos dijo no haber más plazas de hoteleros. Así es que, sin otra posibilidad de elección, me ofreció un trabajo en el campo que acepté sin rechistar y hasta con agrado, porque de ese trabajo yo estaba seguro de saber bastante. Y lo cierto es que no me fue nada mal en aquel mi primer destino. Nadie pretendía otra cosa, por supuesto, más que mejorar en lo laboral y a fe que lo conseguí de buenas a primeras.

La chica hizo unas cuantas llamadas por teléfono y en cuestión de pocos minutos se presentaron otros hombres que habrían de ser nuestros patrones. Los dos compañeros que pasaron delante de mí fueron destinados a sendos hoteles. A mí, en cambio, me llevaron destinado a una explotación agrícola en la que por temporada del año me dedicarían a la plantación intensiva de lechugas. Al que me seguía en la espera, el cuarto de nuestro grupo de vecinos le vino a recoger su patrón, que era extremadamente alto y con aspecto de boxeador. El pobre fue llevado a una granja donde se criaba una piara de más de un centenar de orondas cochinas. Su trabajo consistió en cebarlas y bañarlas hasta dejarlas como patenas. A Manuel no le gustaban para nada aquella compañía, incluida la del patrón con el que no hubo manera de entenderse ni por señas, pero mucho menos la presencia del enorme berrón al que tuvo que acabar lavando su propio dueño.

Para la merienda le daban, la mayoría de las veces, un bocadillo de tocino que al estómago de Manuel no le sentaba nada bien tanta grasa. Al menos, contaba él, si estuviese entreverado de jamón y frito en la sartén, sería otro cantar. Y se le hacía la boca agua contándolo y recordando el olor y el sabor de los torreznos, picadillo y turrullos que a partir del san Martín, en los fríos días del invierno, desayunaba en Coxiguero. Así con esas palabras se lo explicaba a su patrón. Pero aquel hombrón, por más gestos que le hacía apretando el estómago, no le entendía o no quería entenderlo.
Ya cansado de dar inútiles explicaciones con palabras y mímica, hizo caso a un compañero suyo gallego y que, por llevar más tiempo allí, conocía de sobra la tozudez del suizo, que le aconsejó poner en práctica una solución que le dio.

Cuando al día siguiente llegó el amo con el odiado bocadillo de tocino, Manuel sacó de entre el pan el grasiento tocino y se fue con él a dar lustre a las botas de piel vuelta que había dejado en un altillo fuera del alcance de los gorrinos.
Fue la única manera de hacer comprender al terco y ruin patrón la ruindad del almuerzo con que le alimentaba, en clara desventaja con el cuidado que les daba a los animales.
El hombretón marchó de allí corrido, mascullando improperios en su lengua suiza. No era a encajar el golpe que le acababa de propinar en su dignidad aquel hombrecillo de habla incompresible y gestos nerviosos que había traído hacía tan sólo una semana de la estación de Kornavín; y que según le había dicho la encargada de la oficina de empleo, sería el obrero ideal, pues venía de una de las regiones más humilde de aquel país ocupado aún en superar los desastres sociales y económicos producidos por efecto de una guerra civil.
En las casas de la aldea, por la matanza del cerdo, se guardaba el meano del gochu unido a una pieza de tozín, colgado de la viga de la cuadra. Se usaba con la llegada del mal tiempo, para embadurnar la azufra, la cincha, la cabezada, el collarón, el sillín, la retranca y el resto de cueros de los aperos de las vacas de tiro como el sobéu, las mullidas, las sogas o los collares de las campanillas y así se preservaban del deterioro con la humedad. Idéntico tratamiento se les daba a las botas de cuero o lona para protegerlas de la abrasiva acción de la rosada, la lluvia o la nevada.

Se podrían contar centenares de anécdotas como ésta que el recuerdo va disipando de la memoria de quienes las vivimos. Los sufrimientos de los pioneros de la emigración no siempre fueron compensados por el éxito. No es el caso de quien me cuenta estas anécdotas, pues supo adaptarse y llevar los ojos bien abiertos ante el progreso que encontró. Otros, no pudiendo soportarlo, dieron la vuelta casi de inmediato. Hoy no son más que gratos recuerdos aquellos esfuerzos echados en la adaptación para quienes el mundo se reducía a un corto radio de acción y en una cultura y economía diametralmente opuesta a la suya.

Había sido llevado, como dije, de empleado a una granja de cultivos, en especial el de la lechuga en todas las temporadas. Era digno de ver cómo se llevaba a cabo.
Se empezaba por arar con tractor una extensa parcela a la que se le añadía el abono químico antes de pasar el rotobato que dejaba aquellas tierras tan finas y sueltas como las arenas de la playa. Después se las compactaba con un rodillo. Toda la mecanización que a partir de entonces fui viendo me atrajo y yo lo anotaba con admiración. Representaba todo una novedad, ya que suponía gran avance con respecto a la que usaba en mis labores.
Eran años luz del viejo arado, rastru, salladora y de la sembradora que en la mayoría de las casas, aún no habían logrado desplazar a la azada y al rastrillu; tan sólo en aquéllas en las que la hacienda era más rica.
“Algún día, soñaba yo, volveré a mi tierra, si las cosas me salen bien aquí, y tendré mi propio tractor con todos estos aperos nuevos”.
Después de preparado el suelo, se echaba una línea a lo largo del campo y se pasaba una especie de pradera enorme de dientes separados a la distancia de plantación para marcar las líneas a lo ancho y largo de la finca. Nosotros íbamos colocando los plantones de lechugas en los puntos coincidentes de las cuadrículas. Con un espito de hierro hacíamos los hoyos y tapábamos con tierra la pequeña raíz. Detrás iba el dueño comprobando que quedasen convenientemente sujetas al suelo.
Aún sin comprender nada del idioma, acabamos haciendo lo que se nos pedía a la perfección. No era un trabajo duro, pero así y todo era cansado por tener que agacharse y levantarse para colocar tantos cientos de plantones de hortalizas de todas las clases. Después de acabados varios riegos que llevábamos a la par entre todos, nos parábamos a liar un pitillo con el tabaco de la petaca y el librillo de papel. 
Al cabo del día eran bastantes las paradas técnicas y muchas más las lechugas que dejábamos por plantar. El patrón, que nos veía hacer esos continuos descansos sin decirnos nunca nada, una vez terminada la jornada, nos fue preguntando uno por uno el número de cigarrillos que hacíamos durante el trabajo. Cada uno de nosotros le fue diciendo la cantidad de cajetillas, en cuyo recuento creo que conscientes todos del problema que podría venir aparejado, bajamos la cantidad por miedo a que nos alargara la jornada para recuperar el tiempo perdido en liar el tabaco.

Al comenzar la jornada del siguiente lunes, antes de que nos fuéramos a nuestros respectivos puestos de trabajo, vimos llegar al patrón con una bolsa de la que nos fue dando a cada uno las cajetillas que había declarado para la jornada. Este detalle por parte del patrón me pareció toda una muestra de bondad y supuse en mi inocencia que con ello quería demostrar la satisfacción que con nuestra labor sentía y particularmente me sentí enormemente halagado. Incluso este gesto hizo que yo aún me despabilara más en la plantación de las lechugas de la que ya había cogido el tranquilo.
En el descanso del almuerzo me dio por sacar el tema con mis compañeros. Uno de ellos que por llevar allí más tiempo que el resto, conocía a la perfección el carácter suizo, me explicó con un cálculo de lo más elemental que con aquel gesto que a mí me había alucinado, lo que pretendía era evitar perder tiempo en liar el cuarterón, en definitiva ganaba más que perdía aún regalando el cigarrillo ya hecho. El beneficio que sacaba de la venta de lechugas desde entonces, superaba con creces el gasto en la tabacalera.

Esa lección de economía suiza me despertó de mi natural inocencia, pero no por ello dejé de sentirme muy a gusto en mi primer empleo durante la emigración. 

viernes, 14 de noviembre de 2008

Los ensayos de Santa Marina en la bolera



AYER

Como fue siempre costumbre, una vez finalizadas las fiestas de San Pedro de Pancar, dieron comienzo los ensayos de Santa Marina de Parres en la bolera de la Escuela.
Allí acudimos a las diez de la noche, a dar fe de nuestra admiración, respeto y nostalgia al comienzo de los bailes que deleitan todos los años a los romeros que tenemos la suerte de acudir al campu Santa Marina, el día 18 de julio. Los años pasan, pero los sentimientos quedan. Recuerdo cómo jugaba a correr por la bolera, mientras las panderetas con sus sonajas bailaban los sones al ritmo monótono del tambor. Aún comprobé cómo devuelve su eco la Piniella o quizás sean aquellos sones de mi infancia perdidos en la línea del tiempo que retornan una vez reflejados en imaginarios Texeos. Es una sensación rara la que me llega, mezcla de nostalgia, por estas fastas fechas. Y son, creo yo, las ausencias de quienes, siguen alejándose en la curvatura del tiempo inexorablemente huidizo.

ANTEAYER.
En la foto podemos ver no sólo la inexorabilidad del paso del tiempo. Para muchos aún son nuestros padres que posan y para muchos más sus abuelos. Es, aproximadamente el año 1928, frente a la escuela de Parres. ¡Cuántos sufrimientos por vivir para la mayoría de ellos. Para no pocos, ¡qué futuro tan aciago les esperaba! Algunos desaparecidos en la guerra, del uno o del otro lado y otros como consecuencia de la misma. Es curioso que ese futuro sea ya nuestro pasado. El hambre, la guerra, las enfermedades... cual jinetes apocalípticos alfombraron de espinas sus desnudos pies. Ved sus miradas infantiles asombrados por la magia de la fotografía. El poco tiempo de juegos infantiles que les quedaba les fue sustraído para que hoy podamos recordarlos.
1ª Fila
1.- Fidel Sánchez Amieva, de Pepa la de Meré.
2.- Ramón Junco Fernández, “El Guaje”de Mariano y de María, en la casa vieja de Benigna y Ramón, Padres de don Ramón Sobrino de la Vega.
3.- Ángel Castro Miyar hijo de Ruperto.
4.- Manuel Fernández Sobrino, Rúa, hijo de Florentina y de David el de Fausta.
5.- Antonio Sobrino Noriega, hijo de Wences y Modesta.
6.- Pedro Gómez Pando, Cortaelviento. Su mote le venías por la famosa canción que acostumbraba a cantar.
7.- Miguel Ángel Junco Pérez, Milín el de Josefa, hijo de María y de Ángel.
8.- Jesús González Gutiérrez, hijo de Santos y de María la de Félix.
9.- Santos Junco Noriega, de Juanito y de Socorro, del barrio de Tamés.
10.- Severino Sánchez de la Vega, de David y de Teresa del barrio de Tamés.
11.- Ángel Vidal Sotres de Tanis.
12..-Maximiliano Cerezo González, Xili, de Damián y Lola la de Pío.
13.- Marcelino Sánchez Junco de Consuelo la Roxa.
14.- José Manuel Fernández Sobrino, Seíno, el de La Veguca.
15.- Enrique Sobrino Mier de Manuel y Esperanza.
16.- Santiago González Gutiérrez, Taro, de Santos y de María la de Félix.

2ª fila
17.- Pedro Sánchez Amieva, Cacho. De Pepa la de Meré.
18.- Pedro Cerezo González de Damián y Lola la de Pío.
19.- Santos Cerezo González, muerto en Oviedo defendiendo a la República, de Damián y Lola la de Pío.
20.- Wences Sobrino, de Concha la de la Caleyona y esposo de Concha la de Marina la de la Veguca.
21.- Luis Sánchez de la Vega de David y Teresa del barrio de Tamés.
22.- Salvador García Noriega, de Antonio y Francisca.
23.- Manuel Mijares de Fernando y de Rosa.

3ª fila
24.- Antonio Sobrino Gutiérrez de la Covaya, de Antonio y de Isaura la Melliza.
25.- Juan Luis González y González. De José y de Anita. Murió en el frente del Ebro.
26.- Ángel González y González, Óscar. Perdió la vida al explotar los cohetes en el campanario de Parres el día de la fiesta de la Sacramental.
27.- Rogelio Fernández González, de Aurora la de los Carriles y de Manuel el de Jacinto. Murió en la mili.
28.- Juan Gutiérrez González de Pepa y Félix, muerto en Bilbao, defendiendo voluntario a La República.
29.- Juan Fernández Gutiérrez de Juan Fernández Quiroga y Vitorina Gutiérrez Santoveña.

jueves, 24 de julio de 2008

MILÚ


Milú, fue el único perro que mis padres consintieron tener en casa. Provenía de una camada de seis cachorrillos que unos vecinos míos habían tenido de su perra. Me hizo gracia por ser el único de los seis que nació sin rabo y esa mutación de la naturaleza bastó para que yo me fijara en él. Así se libró del triste destino que habrían de tener algunos de sus cinco hermanos. Milú, que así le bauticé recordando al famoso perro de Tintín, se crió en compañía de una gatita negra recién nacida también con la que compartió juegos y peleas. Desde entonces me di cuenta de que los animales son todos distintos, con su propia personalidad, valga el término.

Milú raramente aceptaba órdenes de los que no eran sus amos más directos, es decir, mi padre y mi madre. Siempre estaba vigilante con los ruidos de la corralada. Aparte de la gatita negra, tenía una devoción enorme a su gran amigo, Nene, el caballo, al que dedicaba mil carantoñas. Se comunicaban entre sí con pequeños ladridos y relinchos cortos. Su sitio preferido para dormir en invierno era en el calor de la cama de las vacas. Se acurrucaba junto a Marquesa, la vaca más vieja y tranquila de la cuadra esperando, con el amanecer, el dulce olor de la leche caliente del ordeño.

Cuando escuchaba las pisadas del caballo despertaba de su siesta y seguía paso a paso todos los movimientos de mi padre mientras lo aparejaba para el carro. En la carretera, seguía el paso o el trote del caballo debajo el carro. No se sabe cómo fue que tomó la costumbre de seguir a la carrera a todos los coches que pasaban, sin ladrar, como si compitiera con el motor. Después de un largo trecho, volvía al encuentro del carro y se cobijaba del sol o de la lluvia bajo él, hasta que pasase otro coche al que seguía en una nueva carrera.

Una mañana, la gata negra apareció arrastrándose y con el cuello roto, y fue incapaz de atender a su cachorro rayón. Quisimos creer que se trataría del ataque de algún animal. No pasó del día y la enterramos en el huerto bajo el limonero. Rayón seguía a Milú que no tardó mucho en hacerse cargo de él. Fue claramente una adopción. El gato salió adelante y creció deprisa con la leche de Marquesa y el cuidado de Milú. Se les veía muchas veces tendidos al sol, junto a la fachada de la casa. Con una mano, Milú protegía a su pupilo que peleaba por sacar de las tetillas yermas del canino alguna gota de leche. Si no podía darle el alimento, al menos le daba el calor de su pelaje y de esa forma, engañando su infancia lo fue sacando adelante.

Rayón y Milú protagonizaron en una ocasión una bien organizada cacería de surnias que anidaban en el pajar entre los zardos de avellano. Era primavera y después de una larga invernada, el solláu del pajar había quedado desnudo de hierba. Tan sólo las consabidas bolsas de grana bajo alguna que otra pella de hierba cana producto de las goteras del tejado o de las humedades de la pared del poniente tapaban los huecos de los zardos. Y en esas bolsas estaban ocultas las ratoneras que de vez en cuando explotaban en una algarabía de chillidos. Rayón sesteaba en la milana. Se irguió lentamente y afiló sus orejas en dirección al origen del griterío. Avanzó a tientas como en campo minado. Abajo, Milú, como si estuviesen previamente de acuerdo, se levantó de su siesta en el felpudo de la puerta de la casa colindante y dio como aviso a su compañero un inquieto ladrido, señal tras la cual, comenzaron a llover por entre los agujeros del sollado ratones que cayeron abatidos uno a uno. Para ello, Milú saltaba en todas las direcciones a medida que Rayón revolvía los nidos que encontraba arriba en el pajar. Fueron, creo recordar, dieciséis bajas ratoniles. Otros tuvieron mejor suerte y abandonaron el lugar hacia los huertos colindantes.

A Milú le quedarían aún muchos años para irse también al sueño de los canes. Todas las mañanas, en invierno, se desperezaba en la cama del rozu de detrás de las vacas, con un estiramiento de patas y un aullido a modo de bostezo, cuando mi padre abría el portalón de la cuadra dejando salir de ella el grueso aire imprimado de los olores cálidos de las vacas y del caballo. Esperaba con movimientos nerviosos de su mutilada extremidad, el momento de lamer en el plato su ración de leche recién ordeñada.

Y todas las mañanas de la casi fundida primavera, aparecía tras la casa, saltando el muro que separa la huerta del prado vecino, cuando sentía movimiento y el ruido de los calderos de mecer descolgarse del jerradero.

Un día de finales de primavera, no acudió al desayuno de la mañana ni al almuerzo ni a la cena. Se le encontró inerte en la huerta, al día siguiente, bajo la copa florida del tilo, cerca de la cuadra de Nene, el caballo. En el otoño siguiente aún se pudo ver, un cerco de hierba verde intenso donde había sido enterrado su cuerpo. Aún sigue viviendo en nuestra memoria y en nuestro recuerdo por el afecto que sabía trasmitir a sus dueños y a su familia ya fueran vacas, caballo o gatos.

(El título de estos relatos está tomado del que da Gerald Durrell a su famosa obra: “Mi familia y otros animales”, que se aconseja como un libro entretenido por ameno e informativo a la vez, de temas de naturaleza.)

lunes, 2 de junio de 2008

LA EDAD DE BRONCE EN ASTURIAS















LA EDAD DEl BRONCE EN ASTURIAS.

La Edad del Bronce en Asturias y los comienzos de la edad del Hierro, están ambos períodos necesitados de un estudio más sistematizado. Esto es debido a que la información arqueológica recogida es de tipo fragmentario, poco científica, casual, más que provocada, producto de la acción vandálica de cazatesoros que ocultaban  las piezas más valiosas.
El comienzo de esta Edad de Bronce asturiana debe situarse en el momento después del llamado eneolítico asturiano, encuadrado dentro de la gran cultura megalítica de los países de la Europa Occidental. Su duración abarca el período que va desde el Bronce Inicial o Bronce 2 del Mediterráneo y el Bronce Pleno o final coincidente con el inicio de la metalurgia del Hierro. Más o menos, aproximadamente en el 2º Milenio antes de Cristo, entre los años 1800 al 1700 y el 600 al 500 a. de C.
A grandes líneas la primera etapa del Bronce inicial está situada en distintos puntos peninsulares así como en otros países atlánticos como Irlanda, sur de Gran Bretaña y la Bretaña francesa. Esta manifestación atlántica podría acaparar para sí el nombre de Bronce Inicial del Noroeste, por los datos comunes de que se disponen. En ella se da el desarrollo de la cultura tumular y los comienzos de la metalurgia y que en el Eneolítico asturiano tiene escasas manifestaciones.
Una segunda etapa del Bronce, la llamada Bronce pleno o final es continuación de la primera, con hallazgos de hoces, hachas con talón, calderos y otras manifestaciones de tipo rupestre.
Es una etapa mal definida por no saber en que momento puede separarse, por una parte, del Bronce inicial, y por otra, del comienzo de la Edad del Hierro, ya que en Asturias no aparecen instrumentos de hierro hasta la cultura castreña del Noroeste, después del 500 a. de C. Aún no se han encontrado restos de estructuras urbanas que puedan fecharse dentro del Bronce asturiano, por lo que se desconocen muchos datos sobre la forma de vivir de estas culturas. Se supone que hayan sido nómadas o trashumantes por la carencia de restos de viviendas.

Por supuesto, no se puede calificar este monumento de la época del Paleolítico como se ha podido leer en un reciente artículo publicado sobre él.  

¿TÚMULOS O DÓLMENES?

Esta confusión parte de que la mayoría de los dólmenes presentan estructura tumular, por lo que obligó a arqueólogos y aficionados a buscar en los túmulos sepulturas de inhumación, que al no hallar, se atribuyó al saqueo sufrido de los buscadores de tesoros.
Los ajuares de dólmenes y túmulos son muy parecidos, extremadamente pobres en ambos, pero distintos en sus aspectos tipológicos, pero lo que diferencia esencialmente a unos de otros es el ritual funerario. Del enterramiento colectivo de inhumación de la cultura megalítica de los dólmenes, se pasa a la incineración.
Los túmulos reciben distintos nombres, según la comarca asturiana. 
Aquí en el Oriente los llamamos coteros; en el Centro, arcas; en Tineo, covayos  y cutruyos o cuturuyos a los que aparecen como pequeños cuetos; en la zona del Occidente se les llama madorna.
Son montículos de tierra o piedra, de forma cónica achatada, cuyo diámetro va de los seis a los veinticinco metros. Suelen encontrarse agrupados en las llamadas Sierras Planas u otras altiplanicies que suelen seguir siendo, aún hoy, zonas de pastoreo. La altitud está entre los mil y los dos mil metros. El tipo más conocido es el llamado de campana, sin zanja periférica y sin superponer como se observan en otras zonas europeas.
La estructura interna es difícil de precisar ya que casi todos han sido violados. Existen cistas rudimentarias hechas con losas verticales o lajas superpuestas formando un pequeño muro de forma pentagonal que nos recuerda en miniatura a las construcciones megalíticas.
En nuestra zona, los más cercanos a nosotros están en el Concejo de Ribadedeva en el sitio llamado de La Jayuquera, en la sierra del Cuera. En nuestro concejo llanisco se encontraron, en el Llano de San Jorge de Nueva catorce ejemplares de túmulos y en el Llano de Santana de Naves, otro agrupamiento de cuatro.
En la Sierra Plana de Buelna y Pendueles hay detallados más de dieciséis y, cercanos al Ídolo de Peña Tú, se sabe de la existencia de otros, aún sin precisar la cantidad. Los más valiosos de los encontrados en los lugares de Vidiago, Riegu y Puertas son estos:
Las Mesas, Riego, y La Capilluca, ya estudiados por J. F. Menéndez (1925-1927). Posiblemente, los más orientales de la región asturiana, se hallen emparentados con los que la vecina región cántabra como los de Pesués Los situados en el Llano de La Capilluca tenían cista o cámara dolménica y abundantes residuos de carbón y cenizas. En los ajuares destacan puntas de flecha en piedra con forma romboidal y hachas de sección rectangular, hojas de sílex y otros elementos menos expresivos.
En el túmulo de Piedra Jilera se encontraron puntas de flecha lanceoladas, hojas de pedernal, piedras molederas de pequeño tamaño. En los túmulos de Las Mesas y Riego se encontraron hachas aplanadas y elementos indefinidos de sílex, además de tener todos ellos hoyos con ceniza, a una altitud aproximada de doscientos metros. La presencia de restos de piedra no nos ha de extrañar ya que la transición entre las dos culturas lógicamente es paulatina como ocurre en la actualidad entre el uso de aperos de labranza de madera y otros totalmente modernos como el tractor y que seguirán aún juntos durante mucho tiempo. Las hachas aplanadas de estos dólmenes nos ayudan a datar los túmulos dentro del II milenio a. de C.
Estas culturas tumulares pueden tener sus antecedentes en la cultura tumular alemana, que a través de los ríos llegó a las costas Occidentales de Europa, colonizando la Península Ibérica. En la Cueva del Bufón se encontraron elementos cerámicos relacionados con la cultura de la Bretaña francesa. El triángulo formado por los vértices colocados en Asturias, Gales y Bretaña francesa intercambian relaciones frecuentes durante el Eneolítico y el Bronce inicial. Queda residuo topónimo en la denominada Playa Bretones y la playa de El Puertu, en la desembocadura del río Novales que las comunicaría con los asentamientos tumulares tanto de las Sierras Planas orientales de Buelna y Pendueles como de las más occidentales de Vidiago y Puertas con Purón junto al río que lleva el nombre.


MANIFESTACIONES ARTÍSTICAS

Uno de los conjuntos más interesante es la Peña del Gentil o Peña Tú en el lugar de Puertas, el primero encontrado en Asturias.
En este conjunto existen dos tipos de representaciones, siendo las más antiguas las grabadas y las más recientes hechas con pintura roja. 
Los grabados están situados a la derecha del conjunto y representan solamente dos figuras, el llamado Ídolo de Peña Tú y una especie de puñal o espada corta. Estas dos figuras fueron pintadas posteriormente en parte de rojo y se añadieron, muy posiblemente, otras figuras y puntuaciones en el mismo color. 
Entre las grabaciones y las pinturas no debió de transcurrir mucho tiempo, aunque es imposible comprender su contemporaneidad. 
Los grabados nos recuerdan la influencia de la Meseta, mientras que las pinturas nos recuerdan la relación con el mundo rupestre y esquemático del Centro y Mediodía peninsular.

El ídolo o Cabeza de Gentil, así se le conocía con anterioridad a la moderna denominación, es de forma rectangular en cuya parte superior se cierra con un semicírculo. 
Está realizado con un instrumento de filo romo, aunque en partes se observan abrasiones que bien pudieran ser más recientes y con otro instrumento más cortante con el fin, todo esto son conjeturas, para hacerlo más visible dado que la erosión en esta roca arenisca es muy rápida. 
Tres trazos paralelos determinan dos franjas y el contorno exterior a modo de orla que encuadra la figura. La parte inferior está contorneada por un solo trazo horizontal. 
La orla está marcada con una línea quebrada. En el interior de esta orla se distinguen dos partes claras:
La superior formada por dos semicírculos paralelos a la que cobija los dos óculos. La inferior dividida en siete franjas horizontales a modo de falda.
La pintura roja recubrió posteriormente los grabados y se añadieron otros detalles que actualmente completan la figura. 
La zona de la cabeza se adornó con trazos a modo de aureola, que se repiten entre los círculos que conforman la propia cabeza del ser representado y las dos oculaciones se completaron con el trazo intermedio, vertical a modo de nariz. Parecida oculación tiene el hallado en Abamia.
En la supuesta falda se añadieron trazos verticales de pintura. Abajo, al final de la falda aparecen cuatro trazos en abanico que representan posiblemente el pie derecho.
Nos hace pensar en una divinidad vestida con traje talar. 
El traje con siete franjas representa los días de la fase lunar, corroborando su carácter sacro, la aureola de la cabeza. 
Cabe la posibilidad de ser una representación femenina, o también pudiera ser un gran jefe tribal adornado de ceremonia o la representación ideológica de un dios funerario u otro personaje mitificado.
El resto de las representaciones de Peña Tú pueden agruparse así:
Figuras humanas agrupadas a la derecha con trazo vertical y dos trazos en arco.
Otra más alejada del ídolo tiene en su mano derecha un báculo o cayado de pastor.
Cinco de las restantes figuras, excepto la ancoriforme pueden interpretarse como femeninas.
Más a la derecha del ídolo se observa un animal, posiblemente cabra, otra cercana a ella y un grupo de puntos.
La gente que rodea al hombre del báculo puede representar una danza o bien, un grupo familiar puesto bajo la protección del ídolo. 
Una serie de 27 puntos en línea recta es difícil de interpretar, salvo que se borrase uno con lo que lo convertiría en el cómputo lunar de 28 días de uso en estas culturas primitivas. También pudiera ser la contabilización de rebaños.

Los conocimientos astrológicos ya de la época de los megalitos, como en el caso de Stonehenge fueron avanzados para la época. 
Bien pudiera ser que Peña Tú representara un lugar de observación astrológica con referencias temporales en una divinidad por estar en la necrópolis de un asentamiento costero.
Esta manifestación artística rupestre que se encuentra en nuestra localidad es la primera encontrada en Asturias en su género. Se observan dos formas de expresión distintas. La grabación inicial a la derecha del panel con dos figuras bien claras: el propio ídolo y un puñal a su izquierda. Posteriormente se debió de subrayar ese grabado con pintura roja, posiblemente con el ánimo de hacerlo más visible. Se añadieron elementos, figuras y puntos. Entre ambos sucesos no debió transcurrir demasiado tiempo, pero se puede descartar su contemporaneidad. Los grabados demuestran influencia de la Meseta y las pinturas la del Centro y Mediodía peninsular.
El puñal de metal presenta  cinco agujeros por donde se ataría el mango de madera o hueso. No se trata de un monumento paleolítico como pude leer recientemente en una descripción publicada en la red.  

Podría ser que las siete capas de la falda representasen los días de cada fase lunar y que la aureola de la cabeza y la túnica talar pudiesen enmarcar un personaje sacro. Por comparación con otras similares halladas en la península puede datarse en torno al 1500 a. d. C. ¿Se trataría de un asentamiento fortuito o de un lugar de reunión anual de gentes trashumantes? Lo cierto es que ahí nos quedó esa gran roca para recordárnoslo. El nombre también debió de sufrir cambios a lo largo del tiempo:
La Peña del Gentil, quizás dado por los primeros pobladores del lugar al extraño personaje.  
Peña atunera quizás conocido referente para los pescadores cuando divisaban la parte más alta de la roca, 
El ídolo de Peña Tú tal como se oficializó, encaja sólo en la cuestión del nombre, pues no deja de ser un "falso dios" para la religión dominante, pero al "Tú" no le encuentro su sentido gramatical ya que se trataría de un pronombre personal, salvo que se pudiese referir a él popularmente como un peñatu, sin por ello  tener que restarle la más mínima importancia que nadie discute.

Me inclino a pensar que haya sido una primitiva cañada de trashumancia. 
En los bufones de arenillas, en los ríos Purón, Novales y Cabra y en variadas cavernas existen sobradas señales de la población que vivía del aprovechamiento de los pastos. 
El paisaje que desde lo alto se columbra hizo el resto, un valle con tres núcleos de población: Puertas, Riegu y Vidiago y en el que merece la pena detenerse para subir a verlo.

sábado, 31 de mayo de 2008

Lucía, la pastora de REQUEXU



Yendo de Santa Marina a La Pereda, una vez pasado el Bosque Egidio, debemos aminorar la marcha, los que conocemos aquella curva, en la que hace esquina una vieja casa. Su dueña es una mujer de noventa y cuatro años. Forma una típica estampa, su silueta delgada y esbelta, en negro, con pañuelo a la vieja usanza. El tiempo supo respetar su cara no ajándola en demasía, apenas, las arrugas corrientes en el rostro de cualquier campesina. Apoyada en una guillada de avellano cuida del más sencillo de los rebaños: cuatro gallinas. Dice de ellas que son más listas que las personas pues saber cruzar la carretera deprisa. A ella no le importuna la carretera. Los conductores habituales son moderados. Mientras charlo con ella, pasan enormes camiones con gigantescas piedras y un ciclista.
Jamás tuve bicicleta ni aprendí a andar en ella. Pasé la juventud en el monte, de pastoreo. Cuidaba un rebaño de ovejas. En más de una ocasión estuve sola y por la noche escuchaba los aullidos de los lobos al pie de la cabaña.
Hay largos silencios en los que parece sumirse en gratos recuerdos. Sus ojuelos chispean pícaramente.
Una vez, buscando el rebaño por el monte arriba, fui a dar enfrente de Purón. Bajé hasta el pueblo y salí por la carretera hasta que me topé con la vía. Deje de preocuparme, pues sabía que "a la vía no hay quien la tuerza" y la seguí hasta Bolao. Era pequeña. Nunca salí muy lejos de La Pereda. En varias ocasiones tomé el tren en dirección a San Vicente, Cabezón y Santander.
─ ¿Es verdad que aún lee sin gafas ?─ le pregunto.
Sí. ─Se hizo una pausa.  Leo bastante. De joven bajaba a Llanes a buscar libros para leer. Otras veces mi madre me los traía a pares y los subía al monte junto con el suministro de la semana.
Cuénteme algo de La Pereda. ─ Le digo después de respetar un silencio largo en el que parece perder su mirada en las cumbres del Texéu.
─¡Qué te voy a contar!
¿Conoció funcionando Las Pisas?
Sí; metían mucho ruido. Allí nos hacían el tejido de los escarpinos.
Recuerda también haber ido muchas veces a llevar la borona a la Jorna de la tía María en Parres o que su padre la mandaba a por agua a Moscadoria. Hoy, después de tantos años, recorre el mismo sendero para buscar el agua para beber en el día.
Asegura que son "el agua fresca por la mañana, el quesu que tan ricu le salía, el sueru que destila el arniu y el cocidu casi a diariu, los secretos de su larga vida".
Y este aire fresquín de La Mañanga— añado. Ella asiente, mientras respira hondo. Le pregunto por el nombre del río que por allí pasa.
Le llaman el río Requexu y también El río Bolugu.

       Se le conoce también como río Melendru, más abajo. Esa variedad de nombres, los va tomando por el nombre de los lugares por los que pasa hasta su desembocadura: Moscadoria, Requexu, Bolugu, Covarón, Covarada, Vallanu, Las Mestas, Melendro, Carrocedo. Todos ellos son nombres sonoros, hermosos toponímicos, pero el que para mi tiene mayor acierto semántico es Melendro, porque se toma de uno de los atributos del melandru, animal que vive en estos lugares y que se guarece en las cuevas; también se le conoce como "tasugu" . Esta palabra, a su vez, es un calificativo aplicable a las personas que evitan la relación con los demás. Y talmente este precioso río se comporta como un melandru. Se esconde una vez pasado el Bolugu para aparecer en el pequeño valle de Covarón. Después se sume de nuevo bajo el cuetu Las Cerezales y sale a Covarada.
   
Llega el atardecer. Un viento fresco sopla en estos momentos desde Moscadoria. En el cielo, unas nubes rojas de sur presagian lluvia. Pero no es así; Lucía Romano, la pastora de Requexu, jamás vio seca tal ni al ríu Requexu secu baxu'l puente.

miércoles, 28 de mayo de 2008

Elegía a "CELSO AMIEVA"



Esta vez te marchaste para siempre. Thor y Odín te reclamaron a su lado para cantar por los caminos del trueno y de las estrellas. Pero no podrás abandonarnos por las buenas. Queda tu huella imborrable en la blancura de todas nuestras arenas desde Tinamayor a Ribadesella. Queda tu alma cantora reencarnada en el miruello del Cuera.
Profesor en Geografía, en tus versos se aprende de Asturias. Antropólogo, folclorista, romero incansable desde Santu Medé hasta la Guía. Peregrino de medio mundo cuando en tu patria se cierran los ojos a cal y canto y tú la ves por la mirilla del recuerdo. Tu corazón cansado de tantos sentimientos y nostalgias no en vano dejó de marcar el tiempo finito para dejarte varado en la arena, cual barco de Cadexana. Tocaron las campanas y se callaron las esquilas. Ahora sé que estas detenido pues nuestras manos amarraron las tuyas, pero tu alma volará a reunirse con Miguel, Camín, Amado Nervo, Pola y Pepín de Pría y quizás al caer la tarde juguéis a hacer versos. Chema, Lino Serdal, Elías Pombo, Máximo Bulnes, Fidel, Corsino Urriel, CELSO AMIEVA, personajes de farándula viva, encarnados por un mismo autor, JOSE MARÍA ÁLVAREZ POSADA, dormiréis con él en la misma almohada de arena de playa.
Perdurará en la mente de quienes tuvimos la oportunidad grande de saludarte y conocerte, aunque haya sido bastante tarde y hubiéramos deseado que ocurriera antes. Gota a gota, destilamos su poesía calándonos de Asturias la médula. Dejamos una obra y buscamos en otra la continuación de la primera y así vamos conociéndote mejor.

Era setiembre último. Las calles de Llanes eran intransitables. Los turistas, perdidos sus ojos en el mapa, no te vieron pasar: buscaban lugares de sol y arena o lugares que profanar con plásticos y latas de conserva. Las angostas aceras no te dejaban pasar. Te saludé, me presenté tímidamente y me ofreciste parte de tu precioso tiempo para charlar amigablemente. Desde el gran ventanal del establecimiento donde entramos, escudriñabas la calle. Contestaste sencillamente, desmitificando la figura de poeta que yo tenía de los demás. Había algo de ironía en tus palabras, pero no existía tirantez, más bien la conversación fue abierta, didáctica, quizás. Desde entonces ten por seguro que te coloco con Miguel Hernández, Juan Ramón Jiménez o Antonio Machado, en el mismo pedestal.
Hubiera querido continuar aquella charla contigo, pero te marchaste, en silencio, y fue la despedida el último adiós. Quedaste en volver y lo harás muerto, pero ten por seguro que habrá un cielo especial para ti, alejado de opresores y tiranos
Lo había saludado en la Farmacia de Llano e invitado a tomar algo, en la desaparecida Cafetería “Auseba” donde nos relató retazos de su vida en el destierro. Quedamos en volver vernos al regreso de Rusia en la Escuela de Pendueles , ya que tenía especial recuerdo del pueblo. Nos despedimos. Él marchaba para Moscú donde trabajaba como corrector de estilo en la Agencia Novosti, pero regresaron sus cenizas que esperamos en el cementerio de Cadexana, desde donde se puede contemplar las barcas y bogar en ellas rumbo a lo desconocido. (21/2/1988)

Mi Elegía a "Celso Amieva"

Esta vez te marchas para siempre:
Thor y Odín te llevaron a su lado
a cantar, por los caminos del trueno
...y de las estrellas.
Queda tu huella imborrable
en la blanca y tersa arena,
desde Tinamayor a Ribadesella.
Queda tu alma cantora reencarnada
...en el miruellu del Cuera.
Profesor de Geografías
llevaste en tus versos a Asturias.
Antropólogo, folclorista,
romeru insaciable
de Santu Medé a La Guía.
Peregrino incansable,
el tiempo te marcó su meta.
Cansado el corazón de sentimientos
poéticos y nostalgias,
dejó de marcar el tiempo
para dejarte varado en la arena
...cual barca en Cadexana.
Y tocarán las campanas...
y callarán las esquilas:
ahora estás detenido,
-nuestras manos apresaron las tuyas-
tu alma volará libre
a reunirse con Miguel,
Nervo, Pola, Camín.
Al caer de la tarde, quizás,
te invite a hacer unos versos,
en las brañas, el de Pría, Pepín.
Chema, Lino Serdal,
Elías Pombo, Máximo Bulnes,
Fidel, Corsino Urriel,
encarnasteis un solo actor:
JOSÉ MARÍA ALVAREZ POSADA
...Celso Amieva, el escritor.
Desde Cabo de Mar hasta Tinamayor,
extiéndense las costas escarpadas de Thor.
(Marzo de 1.988)

Ver sobre el mismo poeta, mi escrito: "En torno a Celso Amieva" de este mismo blog.

domingo, 25 de mayo de 2008

El teatro "BENAVENTE" en Llanes


Son las dos de la tarde de un domingo cualquiera, allá por los años sesenta. La chavalería del pueblo nos reuníamos a esa hora en La Pandina, confluencia de barrios en la carretera, con aires de mocitos peinados a la raya, con olor a jabón de afeitar "La Toja" de padre y un duro en el bolsillo del pantalón de tergal planchado a la raya también. Aquella concentración me recuerda la que hacen en la entrada del otoño las golondrinas sobre la comba de los cables de la luz entre dos postes. Por aquél entonces, cuando cuatro "melenudos" de Liverpool daban gritos en las salas de fiestas de su ciudad, en Llanes no teníamos salas de fiestas aún. La única posibilidad de diversión social era el cine. Tres pesetas costaba la entrada a "gallinero" y dos más para pequeños caprichos en el ambigú si no te habías atrevido a entrar agachado delante de las mamparas de cristal junto a las taquillas y podías luego deslizarte escalera arriba, y esquivar el tropezón con el señor de la linterna.
Las cuatro de la tarde de un domingo cualquiera, en los ochenta. Un viento frío que viene del Cuera, gélido de lamer la nieve, enfoca por la calle principal y se desliza en hilos para recorrer el resto de calles hasta calentarse e impregnarse del aroma de café que sale de las cafeterías. Después sube al paseo de San Pedro por entre los tamarindos.
En El Puente los mocitos de ahora, el pelo erizado a colores, desfilan hasta el lugar de encuentro junto al muelle. Al otro lado de la ría con los prados de Tieves de fondo y un bosque de eucaliptos moteando el horizonte se levanta aquel magnífico Teatro Benavente que aguanta orgulloso el embate, a duras penas, del tiempo y del abandono. En su tejado "las gallinas del contramaestre" como decía el gran Remigio, engrasan con el pico su plumaje y lo secan al trémulo sol de mayo. Las hierbas también ascendieron a él seguramente queriendo ver la mar o a los vecinos. Porque es difícil para los que lo conocimos en su esplendor todavía no girar la cabeza y así humedecer nuestros ojos. Abajo, la puerta enrejada es como un rayado en el paisaje. Entorno los ojos para mejor recordar y aún veo la gente salir ya de noche comentando las escenas, abrochándose la gabardina y el abrigo y levantando el cuello al estilo del hampa.
La rampa de bajada al cine, siempre será para mí el arquetipo de todos los teatros del mundo cuando leo un relato. El teatro y dos farolas que custodian la entrada desde el puente dan al lugar un halo de ensueño y misterio a la vez.

Parpadeo. Se me fue el santo al cielo. Es una tarde cualquiera del mes de mayo de la primera década del siglo XXI. Paso por allí con frecuencia. Bien es cierto que los edificios ahora están arreglados y ganó en belleza la villa, pero perdió en antigüedad porque le falta el Benavente. El puente ganó en seguridad y amplitud. La gente puede sentarse un rato sobre los bancos metálicos a mirar las barcas, a comerse un helado de "Revuelta" o a leer "El Oriente", en lugar de hacerlo sobre la panda de piedra del viejo puente. Pero si miran al otro lado, verán el recorte del viejo Hospital de los Altares acicalado hoy y travestido en casa de contratación laboral moderna, "INEM" y los prados de Tieves.
Tan sólo unos pocos podemos ver recortado el vacío producido por la silueta desparecida del viejo teatro llanisco. Algo del ayer desaparece con estos mudos testigos de piedra y teja.

martes, 23 de octubre de 2007

LA CUEVA DEL CUÉLEBRE EN PURÓN
















LA CUEVA DEL CUÉLEBRE

Allá por el ríu Ríu Arriba

Que’l Ríu Arriba li llaman

Perdiánse los paisanos,

Ganáu de pelu y llana.

Y los vecinos del pueblu

Casi, casi qu’espiritaban

Pol mieu que tenían

Y por non saber la causa

De tantas vidas perdidas,

De tanta y tanta desgracia.

Unos dicen que los llogos

O animales de más garra;

Otros que será la Güéstiga

Que pol pueblu de noche andaba.

Tal vez la Paparrandusca

O las bruxas endiabladas,

O bien las fieras Corrupias

Que tienen tan sangrienta fama,

O algún temeroso espantu

Que ningún barruntaba

Hasta qu’un mozu muy llistu

Que por el Rexu segaba

Fue a echar mano al cachapu

Pa afilar la so guadaña.

Miró p’abaxu y se dio

Cuenta de lo que pasaba.

Era un cuélebre horroroso

Que en la cueva asestaba

Y de la cueva salía

Pa comese al que pasaba.

Llargu como d’aquí al Clérigu,

Llargura que hay qu’ achicar

Pa que non diga la xente

Que paez exaxerada

Con güeyos qu’echaben h.ueu,

Varias decenas de patas,

A lo menos venti cuernos

Y una espantosa bocaza

Con diez ringleras de dientes

Afilaos como nabayas

Pa esmigayar en un tris

Al cristianu que pasaba

Como si fuera cuayada.

Al conocer el peligru

Qu’el monstru representaba,

Obrando con rapidez,

La autoridad ordenaba

Que saliera a destruilu.


Con la tropa que mandaba

El General Tarancón

Que en Las Pisas acampaba

Y que dormía a pierna suelta

Axenu a lo que pasaba,

En un molín que tenía

Que no era de buena fama,

Porque unas veces molía

Y muchas más anranaba.

Salió la caballería

Y la artillería rodada

De La Teyera y Los Picos

Las dos valientes Brigadas

Que mandaban Canor y Terio

Y por estar…

Al mando el General en Jefe

Ponerlas en la vanguardia

Y hasta el mismo San Miguel

Con su amenazante espada

Diz que lu vieron baxar

Por entre la Escuela y su casa,

Por si fuera necesario

Rematalu a cuchilladas.

Terminaron los aprestos

Sin nada de nada

Ya ordenada la xente

Dio comienzu la batalla.

Tira unu tira’l otru

Pero no le herían las balas

Y la fiera se reía

De bombazos y pedradas

Debido a que ni unos ni otras

Penetraban en su coraza.

Un soldado de a caballo

Se echó a tierra con la lanza

Y se la metió por la boca

Y el corazón li traspasa,

Más ni por eso se movía

Y de todo se burlaba

Hasta que un audaz tamargu

De los que Terio llevaba

Le h.izo frente con valor

Sin miedo a lo que bufaba

Y le atizó un madreñazu

Por debaxu de la pata

Que lu mandó a los infiernos

Si es qu’el diablu le dio 

posada.

Murió la fiera espantosa

Entre horribles pernexadas

Y así pagó con su vida

Su ferocidad malvada.

Desde antoes, Dios bendito,

Y San Miguel, nuesu guarda

Pasa por allí la xente

Con el ganau o sin nada

Sin miedo a la bestia infame

Que a tantos antes matara.

Por eso la cueva El Cuélebre

A esa cueva así la llaman

Y sin correr pa ella miran

Con notoria desconfianza

Los rapaces de esti pueblu

Cuando pal Mazu pasan.

Pero h.ue tanto el estrépitu

Y el fagor de la batalla,

Que dicen que retuñó

Por el pueblu y su comarca,

Dende los picos del Candal,

Pasando por su garma,

Por el Cuetu S. Miguel

Y la Peña Mari Prada;

El Cantiellu y Peña Tú.

Por Porciles y la Maza;

Por Merodio y Zarzaleñas,

Por las Cuerres y Las Garmas;

Por la Valleya las Corzas

Y la Peña Sopeñalba.


Desde el Cubezu l’Encina

Hasta el Cabeza Roncadas

Volviendo a Peña tu Tía

Que de Peña Tú es hermana

Mas por estar más arriba

No le dan la misma fama.

Las Conchas de Pedreru Vieyu

El H.ondón la Requexada,

El Puente Candalosines,

El Liño y Jayas Quebradas,

Cuetu Blancu, Cuetu Espesu,

H.ortigosu y Malasarmas,

Por el Picu La Peluca,

El H.orcáu y el Cuetu L’Agua,

Jaya Corva y Peña Lluvia,

El Picón las Piedras Blancas,

Brincando a Cuesta Redonda

Y a La Corona la Mata,

Hasta el Coteru Las Conchas,

Entrando a La Pumarada

Qu’era donde estaba yo

Pa dar fe de tal hazaña.

¿Creeislo? ¿No lo creéis?

¿Decís que es cueva inventada?

Allá vos, mas yo lo vi

Una nueche que soñaba

Con el mio pueblín querido

Con el mio Purón del alma.

Vicente Sordo
......



  (Este romance me lo facilitó una vecina de Purón escrito a máquina y yo lo corregí en la medida de mis conocimientos según las reglas de la normativa actual y respetando los vocablos autóctonos del bable oriental y del puroniegu en particular).

jueves, 20 de septiembre de 2007

A QUEIMADA

"Mouchos, coruxas, sapos e bruxas.
Demos, trasgos e diaños, corvos, pintigas e meigas.
Pobres cañotas furadas, fogar dos vermes e alimañas.
Lume das Santas Compañas, mal de ollo, negros meigallos.
Cheiro dos mortos, tronos e raios.
Oubeo do can, pregón da morte.
Averno de Satán e Belcebú.
Lume dos cadraves ardentes.
Corpos mutilados dos indecentes.
Peidos dos infernales cús.
Muxido da mar enbravescida.
Barriga inútil da muller solteira.
Falar dos gatos que andan a xaneira.
Con este fol levantarei as chamas
desta lume que asemeia ao do inferno,
e fuxirán as bruxas a cabalo das suas escobas,
índose bañar na praias areas gordas.
¡Oide, oide! os ruxidos que dan as que non poden
dexar de quemarse no aguardente.
E cando este brebaxe baixe po las nosas gorxas,
quedaremos libres dos males da nosa alma e de todo embruxamento.
Forzas do ar, terra, mar e lume, a vos fago esta chamada:
Si e verdade que tendes mais poder
que a humana xente, eiqui e agora,
facede que os espritos dos amigos que están fora
participen con nos desta queimada."

Mochuelos, lechuzas, sapos y brujas.
Demonios, trasgos y diablos, cuervos, salamandras y hechiceras.
Pobres castaños huecos, hogar de gusanos e insectos.
Lumbre de los aparecidos, mal de ojo, negros hechizos.
Hedor de muertos, truenos y rayos.
Aullido de perro, anuncio de muerte.
Infierno de Satán y Belcebú.
Fuego de cadáveres ardientes.
Cuerpos mutilados de indecentes.
Pedos de culos infernales.
Mugido de mar embravecida.
Barriga inútil de mujer soltera.
Maullidos de gatos en celo.
Con este fuelle levantaré las llamas
de esta hoguera como las del infierno
y huirán las brujas a caballo de sus escobas
para bañarse en playas de arenas gruesas.
¡Oíd, oíd! los rugidos que dan los que no pueden
dejar de quemarse en el aguardiente.
Y, cuando este brebaje baje por nuestras gargantas,
quedaremos libres de los males del alma y de todo embrujamiento.
Fuerzas de aire, tierra, mar y fuego, os hago esta llamada:
Si es cierto que tenéis más poder que los humanos, aquí y ahora,
haced que los espíritus de los amigos ausentes
participen con nosotros de esta queimada.

domingo, 2 de septiembre de 2007

EN TORNO A CELSO AMIEVA



Cuando camino por la Calle Mayor y por las calles aledañas, no puedo dejar de leer los versos grabados en placas de hierro del poeta llanisco al que tuve la suerte de tratar aunque sólo sea de forma efímera. En el año 1985 asistí invitado a un homenaje que el Ayuntamiento de Llanes le dio. Fue en la terraza del Hotel D. Paco donde lo recuerdo un día soleado. Hubo un momento en que le dejaron solo los periodistas y amigos. No hubiera tenido ocasión de conversar con él si no fuera porque me encontraba al lado de su hermano, mi bienquisto profesor de Física de mi época de bachiller del Instituto, D. Andrés, y que me presentara como alumno suyo. Eso bastó para relajarme y aportar mi parte en aquel homenaje. Acababa de leer “Asturianos en el destierro”, obra que había sido publicada por Ediciones Ayalga en 1977. Habían bastado dos cosas para entusiasmarme con su lectura. Una, el hecho de ser autor llanisco y otra por tratar en él de la guerra y el exilio. En dicho libro, menciona a un compañero en el campo de concentración de Argelès francés y que cualquier lector pudiese imaginar personaje ficticio de pura invención novelística. Pero, coincidencias de la vida, me recordé de una historia que había oído contar sobre alguien como él y de esa forma, todos los demás nombres dados por Celso Amieva en la obra recobraron identidad real.

"Habiendo dejado mujer y una hija a punto de nacer por escapar de las represalias, que se tomaban contra los que se habían alistado en el ejército republicano, logró no sin contratiempos pasar la frontera. Cuando pudo, mandó las primeras noticias suyas a la dirección de su mujer. Deseaba estar al día de lo que pasaba en su tierra con el ánimo de regresar cuando se acabase todo, pero no recibía noticias de ella. Pensaba en su hija a la que no había podido ver nacer. Cuantas cartas mandó a Asturias, tantas acabaron en la papelera o en los archivos del puesto de guardia del pueblo. Al fin, un día recibe la contestación a la última carta mandada por él. En lugar de una extensa misiva de su amada, pudo leer algo así: " su mujer e hija han fallecido atropelladas por un camión". Cagancho no volvió a mandar más cartas y pasado algún tiempo, se casó con la hija del dueño de la granja donde trabajaba desde hacía unos años.
Pasaron cuatro décadas. En un pueblo asturiano, como en tantos otros, vivía una mujer de canosa cabellera que tanto en su atuendo como en sus historias portaba el luto al que se había consagrado de por vida. Las cosas en España estaban cambiado con los últimos acontecimientos políticos. Habían regresado los más destacados políticos del exilio. Ya le parecía que tardaba, para ser cierto lo que su corazón decía que estaba vivo, a pesar de la nota que había recibido del puesto de guardia, por la que supo de la  muerte de su marido, en los primeros años, tras la fuga de un campo de concentración francés.
Su hija con su marido, viajaba todos los veranos al país vecino. A la madre no le decían nada por no darle falsas esperanzas, con el afán de encontrar al padre. Habían oído contar a gentes que habían emigrado a Francia haber oído hablar a otros de su padre, pero nada había en claro. Aunque no concordaban todas las habladurías, en ellas coincidía una: la misma localidad de ubicación. Era cuestión de batir el terreno, primero barrio por barrio y comprobar las listas de correos en los buzones de los edificios. Habría sido un trabajo arduo a no ser que la suerte se pusiese de su lado. Así, durante varios veranos, se acostumbraron a poner su Citroën 2 CV a recorrer cuantos pueblos conformaban las distintas comunas de los alrededores de Argelès. Un nuevo viaje, —esta vez el último—, se decían, antes de tirar la toalla, que vendría a dar los resultados tan esperados como desconocidos.
Un viernes y tras cerrar el cinturón de búsqueda, en el puesto de policía lograron obtener, gracias a la amabilidad del que hacía la guardia, una dirección y un número de teléfono. Llamaron desde una cabina. Una voz en un francés correctísimo, después de los convenientes saludos les concedió una entrevista. Era la primera vez que venían paisanos suyos a saludarle y puede que le trajesen noticias de su tierra. Quedó en recibirles el domingo a las doce en la terraza de una conocida cafetería.
Se puede uno imaginar los nervios de los tres en la espera mientras vigilaban todas las calles que convergían en la pequeña plaza. Al fin, vieron cruzar la calle a un señor ya mayor, de rostro arrugado y apoyado en su bastón. Parecía faltarle el aliento para llegar a donde le esperaban o quizás aborrecía encontrarse con la verdad o con una nueva desilusión. Vio como una pareja y un chaval se levantaban y se dirigían hacia él y le invitaron amablemente a sentarse con ellos. La mujer parecía llorar y el muchacho se notaba nervioso. El padre parecía el más tranquilo de los tres y fue el que le saludó en un francés correcto. Sólo lo justo para el saludo. Continuaron las presentaciones en español con aquel acento de las cuencas tan entrañable y que aún podía reconocer a pesar del tiempo pasado.
En cuestión de pocos minutos, Cagancho se enteró de que delante de él tenía a su pequeña, hecha ya toda una mujer, a su nieto y a su yerno. ¡Había pasado tanto tiempo! Les preguntó por la abuela, casi llorando con un enorme nudo en la garganta. Sabía de ella desde hacía unos diez años, pero nunca fue capaz de vencer el miedo a visitarla. Él no había dado señales de vida, pero en ella había el constante presentimiento de que aún vivía su 
marido. No solía hablarlo con nadie, excepto con su hija y acaso se lo contaba a su hermano y hermanas, pero nadie trataba de convencerla de lo contrario. Era tan habitual esa situación que a todos les parecía del todo normal. Sin embargo, esperaba que el tiempo le quitase la razón o le diese la ocasión de ver aparecer al hombre que había amado. Cuando alguien llamaba a la puerta su corazón seguía sobresaltándose.
Tras estos recuerdos no pudo ya aguantar las lágrimas y lloró. En un rato no pudo emitir palabra alguna. Después, entrecortadamente les contó cómo después de haber recibido la nota del puesto de policía, pasados unos años, contrajo matrimonio civil con la hija del patrón que le había protegido en su granja. De ese matrimonio tenía un hijo. Así vivió feliz hasta que la muerte le arrebató a su amada. En la actualidad vivía solo. Recibía una paga como excombatiente y además cobraba un alquiler por la granja. Su hijo estaba residiendo en otra población distante donde trabajaba y había formado su propia familia. No sabría cómo reaccionaría su hijo cuando se lo contase. Lo propio sería concertar para el próximo verano la entrevista entre los dos hermanos. El tiempo jugaría a su favor. Los tres le dieron ánimos a ello y después de hablar de muchas cosas familiares se abrazaron y se despidieron. Dejaron al pobre hombre al pie de su casa, y animado a volver a visitar Asturias. Lo más difícil de todo aún quedaba por pasar. ¿Cómo explicaría a su viuda que todo lo ocurrido en sus vidas obedecía a la maldita guerra! No podía esperar comprensión tampoco. Comprendía que después de tan larga espera no bastasen explicaciones por verídicas que éstas fuesen. También es cierto que podía haberse arriesgado a volver como lo hicieron otros. Cuando todo el peligro pasó vivía feliz con su mujer y con su hijo y no valía la pena destrozar esa felicidad tan caramente conseguida.
Dos años desde este encuentro tuvieron que pasar aún para que volviese a su pueblo natal, de visita porque nunca pudo dar explicaciones a su viuda. La pena o la nostalgia de los años perdidos habían cerrado todas las posibilidades para el encuentro esperado. Los dos hermanos se encontraron y celebraron su existencia, viéndose con frecuencia a partir de entonces."

Esta historia se la conté a Celso y a D. Andrés en la terraza del Hotel D. Paco. Me escuchó en silencio quizás sumido en recuerdos de historias parecidas. Me escribió una dedicatoria en el libro “Antología poética” bajo la fotografía tomada por Juan Ardisana.
Días más tarde, salía de la farmacia de Llano y le cedí el paso en la estrecha acera. Me dio las gracias y me volví a presentar. –Ah sí, el maestro de Pendueles -recordó. Yo iba con mi mujer y mi hijo de dos años. Le invitamos a tomar algo en la Cafetería Auseva. Tras los grandes cristales de aquel establecimiento que sabía conservar la nostalgia de otros mejores tiempos en sus maderas bien conservadas, mirábamos pasar la gente apresurada por la calle principal. Sólo rompía el silencio del lugar, la voz del poeta y la vieja máquina registradora de teclas nacaradas. Recuerdo al poeta con mi hijo sobre sus rodillas mientras nos contaba con su tranquila elocuencia el resumen de sus andares por los pueblos de Ribadedeva donde había ejercido de maestro. Prometió hacerme una visita en mi escuela cuando regresase de Moscú, el último viaje del que sólo regresaron sus cenizas que descansan en su bien amada Cadexana, en el panteón desde donde se pueden ver los reflejos plateados del agua ensenada de la ría.
Biografía:  

El poeta Celso Amieva (1911-Moscú, 1988), seudónimo de José María Álvarez Posada, nacido accidentalmente en la localidad cántabra de Puente San Miguel, en cuya escuela a su padre le habían destinado como maestro, profesión ejercida luego por él mismo; el desenlace de la guerra civil le obligó a pasar a Francia en el año 1939; posteriormente se fue a México, donde trabajó como profesor de castellano, traductor de poemas franceses y colaborador de numerosas publicaciones de toda América, siendo condecorado en 1959 con la Medalla Artística de la Revolución Mexicana por el guión de la película Pueblo en armas; a partir de 1969 fijó su residencia en la URSS. El Soviet Supremo le premió en 1985 con la Orden de la Amistad de los Pueblos. Una Antología poética con selección de sus principales poemas, hecha por el llanisco Pablo Ardisana, fue editada por el Servicio de Publicaciones Principado de Asturias en el año 1985.

Ver también sobre el mismo Poeta, mi escrito en este mismo blog: "Elegía a Celso Amieva"